quema de libros Enrique de Villena Lope de Barrientos obispo Cuenca Berruguete

Quema de libros heréticos, detalle del cuadro San Domingo de Guzmán y los albigenses (c. 1493-1499), óleo sobre tabla de Pedro Berruguete (1450-1504), Museo del Prado, Madrid. Esta tabla es contemporánea a la propia quema de libros protagonizada por el obispo de Cuenca Lope de Barrientos siguiendo el mandato real. Fuente: Wikimedia Commons.

El comúnmente conocido como obispo de Cuenca, Lope de Barrientos, vivió en el siglo XV; perteneció a una familia de Medina del Campo: era el segundo de los hijos de la familia, por lo que tuvo que hacer carrera eclesiástica, que en su caso se convirtió en carrera política. En Salamanca ocupó una cátedra en Teología, durante posiblemente su etapa más intelectual y tranquila; de allí Juan II, rey de Castilla, lo llevó a la corte como preceptor de su hijo, el futuro Enrique IV. Desde un primer momento se ganó la confianza del monarca, como así se refleja en las crónicas de la época en las que se cuenta cómo salvó la vida de don Enrique durante un terremoto, y su posición en la corte fue cada vez más importante e influyente.

A mi juicio hay dos episodios que han distorsionado la visión que ha llegado hasta nuestros días de Lope de Barrientos: la purga y quema de la biblioteca de Enrique de Villena y la defensa que hizo de los conversos en la revuelta de Toledo de 1449.

La purga y quema de la biblioteca de Enrique de Villena es la primera quema de libros documentada en el reino de Castilla y tal fama tuvo que posiblemente fuera la posterior inspiración de Miguel de Cervantes para su capítulo 6 del Quijote I, en donde relata el escrutinio de los libros de don Quijote de la mano del barbero y el cura.

Todavía hoy no se saben los motivos exactos por los que Juan II aceptó las acusaciones que se vertieron contra Enrique de Villena, pero lo cierto es que a su muerte expropió los bienes del marqués y, puesto que los delitos que se le imputaban eran los de nigromancia y hechicería, encomendó a Lope de Barrientos acometer la tarea de purgar y quemar aquellos volúmenes peligrosos que pudiera haber en su biblioteca.

Según sus propias palabras, primero hizo una lectura minuciosa de los libros y, aunque no estaba de acuerdo con el mandato del rey, respetó la orden que le había sido encomendada. No obstante, parece ser que los únicos libros que quemó fueron aquellos que no pudo leer, es decir, los que estaban escritos en griego y hebreo, lenguas que conocía Enrique de Villena, pero no Barrientos. Aunque no está demostrado, cuadraría con las prácticas de la orden dominicana a la que pertenecía, quienes tenían la costumbre de leer todos los libros, incluidos los prohibidos (sobre todo estos, que conservaban en sus celdas para uso personal), lo cual tiene toda la lógica, ya que tenían que consultarlos para determinar lo lícito de lo ilícito. Y sobre ese tema tuvo que documentarse muy bien Lope de Barrientos, ya que después de esta quema, escribió unos tratados por encargo del mismo Juan II para delimitar las prácticas mágicas lícitas e ilícitas. En estos tratados es en los que Barrientos justifica su acción y dice explícitamente que no hay libros buenos o malos, sino que todo depende del lector.

El primer reproche que se documenta es el del poeta Juan de Mena, que le acusa de haberse quedado con todos los libros del marqués de Villena. Posteriormente la acusación varía, de manera que a lo largo del tiempo se va hablando del número de volúmenes que quemó, el cual ciertamente va aumentando con el transcurso de los siglos. Me interesa especialmente la reivindicación de Juan de Mena: en primer lugar, porque es coetáneo a los hechos; y en segundo lugar, porque es coherente con la personalidad el obispo. Sin embargo, a día de hoy no se puede comprobar que fuera así, puesto que los libros de la biblioteca de Lope de Barrientos fueron espoliados tras la muerte del obispo, quien fue denunciado por su sucesor en la sede episcopal de Cuenca. Posteriormente se le absolvió de todas las acusaciones, pero muchos de sus bienes ya habían desaparecido, entre ellos la biblioteca.

Otra de las actuaciones más relevantes del obispo de Cuenca fue su participación durante la revuelta anticonversa de Toledo en 1449. A partir del siglo XIV se venían produciendo distintos enfrentamientos contra conversos, ya que la obligación de convertirse al cristianismo para conservar la vida y los bienes despertaba lógicas sospechas de que muchas de estas conversiones no fueran auténticas. Esta desconfianza se convertirá en el caldo de cultivo que va a caracterizar a la sociedad castellana durante la Edad Media, pero sobre todo en el siglo XVI y XVII, puesto que precisamente esta concepción de limpieza religiosa calará tan profundamente que las consecuencias serán las expulsiones y la instauración de un tribunal permanente de la Santa Inquisición en Castilla para juzgar las falsas conversiones.

Me interesa especialmente el conflicto toledano de 1449 precisamente por la literatura de controversia religiosa que se va a generar. Los acontecimientos estallan cuando don Álvaro de Luna aprueba un impuesto cuyo recaudador es Alonso de Cota: pertenece al círculo de judeo-conversos de Toledo y los ciudadanos se niegan a pagarlo, porque ven en este colectivo a los máximos beneficiarios. Los ciudadanos asaltan la casa del recaudador y el alcaide mayor, Pedro Sarmiento, promulga su Sentencia-Estatuto, el 5 de junio. En esta Sentencia se pide la expulsión de los cristianos nuevos, los conversos, alegando toda una serie de acusaciones que convertirán este texto en el primero que habla sobre la limpieza de sangre. El hecho en sí es la consecuencia de las tensiones que se venían viviendo en las últimas décadas, por lo que la redacción de este documento es la culminación de este ambiente antisemita.

Lope de Barrientos participa activamente para acabar con esta tensa situación. Responde con dos escritos y su intervención personal: cuando se sofoca la rebelión de Sarmiento, es el mismo Barrientos quien le comunica la orden real de marcharse de la ciudad. Fernán Díaz de Toledo envía a Barrientos una obra, Instrucción, donde proporciona a Barrientos los argumentos necesarios para defender a los conversos en contra de la postura de los rebelados. Con esta reelaboración de la obra del relator, Barrientos se posiciona y además desacredita los rumores que los sublevados vertían sobre él. Uno de esos rumores era que él mismo era converso: caló de tal manera esta acusación que en el Tizón de la nobleza de España, publicada dos siglos después, aún aparecía su nombre en el listado de hombres famosos que habían sido conversos. Historiadores actuales niegan esta procedencia de Barrientos, pero considero que es un motivo más por el que los siglos han olvidado la importancia histórica de este personaje.

Una vez calmadas las aguas, Lope de Barrientos escribió un pequeño tratado en latín, Opusculum super intellectu, del que también se conserva la traducción castellana del mismo siglo XV, en el que reflexiona sobre la cuestión de los conversos. Estas obras están en la misma línea ideológica de otros escritos del momento como el Tratado contra los madianitas e ismaelitas de Juan de Torquemada o el Defensorium Unitatis Christianae de Alonso de Cartagena. En estas obras se defiende la igualdad de derechos de cristianos y conversos, ya que estos últimos son cristianos también.

En el plano político tengo que subrayar la intervención en el conflicto del Vaticano: desde aquí se promulgan una serie de bulas (solicitadas desde la corte castellana) que en primera instancia condenan el suceso y a los implicados; pero las últimas los perdonan. Este cambio de posición debe responder a una cuestión política, pues parece ser que el mismo Álvaro de Luna solicita estas últimas bulas: en el códice del Archivo Vaticano donde se recoge el asentamiento de estos documentos, hay una anotación que los precede en la que se da cuenta de una donación hecha por el de Luna en nombre del rey castellano.

El hecho de que Álvaro de Luna esté involucrado en el principio y el final del conflicto me lleva a concluir que la controversia conversa se utilizó con fines políticos, más que ideológicos. No debió de sentar bien a Lope de Barrientos la conclusión del suceso, puesto que se posiciona ideológicamente a favor de los conversos. No hay constancia de su reacción, salvo que abandonó la corte durante un tiempo para dirigirse a la diócesis conquense, su refugio siempre que lo necesitaba.

Enumerar sus logros y sus actuaciones me llevaría varias decenas de páginas, y aun no conseguiría mi propósito. En esta líneas solo he dado un par de pinceladas que pergeñan el retrato de un hombre que consiguió ser poderoso e influyente durante su larga vida, pero cuyo recuerdo fue borrado para la posteridad. De ahí que su historia sea la de una infamia y la del olvido, una historia dañada por la manipulación, la envidia y el rencor.

 

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