Quizá no haya otra civilización que tan generosamente se haya paseado por las grandes (y pequeñas) pantallas como Roma en el cine. Desde que se rodara una primera película sobre Cleopatra en 1912 y hasta la actualidad, Roma y el cine han mantenido una relación ambigua con períodos muy intensos (los años cincuenta y sesenta, sobre todo), para languidecer en las décadas posteriores y «resucitar» con Gladiator (Ridley Scott) en las postrimerías del siglo XX, con desigual fortuna. En este texto no tratamos de realizar una detallada disección del «cine de romanos», sino situar el objetivo de la cámara en la imagen de Roma, como ciudad y capital de un imperio, a través de algunas películas, y con la excusa del desfile triunfal, utilizado como vehículo para realizar esa panorámica sobre la Urbe.

Si por algo destaca el péplum es por la espectacularidad y el colosalismo, en un «cuánto más grande, mejor», sin que por ello el rigor histórico sea un requisito que acompañe a las plasmaciones visuales de ciudades antiguas como Roma. Conviene apelar a los matices: sí, Roma llegó a superar el millón de habitantes en época de Augusto, pero la ciudad que rebosaba las murallas servianas (ampliada después por las murallas aurelianas del siglo III d.C.) ocupaba un área de unos 20 km cuadrados aproximadamente (véase el fantástico proyecto Digital Augustan Rome para hacer el lector una idea de las dimensiones de la ciudad antigua). Sí, Roma fue (y es) una ciudad monumentalmente espectacular, pero no contaba con las largas avenidas y perspectivas que solemos ver en muchas películas, sino que se caracterizaba por un desarrollo urbanístico caótico, con multitud de calles estrechas e irregulares. Sí, hubo amplias zonas verdes e importantes complejos de palacios y edificios recreativos (el Circo Máximo, el Coliseo, teatros, termas…), pero la imagen que podía ver un romano desde el Janículo (como en la actualidad) debía de ser la de una ciudad congestionada, abarrotada de insulae y edificios de diversa altura, entre los que podían destacar algunos templos y edificios prominentes.

Sin embargo, el cine se ha prodigado en mostrar la imagen de una ciudad extensa, con generosas vías principales, edificios colosales e inmaculadamente blancos (la «Hollyrome»), y grandes vistas panorámicas que tratan de dejar al espectador con la boca abierta. Quienes hayan podido acercarse al Museo della Civiltà Romana y contemplado in situ la maqueta en tres dimensiones de Roma a principios del siglo IV d.C., habrán podido comprobar que la imagen que el cine les ha inoculado difícilmente casa con la realidad de una ciudad que constantemente se adaptaba al medio. ¿Por qué, no obstante, se empeña el cine, sin embargo, en mostrar una Roma que, en algunos alardes de megalomanía, acaba por resultar indistinguible de la real? La respuesta quizá haya que buscarla el binomio Roma y grandeza; por tanto, Roma debía ser… grande. ¿Cómo mostrarla, pues? Con grandes edificios. ¿Cómo conseguir que el espectador de una película se sitúe en ella? Mediante recursos como el desfile triunfal.

El lector común tiene una imagen también preconcebida del desfile triunfal, un honor que durante la República se relacionaba con una victoria militar, un número mínimo de enemigos muertos (cinco mil, escrupulosamente contados), un comandante que había sido saludado como imperator por sus tropas, un desarrollo determinado (desfile de los soldados victoriosos y de los jefes enemigos encadenados) y una liturgia concreta: el triumphator recorre la Vía Sacra en una carroza, con la cara pintada de rojo y en pose hierática; una persona detrás, un sirviente o un esclavo, constantemente le recuerda su mortalidad (memento mori); el desfile suele terminar con una entrega de ofrendas en el templo de Júpiter Óptimo Máximo en la colina Capitolina. A menudo, el cine presenta el desfile triunfal sin la complejidad ritual que lo acompaña y con la intención de mostrar el Foro Romano lleno a rebosar de ciudadanos enfervorizados y entregados al esplendor del momento (como hoy en día un equipo de fútbol que ha logrado ganar una competición deportiva recorre las calles de su ciudad en autocar en un particular «desfile triunfal» y rodeados por decenas de miles de seguidores). ¿Cómo es ese desfile triunfal y cómo suele verse la Roma del «cine de romanos»?

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Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951) comienza con el desfile triunfal de Marco Vinicio (Robert Taylor) en la Roma de Nerón. Nos situamos en una versión extra grande del Foro Romano, rodeado de altos edificios (uno de ellos, el palacio de Nerón evoca la fachada de la basílica de San Pedro del Vaticano). Vinicio cruza un elevado arco de triunfo y entra en el Foro. El ritual del desfile se repetirá a menudo en otras películas: niños y jóvenes que dejan caer pétalos de flores como alfombra de honor, seguidos de una cohorte de soldados con estandartes y músicos que con marcial fanfarria preludian la llegada del homenajeado, subido en una biga o cuadriga, con el sirviente que dice su frase, hasta que se pasan por delante del emperador y más tarde se dirigen a entregar ofrendas en un templo. La imagen del centro monumental de Roma que transmite la película es imaginada: no es el Foro Romano que conocemos y, en imágenes posteriores de la ciudad, tampoco es la Roma «arqueológicamente» reconocible. quo-vadis-rome-scale-model

Que Nerón tenga en su palacio una maqueta de la Roma que ansía (la misma maqueta del Museo della Civiltà Romana) y que resultará la «real» (para él la «diseñada») no deja de resultar un peculiar juego entre ficción y realidad (o realidad planificada en un espacio inventado).

El desarrollo del desfile triunfal se reitera en Ben-Hur (William Wyler, 1959), película en la que apenas hay dos secuencias que transcurran en Roma; de ambas escenas nos interesa el desfile triunfal de Quinto Arrio tras su victoria frente a los piratas del Mediterráneo. La película de Wyler tampoco tiene intención de mostrar una Roma y si alguna duda quedaba al respecto no hay más que ver la panorámica de Roma en perspectiva y desde lo alto del Capitolio, en el inicio de la secuencia del desfile triunfal; cualquiera que conozca mínimamente las «estrecheces» del Foro Romano no puede dejar de preguntarse en qué parte de la ciudad existe esa alargadísima avenida que parece atravesar el Foro y llegar hasta la escalinata de entrada al palacio de Tiberio.

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Subidos a una cuadriga y precedidos por centenares de soldados, músicos al son de la música de Miklós Rózsa (una fanfarria triunfal que simboliza la «grandeza» de Roma y que evoca el posterior desfile de los aurigas en la carrera de cuadrigas), Quinto Arrio (Jack Hawkins) y Judá Ben-Hur (Charlton Heston) se dirigen a recibir el homenaje de Tiberio (Ben Cross), sentado en un trono bajo una gran águila de hierro ubicado, para realzar las dimensiones de este imposible espacio, en lo alto de unas escalinatas que conducen al Capitolio. Arrio sube la escalinata (con reminiscencias eisenstenianas) y recibe de Tiberio un «emblema de la victoria» (un cetro) como símbolo de su triunfo… una excepcionalidad para entonces, pues desde Augusto los honores triunfales estuvieron exclusivamente monopolizados por los miembros de la familia imperial.

Volveremos a encontrar una versión del desfile triunfal en Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963), película que tiene pocas secuencias situadas en Roma: previa a la llegada de la reina egipcia, se observa en una brevísima escena el regreso (y a un mismo tiempo desfile triunfal) de Gayo Julio César (Rex Harrison), así como una conversación de Marco Antonio (Richard Burton), Cicerón (Michael Hordem) y un crecidito Octavio (Roddy McDowall) en la escalinata de acceso al Senado, en una muestra de algunas de las licencias o errores históricos que acumula la película: por aquella fecha (47 a. C.), Octavio tenía 16 años, aún no había sido adoptado por César y, sobre todo, no era senador. Más adelante, la sede del Senado será el escenario de debates en los que Octavio consigue vencer a los partidarios de Antonio; al final de una de estas reuniones, en la que se hace público el testamento de Antonio, Octavio sale «triunfante» del Senado y, asiendo una lanza (según el rito fecial), pregunta al pueblo romano, que abarrota el Foro, «¿dónde está el enemigo? ¿Dónde está Egipto? ¡Mostradme la dirección!»… para acto seguido atravesar con la lanza a Sosígenes (Hume Cronyn), el embajador de Cleopatra.

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La secuencia que nos interesa recoge la esencia de un desfile triunfal… por parte de una mujer y además extranjera. La entrada de Cleopatra (Elizabeth Taylor) en Roma destaca por la magnificencia de los decorados y por una performance «exótica». La escena resulta históricamente imposible pues los reyes extranjeros tenían prohibido entrar en el pomerium o recinto sagrado de la ciudad; Cleopatra, como otros soberanos extranjeros (Yugurta de Numidia, por ejemplo) se tuvo que conformar con establecerse en una villa de César a las afueras de la ciudad. El Foro Romano de la película de Mankiewicz resulta parecido al real en algunos edificios (la basílica Sempronia a un lado, por ejemplo), pero el arco de triunfo que Cleopatra y Cesarión cruzan subidos en lo alto de una enorme carroza en forma de esfinge no existía en esa época (es una recreación del arco de Constantino, erigido casi cuatro siglos después). César se halla sentado en una silla curul en el lado opuesto del foro, frente a los Rostra y delante de la gran escalinata que conduce al edificio del Senado. La multitud llena la zona central del foro, separada por un ancho pasillo, en el que músicos a caballo, bigas, danzarines blancos y etíopes ejecutan la parte asignada del espectáculo antes de la llegada de la reina egipcia. Detrás de César, senadores, mezclados con algunos invitados foráneos como Sosígenes y Apolodoro (Cesare Danova), contemplan con disgusto el desfile egipcio, mientras en otro lado sus esposas (algunas de ellas con peinados que se pondrían de moda dos siglos más tarde) mantienen una actitud. La plebe romana asiste con deleite al desfile egipcio, admirando la variedad de elementos «exóticos» y sin dejar de dejar caer exclamaciones de sorpresa y aplaudir; el romano común, de hecho, disfrutaba con los desfiles y ovaciones triunfales, esperaba que se distribuyeran «souvenirs» y monedas entre ellos y valoraba el esplendor y la magnificencia, sin escatimar en gastos, de un espectáculo de masas en las calles de la ciudad. La entrada de Cleopatra en Roma en esta película habría colmado esas apetencias.

Si la Roma de Cleopatra evoca en cierto modo la histórica, la de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) resulta irreal. No hay desfile triunfal en esta ocasión, pero sí una imagen del Foro Romano.

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Peter Ellenshaw, que ya había trabajado en Quo Vadis, diseñó el Foro que se utilizó en la película y que aparece brevemente en una secuencia. De alguna manera nos situamos en un Foro amplio, con la colina Capitolina al fondo, una terraza con vistas a la plaza y algunos pequeños templos alrededor.

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Otra secuencia de la película se inicia con una panorámica del Foro, con la entrada al Senado a la derecha y los Rostra enfrente, mientras observamos otra colina al fondo, indistinguible y coronada por un edificio en el que se divisan colosales estatuas de lo que se supone que son los grandes próceres de la República romana. Columnas conmemorativas jalonan el Foro, apenas transitado (y no por multitudes), del mismo modo que en el interior del Senado, en esta misma secuencia, el debate es seguido por apenas unas decenas de senadores.

Encontraremos una versión «fiel» del Foro Romano en La caída del imperio romano (Anthony Mann, 1964), que también incluye una secuencia de desfile triunfal. Podemos comparar esta escena con otra, muy diferente, de Gladiator (Ridley Scott, 2000), pues ambas películas básicamente comparten una trama parecida en relación con Marco Aurelio, Cómodo y Lucila. Empecemos con la primera de las dos películas: tras ser reconocido como emperador por las legiones situadas en Vindobona (Viena), Cómodo (Christopher Plummer) regresa a Roma como vencedor y realiza un desfile triunfal. A través del recorrido de este desfile, desde que Cómodo llega por la Vía Sacra, cruza el Foro, sube por el Clivus Capitolinus y llega al templo de Júpiter Óptimo Máximo, donde dejará la corona de laurel como ofrenda a la deidad, observamos desde diversos ángulos un Foro Romano que sí nos resulta reconocible: en el siguiente fotograma hemos señalado algunos de los edificios que existían en torno al año 180 d. C.

forum-the-fall-of-the-roman-empirePrecedido por soldados a caballo, músicos, sirvientes que portan ofrendas,  aparece Cómodo, montado en una cuadriga (y con el sirviente que recuerda su mortalidad detrás de él), pero sin asir las riendas; cruza el (reconstruido) arco de Augusto, al lado del cual se distingue el templo (circular) de Vesta, adyacente a su vez al templo de Cástor y Pólux; al fondo, en una de los pocos anacronismos que tiene el set del centro histórico de la ciudad que se presenta en la película, observamos un acueducto que sería de época posterior. La comitiva recorre el lateral del Foro en el que se sitúa la basílica Julia (frente a la cual se colocan unas columnas conmemorativas que también son un anacronismo posterior) y Cómodo saluda a su hermana Lucila (Sophia Loren), casada con el rey de Armenia (Omar Sharif). El desfile se desvía hacia el otro lateral del Foro para mostrar los pórticos de la basílica Emilia y encarar el camino hacia los Rostra y los templos de Vespasiano y de la Concordia, que rodea, y subir por el Clivus Capitolinus. A medio camino, Cómodo saluda a la multitud y nos permite ver otra panorámica del Foro desde la colina Capitolina. Una vez llega a la entrada del templo y baja de la cuadriga, entre impasible y aburrido, la frase del sirviente, y entra en el edificio. El recorrido nos ha permitido observar la más cuidada reconstrucción del corazón de la antigua Roma hasta entonces mostrada en el cine. Anacronismos al margen, el único defecto de este set de decorados es el níveo blanco del mármol de los edificios, escrupulosamente elegantes.

En Gladiator encontramos todo lo contrario: una Roma inventada, megalómana y que evoca una imaginería fascista. En el desfile triunfal de Cómodo (Joaquin Phoenix) observamos reminiscencias claras a Leni Riefenstahl (y su documental El triunfo de la voluntad de 1935) y a la arquitectura de Albert Speer (Germania, la proyectada capital nazi). La secuencia se inicia con la aparición, desde los cielos, de Roma, una reconstrucción de la maqueta del Museo della Civiltà Romana que ahora «coge vida».

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Una enorme águila en lo alto de un edificio y sobre las siglas SPQR da paso a una panorámica de una ancha avenida, con el Coliseo detrás, con colosales estatuas ecuestres y delante de las cuales las multitudes parecen hormigas. Cómodo, subido en una cuadriga (que no conduce), lleva a su hermana Lucila (Connie Nielsen) a su lado (uno de los muchos anacronismos que hay en esta película). La cuadriga entra en una inmensa plaza (que recuerda a su vez la de San Pedro del Vaticano), con el Coliseo como constante recordatorio de cuál es el edificio más destacado; preside la escena, en lo alto del edificio del Senado, una delegación de senadores.

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Cómodo baja de la cuadriga y acompañado de Lucila sube las escaleras, evocando a su vez una imagen de Hitler en un congreso del NSDAP en Núremberg, rodadas por Riefenstahl en El triunfo de la voluntad, y recibe una ofrenda floral. El simbolismo es probablemente harto exagerado… pero efectivo: Cómodo es un emperador peligroso; las multitudes, ordenadas como en los congresos nazis, solo esperan el panem et circenses y apenas son masas informes.

La serie televisiva Rome (HBO-BBC-RAI, 2005-2007) tiene entre sus virtudes mostrar una imagen «realista» de Roma: una ciudad caótica, sucia, sin un «plan urbanístico» claro, con claras distinciones entre las domi de la élite senatorial y la familia de César, y las insulae y pequeñas casas del Aventino.

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La imagen del centro histórico de la ciudad también muestra unas calles mal pavimentadas, unos edificios públicos no tan «limpios» como el cine de Hollywood ha presentado habitualmente, más ladrillo y terracota que mármol, y colores térreos en pórticos y balaustradas, pero se percibe una documentación sobre la Roma de los años 40-30 a. C. El décimo episodio de la primera temporada presenta el desfile triunfal de César por sus campañas en la Galia y  con algunos de los elementos propios de la pompa triunfal: pintura roja en el rostro del triumphator, spolia, jefe enemigo capturado (Vercingetórix) y posteriormente ejecutado, recorrido por las calles, aclamación popular, soldados y músicos, etc. El recorrido de la procesión triunfal muestra el centro histórico de la ciudad, reconocible en algunos de sus edificios. Una imagen más nítida del Foro Romano aparece en el último episodio de la segunda temporada, que también utiliza el recurso del desfile triunfal para enseñar la ciudad, en este caso el triunfo de Octaviano, y en la que podemos admirar algunos de los edificios del Foro Romano (con un cierto lavado de imagen).

Este recorrido por la Roma cinematográfica (y televisiva), que deja en el tintero otras recreaciones –como, por ejemplo, el desfile triunfal de César en Julius Caesar (Uli Edel, 2002; desde minuto 16:18)–, no podría terminar sin aquellas Romas «atemporales o modernas» trasladadas al presente, como en Titus (Julie Taymor, 1999), basada en Tito Andrónico de Shakespeare, y en la que el complejo construido por Benito Mussolini en la Espossizione Universale di Roma (EUR) se erige en escenario de la trama, y con particulares «desfiles triunfales» de Saturnino (Alan Cumming) y Bassiano (James Frain) en las calles de la moderna ciudad de Roma; en la Roma también contemporánea (y ubicada en un país de la Europa del Este) de Coriolanus (Ralph Fiennes, 2011); o en la Roma recreada en las celdas, pasillos y patios de una cárcel a las afueras de la capital romana en la particular versión del Julio César shakesperiano en César debe morir (Paolo y Vittorio Taviani, 2012), con presos reales como actores.

De un modo u otro, Roma (real, imaginada o inventada) sigue siendo una ciudad de cine.

Oscar González Camaño
Consultor en la Universitat Oberta de Catalunya