Desde el primer minuto de metraje, Dunkirk arrastra al espectador a una espiral de agónica acción que no da ni un instante de tregua, una lucha por la supervivencia que los diferentes personajes afrontan con una mezcla de estoicismo, resignación y espíritu de sacrificio –bastante alejado del simplón heroísmo hollywodiense–, que se combina de forma natural y sin moralinas ni intención de juzgar con episodios de derrotismo, miedo y afán de supervivencia individual más allá del grupo.

Con una flagrante ausencia de diálogos –por otra parte innecesarios– y escasas concesiones, Nolan se transmuta en Keegan para jugar con el espectador a su voluntad, haciendo que sienta en sus carnes la vulnerabilidad en las playas ante el aterrador bombardeo en picado de los Stuka, la claustrofobia de la bodega de un barco que se hunde irremediablemente ante el impacto de un torpedo o la precariedad de la cabina de un Spitfire, en medio de un magistral uso de los tiempos en que se desarrolla la acción. He de confesar que, siendo como soy espectador habitual de cine bélico, pocas películas me han hecho sentir tal cúmulo de sensaciones, y tan a flor de piel, como Dunkirk, que me reconcilia con un género que en los últimos tiempos me producía cierto hartazgo.

Y si hablábamos de lo innecesario de los diálogos, también lo es otorgar corporeidad al enemigo, de contundente pero invisible presencia a lo largo de todo el film, cuya no caracterización deja toda tentación/interpretación maniquea fuera de la ecuación. Porque Dunkirk no es una historia de buenos contra malos, ni siquiera de aliados contra alemanes, sino del ser humano frente a la tragedia sin rostro de la guerra.

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