Duria Antiquior Mary Anning Henry De la Beche

Duria Antiquior (1830), acuarela pintada por el geólogo inglés Henry De la Beche (1796-1855), National Museum Cardiff, País de Gales. Esta célebre representación de una escena de vida prehistórica estaba basada en los hallazgos de Mary Anning.

She sells sea-shells on the sea-shore

The shells she sells are sea-shells, I’m sure

For if she sells sea-shells on the sea-shore

Then I’m sure she sells sea-shore shells.

 

Trabalenguas escrito por Terry Sullivan inspirado en Mary Anning

Mary Anning nació en el sur de la Inglaterra victoriana, en Lyme Regis, en 1799. Era una época en que no se oía hablar de evolución, en que aún se pensaba en las especies como creaciones inmutables y perfectas, y en que, a la vez, los fósiles y dinosaurios empezaban a ser conocidos y famosos, restos de una época prediluviana, monstruosas iguanas gigantes y seres extraños de movimientos torpes.

Era mujer, lo que le impedía el acceso a las universidades, a las sociedades científicas y al mundo académico en general. Tampoco tenía derecho al voto. Además, provenía de una familia pobre y con una religión disidente. Eso se unía a la severa carestía alimenticia que se vivía en Inglaterra cuando Mary era apenas una niña y que hacía que prácticamente todas las ganancias familiares fueran destinadas, simplemente, a comer. Su madre tuvo que enterrar a ocho de sus diez hijos. Su padre, en esos años, ya recogía fósiles para complementar la economía familiar, ya que los vendía a los turistas de la zona (Lyme era una región considerada excelente para la talasoterapia, y estaba de moda).

Mary Anning, una vocación temprana…

Desde pequeña se dedicó con entusiasmo a esta tarea y acompañaba a su padre desde los cinco o seis años, pese a que lo normal hubiera sido que se quedara con su madre aprendiendo cómo llevar las tareas domésticas. Cuando este murió, Mary, a pesar de tener apenas once años, decidió seguir vendiendo fósiles, mientras su hermano trabajaba de ayudante de tapicero y le echaba una mano de vez en cuando.

No era una tarea fácil, ya que la misma costa que le permitía un acceso prácticamente ilimitado al conocimiento sobre el Jurásico inglés, también era temiblemente insegura. Los acantilados, como el famoso Black Ven, eran resbaladizos e inestables. De hecho, la muerte de su padre vino dada por un empeoramiento de su salud tras un accidente del que no se recuperó bien. También su perro, fiel compañero en sus salidas de campo, murió en un movimiento de tierras. Ambas muertes la afectaron profundamente, además de ser consciente, en el último caso (como escribía en una carta a una amiga), que solo un instante la había separado de sufrir el mismo destino.

Lyme Regis

Los acantilados de Lyme Regis. © Andrew via Flicker

Tenía buen ojo y aprendía rápido. Además, no solo recogía los fósiles, sino que ponía un especial cuidado en su conservación y documentación. Los dibujaba y clasificaba, además de ir ordenando los conocimientos que iba adquiriendo. Esto no solo hizo que tuviera un saber muy preciso de las especies que iban aflorando en la costa, sino que le permitió sacar conclusiones y realizar hipótesis. Así, no solo descubrió el primer esqueleto completo de un ictiosaurio (cuando era aún una niña) y del primer plesiosaurio, sino que pudo aventurar que los coprolitos eran heces fosilizadas. Describió los sacos de tinta dentro de los belemnites y encontró el primer esqueleto de pterosaurio fuera de Alemania. También escribió una carta a The Magazine of Natural History, contradiciendo uno de sus artículos en base a sus propios descubrimientos sobre los tiburones fosilizados. También teorizó sobre la posibilidad de la evolución y de la extinción, aún antes de la famosa obra de Darwin.

…una profesión frustrada

Estableció redes de amistad con otras paleontólogas aficionadas y coleccionistas de fósiles, como Elizabeth Philpot (Londres 1780-Lyme Regis 1857) y pronto los geólogos empezaron a interesarse por sus descubrimientos, comprarle fósiles y acudir a ella con dudas y teorías. Logró montar una tienda, tras mucho ahorro y penurias; una de verdad y no solo la pequeña mesa en que vendía, cuando era niña, los fósiles que encontraba. Allí la visitó Gideon Mantell, el descubridor del iguanodonte, el primer dinosaurio reconocido como tal, y la describió como una deidad que la presidía, satírica y avinagrada, astuta y pedante. Ludwig Leichhardt se refirió a ella como fuerte y masculina, alejada del tópico victoriano sobre la mujer ideal, llamándola también “la princesa de la paleontología”.

Lamentablemente, aparte de aquella carta, no publicó más (aunque se conservan algunos de sus cuadernos de notas). Sus conocimientos fueron depredados por los geólogos que acudían a ella en busca de fósiles y conocimiento. Ellos dieron su nombre a los descubrimientos, ellos se llevaron los laureles, ellos publicaron sus teorías sin su nombre, sin mencionarla, salvo raras excepciones. Reconocían su autoridad en privado, pero no dudaban de beneficiarse de ella en el mundo académico.

Mary Anning (1847), retrato póstumo por B. J. Donne, Geological Society/NHMPL.

La depredación también fue económica. Henry Hoste Henley compró el esqueleto del ictiosaurio por 23 libras, una pequeña fortuna para los Anning, pero muy por debajo de su valor real, por el que luego lo revendería. Aun así, algunos geólogos y coleccionistas actuaron a modo de mecenas, como Thomas Birch o Henry De la Beche, que organizaron ventas benéficas de fósiles y litografías (como la de Duria Antiquior) para ayudar a la familia en los peores momentos. Asimismo, consiguió que la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia y la Sociedad Geológica de Londres le concedieran una pensión unos años antes de su muerte, aunque no la admitieron entre sus miembros. Esta última no aceptaría mujeres hasta 1904, medio siglo después de la muerte de Anning. Aun en su reconocimiento del valor científico del trabajo de Mary, se decía que había contribuido al conocimiento de los dinosaurios “pese a tener que ganarse el pan cada día”.

La muerte le sobrevino como consecuencia de un cáncer de mama, que la consumió. Además, el láudano usado para paliar los efectos de la enfermedad causó que sus vecinos la consideraran una borracha, empeorando su situación. Murió en 1847, sin haber llegado a los cincuenta años de vida. El reconocimiento real tuvo que venir bastante tiempo después de su muerte. La Royal Society de Londres la situó entre las diez mujeres británicas más importantes para la ciencia. Esa misma sociedad no admitió mujeres entre sus filas hasta 1945.

La doble discriminación que sufrió Mary Anning, por su género y su estatus social, impidió lo que, en un hombre, hubiera sido una brillante carrera llena de reconocimientos. Murió un 9 de marzo, un día después de lo que luego sería el Día Internacional de la Mujer, en el que se recuerda a tantas Mary Annings que no llegaron a ver reconocidos sus logros, tantas que no llegaron a desarrollar su potencial por el hecho de ser mujer.

Bibliografía

Emling, Shelley (2009): The Fossil Hunter: Dinosaurs, Evolution, and the Woman Whose Discoveries Changed the World. Nueva York: Palgrave Macmillan.

Goodhue, Thomas (2004): Fossil Hunter: The Life and Times of Mary Anning, 1799–1847. Bethesda: Academica Press.

Gould, Stephen Jay, and Purcell, Rosamund Wolfe (1992): Finders, Keepers: Eight Collectors. New York: Norton.

Pierce, Patricia (2006): Jurassic Mary: Mary Anning and the Primeval Monsters. Stroud: Sutton Publishing.

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