Apenas dos horas de la mañana del 24 de febrero de 1525 bastaron para hacer naufragar las aspiraciones de la Corona francesa sobre el ducado de Milán y sumir al reino en una grave crisis. Buena parte de la nobleza gala pereció en el campo de batalla de Pavía y el monarca francés, Francisco I, capturado junto con algunos de sus principales capitanes. El desenlace, sin embargo, hubiera podido ser aún peor para el reino de la flor de lis, pues el rey bien podría haber caído en la lucha. La muerte de un monarca en el campo de batalla no era algo inusual en el Renacimiento: Jacobo IV de Escocia pereció en Flodden Field (1513), combatiendo contra Inglaterra, y Luis II de Hungría perdió la vida en Mohács (1526) a manos otomanas.

Algunos autores franceses cercanos a los hechos celebraron el coraje de Francisco en la lucha –Sébastien Moreau de Villefranche, refrendario general del ducado Milán, se refirió al monarca como a “un verdadero Rolando, a pie y a caballo”–. Otros, en cambio, se mostraron críticos con la decisión del rey de exponer su vida. El mariscal Florange, que comandaba a los mercenarios suizos, reprochó en sus memorias a Francisco que se involucrase durante el sitio de Pavía en continuas escaramuzas, “no como un rey sino como un simple capitán”. A la postre, y a pesar de que había combatido con singular habilidad, el Valois trató en vano de escapar del campo de batalla. Privado de sus guardaespaldas, que habían caído uno tras otro, protegiéndolo, fue una presa fácil para sus perseguidores.

captura capturó a Francisco I

La captura de Francisco I en Pavía, miniatura de la serie Los triunfos de Carlos V (c. 1556 – c. 1575), de Simonzio Lupi, The British Library.

Quién hizo prisionero a Francisco I ha sido durante siglos materia de polémicas y disputas, pues Carlos V y el propio monarca francés acreditaron a distintos soldados como partícipes en la captura. Estos son el guipuzcoano Juan de Urbieta, el granadino Diego de Ávila, el gallego Alonso Pita da Veiga y el catalán Juan de Aldana. Asimismo, el condotiero Cesare Hercolani aseguraba ser el autor de la herida fatal que derribó al caballo del rey. Urbieta consiguió de Francisco I una cédula en la que este lo reconocía como uno de sus captores. Asimismo, Carlos V le concedió un escudo de armas que describe con sumo detalle en su testamento, fechado el 23 de agosto de 1553 en Hernani:

Un escudo y dentro del escudo un campo verde, y junto al campo el rio Tesin, pintado con las ondas del mar; y por encima del rio un campo blanco, y en el campo verde, debajo un medio caballo blanco, en el pecho una flor de lis con su corona, y el freno y riendas coloradas, y la rienda caida al suelo; y mas un brazo armado con su estoque alzado arriba. Todo esto está dentro del escudo. Y encima del escudo, por timble la águila negra imperial, partida en dos cabezas, todo pintado, como parece por el privilegio y merced que de ellas me hizo Su Majestad por la prisión del rey de Francia, y otros servicios.

Alonso Pita da Veiga, al igual que Urbieta, obtuvo un documento firmado por Francisco I que lo acreditaba como uno de los hombres que lo hizo prisionero. Diego de Ávila, por su parte, recibió de Carlos V una carta de privilegio, fechada en Granada el 6 de julio de 1526, en virtud de la cual recibiría un renta anual de 50.000 maravedíes por su papel en la captura de Francisco I. En cuanto a Juan de Aldana, veterano que en Pavía tenía el rango de coronel y había combatido, entre otras ocasiones, en los sitios de Salses y Perpiñán (1503), la batalla de Rávena (1512) y la de Bicoca (1522), Juan Francisco Andrés de Uztarroz, cronista mayor de Aragón en tiempos de Felipe IV, además de acreditarlo como el captor del rey francés, menciona también que Carlos V le otorgó un escudo de armas en recompensa por sus acciones.

De entre todos los testimonios de la batalla, el que describe con más detalle la captura de Francisco I es Juan de Oznaya, paje de lanza del marqués del Vasto. Según Oznaya, el primero en aproximarse al Valois, que yacía impedido debajo de su formidable caballo, fue Urbieta. Después de escuchar de labios del rey “Yo me rindo al emperador”, el guipuzcoano se habría apartado para acudir en auxilio del alférez de su compañía, al que varios franceses trataban de arrebatar la bandera de su compañía. Entre tanto, según Oznaya, Diego de Ávila llegó junto a Francisco I y, tras recibir de este su espada y una manopla, trató de sacarlo de debajo de su montura. Al poco habría aparecido Pita da Veiga, quien ayudó a De Ávila a levantar a Francisco I y que recibiría como gaje el collar de la Ordre de Saint-Michel del soberano.

Tras varias peripecias, cuenta Oznaya, un gentilhombre borgoñón, La Motte, amigo del duque de Borbón, reconoció a Francisco I y se ocupó de que el monarca fuese puesto a salvo de la furia de los arcabuceros. Son motivo de polémica, asimismo, la reacción del Valois al hallarse frente a su antiguo condestable –más o menos fría según las fuentes– y el general al que el rey se rindió de manera oficial –el marqués de Pescara, a decir de las fuentes españolas, o Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles, según el mariscal Florange y el comandante de los lansquenetes imperiales, Georg von Frundsberg–.

Àlex Claramunt Soto, director de Desperta Ferro Historia Moderna