La literatura, quizás el medio que con mayor éxito logró popularizar y transmitir a todos los estratos de la sociedad la esencia del Gran Juego, generó una imagen del mismo en la que conviven la misión civilizadora de Occidente, la exploración de lo desconocido, la conquista y la aventura por antonomasia que ha pervivido en nuestro imaginario colectivo actual. Las obras de Rudyard Kipling, muchas de las cuales discurren en el mundo colonial inglés en la India (Gunga Din, Kim, El hombre que pudo ser rey) quizás sean las más conocidas, pero no las únicas; P. C. Wren, ya entrado el siglo XX, deleitó a la juventud con sus novelas de guerra y aventuras, muchas centradas en la convulsa frontera del noroeste de la India, y hasta Julio Verne se hizo eco de este expansionismo europeo en su célebre Miguel Strogoff.

La prensa igualmente ayudó a divulgar el Gran Juego de la mano de intrépidos corresponsales como el norteamericano Januarius MacGahan, quien desafió el veto ruso a los corresponsales extranjeros y cruzó a caballo el desierto de Kyzyl-Kum para asistir a la caída de Jiva, vivencias que plasmó por escrito en Campaigning on the Oxus and the fall of Khiva (1874). Sin embargo esta visión tópica oculta un expansionismo salvaje en el que las potencias dominantes no tuvieron ningún escrúpulo de conciencia a la hora de masacrar a las poblaciones autóctonas, inferiores a sus ojos, si no se avenían a ser dirigidos por representantes del Imperio ruso o inglés, todo en función de poder controlar un espacio geoestratégico de vital importancia.

El bazar de Kabul durante la ocupación británica en 1839-1842. National Army Museum

No obstante, la expansión colonial no siempre fluyó por los cauces ordenados desde los diferentes gobiernos, ya que a veces simples individuos decidieron probar suerte y adentrarse en territorios que hasta entonces habían permanecido vedados a ojos europeos en busca de aventura, fama y fortuna. Este es el caso del norteamericano Josiah Harlan (1799-1871), uno de los fascinantes personajes que aparecen en el contexto de la Primera Guerra Anglo-Afgana magistralmente trazado por William Dalrymple en El Retorno de un rey. La aventura británica en Afganistán (1839-1842). De simple marinero, Harlan pasaría a servir como “agente secreto” del rey afgano en el exilio Shah Shujah en su intento por derrocar al emir de Kabul Dost Mohammad, como médico del maharajá del Punyab Ranjit Singh y, finalmente, como general del mencionado Dost Mohammad. En el transcurso de una expedición punitiva contra el señor de la guerra Murad Beg en la que hizo gala de sus dotes militares, le sería ofrecida la corona de príncipe de Ghor, en el Hindu Kush.

JOSIAH HARLAN, TRAS LOS PASOS DE ALEJANDRO MAGNO

Josiah Harlan nació un miércoles 12 de junio de 1799 en el municipio de Newlin del condado de Chester (Pensilvania), noveno de diez hijos de una familia de píos cuáqueros. Su padre, Joshua, había prosperado como comerciante en el puerto de Filadelfia y había comprado una pequeña granja en Newlin donde criar a su familia. Allí, el pequeño Josiah devoraba libros de Shakespeare, Burke, Plinio y Platón, historias de romances, política y química. A los trece años su madre falleció, dejando 2000 dólares a sus tres hijas y nada a sus siete restantes hijos varones. Pero él y sus seis hermanos tenían una vena aventurera y pensaban en construir sus propias fortunas.

Varios de ellos se embarcarían a la aventura mientras Harlan se aficionaba a la historia de Grecia y de Roma, de donde nacería su obsesión por Alejandro Magno. Su hermano Richard fue su mayor influencia, dado el interés por la medicina de Josiah. Este trabajaba como doctor en la India y solía regresar a Estados Unidos con maravillosos relatos de sus experiencias; así, terminaría consiguiéndole un trabajo a Josiah quien, con veinte años, se embarcó hacia Calcuta.

Josiah Harlan

Único retrato conocido de Josiah Harlan, en esta fotografía vistiendo sus ropas afganas.

En uno de sus regresos a Filadelfia se enamoraría de Elizabeth Swain, a la que, haciendo gala de su caballerosidad, mencionaría indirectamente en sus poemas, formando su nombre con la primera letra de cada línea de uno de sus versos de amor. Ambos se comprometerían justo antes de volver a embarcarse hacia Cantón, pero una taimada, arrugada y triste carta escrita por su hermano le informaría que Elizabeth había contraído matrimonio con otro. La carta sería leída, quemada y sobre sus restos, Harlan juraría no regresar jamás a América.

Aunque no había sido instruido formalmente como médico, se puso al servicio de la Compañía de las Indias Orientales como cirujano para poder mantenerse en la India. En 1815, tras leer An Account of the Kingdom of Caubul, and its dependencies in Persia, Tartary, and India, comprising a View of the Afghaun Nation and history of the Dooraunee Monarchy de Montstuart, convirtió en su objetivo alcanzar la gloria y riqueza descritas en el libro. Acompañado por su perro Dash, rompió su vinculación con la Compañía de las Indias Orientales y en 1827 se puso al servicio del exiliado (en 1810) monarca afgano Shah Shujah, que conspiraba para recuperar su trono desde la ciudad india de Ludhiana. “Aquí hay reinos disponibles, que requieren solo iniciativa, energía y suerte”, escribió Josiah Harlan,”Cada uno en su propia estimación es un rey”. Partió hacia Kabul para desestabilizar al emir reinante Dost Mohammad, con la promesa de convertirse en visir si conseguía el retorno del rey.

Dost Mohammad

Retrato de perfil de Dost Mohammad, emir de Kabul, del libro de Josiah Harlan Memorias de la India y Afganistán.

Se cuenta que su marcha hacia Kabul la realizó disfrazado de derviche y que se presentó ante Dost Mohammad, al que llegaría a admirar. Tras ponerse a su servicio y comprobar que la revuelta era improbable, regresó a la India y se puso al servicio del maharajá Ranjit Singh como médico y, más tarde, como general de su ejército y gobernador de Gujrat. Cuando estalló la guerra entre afganos y sijs se alió con Dost Mohammad, al que había tratado de deponer.

Este, dejando a un lado los rencores, le nombró comandante y tras la victoria sobre los sijs en Jamrud, le regaló una espada bañada en oro y le encargó una expedición punitiva contra Murad Beg, kan de Kumduz. Ben Macintyre escribía en Josiah the Great “en el invierno de 1838, un conquistador, entronizado en un gran elefante, elevaba su estandarte en las salvajes montañas de Hindu Kush […] Dos mil jinetes nativos gritaron su lealtad, cada uno en su lengua: afganos, patanes, persas, hindúes, tayikos y hazaras de las tierras altas, descendientes de la horda mongola”.

A lomos de su elefante, Josiah Harlan reclutó miembros de la tribu hazara, descendientes de los mongoles de Gengis Khan, e impresionó tanto al príncipe Reffee Beg de Ghor que este le prometió cederle el trono si garantizaba la seguridad del reino. Al igual que Alejandro el Macedonio, que había liderado su ejército en las mismas montañas veintidós siglos antes, era también llamado “el Grande” por sus seguidores. Además de sus numerosos títulos –príncipe de Ghor, gobernador de Gujrat, cirujano personal del maharajá Ranjit Sigh…– se decía que tenía poderes mágicos obtenidos de su experiencia como alquimista. Gobernó hasta 1839, cuando las fuerzas británicas llegaron a Kabul con motivo de la Primera Guerra Anglo-Afgana, reinstalaron a Shah Shujah en el trono y expulsaron a Harlan, que marchó con el contrato en el que se lo nombraba príncipe de Ghor en el bolsillo.

Josiah Harlan regresó a su patria, no sin antes pasar por Rusia donde intentó convencer al zar para que le ayudara a recuperar su trono. Tras veinte años de aventuras en India y Afganistán, se casó con Elizabeth Baker y tuvo una hija, Sarah.

US Camel Corps en Texas por Thomas Lovell, National Museum United States Army.

En la década de 1850 se convirtió en consultor para el Gobierno estadounidense, buscando regresar a Afganistán a toda costa. Lo intentó proponiendo utilizar camellos afganos como transporte militar en los desiertos del Oeste. El plan fue aceptado, pero los animales fueron importados del norte de África por un inmigrante turco, y en 1863 el cuerpo de camellos estadounidense se disolvió al descubrirse una mejor resistencia y menor agresividad en los caballos americanos. Todos los intentos de involucrar al Gobierno de EE.UU. para regresar a Afganistán fracasaron. Sea como fuere, pasó el resto de su vida buscando maneras de acrecentar su fama y participó en la Guerra de Secesión del bando de la Unión con la Harlan’s Light Cavalry, unidad compuesta por 43 oficiales y 1089 soldados que él mismo formó.

Murió el 12 de octubre de 1871 (sábado) a la edad de setenta y dos años, desplomado en una calle de San Francisco, mientras planeaba embarcar rumbo a China para ofrecer sus servicios al emperador.

 

JOSIAH HARLAN, EL HOMBRE QUE PUDO REINAR

The Man Who Would Be King: The First American in Afghanistan es una biografía escrita por Macintyre en la que se reflejan las conexiones entre Josiah Harlan y Daniel Dravot, el héroe de la historia de Kipling. Ben Macintyre, columnista de The Times, trabajó como corresponsal enviado a Afganistán a cubrir las últimas fases de la guerra. Al igual que los rusos y los británicos se habían disputado el territorio en el siglo XIX, al final del siglo XX y principios del XXI lo harían soviéticos y estadounidenses. Con el ataque de Tora Bora, fue a la Biblioteca Británica para cargar las pilas para un nuevo viaje. Allí se tropezó con un nombre: Josiah Harlan, el primer americano en pisar Afganistán. El romanticismo de su historia, aunque increíble, parecía extrañamente familiar. Macintyre, que había leído la obra de Kipling por primera vez en Peshawar, veía claras similitudes entre Harlan y Daniel Dravot, personaje principal de El hombre que pudo ser rey (1888).

Josiah Harlan el hombre que pudo reinar

Cartel del film El hombre que pudo reinar (1975), dirigido por John Huston y protagonizada por Sean Connery y Michael Caine, basada en la novela homónima de Rudyard Kipling.

Dedujo que Kipling había conocido la historia de Harlan durante el tiempo que vivió en Afganistán y decidió seguir investigando. Las referencias que encontró sobre la vida de este aventurero americano fueron bastante negativas. La primera historia británica oficial de la Primera Guerra Anglo-Afgana lo consideraba “inteligente y poco escrupuloso… un aventurero americano, a veces doctor y a veces general, preparado para ponerse al servicio de cualquiera que estuviese dispuesto a pagarle”.

Pero Macintyre no era el primero en interesarse por este personaje. Aunque Harlan solo había publicado un libro (polémicamente anti-británico) en 1939, más de sesenta años después de su muerte, un investigador había reunido fragmentos de su obra no publicada. Sin embargo, había concluido que todos los escritos de Harlan habían sido destruidos en un incendio en 1929. Macintyre no se conformó y su olfato periodístico le llevó a extender sus investigaciones al Punyab, donde Harlan había vivido en la década de 1820, a Pensilvania, donde había nacido, y a San Francisco, donde murió.

Por fin, en un diminuto museo del condado de Chester encontró la voz perdida de Josiah Harlan: “en una vieja caja, sepultada y olvidada entre los archivos, se encontraba un raído manuscrito con una intrincada caligrafía, gran parte de la autobiografía perdida de Harlan”. Este había declarado en una entrevista para un periódico de la época que había sido príncipe de Ghor por legítimo contrato. Se asumió que el papel se había esfumado o que, tal vez, nunca había existido. Pero ahí, al fondo de una vieja caja y ante los ojos de Macintyre se encontraba un amarillento documento en escritura farsi con un precioso estampado. Ciento setenta años después, se encontraba el maravilloso documento por el cual un príncipe afgano entronizaba a Josiah Harlan, el hombre que pudo ser rey.