invasión japonesa

Estatua del almirante Yi Sun-sin, comandante de la armada coreana en la batalla de Myeongnyang, en Seúl. MD111 (CC BY-SA 2.0)

En el penúltimo año del conflicto, 1597, tuvo lugar el mayor encuentro naval de la guerra. Se produjo en las semanas siguientes a la segunda invasión japonesa, en octubre. El resultado supuso un golpe de gracia para las fuerzas niponas y un incremento imparable de la moral para los coreanos. Un episodio de tal envergadura merece de un estudio y reflexiones minuciosas. Las fuentes consultadas han sido el diario escrito por el almirante Yi y la biografía del mismo que escribió su sobrino, Yi Pun[1].

El día de la gran batalla de Myeongnyang

En el día 15 de la novena Luna del año Cheong-yu, la armada coreana dirigida por Yi Sun-sin se encontraba en Usuyeong, al norte del canal de Myeongnyang. La posición era de gran importancia ya que si los japoneses conseguían superarla tendrían a su merced las costas occidentales de Corea. A ellos se oponían los últimos restos de la flota coreana, los doce o trece panokseon que habían sobrevivido al desastre de Chilcheollyang. El almirante era consciente de la clara inferioridad numérica y sus limitados recursos, de ahí que escogiera entablar batalla en lo que podríamos denominar las “Termópilas” coreanas, es decir, el estrecho de Myeongnyang. Dicho enclave era conocido como “El canal rugiente”[2], seguramente en una clara alusión al estruendo que ocasionaban las fuertes corrientes de agua. Por la información que proporciona el diario, se sabe que la pequeña fuerza naval coreana se situó con la proa hacia el canal, una decisión inteligente por dos razones. La primera residía en que obligarían a los japoneses a dar el primer paso, atacar, y la segunda que contarían con una vía de retirada poco arriesgada en caso de verse superados. El almirante pronunció una arenga que refleja su conocimiento de tratados militares, probablemente chinos, el día anterior a la batalla. Decía así:

“Según los principios de la estrategia, aquel que busque la muerte, vivirá, y aquel que busque la vida, morirá[3]. Si un defensor permanece firme en un paso fortificado, podrá aterrorizar el corazón del enemigo que ataca, aunque venga por miles.”[4]

Esos principios de la estrategia bien podrían ser los que Sun Tzu recogió en su Arte de la guerra. Aunque no es de extrañar que Yi Sun-sin conociera el resto de tratados chinos[5] pues la influencia cultural de ese país sobre Corea fue muy potente. Al mismo tiempo es más que evidente la importancia concedida a la posición defensiva, y es que con unas fuerzas tan reducidas la opción de ataque estaba descartada.

A la mañana siguiente, los vigías coreanos avisaron sobre la entrada de unas doscientas naves japonesas en Myeongnyang. A ellas habría que sumar otras ciento treinta y tres que, según el diario, comenzaron a envolver a los defensores. Es conveniente hacer un inciso sobre las cifras de los contendientes una vez llegados a este punto. Si tenemos en cuenta las fuentes coreanas, como el Nanjung Ilgi y el Yi Ch’ungmu-kong Cheonseo, se habrían enfrentado doce panokseon contra 333 barcos japoneses[6]. Es muy probable que entre ese ingente número hubiera navíos de tipología muy variada, desde unos pocos más pesados hasta otros auxiliares o incluso kobayas de tamaño mucho más reducido. Esos datos no se especifican, pero ya sabemos que enfrentarse a un enemigo muy superior en número no ha sido una excepcionalidad en las crónicas antiguas. Si se es derrotado, siempre se puede aludir a esa diferencia de fuerzas. Por el contrario, la victoria es más meritoria, si cabe, al ser David el que derrote a Goliat. Aunque en la documentación japonesa consultada no hay alusiones al número de barcos, tiendo a pensar que la cifra debió ser inferior, pero no me cabe duda de que los coreanos estuvieran sobrepasados en número, de ahí la elección de un campo de batalla que restara maniobrabilidad y potencia numérica al enemigo.

Panokseon

Panokseon coreano, espina dorsal de la armada del almirante Yi Sun-sinen la batalla de Myeongnyang.

El impacto psicológico de un adversario tan poderoso causó una gran conmoción entre la marinería coreana que quedó “paralizada por el terror”[7]. A esa situación crítica se sumaba que algunos barcos coreanos comenzaran a retroceder y rompieran la formación. El panorama se volvía más complejo por momentos, así que el almirante Yi ordenó concentrar el fuego sobre el buque insignia japonés. Esta batalla no podía ganarla de manera convencional, de modo que buscó desmoralizar al enemigo al tiempo que animaba a sus hombres. En una acción rayana en la desesperanza, Yi Sun-sin hizo enarbolar su pabellón en señal de que no se retiraría, al tiempo que amenazaba a sus capitanes dubitativos “¿Queréis ser colgados por un tribunal militar? […] ¿Podríais vivir sabiendo que huisteis?”[8] Al verse entre la espada y la pared, los capitanes coreanos volvieron a la batalla. Los japoneses consiguieron abordar algunos navíos, acción que el almirante Yi había tratado de evitar siempre. Su panokseon y el de An Wi, que comenzaba a estar en apuros, dispararon a quemarropa y destruyeron “dos de sus barcos con la ayuda del cielo”[9], en una clara alusión al empleo de artillería, pues “Cielo” o “Paraíso” era el nombre que recibían unos de sus cañones. Los barcos coreanos consiguieron zafarse actuando como arietes. Con el anochecer finalizó la primera jornada de enfrentamiento, que dejaba 15 naves japonesas hundidas y algunos heridos coreanos. Gracias a la estrechez y las corrientes de Myeongnyang, los defensores evitaron ser rodeados por completo, lo que habría supuesto su total exterminio.

Con la llegada del segundo día, los nipones lanzaron un nuevo ataque. La respuesta coreana consistió en retirarse lentamente para que la flota enemiga se fuera introduciendo en el estrecho. La maniobra no se hizo con todo el orden que al almirante le habría gustado, aunque permitió cañonear a los japoneses sin que estos pudieran hacer nada. Esto demuestra la clara superioridad artillera de los coreanos. Finalmente la armada nipona comenzó a abordar los panokseon. La descripción de ese capítulo permite tener una idea del armamento empleado por los defensores: “entonces, las hordas enemigas, que se asemejaban a hormigas negras, asaltaron el barco de An Wi. Sus marineros lucharon desesperadamente con palos afilados, largas lanzas y piedras hasta que todos estuvieron exhaustos”[10]. A excepción de la artillería pesada y los arcos, las armas que usaba la marinería coreana no parecen demasiado sofisticadas, más bien humildes y rudimentarias, a diferencia de las empleadas por los japoneses (mosquetes, katanas…).

En el clímax de la batalla, cuando la situación comenzaba a tornarse desesperada para los coreanos, un japonés desertor que llevaban a bordo descubrió el cuerpo de Kurushima Tosho, general de Angol. Yi pidió que lo sacaran del agua y lo despedazaran. Una vez hecho esto ordenó a sus hombres que gritaran y tocaran los tambores de a bordo. El impacto psicológico sobre los japoneses debió ser tan grave que se retiraron, dejando atrás treinta y un barcos. En total, estos dos días de combate les habían costado cuarenta y seis naves, mientras que sus rivales habían salido indemnes.

Los datos proporcionados en el Yi Ch’ungmu-kong Cheonseo son similares, aunque el sobrino de Yi Sun-sin destacó otros aspectos. Entre ellos la presencia de Toshisuna, el ya mencionado desertor japonés que pasó a convertirse en un fiel informador del almirante.[11] No cabe duda de que los conocimientos que poseyera sobre sus compatriotas, campamentos en territorio coreano, movimientos de ejércitos… fueron aprovechados excelentemente. La segunda información de más relevancia que nos legó Yi Pun es relativa al papel desempeñado por los refugiados durante el enfrentamiento. A pesar de las penurias que atravesaban, no dudaron en proporcionar a los militares coreanos comida y ropa. El almirante Yi les pidió que se alejaran del campo de batalla pero “ninguno de ellos lo abandonó. Es más, en la batalla de Myeongnyang se situaron con sus barcos en largas filas, como escuadrones de refuerzo en retaguardia, mientras nosotros combatimos en vanguardia”[12]. Tal actitud plasmó de manera inmejorable el compromiso de los civiles con la situación que vivía su país. Al mismo tiempo es reflejo de esa devoción a ultranza que sentían por el almirante Yi, un hombre que estaba arriesgando su vida por ellos y su tierra. El papel desempeñado por estos refugiados durante la batalla fue nulo. No obstante, quedó patente su ayuda dando a la marina lo que más necesitaba, el alimento. Me atrevo a afirmar que sin el apoyo civil, los ejércitos del país eremita[13] lo habrían tenido mucho más difícil.

Conclusión

A modo de conclusión me gustaría invitar al lector a realizar una reflexión sobre un elemento en el que todos pensamos cuando leemos sobre las Guerras Imjin, el keobukseon o barco tortuga. Aunque dicha embarcación ha gozado de gran fama en la cultura popular, es posible vislumbrar en las crónicas antiguas que el mayor peso de la guerra recayó sobre el panokseon. Se trataba de un barco versátil y bien armado, la espina dorsal de la marina coreana. Dicha embarcación fue la verdadera protagonista de las batallas navales que se libraron durante el enfrentamiento. Lamentablemente, ha sido eclipsada por el keobukseon, mucho más espectacular.

Extracto de la bibliografía empleada

  • TAE-HUNG, H. y LEE, C., Imjin Changch’o, Seúl, Yonsei University Press, 2007.
  • TAE-HUNG, H. y POW-KEY, S., Nanjung Ilgi. War Diary of Admiral Yi Sun-sin, Seúl, Yonsei University Press, 1977.
  • TURNBULL, S., Samurai invasion of Korea 1592-1598, Londres, Cassell & Co, 2002.

Notas

[1] Tal obra se encuentra recogida en el Yi Ch’ungmu-kong Cheonseo, compilada por el ministro Yi.

[2] TAE-HUNG, H. y POW-KEY, S., Nanjung Ilgi. War Diary of Admiral Yi Sun-sin, Seúl, Yonsei University Press, 1977, p. 311.

[3] La semejanza en la forma con la cita bíblica (“El que ama su vida la pierde y el que odia su vida en este mundo la conservará en la vida eterna. Jn. 12 : 25”) es curiosa, si bien los significados son diferentes.

[4] TAE-HUNG, H. y POW-KEY, S., Nanjung Ilgi… op. cit., p. 311.

[5] Los siete clásicos militares de la antigua China, que eran los siguientes: “Las seis enseñanzas secretas de Jiang Ziya”, “Los métodos de Sima”, “El Arte de la Guerra de Sun Tzu”, “El Wuzi de Wu Qi”, “El Wei Liaozi”, “Las tres estrategias de Huang Shigong” y las “Respuestas entre Tang Taizong y Li Weigong”. Para más información, véase: SAWYER, R., Seven Military Classics of Ancient China. The History and Warfare, United Kingdom, Basic Books, 2008.

[6] Turnbull sitúa la cifra en 133, número más realista. TURNBULL, S., Samurai invasion of Korea 1592-1598, Londres, Cassell & Co, 2002, p. 201.

[7] TAE-HUNG, H. y POW-KEY, S., Nanjung Ilgi… op. cit., p. 312.

[8] Ibidem.

[9] Ibidem, p. 313.

[10] Ibidem, p. 314.

[11] TAE-HUNG, H. y LEE, C., Imjin Changch’o, Seúl, Yonsei University Press, 2007, p. 228.

[12] Ibidem, p. 229.

[13] Antiguo nombre de Corea.

 

Este artículo forma parte del I Concurso de Microensayo Histórico Desperta Ferro. La documentación, veracidad y originalidad del artículo son responsabilidad única de su autor.

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