leyenda negra carlos V

Una fiesta cortesana (ca. 1520-1550), óleo sobre tabla de Ambrosius Benson (ca. 1495-1550), colección privada. Esta obra recoge algunos de los vicios atribuídos por sus enemigos protestantes al sacro emperador Carlos V, como la glotonería, la bebida o la lujuria, y que formaron parte de su leyenda negra.

Las fuentes presentan una realidad bien distinta: lejos del bebedor consumado y mujeriego que ha pasado a la historia, el césar se caracterizó a lo largo de su vida por su sobriedad, su moderación y su extrema castidad más allá de lo estrictamente necesario para asegurar el porvenir de su linaje.

La conducta moderada del césar le fue sin duda inculcada por su tutor Adriano de Utrecht, que no dudaba en despotricar contra el vino y los placeres carnales desde el estrado cuando, en su madurez, impartía lecciones de teología en la Universidad de Lovaina. Ya a su llegada a España Carlos actuó con una frugalidad monacal que desconcertó a sus nuevos súbditos. Sabemos por el cronista Luis Machuca, concejal de la ciudad de Valladolid, que durante la estancia del futuro emperador en dicha urbe a caballo entre 1517 y 1518, este rehusó probar una gota de vino: “Ofreciosele vinos blancos de Rivadavia, de Yepes, de Madrigal, Simancas, Medina del Campo, Villafranca, Monviedro, Orense, Martos y Ciudad Real, que no siendo adobados son como medicina, e assi mismo vinos tintos de los lomos de Madrid, Arenas, Alcarria, Escalona, Cigales, Toro, Illana, Hubeda y Valdepeñas, mas no quiso él beber gota alguna, aduciendo ser este un bebedizo del diablo”.[2]

El cronista castellano llega a afirmar que la falta de interés del monarca en el vino español fue una de las principales causas de su impopularidad entre las clases medias y bajas, que poco después se sublevarían en su contra en la Guerra de las Comunidades: “y en todos los presentes, assi ricohombres como burgueses –escribe Machuca– causó gran lástima el ver que tan gran señor y príncipe de tantos reinos tenía en poco los vinos de la tierra, que fue de no poca razón en la sedición del pueblo y las alteraciones en esta ciudad de Valladolid”. No se trata de una acusación capciosa, pues fue común en las posteriores alteraciones que el vulgo imprecase al rey con motes como “bocina turquesca” –en alusión a la abstinencia practicada por los musulmanes y el prognatismo (la célebre mandíbula protuberante) de los Habsburgo–.[3]

Carlos V Landgrave de hesse

Carlos V, rodeado de religiosos y cortesanos, recibe la sumisión del landgrave de Hesse en 1547, miniatura de los Triunfos de Carlos V (ca. 1556-1575), de autoría anónima, British Library, Londres.

No parece que el emperador mudase de hábito con el paso de los años, pues el testimonio de Bartholomäus Sastrow, emisario de la ciudad imperial de Stralsund ante el césar durante la Guerra de la Liga de Esmalcalda, confirma inequívocamente la frugalidad y la abstinencia del emperador: “ordinariamente había cuatro entradas de seis platos: después de ponerlos sobre la mesa los descubrían, si no le gustaban movía la cabeza, y la inclinaba si eran de su agrado, entonces los aproximaba; se devolvían enormes pasteles, piezas de caza y los más suculentos fercula”.[4] El emperador, sigue Sastrow, tomaba en cambio “un platillo de gachas tan insípido y gris que lo habría rechazado un carretero suabo de habérselo puesto en la mesa el patrón de una posada del camino”, y bebía un escueto vaso de agua: “tomaban del aparador los doctores medicinae dos frascos de plata y llenaban un vaso de cristal con agua sacada del pozo aquella mañana, la cual el emperador bebía hasta la última gota con tanta naturalidad y limpieza que daba gusto verle”.

Igualmente frugal fue el retiro del emperador en el monasterio de Yuste. La imagen del césar rodeado de criados –entre los que no faltaría su propio maestro cervecero– es en realidad un infundio propagado por el teólogo protestante Leonhard Piscator, de Lübeck, en su imprecisa obra de 1685 Historia persecutionum Caroli V Imperatoris contra fideles religionis verae reformatae (“Historia de las persecuciones del emperador Carlos V contra los fieles de la verdadera religión reformada”), que, entre otras fabulaciones, acusa al emperador de practicar la cópula con ranas.[5] En realidad, como escribía a Felipe II el confesor del césar, fray Pedro de Lamo: “Su Imperial Majestad insiste en andar descalço, e beve solo agua de lluvia, e come pan duro, e al magnánimo príncipe quédanle tan pocos dientes sanos que es cosa de gran piedad el ver como roe la corteça del mendrugo como un topillo roe la mies madura, que es grande exemplo para todos, e procuramos imitar a tan piadoso príncipe”.[6]

Los placeres carnales, pilar de la leyenda negra de Carlos V

El talante mujeriego del césar es otro bulo histórico difundido por sus rivales protestantes, que le atribuyen docenas de hijos bastardos con toda clase de mujeres, entre las que no faltan, por citar un panfleto atribuido al teólogo protestante Timotheus Candidus, “una coima negra con el cuerpo en forma de tinaja”, de la que se habría prendado durante su expedición a Túnez en 1535. En realidad, el emperador, a juzgar por sus observaciones, era poco aficionado a la belleza femenina. De las españolas decía que “no es que sean gran cosa, dado que llevan un dedo de espesor de maquillaje”, mientras que de las alemanas le repelía su indumentaria, en particular sus “sayotas peludas” y sus gorgueras “del grandor de un queso parmesano”.[7]

leyenda negra carlos V

Alegoría del protestantismo triunfante sobre la Iglesia Católica (siglo XVI), óleo sobre tabla de la escuela neerlandesa, colección privada. En esta obra propagandística se contraponen los próceres de la Reforma protestante, con Calvino, Lutero y Melanchthon en el centro, con un satirizado Carlos V escoltado por representantes de la Iglesia católica encabezados por el papa y el mismísimo demonio, pura leyenda negra.

Sastrow deja claro en su minuciosa crónica que si, a mediados de 1547, “en la ciudad [Augsburgo] se murmuraba y el diablo reventaba de gozo” por la concupiscencia de los cortesanos imperiales, “el emperador, lejos de dar banquetes, no le acompañaba nadie” y “comía solo sin hablar palabra”. El cronista alemán relata un suceso especialmente elocuente del que fue testigo: camino de Bamberg, para no caer presa de bandidos, desertores o campesinos furiosos, se agregó a la comitiva del duque Federico de Liegnitz, que marchaba con el ejército del emperador. “Dos rameras con magníficos trajes de seda nos acompañaban –escribe–; al menor capricho se cogía una mujer de la mano y se llevaba a un rincón”. La fiesta, sin embargo, concluyó con la súbita aparición del césar, que amonestó al duque con una risa sarcástica y despidió a las prostitutas. “El duque –sigue Sastrow– hincó la rodilla en tierra, pidió perdón y prometió derramar hasta la última gota de su sangre por S. M. El Emperador le tocó con el bastón en la espalda y le dio plena absolución. –Basta, Federico, le dijo, estás perdonado, pero no vuelvas a tus mañas”.[8]

Del desinterés de Carlos por el erotismo da fe la correspondencia de Tiziano, que, en una carta a su amigo y confidente, el escultor florentino Giorgio Chiellini, se lamenta de la negativa del emperador a encargarle representaciones de Venus: “S. M. I., querido amigo, antes prefiere que le pinte a Tántalo, Ixión, Sísifo y Ticio que a Venus, y cuando le pregunté la razón, él sonrió y me dijo que a las rosáceas carnosidades de Venus se debe que las armas de Marte críen telarañas. Y, en verdad, el emperador prefiere el ajedrez y la caza que el cortejo de damas, en que se encorva de aburrimiento, y le he oído decir que el frecuentar mujeres es vicio de franceses, herejes y afeminados”.[9]

Tiziano sintetiza en estas palabras la mentalidad de Carlos V, un hombre casto y abstemio, alejado del beodo fornicador de la Leyenda Negra de los panfletos protestantes, que consagró su vida no solo a la lucha contra los enemigos de la religión católica, sino también contra las malas costumbres; una figura cuyas facetas más desconocidas están saliendo por fin a la luz.

Notas

[1] Dunphy, P. (1999): Prostitution and politics. From Ancient Rome to Silvio Berlusconi. New York: Penguin Books, p. 212.

[2] Machuca, L. (1537): Cronicha de la Insigne Civdad de Valladolid. Contiene los sucessos de los años de MDVII hasta MDXXXVI. Valladolid: Imprenta de Jerónimo Aguilar, p. 638.

[3] Pérez, J. (1998): La revolución de las comunidades de Castilla (1520-1521). Madrid: Siglo XXI, p. 235.

[4] Sastrow: B. (1905): Bartholomew Sastrow: being the memoirs of a German burgomaster. London: A. Constable, pp. 201-202.

[5] Schneider, U. (2012): “’And thus the emperor fornicated with frogs’: Leonhard Piscator and the anti-imperial speech in Germany during the late 17th century”, en Tucker, C. (ed.): Religious propaganda in Early Modern Europe: from Martin Luther’s balls to Luis de Góngora’s nose. Leiden: BRILL, p. 76.

[6] Calderón, J. (2021): “Pan duro y gachas podridas. Nuevas perspectivas sobre el retiro de Carlos V en Yuste”, Cuadernos de Historia Moderna, Vol. 46, N.º 2, p. 187.

[7] Estevez, E. (2006): “Charles V: a sexual approach”, Journal of the History of Sexuality, Vol. 6. Nº. 5, pp. 98-102.

[8] Sastrow, Op. cit., p. 179.

[9] Alberti. L. B. (2013): “Tiziano and calcio fiorentino”, I Tatti Studies in the Italian Renaissance, Vol. 13, N.º 4, p. 86.

¿Inocentada? Nos tememos que sí

El texto ayer publicado, titulado Carlos V, ni borracho ni putero, es una inocentada. La inmensa mayoría de las fuentes citadas son producto de la invención del autor, y las que no, como algunas de las citas de Bartholomäus Satrow, están fuera de contexto o han sido tergiversadas. En realidad, el emperador fue un gran aficionado a la cerveza, hasta el extremo de que en su retiro en Yuste –en el que, lejos de llevar una vida frugal, como afirma el artículo, vivió rodeado de comodidades–, dispuso de su propio maestro cervecero, el flamenco Enrique van der Trehen, cuya actividad y cuyos gastos están bien acreditados en el legajo 1145 de la Contaduría Mayor, conservado en el Archivo General de Simancas. Sabemos asimismo que el emperador apreciaba los vinos del Rin, de Cádiz, de Cariñena y de la Vera –también presentes en sus banquetes en Yuste–. Tampoco es cierta la castidad del emperador. Prueba de ello son los hijos que tuvo fuera del matrimonio con distintas mujeres: Margarita de Parma, cuya madre fue Johanna Maria van der Gheynst, sirvienta en la casa de Carlos de Lalaing, señor de Montigny; Juana de Austria, nacida de la relación que mantuvo con Catalina de Rebolledo, dama de compañía de su madre, la reina Juana; Tadea de Austria, fruto de los amoríos del césar con la dama italiana Orsolina della Penna, y Juan de Austria, cuya madre fue Barbara Blomberg, una burguesa de Ratisbona. No faltan tampoco alusiones a otras relaciones extramatrimoniales del césar, como con la viuda de su abuelo Fernando, Catalina de Foix, a la que alude el bufón Francesillo de Zúñiga en su Crónica burlesca del Emperador Carlos V. Tales amoríos no estaban lejos de ser secretos, pues Alonso de Santa Cruz, en su Crónica del Emperador Carlos V –escrita entre 1550 y 1552– dice: “En el vicio de la carne fue en su mocedad mozo, porque tuvo en Flandes una hija bastarda y en Castilla otra”.

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