China y Japón como ejemplos contrapuestos de colisión con occidente en el siglo XIX

Visita de la emperatriz a la Tercera Exhibición Nacional de Promoción Industrial (1889), tríptico de madera y papel por Yōshū Chikanobu (1838-1912), Metropolitan Museum of Art, Nueva York. China y Japón vivieron un desarrollo industrial acelerado a raíz de la intensificación de sus relaciones con las potencias occidentales.

Del mismo modo, nadie podría imaginar que el Japón del shogunato Tokugawa,[1] un régimen autocrático, feudal y aislacionista, pasaría en poco más de siglo y medio a ser un país claramente avanzado, abierto y con ambiciones militares. La llegada en masa a mediados del siglo XIX de las potencias europeas, con las que tenían tímidos contactos desde hacía siglos, desestabilizó aún más los gobiernos de ambos países, los cuales ya arrastraban graves problemas internos desde hacía tiempo.

En este sentido, debemos destacar la Primera (1839-1842) y Segunda Guerra del Opio (1856-1860) y la Primera Guerra Chino-Japonesa[2] (1894-1895) por el control de la península de Corea, que obligaron a abrir China al comercio internacional. Estos hechos desacreditaron la autoridad y confianza del gobierno chino ante sus súbditos, lo cual se vio claramente reflejado en las insurrecciones de los taiping[3] (1950-1866) y de los boxers (1899-1901). Del mismo modo, la llegada del comodoro Perry a Edo en 1853 obligó al gobierno del shogun a abrir Japón al mundo, hecho que terminó desencadenando en 1867 la revolución o restauración Meiji. Dicha revolución introdujo una serie de reformas que permitió un rápido desarrollo de Japón que generó profundos cambios en la estructura social y generó un fuerte sentimiento de orgullo patrio y nacionalismo militarista (ver Contemporánea n.º 18: La guerra ruso-japonesa).

Los intelectuales y la apertura al mundo

En medio de este contexto, empezaron a surgir en ambos países pequeños grupos de intelectuales que se dedicaron a documentar y escribir sobre los cambios acaecidos en las últimas décadas. En especial, cabe destacar Liu E en China y Natsume Soseki en Japón. Ambos vieron con buenos ojos la introducción de algunos elementos de modernidad como el ferrocarril, la electricidad, nuevos cultivos y artículos de lujo occidentales, pero en cambio vieron con preocupación la llegada de ciertos vicios y enfermedades como el opio y la tuberculosis o la peste negra. Los escritos de ambos autores reflejan de forma nítida la sensación de desorientación y frustración que sentía la población al ver tales cambios. En la primera novela escrita por Soseki, Soy un gato, el protagonista describe con gran sentido del humor el desmoronamiento de la vieja aristocracia y el surgimiento de nuevas relaciones sociales de la siguiente manera:

– Quizás no lo parezca, pero era una persona de muy buena posición. Ella siempre está recordándomelo.

– ¿A qué se ha dedicado entonces?

– Pues según tengo entendido, es la decimotercera viuda del secretario privado de la hermana menor de la madre del marido de la sobrina de la hermana de un shogun.[4]

De forma similar Liu E relata con cierto pesar el desmoronamiento de la autoridad y el prestigio imperial, al contemplar impotente cómo las estructuras del gobierno eran incapaces, en todos los niveles, de hacer frente a los desastres naturales, las rebeliones internas y la creciente influencias de las potencias extranjeras tanto dentro como fuera del país. En este sentido, hay un momento en que el doctor Can, el protagonista del libro, se lamenta por el futuro de China de la siguiente manera:

«Este último año ha sido una inmensa cosecha de calamidades para China. Lo único en lo que piensan los grandes y los ministros es en el miedo que tienen a ser reprendidos o castigados, y así estamos, con mil cosas para hacer y todo empantanado. No sé en qué va a terminar todo esto. ¡Y los hombres solo pensando en sus familias!»[5]

El doctor Can, un hombre culto, recuerda con pena que, durante buena parte de las dinastías Ming y Qing, China era un país fuertemente centralizado, ya que el emperador y su gobierno ejercían una fuerte autoridad en todo el Imperio mediante los impuestos, legislando en todo el territorio y pudiendo poner y deponer gobernadores en todas las provincias.

Ambos autores hablan con cierta nostalgia del pasado, ya que hay que tener en cuenta que entre los siglos XVII y XVIII ambos países habían experimentado importantes periodos de bonanza económica, social y política. En el lapso de poco más de 100 años China duplicó su territorio mediante múltiples conquistas y triplicado o casi cuadruplicado[6] su población gracias a las mejoras agrícolas[7] y la paz interior. En paralelo, Japón consolidó buena parte de su territorio actual en 1603, hecho que produjo un periodo de más de 250 años de paz que causaron que su población se duplicara[8]. Por el contrario, a mediados del siglo XIX, ambos países presentaban múltiples problemas sociales y políticos debido a escasez de comida y de múltiples tensiones sociales derivadas del encarecimiento del coste de la vida y a la pugna por el poder entre la vieja aristocracia[9] y los artesanos y agricultores enriquecidos que no querían seguir manteniendo el sistema sin tener ni voz ni voto.

Ambos autores coinciden en que el camino hacia la modernización y la apertura a Occidente son pasos imprescindibles para poder mantener a sus países independientes, pero al mismo tiempo ven con cierta preocupación como un exceso de admiración hacia occidente los hace sentirse inferiores y minusvalorar su propia cultura. En novelas como Kokoro, Las hierbas de del camino o El caminante, Sōseki procesa admiración por obras y clásicos occidentales, al mismo tiempo que los compara con la cultura nipona y reflexiona sobre el futuro de la misma. Yo, el protagonista de Kokoro, un joven universitario, se siente profundamente apesadumbrado, como Sensei, su maestro espiritual, al no saber cómo afrontar el futuro tras el final de la ere Meiji, ya que encuentran que el país ha perdido la paz espiritual y social. Sensei le muestra su profundo pesar de la siguiente manera:

«Pero en pleno verano el Emperador murió. El espíritu de Meiji que nació con él, murió también con él. La idea de que nuestra generación, la más imbuida en ese espíritu, sobrevivía apenas como anacronismo, me afectó profundamente.»[10]

Kenzo, el protagonista de Las hiervas del camino y alter ego del propio Sōseki, es un profesor de inglés que ha vivido una temporada en Inglaterra,[11] y regresa más convencido que nunca de que Inglaterra no puede aportar gran cosa a la cultura japonesa ya que, tecnología aparte, no tiene nada de superior o realmente innovador que ofrecer.

Por el contrario, el doctor Can es un gran conocedor de los clásicos chinos, y un admirador de los conocimientos técnicos occidentales, pero casi no conoce nada de su cultura, pues está convencido que no hay nada que supere la producción cultural China. De hecho, uno de sus mayores pasatiempos consiste en leer los grandes clásicos chinos, en ediciones antiguas heredadas de sus antepasados, que siempre lleva en sus viajes y que aprovecha para leer en sus ratos libres. Del mismo modo, también resulta muy interesante cómo analiza y denuncia los grandes males sociales, como las inundaciones o la adicción al opio.[12]

Por último, cabe mencionar que estos dos autores son esenciales para comprender las transformaciones sociales y culturales del último tercio del siglo XIX y los primeros años del siglo XX tanto en China como en Japón, ya que consiguen reflejar, como pocos, las sensaciones que vivieron sus protagonistas. Del mismo modo, considero que son novelas y ensayos muy importantes debido a que aportan datos y análisis interesantes sobre cómo percibió la población decimonónica los conflictos políticos, militares y sociales como los explicados en la introducción del artículo.

Notas

[1] El shogunato Tokugawa fue un sistema hereditario de gobierno que controló Japón entre 1603 y 1868. Los principales logros de dicho gobierno fueron lograr la paz interna mediante la instauración de un férreo sistema de control social al mismo tiempo que mantenía a la población prácticamente aislada del resto del mundo. El final de todo este sistema político está muy bien explicado en Beasley, W.G. (2007). La restauración Meiji. Satori ediciones.

[2] Según Hobsbawm (2012: 290), el debilitamiento del poder central en China a partir de las Guerras del Opio permitió que varias potencias occidentales controlaran grandes áreas costeras de China, hecho que a su vez debilitó aun más al poder central al privarlo de los principales recursos económicos que lo sostenían. Incluso Japón, país que tradicionalmente rehuía enfrentarse a China, consiguió arrebatarle el control de Taiwán y la península coreana en la primera guerra chino-japonesa. Hobsbawm, E. (2012). La era del imperio 1875-1914. Barcelona: Libros de Historia.

[3] Según Gernet (2018: 484), el aumento incesante de importación de opio, la escasez de plata, el pago de reparaciones de guerra a las potencias occidentales ganadoras de la primera Guerra del Opio, arruinaron a millones de campesinos y pequeños artesanos. El descontento ante semejante situación generó el caldo de cultivo ideal para que estallara una revolución como la de Taiping. Gernet, J. (2018). El mundo chino. Barcelona: Libros de Historia.

[4] En el Japón de shogunato Tokugawa la unidad y la política giraba alrededor de 3 ejes esenciales: 1) la figura del emperador, 2) la autoridad del Shogun y 3) la relación que estos tenían con los daimios y demás vasallos (samuráis, letrados, artesanos, granjeros, campesinos…). Al producirse la revolución Meiji, se desmoronó todo el sistema de convenciones sociales que giraban en torno de la familia del Shogun. Soseki, N. (2010). Soy un gato. Satori ediciones.

[5] E, Liu (2004). Los viajes del buen doctor Can. Ediciones Cátedra.

[6] Según Hobsbawm (2011: 139), entre mediados del siglo XVIII y principios del XIX China pasó de una población de unos 150 millones de habitantes a casi 400. Este hecho, según el citado autor, causó fuertes tensiones y problemas de abastecimiento entre la población china que progresivamente iría minando la autoridad imperial. Hobsbawm, E. (2011) La era del capital 1848-1875. Barcelona: Libros de Historia.

[7] Las mejoras en el sistema de comunicaciones fluviales, el sistema de regadío, una mayor especialización en técnicas agrícolas, mejor selección de semillas y la introducción de cultivos como la patata y el maíz permitieron un crecimiento demográfico espectacular (Gernet2018: 430-431).

[8] Según Parker (2012: 811), durante el periodo Tokugawa, solo en el siglo XVII se crearon más de 7000 nuevos poblados y la población urbana pasó de 750 000 a 4 millones. Este hecho demuestra el fuerte crecimiento demográfico que experimentó el país y cómo las mejoras agrícolas permitía vivir a mucha más gente en las ciudades, donde a su vez se creaba una pequeña clase media y donde se refinaban las ciencias y las artes. Parker, G. (2012). El siglo maldito. Clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII. Planeta.

[9] Ya en el siglo XVIII, Wu Jingzi hizo una crítica ácida de la sociedad en la novela Los mandarines. Historia del Bosque de los Letrados. Sobre todo critica la creciente corrupción del sistema de exámenes imperiales, las corruptelas de la aristocracia local y nacional.

[10] La novela de Kokoro fue escrita poco después de la muerte del emperador de la era Meiji, hecho que afectó mucho a la sociedad de la época, ya que marcaba claramente un cambio de era, pues dicho emperador marcó modernización y apertura de Japón durante 43 años. Soseki, N. (2014). Kokoro. Satori ediciones.

[11] Ya en la primera página del libro Soseki comenta lo traumático de la experiencia de vivir fuera del país y la necesidad de quitarse este recuerdo de encima. Soseki, N. (2012). Las hierbas del camino. Satori ediciones.

[12] En algunos fragmentos de la novela Liu E se lamenta de la gran popularidad que han adquirido los fumaderos de opio tanto entre la gente pobre como la acaudalada y de las graves consecuencias que tiene esta hábito para la salud. E, L. (2004). Los viajes del buen doctor Can. Ediciones Cátedra.

Bibliografía

  • Beasley, W.G.(2007). “La restauración MEIJI”. España: Satori ediciones.
  • Hobsbawm, Eric. (2012) “La era del imperio 1875-1914”. Barcelona: Libros de Historia.
  • Gernet, Jacques. (2018) “El mundo chino”. Barcelona: Libros de Historia.
  • Sogun. Soseki, Natsume (2010). “Soy un gato”. España: Satori ediciones.
  • E, Liu (2004). “Los viajes del buen doctor Can”. España: Ediciones Catedra.
  • Gernet, Jacques. (2018) “El mundo chino”. Barcelona: Libros de Historia.
  • Parker, Geoffrey. (2012) “ El siglo maldito. Clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII”. España: Editorial Planeta.
  • Soseki, Natsume (2014). “Kokoro”. España: Satori ediciones.
  • Soseki, Natsume (2012). “Las hierbas del camino”. España: Satori ediciones.

Este artículo forma parte del I Concurso de Microensayo Histórico Desperta Ferro. La documentación, veracidad y originalidad del artículo son responsabilidad única de su autor.

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