Compañías de ballesteros Higueruela

Compañías de ballesteros castellanos en la batalla de Higueruela, Granada, 1431, detalle del fresco de Fabrizio Castello, Orazio Cambiaso y Lazzaro Tavarone en la Sala de Batallas del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Su potencia de lanzamiento compensaba su lenta velocidad de recarga en comparación con el tradicional arco (véase «El arco largo inglés frente a la ballesta genovesa» en Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 32: La Guerra de los Cien Años I) y su mecanismo aparentemente sencillo la hacía de fácil manejo y mantenimiento, por lo que el soldado no debía estar demasiado entrenado para poder usarla de forma efectiva. Su uso contra otros cristianos fue castigado con la excomunión en el II Concilio de Letrán de 1139, pues con ella un simple peón podía derribar fácilmente, de forma deshonrosa, a un caballero bien armado. Por ello fue calificada como «arte mortífera y odiada por Dios».

Debe su origen al gastrafetes griego (s. IV a.C.) y a la manuballista (s. II d.C.) y arcuballista (h. s. IV d.C.) romanas, aunque ya era conocida por los chinos hacia el s. VI a.C. Tuvo un uso muy discreto en la Europa cristiana durante gran parte de la Alta Edad Media hasta su empleo masivo a partir del siglo XII. El mundo musulmán conoció la ballesta a través de dos cauces distintos: uno europeo que dio origen a los llamados «arcos cristianos», «franceses» o «extranjeros» y otro oriental donde destacaron los «arcos persas» o jarkh, evolucionados de los modelos chinos. Se cree que fueron los musulmanes en el siglo XI los que extendieron su uso en la península ibérica. En el reino nazarí de Granada gozó de gran popularidad, creándose secciones de ballesteros a pie y a caballo, como se representa en los frescos de las Casitas del Partal de la Alhambra (h. 1340).

Las compañías de ballesteros en la Península

En los reinos cristianos peninsulares los ballesteros fueron la tropa escogida por los reyes para desempeñar, principalmente, labores de escolta. A partir del siglo XII se establecieron en algunas villas y ciudades las primeras compañías de ballesteros y en el siglo XIV gozaron de un importante protagonismo en las tierras de frontera. En el reino de Portugal sobresalieron los Ballesteros del Conto. En la Corona de Aragón, aparte de la cofradía de ballesteros de Huesca y de la Cofradía del Alarde de Zaragoza, destacó el Centenar de la Ploma (o del Glorioso San Jorge) radicado en Valencia. En el Reino de Navarra existieron compañías de ballesteros en San Vicente de la Sonsierra, en Ábalos y en Peciña encargadas de la guarnición de estas plazas fuertes frente a los castellanos. La Corona de Castilla no se quedó atrás, contando con dos grandes núcleos: uno al norte en la frontera con Navarra y formado por las compañías de ballesteros de Calahorra, San Sebastián de Villar de Arnedo, Haro, San Millán, Peñacerrada, Marquínez y de Hijosdalgos de San Felipe y Santiago de Alfaro. El otro núcleo estuvo al sur, en la frontera con los reinos musulmanes, donde destacaron los ballesteros de la ciudad de Sevilla y las cofradías de La Coronada de Jaén, la de La Vera Cruz de Vilches y la de Los Doscientos Ballesteros del Apóstol Santiago de Baeza.

La mayoría de estas compañías de ballesteros fueron desapareciendo paulatinamente a medida que avanzaba la Edad Media y en el mejor de los casos, abandonada su labor de milicia, se reconvirtieron en agentes de la Justicia, guardas de caminos o en simples cofradías de caridad. Dos casos paradigmáticos resultan el Centenar del Glorioso San Jorge de Valencia y la Compañía de los Doscientos Ballesteros del Apóstol Santiago de Baeza que se mantendrán como fuerza militar estable hasta su abolición en el siglo XVIII. Desarrollaremos a continuación el caso particular de esta última compañía, como ejemplo de milicia nacida siendo tropa ballestera que supo mantenerse en el tiempo adaptándose a las nuevas corrientes del arte de la guerra.

La Compañía de los Ballesteros del Apóstol Santiago

La Compañía de los Ballesteros del Apóstol Santiago fue fundada en 1234 para defender la frontera de los ataques del emir Ibn Hud de Murcia y de su vasallo Alhamar de Arjona (futuro primer rey nazarí). Su número de integrantes quedó fijado en doscientos y únicamente el rey, al que debían fidelidad absoluta, podía convocarlos. A cambio de sus servicios se les eximía de todas las cargas concejiles y del pago de impuestos, quedando además fuera del ámbito de la Justicia común, pudiendo ser juzgados solamente por la Corona. Adoptaron como símbolo un pendón blanco con el aspa roja de San Andrés (emblema de su ciudad) y un escusón ovalado en el centro con la cruz de Santiago. Su lema era toda una declaración de intenciones: Nemini cedo neque inimicorum parco («no cederé ante nadie ni tendré compasión de mis enemigos»).

batalla de Higueruela

Batalla de Higueruela, Granada, 1431, fresco de Fabrizio Castello, Orazio Cambiaso y Lazzaro Tavarone en la Sala de Batallas del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

La compañía tuvo un papel destacado en la Guerra de Granada con las conquistas de Huelma (1438), Bélmez de la Moraleda (1448) y de Alicún de Ortega (1486). Tras la caída del Reino Nazarí en 1492, la Compañía de los Doscientos Ballesteros amplió su campo de actuación a la defensa costera de Andalucía, reino de Granada y reino de Murcia, quedando bajo las órdenes de los reyes o, en su caso, del capitán general de la Andalucía, el duque de Medina Sidonia, prohibiéndose su salida de tierras peninsulares.

Para ingresar en la compañía los aspirantes debían acreditar ante un tribunal ser descendientes de cristianos viejos. Se podía acceder por herencia de primogenitura y siempre y cuando el aspirante estuviera casado. Después de pagar tres libras de cera y tres reales o cuatro ducados (si el aspirante no era hijo primogénito), el recién elegido, armado como ballestero y arrodillado ante una cruz situada en la Plaza del Mercado, protagonizaba un ritual en el que prestaba su juramento al rey y al apóstol Santiago, patrón de la compañía. El servicio militar tenía una duración de 20 años, tras los cuales el soldado quedaba licenciado.

La hoja de servicios de la compañía a la Corona es extensa, valgan algunos ejemplos para demostrar su consideración como tropa de elite en la época:

Durante la Guerra de las Comunidades de Castilla se mantuvo fiel a la causa del emperador Carlos y en 1521 asistió a la Liga de la Rambla, lo que desencadenó su participación en la Batalla de Villalar y en la posterior captura de los líderes comuneros, razón por la cual se les obsequió en Baeza con un arco de triunfo de estilo gótico que lleva por nombre «Arco de Villalar».

A partir de 1566 la compañía sufrió una modernización de su armamento, sustituyendo las ballestas por arcabuces de mecha. De igual modo quedó reorganizada en ocho escuadras de veinticinco soldados bajo el mando de un cabo. Con esta nueva organización actuaron durante la Rebelión de las Alpujarras en 1569 con su capitán Baltasar de Aranda Montemayor a la cabeza, siguiendo las órdenes del marqués de Mondéjar y participando en las batallas de Puente de Tablete y Galera, donde el propio capitán junto a ochenta y cinco cofrades encontraron la muerte. La compañía retornó entonces a Baeza, reincorporándose a la lucha al año siguiente ante las numerosas peticiones por parte del general al mando, don Juan de Austria.

En julio de 1596 se trasladaron a Jerez de la Frontera y a Cádiz para hacer frente a los ingleses durante nueve meses, lo que les costó un desembolso de 20.000 ducados. Nada que ver con los 36.000 ducados que gastaron en un solo mes en Gibraltar durante la Guerra Anglo-Española de 1625. Y es que la compañía financiaba las campañas militares a su costa, lo que hizo que muchos de sus miembros llegaran a arruinarse, necesitando incluso la ayuda económica de sus otros hermanos cofrades para subsistir. Esto hacía que la mayoría de sus miembros se vieran en la obligación de trabajar en oficios manuales para poder reponer en su mermada hacienda el capital invertido al servicio a la Corona.

Durante la Guerra de Sucesión española se transformó en regimiento, aumentando su número hasta los 500 soldados, aunque esta medida circunstancial solo duró hasta 1707.  Felipe V vio necesario reformar la compañía estableciendo un arco de edad para sus cofrades que iba de los 18 a los 60 años, también ordenó la salida de los enfermos que no pudieran portar armas y prohibió que se pudieran nombrar sustitutos para la guerra sin causa justificada. Se establecieron además nuevas condiciones de acceso: tener una edad comprendida entre los 18 y 40 años, ser descendiente de cristiano viejo, no haber sido castigado por la Justicia ni por la Inquisición y no haber desempeñado oficios viles como verdugo, pregonero o carnicero. La cuota de ingreso variaba de los 200 a los 400 reales de vellón.

Su última actuación conocida tuvo lugar en 1728 durante las últimas fases del sitio de Gibraltar. El 12 de diciembre de 1757 el ministro de la Guerra, Sebastián de Eslava, informó a la ciudad de Baeza de la decisión del monarca Fernando VI de dar por finalizado el cumplimiento de servicio a la Corona de esta compañía con más de 500 años de historia, incorporándola como coronela del Regimiento de Milicias de Jaén.

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Este artículo forma parte del I Concurso de Microensayo Histórico Desperta Ferro. La documentación, veracidad y originalidad del artículo son responsabilidad única de su autor.

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