Carlos IV Conde de Aranda María Luisa de Parma

Retrato de Pedro Pablo Abarca de Bolea (1719-1798), X conde de Aranda y presidente del Consejo de Castilla y secretario de Estado durante el reinado de Carlos IV y María Luisa de Parma, por Ramón Bayeu (1746-1793).

Los nuevos monarcas alejaron cada vez más al conde de Aranda de sus tertulias. Aranda comenzó entonces a “bombardear” a la reina María Luisa con misivas para pedir una audiencia y esclarecer la situación de “desgracia regia” en la que se encontraba. La Revolución había estallado, y el contexto político europeo era complejo. Las cartas de Aranda, estudiadas por Calvo Maturana están llenas de argumentaciones que muestran cómo la forma de entender la monarquía había cambiado. Aranda llega incluso a amonestar a los reyes como “crueles” por despreciar a un servidor de la patria. Se reproducirán algunas de las cartas para observar el cambio drástico que estaba sufriendo la monarquía.

«No señora, no sería digno de Vuestra Majestad nacida para reinar sobre todos; no sería propio de su justicia distributiva, que el cetro puso en sus manos; no sería correspondiente a su amabilidad personal una exclusión determinada de sus honras […]»[1]

La relación rey y reino se articulaba en base a un contrato ficticio que cumplían ambas partes. En ese contrato se encontraba la “justicia distributiva”. La justicia era la base en la que se articulaba el sistema de poder en el Antiguo Régimen y era la principal tarea del monarca ejercerla de acuerdo con el contrato ficticio con la comunidad. Esa justicia consistía en dar a cada uno lo que le correspondía, en función del privilegio que las diferentes jerarquías de la sociedad tenían. Los consejeros del rey necesariamente tienen que proceder de la comunidad política.

Es por ello por lo que la participación adquiere un sentido de control, por cuanto que es el medio que evita que el soberano se constituya en única fuente de poder desligada de todo compromiso con el reino[2]. El favorecido de los reyes, en este caso aún Floridablanca, se constituye en un peligro para los intereses del reino, desde el momento en que su política apuntala a la utilidad y necesidades de las nuevas monarquías embarcadas en una serie de obligaciones militares y económicas[3]. Es por ello que el patronazgo regio, rompe con la justicia distributiva y por lo tanto con el diálogo rey y reinos, en este caso tanto la nobleza, la iglesia y las cortes. Por lo tanto, el consejo al poder, en este caso los reyes, debe venir de las personas que conforman la comunidad política, los nobles por sus virtudes son los que “deben” ser agraciados con nombramientos. Si se excluye de ellos a los naturales[4], se pierde el reino.

Ya desde Felipe V podemos observar cómo, cada vez más, los monarcas van monopolizando y privatizando el ejercicio del poder. Sin embargo, con Carlos IV se llega a la cima de privatización de este recurso que no solo correspondía al rey sino también a la comunidad política. La corte dejará, cadenciosa pero inexorablemente, de convertirse, en el espacio de poder, para ir reduciéndose a su carácter de Casa Real, de espacio doméstico de los soberanos. Va a ir perdiendo la capacidad de decidir políticamente hasta cobijar solo el hogar de la dinastía regia. La manera de llevarlo a cabo es sencilla: los soberanos vaciaron de sentido las antiguas instituciones, sin eliminarlas, donde estaban muchos miembros de los grandes linajes, y canalizaron todas sus decisiones políticas a través de las secretarías de estado. Secretarias que fueron ocupadas por un personal que cumplió diversos requisitos, perfil social modesto y luego encumbrados a la alta nobleza y absoluta fidelidad y entendimiento con la cabeza de la monarquía[5].

La monarquía fue paulatinamente haciéndose más burguesa, acaparando más poder y marginando a la nobleza del ejercicio del poder político. Carlos IV ya se aseguró de esto mediante la compra y fidelidad de un gran número de títulos al principio de su reinado[6]. Aranda al igual que muchos de sus correligionarios se daban cuenta de cómo eran apartados a favor de personajes de bajas filas. La monarquía sin embargo no se daba cuenta de que estaba tirando piedras a su propio tejado, estaba dando la espalda a uno de los pilares que sostenía su razón de ser. En otra carta de Aranda se desprende otro problema de la nueva forma de ver la monarquía en el siglo XVIII:

«[…] Voy a buscar el corazón de unos soberanos justos, políticos, y de una religión apurada, de unos padres bondadosos de sus vasallos, de unos humanos compasivos […]»[7]

Utilizar el término humanos compasivos es revelador. En el momento en que los monarcas ya no son vistos como dioses en torno a los cuales hay que orbitar como Luis XIV, en el momento que son vistos como personas de carne y hueso idénticas al resto de la comunidad política, se rompe el círculo mágico que los designaba como ministros de Dios en la tierra. En una sociedad en la que la magia lo impregnaba todo, el proceso de desacralización de la monarquía implicaba que, al ser ya los reyes humanos, podían dejar en un determinado momento de ser imprescindibles.

Tenemos por lo tanto a una nobleza descontenta, a una monarquía que no admite frenos a su poder, a una iglesia que pronto entrará en conflicto con la monarquía. Vemos que los fundamentos del Antiguo Régimen se están pulverizando poco a poco y nadie se está dando cuenta. Carlos IV y María Luisa estaban cometiendo el mismo error que su primo Luis XVI, estaban ignorando las peticiones de sus semejantes. La reacción aristocrática contra el absolutismo se transformó así en una revolución burguesa que lo derribó, la rigidez del vínculo entre el estado y la nobleza, precipitó, en último término, su común caída[8].

Finalmente, para el conde de Aranda después de las súplicas llegaron las recompensas. Godoy que ya estaba en el círculo de los reyes, le conminó a pedir una audiencia a la reina. La misma le fue concedida en Aranjuez. Allí Carlos IV le concedió la secretaría de Estado en régimen de interinidad, como el mismo Aranda pidió. Resulta llamativa la forma de actuar del monarca, el cual decidía invisibilizarse y dejar que a la que todos vieran fuera a la reina. Como dice Antonio Calvo, María Luisa no hacía más que hacerle el trabajo sucio a su marido[9].

Bibliografía

  • Anderson, Perry. 1979. El Estado Absolutista. Madrid: Siglo XXI.
  • Calvo Maturana, Antonio. 2016. El desagrado de Vuestra Majestad hacia mi persona”: La primera caída en desgracia del conde de Aranda ante María Luisa de Parma, (1789-1790), en Espacio Público y Espacio Privado, miradas desde el sexo y el género, 241-281. Madrid: Abada Editores.
  • Calvo Maturana, Antonio, González Fuertes, Manuel Amador. 2016. “Patronazgo y Clientelismo en la Corte de Carlos IV”, en Patronazgo y Clientelismo en la Monarquía Hispánica: (Siglos XVI-XIX), 385-408. Bilbao: Servicio Editorial del País Vasco.
  • Cárceles de Gea, Beatriz, “La Justicia distributiva en el siglo XVII. (Aproximación político-Constitucional)”, Chronica Nova 14 (1984-1985):  93-122.
  • Vázquez Gestal, Pablo, «Non dialettica, non metafisica…»La Corte y la cultura cortesana en la España del siglo XVIII”, Reales Sitios 169 (2006): 50-69.

[1] Antonio Calvo Maturana, El desagrado de Vuestra Majestad hacia mi persona”: La primera caída en desgracia del conde de Aranda ante María Luisa de Parma, (1789-1790), en Espacio Público y Espacio Privado, miradas desde el sexo y el género, ed. Elena Hernández Mandioca (Madrid: Abada Editores, 2016), 270. El subrayado es mío

[2] Beatriz Cárceles de Gea, “La Justicia distributiva en el siglo XVII. (Aproximación político-Constitucional)”, Chronica Nova 14 (1984-1985): 102

[3] Cárceles de Gea, “La Justicia distributiva en el siglo XVII. (Aproximación político-Constitucional)”, 102.

[4] Aunque el estudio de Cárceles Gea se remita al siglo XVII, es perfectamente válido para el siglo XVIII pues las formas de entender la comunidad política no habían cambiado. El hecho de que extranjeros se inmiscuyeran en las labores del gobierno por parte del patronazgo regio, provocaba fuerte reacciones xenófobas como la que ocurrió en 1766 con el famoso Motín de Esquilache

[5]  Pablo Vázquez Gestal, «Non dialettica, non metafisica…»La Corte y la cultura cortesana en la España del siglo XVIII”, Reales Sitios 169 (2006): 56

[6] Antonio Calvo Maturana, Manuel Amador González Fuertes, “Patronazgo y Clientelismo en la Corte de Carlos IV”, en Patronazgo y Clientelismo en la Monarquía Hispánica: (Siglos XVI-XIX), Ed José María Imízcoz Beunza y Andoni Artola Renedo (Bilbao: Servicio Editorial del País Vasco, 2016)

[7] Calvo Maturana, “El desagrado de Vuestra Majestad hacia mi persona”: La primera caída en desgracia del conde de Aranda ante María Luisa de Parma, (1789-1790), 251. El subrayado es mío

[8] Perry Anderson, El Estado Absolutista (Madrid: Siglo XXI, 1979) 109

[9] Calvo Maturana, “El desagrado de Vuestra Majestad hacia mi persona”: La primera caída en desgracia del conde de Aranda ante María Luisa de Parma, (1789-1790), 276.

Este artículo forma parte del I Concurso de Microensayo Histórico Desperta Ferro. La documentación, veracidad y originalidad del artículo son responsabilidad única de su autor.

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