Cuando, en abril de 1581, Portugal es anexionado o incorporado, depende del punto de vista, a la Monarquía Hispánica, esta adquiere dimensiones realmente planetarias, que se encarnan en las rutas marítimas que controla. De un lado, la que une a Lisboa con Macao; de otro, la que va de Manila a Acapulco, en la costa occidental de Nueva España (México); por fin, la que transcurre entre Veracruz, en la ribera oriental, y Sevilla. El conjunto, ceñía el globo, afianzaba la presencia de los españoles en Asia y convertía el Pacífico en “un lago español”.

Es importante precisar, sin embargo, que en ningún momento el nuevo reino pasa a depender de la corona de Castilla, sino que conserva su plena autonomía, bajo la dependencia de un soberano común, que si en España es Felipe II, en Portugal es Felipe I. Son pues, dos territorios gobernados por una misma persona –siguiendo el modelo clásico de aquella compleja monarquía– pero en absoluto subordinados el uno al otro.

Macao siglo XVII

La ciudad de Macao según el Livro das Plantas de todas as fortalezas, cidades e povoaçoens do Estado da Índia Oriental (1635), Biblioteca Pública de Évora.

Es más, el propio rey se esmerará en respetar escrupulosamente esa dualidad, y así, salvo casos muy excepcionales, los españoles no utilizarán la ruta portuguesa, vía el cabo de Buena Esperanza, ni los lusitanos la española, por el Estrecho de Magallanes o por Acapulco. Asimismo, no habrá intercambios comerciales entre Macao y Manila, sino que ambas ciudades mantendrán sus circuitos comerciales habituales con sus respectivas metrópolis. Lo mismo se aplica a la defensa. Solo en ocasiones muy contadas tropas o armadas de cada uno de los dos países cooperarán con las del otro, en general con resultados mediocres, debidos a recelos históricos. Habrá, ciertamente, “permeabilidades”, como dice Loureiro, en zonas limítrofes, pero la regla era una estricta separación, lo que no dejaba de crear problemas, tanto debido a las rivalidades comerciales como a la difícil articulación entre el modelo portugués, basado en factorías y fortalezas en puntos de la costa, y el español, que buscaba el dominio de regiones enteras.

No obstante, en España se vio la unión dinástica como un engrandecimiento propio, y no se dudaba en proclamar que su rey era “señor de medio mundo”, sin entrar en distinciones jurídicas. Porque lo cierto es que los horizontes se amplían de forma casi ilimitada. Por solo citar a tres hombres, el alférez Pedro Ordóñez de Ceballos puede firmar, sin ruborizarse, un libro titulado Viaje del Mundo, recogiendo sus experiencias, que terminaría como “clérigo virtuoso y limosnero”; el también alférez Miguel de Jaque, se pasea casi frenéticamente por Asia y América, sin apenas reposar en España, antes de regresar de nuevo a Filipinas para encontrar, parece, airada muerte, y el capitán Domingo de Toral anota que ha navegado 10.000 leguas por aguas de la monarquía, sin contar el largo regreso a Europa por tierra, vía Isfahán, Bagdad, Alepo –donde encontró judíos expulsados de España, que leían a Lope y “cuya lengua común y casera era la castellana”–, Alejandreta, Marsella y Barcelona.

Españoles en Asia

Esos tres hombres, al igual que los demás españoles en Asia, se sumergen con naturalidad en un universo maravilloso. Ante la evidencia de las suntuosas sedas orientales, de ríos de perlas y de especias más valiosas que el oro, de guerreros “cuya mayor grandeza” era tener como copa “una calavera engastada en oro y piedras que fuera de un español famoso”, no extraña que se hable de árboles cuyas hojas, si caen al mar, se transforman en peces, y, si a tierra, en mariposas; de “un águila tan grande que en las uñas se lleva un elefante”; “del pájaro sin pies que habita en el aire y que come rocío”, y de un animal que hasta el pecho tiene forma de mujer, y de escorpión el resto del cuerpo. Como tampoco sorprende que los soldados llevaran, guardadas en unas cañas, unas moscas que contrarrestaban el veneno de las flechas.

españoles en Asia

Elefante, mono, flores e insectos (1663), grabado de Wenceslaus Hollar (1607-1677), Rijksmuseum, Ámsterdam. La flora y la fauna fascinaron a los soldados españoles en Asia.

Súbditos de un rey que “meneaba al mundo por medio de sus capitanes”, en palabras de Argensola, orgullosos de “la reputación en que todas aquellas naciones tienen a los castillas (españoles)”, afirman, sin vacilar, que “bien ha mostrado la experiencia que cincuenta españoles han hecho alguna vez lo que las legiones romanas”, cada una de las cuales alineaba miles de hombres. Por eso, el espejo de capitanes que fue Gallinato exclama que “en todos los reinos y tierras del mundo se han desplegado nuestras banderas (y) las hemos de ver tremolar hasta conquistar la Gran China”. Alguno llegaba al extremo de afirmar que “con veinticinco soldados bastaba para toda la China”, y otro, más modesto, calculaba que “con menos de sesenta buenos soldados españoles” era suficiente.

Se hicieron en efecto, como ha estudiado Ollé, proyectos para tamaña aventura, la llamada “Empresa de la China”, que a medida que la realidad se imponía y la información se afinaba, pasaron de prever esa escasa sesentena de hombres a 15.000, españoles, japoneses y filipinos por parte iguales, una combinación, por otro lado, bastante usual, aunque en proporciones mucho menores. La prudencia de Felipe II y el desastre de otra empresa, la de Inglaterra, acabaron con esas quimeras, pero lo significativo es que se estudiaron sesudamente y se alimentaron entre 1569 y 1586.

Es que entonces nada parecía demasiado, y se demostraba. Miguel de Jaque participó en las apenas creíbles andanzas de un español, Blas Ruíz, y de un portugués, Diego Belloso, que Mekong arriba se internan en Camboya, acaban con un rey usurpador, se trasladan a Laos, reponen en el trono al hijo del legítimo, combaten contra multitudes, contra elefantes de guerra con una catana encadenada a la trompa y coronados por un castillete lleno de arqueros o arcabuceros, son nombrados Grandes Chorfas y gobernadores de provincias, y terminan muriendo al hierro, como habían vivido (véase “La expedición española a Camboya” en Desperta Ferro Número Especial XV: Los Tercios (V). Asia ss. XVI-XVII). En escala más reducida, Diego de Quiñones, clavado a una silla por sus heridas, derrota con sesenta españoles a quinientos holandeses, en Ilo Ilo (Filipinas) y aún le quedan energías para dirigir un contrataque. Por cierto, Quiñones era vizcaíno, como entonces se llamaba a los vascos, a los que se consideraba los más adecuados eventualmente para realizar la conquista de China.

Frontispicio de Conquistas de las Islas Filipinas, de Gaspar de San Agustín (Niccolò Billy, 1698), Museo Oriental, Valladolid. Se trata de una stampa alegórica de la conquista espiritual del archipiélago que muestra a Felipe II, fray Andrés de Urdaneta –descubridor del “Tornaviaje”, o viaje de vuelta de Asia a América– y fray Martín de Rada.

Conviene aclarar que estas hazañas no fueron normalmente realizadas por tercios, en el sentido de unidades permanentes, con una estructura establecida. Filipinas no dispuso de una verdadera guarnición hasta la década de los 90 del XVI, “cuando se fundó el campo de paga”, formado por un maestre de campo, un sargento mayor, seis capitanes y 400 soldados, entre arcabuceros y mosqueteros. Siempre resultó difícil mantener aún este exiguo contingente, diezmado por las enfermedades, los combates y las deserciones, y ello solo fue posible a base de reclutar “la escoria de Nueva España” y “desesperados y expulsados de otras partes”, y no gente “de la buena de Castilla”. Portugal, por su parte, llegó a alistar homicidas en sus barcos, a falta de algo mejor.

Solo en casos puntuales, como la expedición de Acuña, que con desconcertante facilidad recuperó las Molucas en 1606, batiendo a ternates y holandeses, se acumularon fuerzas importantes. En concreto, cuatro compañías levantadas en España, seis en México y dos procedentes del “campo de Manila”, además de 344 filipinos con su propio maestre de campo y cuatro capitanes, todos indígenas. Por cierto, que Acuña hizo jurar a los habitantes vasallaje al rey de España, cuando los portugueses siempre habían considerado como propias esas islas. No olvidaron los lusitanos esa prepotencia, como tampoco olvidaron que Felipe II les había obligado a cerrar sus puertos europeos a ingleses y holandeses. Ello provocó la agresiva penetración en Asia de ambas naciones, a la búsqueda de productos que ya no podían adquirir en Lisboa, con nefastas consecuencias para los intereses de Portugal en la región.

Vicealmirante De Weert

El vicealmirante holandés De Weert, recibido por el rey de Batticaloa, en Ceilán, el 30 de abril de 1603 (ca. 1644-1646), Rijksmuseu, Ámsterdam. A partir de 1600, a los enemigos locales se agregaron los corsarios holandeses, atraídos por la riqueza de Oriente, como principales rivales de los españoles en Asia.

A falta de suficientes tropas regulares, se acudió de forma sistemática a “aventureros” que muchas veces servían sin sueldo, con la esperanza de resarcirse con eventuales botines, como había sido el caso en la conquista de América (véase Desperta Ferro Número Especial XI: Los Tercios (IV). América ss. XVI-XVII). Aun así era tal el déficit de hombres, que en momentos de crisis se tuvo que recurrir a los escuderos, normalmente personas de edad, cuyo cometido era acompañar a las damas cuando salían a la calle o cuando iban a misa, y a movilizar a religiosos, no pocos de los cuales eran antiguos soldados veteranos. Un jesuita llegó a mandar la artillería que defendía Manila.

El armamento que se utilizó en aquellas remotas tierras era el habitual en el teatro europeo, pero con un uso intensivo de arcabuces y mosquetes, mientras que las picas solían sustituirse por alabardas y medias picas, más manejables. También se recurrió de forma habitual a las “alcancías”, una especie de granadas primitivas, y a trabucos de fabricación local, que llegaban a cargar, se dice, cincuenta balas, y que eran muy eficaces en las distancias cortas.

Domingo de Toral, de Flandes a la India

Un ejemplo de la poco frecuente cooperación hispano-portuguesa fue el del veterano de la Guerra de Flandes Domingo de Toral, adscrito en 1629 como “entretenido” –una especie de oficial de estado mayor–, a Miguel de Noroña, nombrado virrey del Estado de la India, como se denominaba a las posesiones lusitanas en Asia (véase “Domingo de Toral y Valdés, de Flandes a la India” en Desperta Ferro Número Especial XV: Los Tercios (V). Asia ss. XVI-XVII). La travesía fue áspera, lo que aumenta el asombro ante viajes como los que se han mencionado más arriba. Duró seis meses, desde Lisboa a Goa, la capital del Estado, con poco agua, vino “recio, que abrasaba los hígados”, tocino, sardinas y “pescado salado”, probablemente, bacalao. Con ese régimen, el escorbuto diezmó a la armada. Hasta 500 hombres murieron por distintas causas, más otros 400 en un galeón que se hundió. Aunque peor fue lo que había sucedido en 1621, cuando de catorce buques salidos de Portugal, solo uno logró alcanzar Goa.

Mascate

La plaza de Mascate según el Livro das Plantas de todas as fortalezas, cidades e povoaçoens do Estado da Índia Oriental (1635), Biblioteca Pública de Évora. En esta fortaleza tenía su principal base el temible Rui Freire de Andrada, “General del Mar de Ormuz y costa de Persia y Arabia”.

Una vez llegados a su destino, se le puso a las órdenes de Rui Freire de Andrada, capitán general de la Costa Arábiga, basado Mascate. Era un solado de extraordinaria trayectoria, hoy olvidada en España, aunque sirvió al rey común. Protagonizó la cerrada defensa de la isla de Kishm, en el Golfo Pérsico, frente a ingleses y persas, y una novelesca fuga de sus captores, tras adormecerles con un narcótico que mezcló con su bebida.

Toral dejó una excelente descripción de él –“uno de los soldados más bien entendidos que había en la India”–, que le retrata como un auténtico hijo de Maquiavelo: “su razón era más política que cristiana”, “tenía más de cruel que de piadoso”, creía que “el temor hacía más bien las cosas que el amor”, y “trabaja con su propia persona muy poco, con el entendimiento muchísimo”. No dudó en decapitar a la tripulación de un buque inglés que capturó, ni en enviar las cabezas al factor de esa nación en Bandar Abbas, como venganza por los cientos auxiliares indígenas de los portugueses que los británicos, violando la capitulación de Kishm, permitieron que sus aliados persas asesinaran. Ni en imponer la misma pena a un subordinado, tras almorzar con él, porque, por salvar la vida a una mujer, había incumplido su orden de masacrar a todos los habitantes de un lugar. Era esta, por cierto una instrucción que daba con frecuencia, y que se completaba con la sistemática tala de palmeras y frutales, para que la desolación fuese más completa. Se trataba de una deliberada política de terror contra los establecimientos costeros persas, que dio resultado, porque forzó al sah a pactar una tregua y a autorizar el establecimiento de una factoría portuguesa en Bandar-e Kong.

Con tal carácter, la disciplina que imponía era draconiana, y por ello, “en la India sus soldados son entre los otros los más estimados, como entre nosotros los de Flandes, por la obediencia que tienen y el castigo que se le sigue a la que no la guarda”.

Sus despiadadas tácticas no estaban reñidas con la cortesía, que, decía, “es muy necesaria en la guerra, y lo que más valía y menos costaba”. Por eso, antes de un feroz combate naval se intercambia con su enemigo, el almirante inglés, espectaculares sombreros, para que se les distinguiera mejor en la pelea, y por eso, mientras él ocupa su puesto de mando vestido de color rosa, su adversario lo hace de rojo. El enfrentamiento solo empezó después de que el uno y el otro hubiesen brindado por los respectivos monarcas.

Las misiones que desempeñó Toral no excluían el espionaje, y así, valiéndose de una artimaña, realizó un prolijo reconocimiento de Ormuz, mítica fortaleza arrancada en 1622 por los anglo-persas a los portugueses tras una insuficiente defensa. El comandante luso, temiendo el inevitable consejo de guerra, huyó. Parece que murió como faquir, en Negapatam (India). Su segundo fue menos afortunado; la cobardía le costó, literalmente, el cuello. A propósito, el capitán español contemplaría más tarde en Isfahán cañones españoles tomados en aquella plaza, “con todos sus letreros de los fundidores y de los generales de la artillería en cuyo tiempo se hicieron, con las armas reales, que yo vi y leí con harto dolor de mi corazón”, escribe.

Mombasa

La ciudad de Mombasa según el Livro das Plantas de todas as fortalezas, cidades e povoaçoens do Estado da Índia Oriental (1635), Biblioteca Pública de Évora. Una de las principales plazas lusas en África, dominaba la costa de Zanguebar y estaba bien defendida merced a dos estuarios.

También participó, en 1631, en el fracasado intento de reconquista de Mombasa, sirviendo con un arcabuz, como mandaban los cánones. Pudo apreciar allí que “la nación portuguesa en aquellas partes no está enseñada a este modo de guerra (de sitio)” y que no actuaba “con la perfección que acostumbra la nación castellana en Flandes y en otras partes, porque esto se hace a puro trabajo personal, y los portugueses lo remiten todo a pelear y el valor, no dejando nada a la industria, porque lo tienen por defecto; además, que no guardan los preceptos de las órdenes con la puntualidad que requiere la guerra”, y con “la obediencia ciega”, que él mismo se preciaba de practicar.

Tras fatigar los mares y los desiertos, y después de un lustro de ausencia, el capitán rendirá viaje en Madrid, en 1634 y merecerá el honor de sendas audiencias con Felipe IV –III de Portugal– y el conde-duque. Para entonces, era un hombre desengañado, mientras que sus augustos interlocutores quizás todavía creían en la victoria definitiva; no en vano aquel fue el año de Nördlingen.

Al menos, tantos avatares habían hecho de Toral un sabio, resignado a sus limitaciones. Así, sentencia: “con tanta experiencia, no sé más que al principio”; “en esta materia de la guerra (tiene) la mayor parte la Fortuna, (pero) el sabio la suele limitar”; “es mucho mejor no perder la honra que ganarla”, aunque todavía añade: “primero soy yo y mi honra”. La conclusión de ese soldado crepuscular, como pronto lo sería también la Monarquía Hispánica, es demoledora, y se resume en la triste frase que cierra su Relación: “el día siguiente siempre es el peor”

Por Julio Albi de la Cuesta, embajador de España, académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y autor de El Ejército carlista del Norte 1833-1839De Pavía a Rocroi. Los tercios españoles y ¡Españoles, a Marruecos! La Guerra de África 1859-1860.

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