Cuando el ejército de Hitler invadió la Unión Soviética en junio de 1941, iniciando un choque de titanes que duraría casi cuatro años, tuvo que enfrentarse a muchas sorpresas, algunas de ellas fruto del desconocimiento que tenía de las verdaderas capacidades del Ejército Rojo. Una de estas sorpresas fue la aparición de grandes carros pesados, casi indestructibles, en las filas enemigas. Un ejemplo de los problemas que podían ocasionar estos blindados nos lo cuenta Erhardt Raus –quien se convertiría en uno de los jefes de fuerzas acorazadas más señalados de la Wehrmacht durante la contienda–, un episodio que ha pasado a la historia como el KV de Raiseinai.

El 23 de junio, en plena batalla por Raiseinai, un soldado y un suboficial se dieron de bruces con uno de estos blindados, que se había colocado sobre la carretera que comunicaba el Kampfgruppe de Raus con la retaguardia. En sus memorias, Raus lo identifica como un KV-1, aunque otras fuentes hablan de un KV-2, armados con un cañón de 76,2 mm el primero y con un obús de 152,4 mm montado en una monstruosa torreta el segundo.

KV de Raiseinai

Un miembro del cuerpo sanitario alemán posa junto a un carro pesado soviético KV-1.

La primera impresión fue que podía tratarse de la vanguardia de un contraataque por retaguardia, por lo que Raus desplegó de inmediato una batería contracarro y una de artillería, así como una compañía de ingenieros, y puso en alerta a parte de sus propios blindados, pero los soviéticos no vinieron, el carro de combate estaba solo. Sin embargo, que no fuera la punta de una ofensiva no lo convertía en un problema menor, ya que en pocas horas había una docena de camiones de suministro destruidos y ardiendo sobre la carretera, y resultaba imposible evacuar los heridos. Había que destruir el blindado.

DESTRUIR EL INDESTRUCTIBLE KV DE RAISEINAI

El primer intento lo llevó a cabo la batería contracarro del teniente Wegenroth, la única equipada con piezas de 50 mm. Bajo la atenta mirada de oficiales y soldados, una de las piezas se colocó a 1000 m de su blanco, mientras la segunda surgía de una hondonada para camuflarse frente a él. Hizo falta media hora más para trasladar, a fuerza de brazos, las dos bocas de fuego restantes de la unidad.

Poco después sonó un primer disparo, a 600 m de distancia. Siguieron otros, hasta que el monstruo soviético hubo encajado ocho impactos, entonces, su torreta empezó a girar y abrió fuego, con el que destruyó dos de las piezas alemanas y dañó las otras dos.

KV de Raiseinai

Esta fotografía de soldados alemanes posando junto a un KV-2 capturado nos da una idea de la enormidad de este monstruoso carro de combate. Para alojar semejante pieza era necesario montarla sobre una torreta de dimensiones descomunales, blanco inmejorable para los proyectiles enemigos.

El siguiente intento de destruir el KV de Raiseinai se llevó a cabo con una pieza mucho más potente, un antiaéreo de 88 mm. Aprovechando que el humo de los camiones en llamas ocultaba el cañón –aunque también interrumpía su línea de fuego hacia el tanque– los artilleros fueron desplazando su pieza hasta colocarla a unos 800 m del blanco. En el interior del titán, que no había dado señales de vida desde la destrucción de las piezas de 50 mm, los soviéticos, sin embargo, estaban observando, y justo cuando los alemanes estaban a punto de acabar de colocar su antiaéreo, la torreta volvió a girar lentamente y el cañón abrió fuego, varias veces, contra los desafortunados artilleros, destruyendo su arma y sembrando los alrededores de cuerpos.

Tras este fracaso, los alemanes volverían a intentarlo, esta vez enviando una docena de ingenieros de combate, comandados por el teniente Gebhardt, durante la noche del 24 al 25 de junio. Las cargas explosivas que portaban, sigilosamente colocadas junto a la cadena y el blindaje lateral, estallaron a la 1.00 horas sin conseguir, aparentemente, otra cosa que inmovilizar definitivamente al KV de Raiseinai mientras la ametralladora colocada en la torreta rociaba los alrededores de balas impidiendo que los germanos se acercaran a ver que habían conseguido realmente. Una segunda carga, explosionada poco después junto al cañón, tampoco logró causar grandes daños.

KV de Raiseinai

Los alemanes hicieron un buen uso del material de guerra soviético capturado tanto para equipar a las divisiones de segunda línea en el Frente del Este como para ser enviado a otros teatros de operaciones –numerosos cañones de 76,2 mm fueron empleados para equipar al Deutsche Afrikakorps de Rommel–. Eran especialmente apreciados los carros pesados soviéticos, como el KV-1A que se ve en esta fotografía, al que se han añadido las insignias alemanas.

Raus pensó en pedir apoyo a la fuerza aérea, pero no había ningún Stuka disponible, por lo que durante la jornada del 25 de junio organizó un ataque coordinado con todos los medios a su alcance. Sus carros de combate se dedicaron a hostigar al blindado soviético mientras un nuevo cañón de 88 mm se acercaba sigilosamente. Esta vez la pieza sí pudo hacer fuego, y dos de los tres proyectiles disparados consiguieron atravesar el grueso blindaje del monstruo. Dañado de muerte, el titán aún daría un último sobresalto a los vencedores, cuando volvió a girar su torreta mientras evaluaban los daños causados, pero un soldado arrojó rápidamente una granada por uno de los boquetes abiertos por la pieza de 88 mm y acabó definitivamente con la tripulación. Tras tres días de angustia, el KV de Raiseinai había sido destruido al fin.


Choque de Titanes