“A imitación de las legiones romanas son los que nosotros llamamos tercios, aunque difieren mucho en el número, en el orden y en todo lo demás”. Así decía Sancho de Londoño, maestre de campo del tercio de Lombardía, en un tratado que se publicó en Bruselas en 1589, el Discurso sobre la forma de reducir la disciplina a mejor y antiguo estado. Las legiones de Roma fueron, sin duda, la inspiración de los tercios españoles, al menos en el plano espiritual y moral, para un sistema militar, el del tercio, vigente durante casi dos centurias, de 1534 hasta 1704, si bien, a comienzos del siglo XVI, Gonzalo Fernández de Córdoba ya asentó las bases de dicho modelo, el de un ejército permanente, profesional y disciplinado, con una táctica de gran versatilidad –que lo haría prevalecer por encima de las falanges suizas que habían dominado los campos de batalla europeos el siglo antecedente– y una logística sólida.

tercios españoles

Sala de guardia (1642), por David Teniers el Joven (1610-1690), Museo del Hermitage, San Petersburgo

El origen de los tercios españoles se halla en las colunelas, agrupaciones tácticas ad hoc de distintas capitanías o compañías de infantería, cuya entidad oscilaba entre los 800 y los 1500 efectivos. Fernández de Córdoba, “El Gran Capitán”, transformó las colunelas en coronelías, integradas cada una por doce compañías de 500 hombres, de los que 200 eran piqueros, 200 rodeleros –armados con espada y escudo–, y los 100 restantes, arcabuceros. Esta combinación de armas, que sufrió alteraciones con la desaparición de la rodela y la introducción del mosquete, fue la clave del éxito de los tercios sobre las falanges suizas y la caballería pesada francesa. La formación de combate del tercio consistía en un batallón, o cuadro de picas, flanqueado en sus cuatro esquinas por mangas de arcabuceros; la solidez frente a la caballería del bloque de picas se compenetraba a la perfección con la potencia ofensiva que proporcionaban las “bocas de fuego”. Las batallas Bicoca, Pavía, Mühlberg y San Quintín afirmaron la eficacia de dicho sistema.

En el plano organizativo y logístico, los tercios españoles rubricaron la transición de las levas feudales del medievo a los ejércitos modernos, proceso que había comenzado el siglo anterior. Los tercios eran unidades permanentes, con una estructura orgánica bien definida y los servicios médicos, logísticos –y religiosos– necesarios para su buen funcionamiento. Los ejércitos españoles del periodo no solo disponían, en sus operaciones, de hospitales de campaña, sino que además establecieron los primeros hospitales militares permanentes. La minuciosidad con la que se atendía al suministro de las tropas, por otra parte, se hace patente mediante el estudio del tránsito de tropas del ducado de Milán a los Países Bajos a través de un conjunto de rutas conocidas como “Camino español”. El sistema de asientos, o de contratas, y la exigencias de las guerras, contribuyeron de forma decisiva en los siglos XVI y XVII al desarrollo de un verdadero Estado fiscal militar que estableció sus propios mecanismos para financiar sus campañas.

El soldado de los tercios era, ante todo, un militar profesional. El capitán Marcos de Isaba recomendaba, en el tratado Cuerpo enfermo de la milicia española (1594), que no se ascendiera a cabo a un soldado con menos de cinco años de experiencia, periodo al que agregaba un sexto adicional para al ascenso a sargento, otros dos para convertirse en teniente, y tres más antes de recibir la patente de capitán. Tales consejos se hicieron realidad en las ordenanzas de 1632. Además, a diferencia del lansquenete alemán o el suizo, el soldado español no era un mercenario que combatía por dinero, sino un súbdito de un monarca, conocido como “el Rey Católico”, que de él esperaba una lealtad sin condiciones y un espíritu ético. A pesar de que la disciplina de los tercios fuera del campo de batalla resultase laxa y su trayectoria se viera jalonada por una multitud de motines, no es menos cierto lo que atestiguaba, hacia 1590, un diplomático italiano, Giovanni Botero Benese: “[los soldados españoles] sufren hambre y sed con mayor tolerancia y esfuerzo que otras ningunas gentes de Europa, lo cual les ha hecho salir vencedores infinitas veces. Fuera de su tierra se defienden unos a otros en amistad estrecha, lo cual es causa de que sus escuadrones sean casi invencibles”.

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El ejército de Flandes en formación durante la Batalla de Nieuwpoort (1600).

El sistema del tercio se convirtió, por los méritos mencionados, en la base de los restantes ejércitos del periodo, y dio pruebas de su validez no solo en los campos de batalla de Flandes e Italia, sino también en otros frentes de la Monarquía Hispánica, lugares tan diversos como el continente americano y el norte de África –las Indias y Berbería para los soldados de la época–, donde conflictos como la Guerra de Arauco y la lucha contra los turcos dotaron a los tercios españoles de matices particulares. Estas unidades fueron, asimismo, el origen de la moderna infantería de marina española, dado que, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico, las armadas hispánicas contaron con sus propios tercios, el de Galeras y los llamados “tercios de la Mar”.

La decadencia de los tercios españoles llegó en la segunda mitad del siglo XVII, pero no se produjo, como se ha argüido con frecuencia, por una presunta obsolescencia táctica. A lo largo de su historia, los tercios introdujeron cambios constantes para adaptarse a las evoluciones del enemigo: la proporción entre picas y armas de fuego se inclinó, de forma progresiva, a favor de estas; los batallones se hicieron más pequeños y ganaron amplitud a costa de profundidad. La verdadera causa del declive de los tercios fue la crisis económica y demográfica que asoló a España a mediado de la centuria. Fue la falta de recursos y de efectivos en un reino exhausto lo que privó a las tropas de la Monarquía Hispánica de su eficacia característica. A pesar de todo, la desaparición de los tercios españoles no se produjo hasta 1704, con el cambio de dinastía, cuando Felipe V los reformó para adaptarlos a la base regimental de corte francés –el modelo que entonces triunfaba en Europa–.

Por Àlex Claramunt Soto, director de Desperta Ferro Historia Moderna.