“Un triste final: la campaña norteamericana en 2009-2011”, por Daniel P. Bolger – North Carolina State University

 

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Para cuando el presidente Barack H. Obama juró el cargo el 20 de enero de 2009, la mayoría de los generales norteamericanos confiaban en que ganarían la guerra en Irak. Es posible que, entonces y ahora, a los observadores externos esta creencia les resultara errónea, lamentable o incluso terriblemente irrisoria. Los generales estaban más que dispuestos a hacer un acto de fe. En una guerra rebosante de indicadores –bombas lanzadas, dinero gastado, iraquíes reclutados, lo que sea–, lo que llamaba la atención de los generales era el número de ataques diarios enemigos.

De acuerdo con las presentaciones mostradas diariamente a toda la cadena de mando, desde la gran oleada de tropas de 2007 los ataques enemigos habían descendido drásticamente. En su punto álgido, el enemigo lanzaba en todo Irak casi 260 ataques diarios y ahora la resistencia luchaba por llevar a cabo unos 40. Cabe preguntarse el significado de todo esto en una guerra irregular. Qué se considera un ataque: ¿un disparo de fusil?, ¿un coche bomba?, ¿un impacto de mortero?, ¿seis impactos al mismo tiempo (o eso cuenta como seis ataques)? Los cuarteles generales establecieron oscuras pautas de contabilización, dignas de la hacienda estadounidense, para poder mostrar a sus subordinados lo que era un ataque y lo que no. De ese modo, la tendencia no hacía más que mejorar en los informes y gráficas, pero por buenos que parecieran los indicadores en enero de 2009, había una tenaz insurgencia que jamás desaparecería, una mancha imposible de sacar por mucho que se restregara y que seguiría respondiendo al fuego.

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