A finales de junio del 451 d. de C. una alianza de romanos, godos y germanos logró derrotar a la temible horda invasora de Atila en una batalla que tuvo lugar en las llanuras de la Champaña francesa.  La batalla de los Campos Cataláunicos –también conocida como de los Campos Mauriacus o, más comúnmente, la batalla de Châlons–  cambió el curso de la historia europea.

batalla de los campos cataláunicos

Jinete huno y guerrero ostrogodo del ejército de Atila, imagen de portada original del Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 0: La batalla de los Campos Cataláunicos. © José Daniel Cabrera Peña.

Es muy poco lo que sabemos a ciencia cierta de esta trascendental batalla, ya que apenas hay evidencias arqueológicas y las crónicas contemporáneas son fragmentarias. La principal fuente primaria con que contamos es Jordanes que, como apologista godo que fue, glorificó las acciones bélicas de sus congéneres de ambos bandos y prácticamente ignoró el papel que desempeñaron los demás. Por tanto, cualquier intento de reconstrucción es tarea difícil y, por momentos, un mero ejercicio conjetural: aunque sabemos que el combate se libró en la Champaña, entre las actuales Châlons y Troyes, desconocemos su emplazamiento exacto; sabemos qué naciones tomaron las armas, pero no en qué número o proporción; y, finalmente, ni siquiera sabemos qué pasó realmente en buena parte del campo de batalla.

Dos ubicaciones específicas se han postulado como emplazamiento de los Campos Cataláunicos. Una es Méry-sur-Seine, a unos 30 km. al norte de Troyes, sencillamente porque Méry podría derivar de Mauriacus, el nombre alternativo que usa Jordanes para la batalla. El otro es Pouan-les-Vallées, al este de Méry, donde en 1842 se halló la tumba de un acaudalado guerrero germano del siglo V. Algunos historiadores decimonónicos creyeron que se podría tratar de los restos del rey visigodo Teodoredo, muerto en el combate, aunque la mayoría de historiadores contemporáneos se muestran escépticos al respecto.

Antecedentes

En el siglo V, la Galia romana –actual Francia– vivía un periodo de enorme inestabilidad. Las fronteras se habían venido abajo: vándalos, alanos, francos, alamanes, visigodos, sármatas y burgundios habían ocupado el país, ya fuera tomando partes por la fuerza, o recibiendo de Roma tierras donde asentarse a cambio de prestaciones militares. Los nativos galorromanos, severamente maltratados y exprimidos fiscalmente hasta el límite, optaban, bien por huir en busca de la protección de grandes terratenientes, bien por sublevarse. La rebelión de los bagaudas –esclavos fugados, siervos y cualquiera que quisiera librarse del aplastante yugo impositivo– había dado como fruto un estado proscrito en la Armórica que, bajo el liderazgo de Tibato, incluso acuñaba sus propias monedas.

En medio de este caos, el patricio Flavio Aecio se hizo con el poder gracias al respaldo de los hunos, entre los que siendo niño había vivido como rehén. En los años 20 del siglo V cimentó su poder en la Galia gracias a sus mercenarios hunos y en el 433 derrotó a su principal rival, el conde Bonifacio, y se hizo con el poder militar supremo en Occidente. Hasta el 440 Aecio mantuvo a los francos a raya, frustró el sitio de Arlés por los visigodos y les arrebató Narbona a cambio del reconocimiento de su independencia con respecto al dominio romano. En el 437 aplastó a los burgundios con un ejército aparentemente compuesto exclusivamente por hunos y dos años más tarde capturó a Tibato y sofocó la revuelta bagauda. Para ayudarle a frenar posibles avances de los visigodos y mantener a los bagaudas a raya, estableció una colonia de alanos cerca de Orleans. A pesar de los continuos levantamientos bagaudas, la Galia gozó de relativa paz y estabilidad durante la década de los años 40 del siglo V. Sin embargo, nubes de tormenta se estaban formando en el este.

Los hunos habían establecido un vasto imperio en la actual Hungría, que se extendía hacia las estepas orientales, subyugando o aliándose con las poblaciones de la región. Para entonces ya habían tenido un considerable impacto en la política romana. Rua, rey de los hunos –además de amigo y aliado de Aecio–, murió en el 433. Le sucedieron sus sobrinos Bleda y Atila y, posteriormente, éste último en solitario. Desde entonces las relaciones con Roma se deterioraron rápidamente. Atila prohibió a los hunos servir como mercenarios de Roma –un duro golpe para Aecio– y acto seguido lanzó dos campañas contra el Imperio de Oriente (441-442 y 447) que devastaron los Balcanes y arrancaron a Constantinopla un oneroso tributo anual. Sin embargo, en el 450 sus ojos se posaron sobre Occidente.

Este cambio de actitud responde a una amplia variedad de causas, algunas bastante triviales. En primer lugar, el nuevo emperador de Oriente, Marciano, adoptó una postura más firme frente a los hunos que su predecesor. Además, los francos estaban enfrentados entre ellos por el liderazgo y los dos príncipes rivales pidieron ayuda a Atila y Aecio respectivamente. Por otro lado, los vándalos animaban a los hunos a atacar a los visigodos, a lo que hay que añadir que Atila albergaba a un importante refugiado bagauda; y, por si fuera poco, había una disputa entre hunos y romanos sobre determinados saqueos. Finalmente, Honoria, hermana del emperador de Occidente Valentiniano III, se vio envuelta en un escándalo cortesano y suplicó la ayuda de Atila. Esta extraña combinación de acontecimientos motivó que Atila se lanzara al ataque contra Occidente. Como escribió el historiador romano contemporáneo Prisco:

Atila estaba indeciso sobre cuál debía atacar primero, si el Imperio Oriental o el Occidental. Pero le pareció mejor desatar una guerra de mayor envergadura y marchar contra Occidente, ya que su campaña no sería solo contra los italianos, sino también contra godos y francos. Contra los italianos para tomar a Honoria junto con sus riquezas, y contra los godos para ganarse la gratitud de Genserico, el rey vándalo. La excusa de Atila para atacar a los francos era la muerte de su rey y el enfrentamiento entre sus hijos por la sucesión. (frag. 15)

El ejército huno

No cabe duda de que el ejército con el que Atila cruzó Germania rumbo a la Galia era muy grande para la época. Algunos mantienen que alcanzaba el medio millón de hombres, mientras que Jordanes afirma que las bajas de ambos bandos en los Campos Cataláunicos ascendieron a 165.000. Sin embargo, estas cifras son inverosímiles. Mantener alimentado y pertrechado a un ejército en campaña era toda una proeza logística, incluso en términos de decenas de miles de hombres y caballos, por lo que era raro que las huestes de esta época superaran los 20.000 hombres. Las expediciones de mayor magnitud, como la que encabezó Juliano contra Persia un siglo antes, requerían de una cuidadosa preparación y del emplazamiento previo de suministros y forraje. Por otro lado, el número real de guerreros que podía alzar en armas cualquier tribu bárbara del siglo V estaba muy lejos de lo que atestiguaban los atemorizados cronistas romanos. La única cifra razonable con que contamos es la del pueblo vándalo cuando cruzó a África en el 429, cuyo total ascendía a 80.000 almas. En el mejor de los casos, esto supondría 10.000-15.000 hombres capaces de combatir. Es posible que los hunos pudieran contar con más guerreros, pero la cuestión logística seguía siendo una barrera y es bastante improbable que Atila llevara consigo a todos sus efectivos disponibles en un momento en que las relaciones con el imperio de Oriente eran aún bastante hostiles.

Sin embargo, los hunos no estaban solos. Según Sidonio Apolinar:

“De pronto el mundo bárbaro, desgarrado por un poderoso levantamiento, dejó caer todo el norte de la Galia. Tras el belicoso rugo viene el feroz gépida, seguido de cerca por el gelón; el burgundio apremia al esciro; hacia delante se precipitan el huno, el belonotio, el nervio, el bastarna, el turingio, el brúctero y el franco”. (Poemas 7, pp. 319 y ss.)

Hay una buena dosis de licencia poética en esta descripción ya que muchas de las tribus mencionadas habían desaparecido siglos atrás y otras son incluso ficticias. Pero es evidente que un gran número de súbditos y aliados germanos marchaban junto a los hunos. Sabemos de un grupo de francos que, sumido en una disputa dinástica, había pedido ayuda a Atila, por lo que probablemente estarían presentes. También había algunos burgundios, que aún vivían al este del Rin y que pudieron haber sido persuadidos u obligados a unirse al ejército huno. Es casi seguro que contingentes de esciros, turingios y rugios sirvieron junto con los gépidos bajo Ardarico, comandante del ala derecha en la batalla de los Campos Cataláunicos. Curiosamente, Sidonio no menciona a los ostrogodos, que posiblemente constituían el contingente de aliados más numeroso y formaron el ala izquierda en la batalla liderados por los hermanos Valamiro, Teodomiro y Vidimiro.

Es razonable por tanto pensar que los efectivos del ejército de Atila podían contarse en decenas, que no cientos, de miles de hombres. Si aceptamos que el número total de guerreros del pueblo vándalo ascendería a 10.000-15.000 hombres, es bastante improbable que incluso el mayor de los contingentes congregados en los Campos Cataláunicos, como el huno o el ostrogodo, sumara más que eso. Éste era un ejército de invasión, no un pueblo en migración, por lo que solo debieron marchar los guerreros plenamente capacitados, dejando atrás al resto para proteger sus hogares. En el caso de los contingentes germanos más pequeños, probablemente sus efectivos no pasarían de apenas unos pocos millares o incluso centenares. Dicho esto, las huestes de Atila podían haber congregado en torno a 20.000-50.000 hombres en total, una cifra relativamente manejable en términos de control y avituallamiento.

Los hunos eran consagrados arqueros a caballo. Armados con sus poderosos arcos compuestos, disparaban nubes de flechas sobre sus enemigos, con los que evitaban el contacto hasta haberlos desgastado o roto la cohesión de su formación. Algunos habrían estado equipados como lanceros, capaces de cargar cuerpo a cuerpo una vez que los arqueros habían ablandado a sus oponentes. Los pueblos germanos eran más partidarios de las tácticas de choque, ya fuera a caballo –caso de gépidos y ostrogodos– o a pie. Tanto hunos como germanos habían vivido durante generaciones en contacto con los romanos, y recientemente los hunos habían infligido aplastantes derrotas al imperio de Oriente, por lo que para el 451 la mayor parte de ellos contarían con ropas y equipo romano, además de sus propias armas.

El ejército romano-visigodo

Cuando Atila cruzó el Rin en la primavera del 451, Aecio estaba en Italia. Inmediatamente se trasladó a la Galia, según Sidonio Apolinar solo con “una magra fuerza de auxiliares sin legionarios“ (Carminia VII). No está claro porqué no le acompañaron más tropas del ejército de campaña de Italia, quizá el emperador no quería dejar la península desguarnecida. Por otro lado, una reciente hambruna podría haber reducido el tamaño y capacidad operativa del ejército. Sin embargo, se puede asumir con certeza que esos auxiliares que acompañaron a Aecio no eran tropas de segunda fila sino unidades de auxilia palatina, capaces de mantener una sólida línea de batalla, así como de ejecutar operaciones móviles. En cuanto a estatus y entrenamiento, eran superiores a muchas de las antiguas legiones. Es probable que algunas unidades de caballería formaran parte de esta fuerza, pero, aunque podían haber sido buenas tropas, serían muy pocos en número, insuficientes a todas luces para parar a Atila.

Legionario romano del siglo V

Infante romano pertrechado con la panoplia defensiva completa, ejemplo del tipo de soldado que compondría las primeras filas de las formaciones de batalla en los Campos Cataláunicos. Al inicio del combate las filas frontales “se mantienen quietas” mientras que las traseras “provocan al enemigo lanzándoles sus armas arrojadizas y flechas” (Vegecio III.14). © José Daniel Cabrera Peña

Apresurados tanteos diplomáticos habían persuadido al rey visigodo Teodoredo para aliarse con los romanos en lugar de limitarse a defender sus dominios en el sur de la Galia. Ésta debió ser una decisión difícil para los godos, que habían sido enemigos de Aecio en las décadas anteriores, pero resultaba evidente que eran un objetivo de Atila tanto como los propios romanos.

Los visigodos eran los descendientes de aquellos hombres que habían aplastado al ejército de Oriente en Adrianópolis en el año 378 y que habían saqueado Roma en el 410. Asentados en el sur de la Galia, constituían una aristocracia guerrera que dominaba a los nativos galorromanos. Tras varias generaciones teniendo acceso a las fábricas de armamento romanas, los visigodos debían de estar muy bien equipados en comparación con otros pueblos germanos. Aunque en origen la mayoría de los visigodos luchaba a pie, en esta época muchos guerreros habrían adquirido caballos, lo que les permitiría luchar a pie o montados, siendo las tácticas de su caballería más flexibles que las de sus primos ostrogodos. Siguiendo los modelos romanos, podían adoptar tanto tácticas de hostigamiento –acosar a su oponente con una lluvia de jabalinas y evitar el contacto– como de choque –cargar con lanzas y espadas–, si su enemigo parecía debilitado. A la defensiva, los jinetes preferían desmontar y formar con el resto de la infantería un muro de escudos con el que repeler los ataques.

Una vez reunido con los visigodos, Aecio se dedicó a congregar hasta el último soldado que hubiera disponible en Francia. Según Jordanes:

“…reunió a guerreros de todas partes y marchó contra una masa infinita de enemigos feroces con iguales efectivos. En efecto, se unieron a los romanos como tropas auxiliares los francos, los sármatas, los armoricanos, los licitanos, los burgundios, los sajones, los riparios y los olibriones, que en otro tiempo habían sido soldados romanos, pero que entonces fueron convocados solo como auxiliares, así como algunos otros pueblos celtas y germanos.” (XXXVI.191)

Curiosamente, no se menciona para nada a las tropas romanas de la Galia. ¿Habría alguna? Según la Notitia Dignitatum, una relación de cargos y unidades del imperio de Occidente a principios del siglo V, el ejército de campaña del Magister Equitum Intra Gallias se componía de 12 vexillationes de caballería (300 hombres cada una), 10 legiones (1.000 hombres cada una), 15 auxilia palatina (500 hombres cada una) y 10 legiones pseudocomitatensis (unidades formadas con antiguas guarniciones fronterizas de efectivos desconocidos, probablemente entre 500 y 1.000 hombres). Sobre el papel este ejército podría haber ascendido a 25.000 hombres. Además, había contingentes significativos defendiendo la frontera del Rin. ¿Qué había pasado con todos ellos?

La frontera del Rin se había resquebrajado tras la migración de los suevos, vándalos y alanos del 406 y había sido sustituida, en buena medida, por asentamientos de francos, alamanes y burgundios a lo largo de la orilla occidental del río. Durante los años 30 y 40 del siglo V Aecio había confiado en los hunos, más que en el ejército de campaña de la Galia, para mantener a raya a visigodos, francos, burgundios y bagaudas –es harto probable que algunos soldados galorromanos tuvieran simpatías por estos últimos, si es que directamente no se unieron a ellos–. Por tanto, para el 451 el ejército romano de la Galia podría haberse visto reducido tanto en cantidad como en calidad a un despojo inútil. La facilidad con que Atila capturó muchas de las poblaciones galas –sin encontrar apenas resistencia, a pesar de no contar con armas de asedio– da fe del paupérrimo estado de estas tropas. Dicho esto, cabe afirmar que aún existían algunas tropas medio decentes, que al menos habrían reforzado a los romanos que Aecio había traído de Italia.

guerreros francos siglo V

En la batalla de los Campos Cataláunicos, los francos combatieron del lado de Aecio. La veteranía y puede que estatus social del guerrero de la izquierda quedan de manifiesto en su panoplia, en la que destaca su cota de malla y el característico casco spangenhelm. Su acompañante, ejemplo del común de los guerreros, debe conformarse con su escudo como toda defensa. Sin embargo, ambos llevan las armas típicas de su pueblo, el angón (jabalina con forma de “protopilum”) y la francisca, una letal hacha arrojadiza. © José Daniel Cabrera Peña

Los francos que menciona Jordanes eran los partidarios del príncipe que había optado por los romanos y no por los hunos a la hora de solicitar ayuda, mientras que cuando habla de sármatas se refiere a los alanos. Los armoricanos que pudieron haber estado presentes debían de ser antiguos bagaudas, o quizá refugiados recientemente llegados de Britania. Los burgundios asentados en Francia eran los que habían sobrevivido a las campañas de Aecio. Aunque no tenían más motivos que los visigodos para apoyarle, su derrota había venido de manos de los hunos, y quizás simplemente eligieron el menor de los dos males. Los riparios eran otra rama de los francos de la otra orilla del Rin que posiblemente huían ante el avance de Atila, mientras que los sajones eran aquellos a los que se había asentado al norte del Loira. Desconocemos quiénes son los licitanos, pero puede tratarse de laeti, colonos militares germanos o sármatas a los que se dio tierras a cambio de prestaciones militares. También es muy probable que las huestes de Aecio pudieran verse completadas con los ejércitos particulares –bucelarii– de los poderosos terratenientes galos. Quizá sean éstos los enigmáticos olibriones de Jordanes.

A diferencia de los visigodos, estos contingentes eran foederati, hombres de diferente procedencia a los que se les había concedido tierras a cambio de servir en el ejército. Aunque luchaban según sus modos tradicionales, técnicamente no eran aliados independientes, sino parte integral del ejército romano del Bajo Imperio. Seguramente habrían recibido suministros de las fábricas de armas imperiales, por lo que su aspecto no diferiría demasiado de las tropas regulares romanas.

Posiblemente el ejército aliado superaba en número al de Atila, que, si bien se había distinguido por su agresividad en el pasado, optó por una estrategia más defensiva según se aproximaban las huestes romano-visigodas.

La batalla de los Campos Cataláunicos

Cuando Atila cruzó el Rin halló muy poca oposición. Algunas poblaciones le abrieron sus puertas sin resistencia, mientras que otras fueron asaltadas y saqueadas, como Tréveris, Worms, Estrasburgo, Metz y Reims. La estrategia de Atila consistía en no detener su avance, para reducir así sus problemas logísticos y obligar al imperio de Occidente a suplicar la paz si no quería ver la Galia devastada. Mientras Aecio reunía sus fuerzas, Sangibano, rey de los alanos asentados cerca de Orleans, prometió entregar la ciudad a Atila. Los hunos alcanzaron Orleans a principios de junio del 451 y le pusieron cerco. Sin embargo Sangibano fue incapaz de cumplir su promesa, o se arrepintió en el último minuto cuando le llegaron noticias de que Aecio y Teodoredo se aproximaban rápidamente. Tan pronto llegaron los romanos y los visigodos, Atila levantó el sitio y puso rumbo al este, hacia las llanuras de la Champaña donde sus jinetes tendrían una mayor ventaja. Ante esta nueva situación, los alanos de Sangibano se unieron a Aecio y el ejército aliado comenzó una implacable persecución. Según Jordanes, tuvo lugar una encarnizada acción de retaguardia entre los gépidos de Ardarico y los francos de la vanguardia de Aecio.

Mapa de la invasión de Atila del año 451 que acabó en la batalla de los Campos Cataláunicos. © Desperta Ferro Ediciones

La de los Campos Cataláunicos fue una batalla que Atila nunca quiso librar. Su estrategia se basaba en obligar al imperio de Occidente a pedir la paz, pero había errado al considerar que la antigua enemistad entre romanos y visigodos abortaría cualquier alianza potencial entre ellos. Atila parecía falto de su habitual confianza, pero aún así tuvo que plantar cara, y su ejército le siguió porque siempre les había traído victorias y riqueza. Darse por vencido y retirarse habría minado considerablemente su posición. Aunque las llanuras de la Champaña eran un terreno ideal para las tácticas de sus pueblos, se mostró vacilante antes de ofrecer batalla. De acuerdo con Jordanes:

“…desconfiando de sus propias tropas, [Atila] temió comenzar el enfrentamiento. Pensando entretanto que la huída podía ser más desafortunada que la muerte misma, decidió consultar a sus adivinos sobre el futuro que le aguardaba. Éstos examinaron como de costumbre las entrañas de los animales y vieron que aparecían ciertas venas sobre los huesos quebrantados, lo que suponía un funesto presagio para los hunos. Sin embargo, sus predicciones aportaban un pequeño consuelo: que el jefe supremo de los enemigos del bando contrario sucumbiría en la batalla y ensombrecería con su muerte la victoria que habrían de conseguir…[Atila] se quedó preocupado con estos vaticinios y…empezó con cierto temor el combate hacia la hora nona del día, para tener el amparo de la noche por si las cosas no marchaban como él quería”. (XXXVII.195)

Aecio desplegó a los visigodos en su ala derecha y a los poco fiables alanos de Sangibano en el centro, mientras que él se posicionó con sus fuerzas “romanas” en el ala izquierda. Su estrategia de doble flanqueo consistía en atraer a los hunos sobre su centro y caer sobre ellos desde ambos lados. Así evitaría que la caballería ligera enemiga, de gran movilidad, pudiera a su vez flanquear sus alas. Atila, aparentemente obligado, emplazó a sus hunos en el centro, a los gépidos a su derecha, frente a los romanos, y a los ostrogodos a su izquierda, frente a los visigodos. No sabemos dónde se desplegaron los contingentes germanos menores, es posible que se repartieran entre ambas alas o que se concentraran en el flanco derecho para reforzar a los gépidos, que serían numéricamente inferiores a los ostrogodos.

“El terreno del campo de batalla tenía una ligera pendiente que crecía hasta formar un pequeño collado. Ambos ejércitos deseaban apoderarse de él porque la buena situación del lugar confería una ventaja nada desdeñable”. (Jordanes XXXVIII.197)

Aecio comenzó la batalla de los Campos Cataláunicos enviando un contingente de visigodos, comandado por Turismundo, el hijo de Teodoredo, a ocupar la colina, que presumiblemente estaría en el extremo derecho del ejército aliado ya que fueron los godos los encargados de tomarla.

“Atila mandó a los suyos ocupar la cima del monte, pero se le adelantaron Turismundo y Aecio, que consiguieron con gran esfuerzo ganar la cumbre y desde allí rechazaron fácilmente a los atacantes”. (Jor. XXXVIII.201)

Esto nos puede llevar a pensar que algunas de las mejores tropas romanas también participaron en esta operación de flanqueo e incluso que Aecio pudo dirigirla personalmente, aunque es poco probable que éste confiara en que el resto de sus heterogéneas fuerzas se mantuvieran firmes sin la autoridad de su presencia. La refriega por la colina, prolegómeno de la verdadera batalla, pudo ser lo que terminó por obligar a Atila a aceptar el combate. Los detalles de lo que pasó después son poco precisos. En el centro, los hunos pusieron en fuga a los alanos, tras lo que viraron para apoyar a los ostrogodos en su asalto de la posición visigoda. Aunque muchos visigodos podrían haber sido jinetes es muy probable que, dada su estrategia defensiva, hubieran desmontado para unirse al sólido muro de escudos de la infantería. De esta forma serían menos vulnerables a las flechas de los hunos. Aunque Jordanes no relata lo que ocurrió en el otro flanco, es razonable pensar que los gépidos y los otros germanos no consiguieron hacer retroceder a los romanos.

batalla de los campos cataláunicos chalons

Mapa de la batalla de los Campos Cataláunicos: 1) Turismundo y puede que Aecio se adelantan para ocupar la colina. 2) Los germanos del ala derecha de Atila cargan contra los romanos. 3) Hunos y alanos chocan en el centro del campo de batalla. 4) Visigodos y ostrogodos se enfrentan en el otro flanco. 5) Los alanos se retiran. 6) Atila dirige a sus hunos contra el flanco donde luchan los visigodos. Muerte de Teodoredo. 7) El visigodo Turismundo desciende de la colina y carga contra el flanco de las formaciones enemigas. Atila ordena la retirada general hacia el campamento de carromatos situado en la retaguardia. © Desperta Ferro Ediciones

Aunque su posición quedó comprometida tras la huida de los alanos, parece que la línea visigoda aguantó las acometidas. “El rey Teodoredo, mientras pasaba revista a su ejército para infundirle valor, cayó de su caballo y fue pisoteado por los suyos…pero hay quien dice que lo mató una flecha lanzada por Andagis, que pertenecía al bando de los ostrogodos.” Esta eventualidad podría haber acabado en desastre de no ser por Turismundo, que junto con sus hombres había defendido la colina. Éstos “se lanzan contra las masas de los hunos y están a punto de matar a Atila, pero éste se percata de ello y actúa con rapidez, logrando escapar con los suyos y ocultarse en el recinto de su campamento que habían vallado con carros.” (Jor. XL.209-210)

Al anochecer el combate se hizo aún más confuso.

“[Turismundo]…cuando creía que volvía a sus propias filas en medio de la oscuridad de la noche, llega sin saberlo hasta los carros de los enemigos. Allí se vio forzado a luchar valientemente, pero alguien lo hirió en la cabeza y lo hizo caer del caballo. Sus hombres lo rescataron con gran previsión y tuvo que abandonar la lucha…También Aecio, que separado de los suyos por la confusión de la noche, andaba errante en medio de sus enemigos temiendo que hubiera sucedido alguna desgracia a los godos, llegó finalmente al campamento de sus compañeros y pasó el resto de la noche protegido por sus escudos”. (Jor. XL.211)

Esto parece indicar que los romanos habían prevalecido en el flanco izquierdo, por lo que Aecio habría tenido las manos libres para poner su atención en otros puntos de la batalla. También parece sugerir que, tras la muerte de Teodoredo, el grueso del contingente visigodo se habría retirado a su campamento.

Al día siguiente no se realizó ningún asalto sobre el campamento huno, lo que permitió a Atila retirarse sin oposición. Hay un buen número de hipótesis que tratan de explicar esto: quizá los aliados estaban exhaustos, o bien puede ser que su frágil alianza se rompiese una vez anulada la amenaza inmediata. También es posible que Aecio aún estuviera más preocupado por los visigodos que por los hunos, por lo que prefirió no destruirlos ya que puede que aún albergara el deseo de contar de nuevo con ellos como aliados para contrarrestar el creciente poderío visigodo.

¿Fue entonces la de los Campos Cataláunicos una de las batallas decisivas de la historia europea? Tras ella los hunos continuaron siendo una amenaza para los intereses del Imperio e invadieron Italia al año siguiente. Sin embargo, si Aecio hubiera sido derrotado el Imperio de Occidente habría tenido que suplicar una paz que habría hecho a los hunos amos y señores de la Galia, y es probable que gran parte de la herencia clásica que sobrevivió a la caída de Roma hubiera entonces perecido.

El presente artículo de la batalla de los Campos Cataláunicos, por Simon MacDowall, fue publicado originalmente en mayo de 2010 como n.º 0 de Desperta Ferro Antigua y Medieval y puede descargarse en formato pdf en este enlace. Asimismo, posteriormente fue incluido en la 2.º edición y posteriores del Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º1: La caída de Roma

Bibliografía básica

Jordanes: Origen y gestas de los godos, trad. y ed. por José Mª Sánchez Martín, Cátedra, 2001, 146 pp.

Gordon, Colin Douglas: The Age of Attila, Ann Arbor Paperbacks, 1966.

Heather, Peter: La caída del Imperio Romano, Crítica, 2008, 712 pp.

Southern, P y Dixon, K.: El Ejército romano del Bajo Imperio, Desperta Ferro Ediciones, 2018, 320pp

Thompson, E.A, The Huns, Blackwell, 1996 (1.ª ed. 1948), 326 pp.

Simon MacDowall es oficial retirado del ejército canadiense que también ha ocupado puestos de responsabilidad en la OTAN y en el Ministerio de Defensa del Reino Unido. Actualmente trabaja como investigador independiente especializado en historia militar. Su periodo de mayor interés es la tardorromanidad, sobre el que ha escrito varios libros y artículos, entre ellos. Su investigación trata de combinar el análisis histórico con su propia experiencia en los ámbitos militar y político

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