La multitud tiene sus ojos fijos sobre él. El peso de tantas miradas resulta agobiante, y en las venas de Orsua, la ansiedad se mezcla con el deseo de pasar a la acción. Empuña con fuerza su falcata, aprieta la mandíbula y alza la vista hacia su contrincante. Su primo parece calmado, ajeno a lo decisivo del choque que está a punto de producirse. ¿Hay desprecio en su mirada? Orsua sabe que tiene ante sí a un hombre astuto y experto, pero sabe también que el ímpetu de la juventud abandonó hace tiempo sus miembros. No tiene sentido alargar más tiempo esta situación. La multitud prorrumpe en vítores cuando, lleno de furia, Orsua alza su escudo y, escondido tras de él, se lanza sobre su destino.

Gladiadores en Iberia Vaso de los Guerreros de La Serreta

Detalle del Vaso de los Guerreros de La Serreta (Alcoi, Alicante). Este tipo de escenas de monomachia se convertirán en uno de los temas predilectos de la plástica vascular ibérica durante la segunda mitad del s. III.

El lector se sorprendería de los escasos gramos de ficción que hemos necesitado añadir a las fuentes clásicas para crear esta evocación de un peculiar combate singular (monomachia; pl. monomachiae) ibérico. El episodio, completamente real, nos es conocido por diversos autores, interesados sobre todo por lo pintoresco de la situación y que, en consecuencia, se detienen en aspectos tan accesorios como los que hemos empleado en nuestra breve narración (Liv. XXVIII, 21, 6 y ss.; Val. Max. 9.11 ext. 1; Sil. Pun. XVI, 277-591); complementariamente, evitan todo esfuerzo de indagación histórica, reduciendo el episodio a la condición de anécdota.

En todos los casos, nuestras fuentes hablan de “combate de gladiadores”, valorando el enfrentamiento según su propia –y distante– experiencia cultural. Las luchas gladiatorias desarrollaron en el mundo romano un valor lúdico que poco tenía que ver con el significado funerario que entrevemos en sus confusos orígenes. En nuestro caso, nos encontramos ante una muestra del contenido primigenio de lo que en el futuro habría de ser un magnífico espectáculo: el enfrentamiento de Orsua y su primo, de nombre Corbis, formó parte de los juegos organizados en 206 a.C. por P. Cornelio Escipión en honor de su padre y su tío, fallecidos cinco años atrás durante una más de las acciones libradas en el frente ibérico de la Segunda Guerra Púnica. Según Tito Livio, Escipión celebró estos combates “gladiatorios” a modo de munus funerario, es decir, como una satisfacción póstuma de los deberes contraídos con sus ancestros; y lo hizo en la ciudad de Cartago Nova, estratégico punto nodal de sus campañas en la Andalucía Oriental desde que se hiciera con ella en 209 a.C. mediante audaz golpe de mano.

Sin embargo, esta interpretación resulta problemática en varios sentidos. Si la piedad era el objetivo único de Escipión, ¿cómo explicar el hiato de cinco años entre la muerte de sus antepasados y la celebración del munus? Podrían aducirse cuestiones de oportunidad en una coyuntura bélica, pero contentarse con semejante explicación implicaría obviar la perentoria condición que en la religión romana tenían las ceremonias funerarias, destinadas ante todo a apaciguar a los vengativos espíritus de los difuntos. No es el único elemento excepcional de la exhibición que nos ocupa: Livio se esfuerza por dejar claro que el género de hombres que allí combatía no era “de la clase que habitualmente presentan los lanistas [N.B.: encargados de la compraventa y/o adiestramiento de los gladiadores en el mundo romano]; más bien al contrario, se enfrentaban por propia voluntad, pretendiendo hacer ostentación de coraje, complacer al general que había organizado los juegos, o, en el excepcional caso de Corbis y Orsua que nos ocupa, resolver rencillas dinásticas internas bajo la mirada de Escipión (XXVIII, 21, 2-6). Por su parte, Silio Itálico destaca cómo “quienes se enfrentaban por igual con la espada no lo hacían por culpa de un delito o por crímenes que atentasen contra la vida, sino por valentía y por una vehemente pasión de alcanzar la gloria” (Pun. XVI, vv. 529-530).

áureo romano gladiadores en Iberia

Excepcional áureo romano de la serie conocida como “del Juramento” por su peculiar escena de reverso (derecha). En ella puede verse a un hombre arrodillado, sujetando un cerdo presto a ser sacrificado por las dos figuras que se yerguen a sus lados. Se ha considerado la escena como el cierre epitomado de un compromiso sobre la sangre de una víctima ante los ojos de los dioses; y su elección por parte de Roma como un intento de recordar a sus aliados la condición sacrosanta de los lazos contraídos, en el volátil contexto internacional de la Segunda Guerra Púnica. Existe una variante de esta serie donde uno de los protagonistas de la escena parece vestir al modo ibérico: ¿estamos ante una evidencia iconográfica del establecimiento de pactos con los hispani por parte de Roma, en la figura de sus generales? (ceca incierta, 225-214 a.C.; Kunst Historisches Museum, Wien).

Así pues, nuestro munus es muy especial, e implica a individuos de diferente procedencia cultural que posiblemente entendieran de forma diversa el evento en que estaban tomando parte. Aunque el organizador fuese romano, y aunque los espectadores, de idéntico origen en su mayoría, compartiesen su perplejidad ante aquella insólita muestra de locura fratricida (Liv. XXVIII, 21, 6), los contendientes estaban muy lejos de lo que por regla general entendemos por “gladiador”, y podríamos con toda licitud preguntarnos qué significaba para ellos batirse a muerte frente al victorioso Escipión; o plantearnos, en otras palabras, a qué aspiraba Orsua cuando se enfrentó a su primo.

Solamente podría ofrecerse una respuesta a estas preguntas desde la comprensión de los fenómenos internos que afectaban a las sociedades ibéricas de finales del siglo III. Éstas se habían visto sometidas a un proceso de transformación acelerado por evolución de los asuntos mediterráneos, que atrajo sobre su territorio la atención de Cartago y Roma, gigantes políticos de la época envueltos en una titánica lucha de proporciones inéditas. Bajo la presión de las potencias en pugna, los equilibrios locales precedentes saltaron por los aires, y por un largo tiempo, Iberia se vio inmersa en una vorágine de conflictos de los cuales era imposible mantenerse al margen. La inestabilidad trajo consigo una modificación de las cualidades que se exigían a los gobernantes. Ante todo, éstos debían ser garantes de la protección de sus comunidades en un agitado contexto bélico, y como tal se representan en la iconografía dominante en la época, significativamente diferente a la de momentos anteriores. Así pues, tanto la cerámica como la escultura se verán invadidas por representaciones de armas y combates, por una violencia cotidiana, en definitiva, a la que solo unos jefes de carácter guerrero podían dar respuesta.

Dentro de estas coordenadas, podemos entender que Corbis y Orsua sean incapaces de admitir cualquier resolución de su litigio que no pase por la exhibición explícita de su fuerza (Val. Max. 9.11 ext. 1). Ambos pelean por el poder sobre su comunidad, y lo hacen a varios niveles. El más obvio es el material: la eliminación directa de un rival conduce al mando; sin embargo, exterminar a los adversarios no serviría de nada sin el consentimiento de los gobernados. Hay, por tanto, un segundo plano en que combaten: el ideológico, por cuanto el vencedor habrá logrado demostrar su excelencia guerrera y, con ella, su idoneidad para garantizar la supervivencia de su comunidad. El ganador, por fin, obtendrá un tercer refrendo a su autoridad, a saber, la aquiescencia de Escipión, cuyo reconocimiento honorífico como juez de la disputa está probablemente implícito en la elección de los juegos funerarios por él organizados como escenario ideal para celebrar el combate. En este sentido, podríamos pensar que el vencedor espera un reconocimiento de parte del hombre que representaba la cara visible de Roma en Iberia, forjando así una relación personal de fides (compromiso personal de carácter sacrosanto) que legitime de cara al exterior, pero también al interior, a quien emerja victorioso del combate.

Gladiadores en Iberia guerrero de osuna

Relieve localizado en el poblado ibérico de Osuna, la romana Urso (Osuna, Sevilla). Representa a un guerrero armado con falcata y scutum ovalado, dotado de umbo y refuerzo longitudinal (spina). Generalmente, se ha venido aceptando que representaría un combate ritual, quizá de carácter funerario. ¿Os suena de algo?

Las fuentes divergen ampliamente respecto al resultado de la contienda, aunque podemos descartar directamente la versión que ofrece Silio Itálico. En ella, ambos contendientes mueren al tiempo de forma patética, en un desenlace que pretende tender un puente con la lucha de Eteocles y Polinicies en la Tebaida de Estacio y que, por tanto, tiene más de juego intertextual que de realidad. Por otro lado, la versión de Valerio Máximo parece derivar de la de Livio, con la que habremos en definitiva de contentarnos si de satisfacer nuestra curiosidad de trata: “El mayor [Corbis] superó fácilmente la fuerza ciega del más joven” (Liv. XXVIII, 21, 10). Así pues, dejamos a Orsua en el polvo, constatando con Livio cuán grandes son los males que el ansia de poder desata entre los mortales.

Por David García Domínguez

Bibliografía

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