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La rendición de Nankín, popularmente conocido como Las Lanzas, famosísima obra de Diego Velázquez, pintada en 1635 para conmemorar la capitulación de la capital de la provincia de Zhejiang tras un prolongado y trabajoso asedio en 1627. Con la consolidación de la Monarquía Hispánica en Asia oriental tras la ocupación del sureste de China y la formación del Virreinato de las Indias Orientales en 1592, la dinastía Ming fue capaz de imprimir un breve pero fructífero volantazo geoestratégico al lograr enfrentar a España con su antiguo aliado nipón, lo que le permitió, por una parte, frenar la expansión hispana en su territorio y, por otra, precipitar el fracaso de la aventura japonesa en Corea (1593). Una ucronía basada en el cuadro original la rendición de Breda. Fuente: Wikimedia Commons.

Cuando contemplamos desde Europa la irrupción europea en Asia oriental durante la primera globalización de los siglos XVI-XVII, podría parecer que esta proyección asiática de los castellanos, portugueses y holandeses significó una disrupción radical e irreversible en la región. Unos poderes europeos activos, “masculinos” y transformadores, frente a unas tierras orientales pasivas, adormecidas, “femeninas” –según la mentalidad de la época–, aisladas e inmóviles, repitiéndose desde siempre a sí mismas. Nada más alejado de la realidad.

Ciertamente la irrupción europea implicó algunos cambios y transformaciones, pero la precariedad numérica, la lejanía de la metrópolis y las disputas internas de los europeos –junto con el dinamismo, la fuerza y las dimensiones de los reinos, las diásporas y los imperios asiáticos– hicieron que los europeos se tuviesen que contentar en sus primeros pasos de presencia asiática con adaptarse e intentar sacar tajada de las redes comerciales preexistentes. Así, vieron sus intentos de dominación limitados a zonas relativamente reducidas. Hasta el siglo XIX los poderes europeos no empezaron a ser realmente decisivos y realmente disruptivos en la región. Los imperios asiáticos, el chino, el japonés, el coreano, así como las informales pero potentísimas redes talasocráticas de la “piratería” china del clan de los Zheng, marcaban en gran medida el curso de los acontecimientos en aquellos mares.

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Representación, obra del pintor nipón Kano Naizen, de una nave Namban o «Barco Negro», es decir, uno de los galeones y otros navíos de comercio españoles y portugueses que comenzaron a frecuentar los puertos de Japón tras la implantación de la Monarquía Hispánica en Asia oriental. La intensificación de los contactos comerciales y, especialmente los pingües beneficios obtenidos del mismo, reforzaron las relaciones entre ambas potencias, pero también atrajeron la codicia rapaz de piratas musulmanes y, sobre todo, chinos. El interés por proteger esta actividad comercial fue una de las causas clave de la Guerra Chino-Española de 1620-1629, que precipitaría la caída de la dinastía Ming y la entrada de Corea en la órbita nipona. Obra actualmente custodiada en el museo de la ciudad de Kobe (Japón).

Especialmente durante las primeras décadas de su presencia en la región, los proyectos y los intentos expansivos de los españoles en Asia fueron diversos y llegaron a rebasar el ámbito insular estrictamente filipino. En paralelo, los riesgos y las amenazas (regionales o metropolitanas) no dejaron asimismo de acechar y poner en entredicho la continuidad o alcance de su presencia en la región. El siglo largo de la presencia inicial hispana en Asia, entre 1565 y 1686 –fecha de expulsión de los chinos de Manila–, está marcado así por las proyecciones inconclusas y por las transformaciones y adaptaciones posibilistas a un entorno asiático con vida propia.

Vamos a plantear aquí unos cuantos hipotéticos relatos contrafactuales, perfectamente pensables y verosímiles, como un juego y un desafío, pero también como una forma de identificar y de destacar momentos críticos, clave, actores con agencia en procesos influyentes que marcaron o decantaron la balanza del curso de los hechos, y que, hipotéticamente, podrían haber empujado a estos en una dirección distinta. Que cada uno escoja su propia aventura en este multiverso de doce escenarios alternativos con los tercios en Asia. 

El imperio hispánico de las especias

De no haberlo impedido el asedio portugués de 1568 a las huestes del adelantado Miguel López de Legazpi, recién asentadas en Cebú tras haber cruzado el Pacífico; y si más tarde no hubiesen fracasado, total o parcialmente, las sucesivas expediciones que se hicieron desde Manila hacia las islas Molucas durante las primeras décadas de presencia española en Asia; y aún si la posterior irrupción en la región de la especiería de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC, Verenigde Oostindische Compagnie), no hubiese complicado todavía más las cosas: si todos estos eventos no lo hubiesen impedido, la empresa hispana en Asia podría haber gravitado alrededor de la globalización del tráfico de las especias, del clavo, la canela y la nuez moscada del sureste asiático, al margen de la proyección hacia China. La capital filipina no habría estado situada en Luzón, sino en las Bisayas o en Mindanao. Si Felipe II no hubiese accedido al trono portugués en 1580, hubiesen desaparecido las restricciones en la competencia y la confrontación luso-castellana en Asia, que frenaron las ambiciones expansivas manileñas. Quizás se habrían impuesto los castellanos, los tercios en Asia. O quizás los portugueses.

El imperio panasiático del Japón

Si se hubiesen materializado las amenazas que, a finales de la década de 1580, el mandatario japonés Toyotomi Hideyoshi hizo llegar a las autoridades manileñas, las islas Filipinas podrían haber caído bajo la esfera de dominación nipona, y podría así haberse avanzado unos siglos el proyecto panasiático japonés. También podría haber pasado algo por el estilo si los tres millares de soldados japoneses que, en los planes manileños de conquista de dos provincias de China (Fujian y Cantón), debían movilizarse en la empresa de China bajo comando conjunto luso-castellano, se hubiesen rebelado, y hubiesen desviado así el rumbo del conflicto chino-ibérico en su provecho; si así hubiese pasado, no solamente Manila y Macao, también las proyectadas conquistas hispanas en el sur de la costa China, habrían quedado bajo control japonés.

El abandono de la proyección asiática de la Monarquía Hispánica

En caso de que Felipe II hubiese tomado seriamente en consideración las discordantes voces metropolitanas, especialmente de los comerciantes de Sevilla, que a finales del siglo XVI abogaban por abandonar el comercio asiático porque perjudicaba al comercio peninsular, tildando todo el proyecto filipino de económicamente negativo e inasumible –solo explicable por un económicamente ruinoso cruce del espíritu quijotesco y de santa Teresa, según Pierre Chaunu–, si se hubiese así cortado el flujo de la plata americana hacia Asia, antes de que se hubiese estabilizado la ruta del Galeón de Manila, quizás la plata del Potosí habría fluido mayormente hacia Europa y no hacia el Extremo Oriente…

El Pinal en la costa de China

De haberse materializado el largamente acariciado deseo de obtener en la costa china un Macao español, un enclave portuario estable, ya fuese en las afueras de Xiamen, el año 1576, después de las promesas emitidas en este sentido por las autoridades provinciales de Fujian, ofrecidas tras la embajada manileña a la zona liderada por Martín de Rada y Miguel de Luarca –que la huida del pirata Limahón (Lin Feng), dejo finalmente en papel mojado–, o bien, si el enclave de El Pinal se hubiese asentado más tarde en la bahía de las Perlas, a las afueras de Cantón, cuando las autoridades cantonesas permitieron a Juan de Zamudio en 1598 que estableciese allí el germen del futuro enclave costero estable que los castellanos rebautizaron como El Pinal –y que, en gran medida por la acción furibundamente contraria de los portugueses de Macao, finalmente quedó en nada–; si se hubiese consolidado este soñado enclave hispano de El Pinal, bien en la costa de Fujian, bien en la de Cantón, los galeones podrían haber acudido allí directamente desde América, sin tener que adentrarse en el peligroso laberinto insular de los estrechos filipinos y sin depender de la llegada estacional al ritmo de los monzones de los juncos de los sangleyes, los emigrantes chinos de Manila.

Quizás entonces Manila habría perdido todo su atractivo como entrepôt, como punto final de la ruta de seda y plata del Galeón. Quizás el centro de gravedad de la empresa asiática hispana se hubiese desplazado directamente a la costa china, al enclave portuario de El Pinal. Quizás entonces Macao habría perdido también atractivo económico. Se habrían roto entonces las promesas de Felipe II (Felipe I de Portugal) ante las Cortes portuguesas de Tomar en 1580, que aseguró que los castellanos no interferirían en las posesiones portuguesas de ultramar. De este modo las indisimuladas ambiciones castellanas de asumir el liderazgo ibérico en Asia durante el periodo de la monarquía dualista se habrían materializado.

La Monarquía Hispánica en Asia oriental: el virreinato de las Indias Orientales

Si los planes manileños de conquista de las provincias de Fujian y Cantón, que el procurador filipino, el jesuita Alonso Sánchez, defendió ante la corte de Felipe II en 1588, hubiesen sido tomados en consideración –al no haber interferido en su contra la jerarquía jesuita, ni haberlos convertido en quiméricos e improbables el coetáneo hundimiento de la Armada Invencible frente a las costas británicas–, un contingente de tres mil japoneses y de tres mil pampangos bajo liderazgo portugués y castellano, habrían tomado posesión de estas provincias chinas, quizás sin gran resistencia, quizás con la aquiescencia cómplice de las elites locales, especialmente de las de Fujian, que verían en este nuevo derrotero una oportunidad de escapar a las férreas restricciones al comercio y la navegación exterior impuestas desde la capital imperial de la China Ming.

Aunque las previsiones de los planes de conquista de China imaginaban que los chinos de las provincias vecinas se sentirían impelidos a sumarse también a los dominios de esta nueva dinastía foránea, al ver el trato más justo y amable en la gobernación de los ibéricos, inspirados por la bondad y sabiduría del rey católico, sin embargo se consolidaría la partición de la China, agregándose el poder chino-ibérico, a lo sumo, las provincias de Zhejiang y Guangxi. Esta disgregación del Imperio aceleraría algunas décadas la crisis de los Ming, que caerían también derrotados ante la potencia guerrera de los manchúes del norte.

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Mapa del Virreinato de las Indias orientales creado por la Monarquía Hispánica en Asia oriental, en Desperta Ferro Ucronías n.º 2: Monarquía Hispánica. Pincha en la imagen para ampliar. © Desperta Ferro Ediciones

En el ámbito de la Monarquía Hispánica, la conquista de las provincias chinas conduciría a la creación de un nuevo virreinato: el de las Indias orientales, que se desgajaría de la Nueva España, y que asumiría también bajo su control las posesiones más orientales de la India portuguesa: el decisivo y estratégico estrecho de Malaca, el puerto de Macao, las posesiones en las Molucas y los puertos del sur de Japón. La capital de este nuevo virreinato no sería Manila sino Cantón. Para hacer viable la gobernación de estas nuevas provincias chinohispanas, el poder hispano se apoyaría inicialmente en los misioneros dominicos y jesuitas conocedores de la lengua mandarina. Para hacer viable la continuidad de la recaudación de impuestos y de la gobernación pacificada, se mantendría en pie la estructura burocrática de tradición imperial de los mandarines –palabra de origen portugués: manderines, los que mandan–. Tal como siempre ha pasado en el caso chino, este nuevo poder sería concebido e historiado internamente como una nueva dinastía imperial china, siendo entronizado –a distancia– el rey Felipe II como el primer emperador de la dinastía Xi –es decir la dinastía occidental, y primer carácter de la transliteración del nombre de España en chino: Xibanya–.

La Isla Hermosa dentro del arco filipino

Dado el caso de que los enclaves y fortines de Santiago, Santo Domingo y San Salvador, que los españoles establecieron en 1626, en el puerto de Keelung (Jilong), al norte de la isla Hermosa, (Formosa, Taiwán), hubiesen conseguido atraer a las naves del comercio japonés –que por contra estaba en proceso de repliegue y cierre de contactos con los europeos–, o si hubiesen conseguido atraer a las redes mercantiles del comercio de Fujian –que se movía entre la piratería talasocrática del clan de los Zheng y las incursiones holandesas–; si no hubiesen sido estos precarios enclaves españoles en la isla Hermosa atacados o boicoteados por los nativos austronesios de la zona, quimaurris y taparris; si las largas decenas de españoles de la isla Hermosa no hubiesen sido diezmados y asolados por las epidemias y dejados de la mano de Dios por la escasez del socorro de suministros y efectivos humanos desde Luzón; y si finalmente Manila no se hubiese planteado abandonar Taiwán, justo cuando en 1642 los holandeses –que llevaban también casi dos décadas en el sur de la isla Hermosa– consiguieron conquistar estos enclaves españoles… Si todo esto se hubiese movido en otra dirección, la isla Hermosa se habría integrado plenamente en el proyecto insular filipino, junto a Luzón, Cebú, Mindanao… Los holandeses habrían sido expulsados de los puertos formosanos del sur, y Taiwán nunca habría llegado a formar parte del Imperio chino. Ni sería ahora calificada por algún periodismo sensacionalista –exagerando, pero no del todo desencaminado– como “el lugar más peligroso del mundo”.

El Imperio (más o menos) católico de los Ming y los Qing

Si la misión jesuita en China hubiese triunfado en su empeño de convertir al cristianismo al emperador para provocar una conversión masiva y en cascada de su corte, sus funcionarios y sus siervos, el catolicismo asiático no se habría visto limitado a su expansión filipina, huella principal que han dejado los españoles en la región asiática. Si la misión jesuita en China, liderada en sus primeros pasos por Mateo Ricci, en los aledaños del poder imperial, hubiese conseguido no solamente generar un importante flujo de conocimientos científicos y humanísticos, sino también reformar el calendario chino e influir en el debate intelectual chino, transfiriendo tecnología pero fracasando de forma completa en el plano religioso; si más allá de esta influencia intelectual se hubiese producido una influencia espiritual y el emperador hubiese recibido fastuosamente la embajada papal que preparaba a finales del siglo XVI el jesuita Michele Ruggieri, esta influencia católica en China no habría eliminado a las otras religiones y escuelas morales o rituales presentes en China (budismos, taoismos, confucianismos, islam…), en tanto el cristianismo se habría sumado, con mayor visibilidad, a lo milenariamente habitual que es en China la complementariedad y la convivencia socialmente compartimentada de credos y rituales.

Si los emperadores Ming y Qing se hubiesen convertido al catolicismo, se habrían incrementado exponencialmente los intercambios culturales y económicos con Europa, pero probablemente los imperios europeos habrían visto igualmente frustradas sus ambiciones de entrada ilimitada y de dominio territorial en China. Probablemente no se había llegado a las guerras del opio ni al semicolonialismo que subyugó a China durante más de un siglo. El Imperio chino habría marcado la agenda y los límites de su interacción exterior. Habría caído la dinastía manchú, pero el imperio perviviría aún en China, como pervive en Japón.

El galeón de Callao

En caso de que el virreinato del Perú no hubiese quedado excluido del trato comercial de la Nao de China, teniendo como tenía en sus dominios las minas de plata del Potosí, podría haberse convertido en el virreinato central y más rico de las Américas. Si los galeones hubiesen podido zarpar libremente también del Callao, y no solamente del puerto de Acapulco, y dirigirse a Macao y no solo a Manila, al margen de las regulaciones restrictivas del Galeón de Manila que se decretaron en 1593, cerrando la puerta a esta posibilidad, Perú no hubiese tenido que recurrir al contrabando a través de Panamá para entrar subrepticiamente en el trato de los galeones de Asia.

El galeón de Cebú

De haberse consolidado el efímero Galeón de Cebú, que a finales del siglo XVI y principios del XVII circuló unas pocas veces con productos de menor valor que el Galeón de Manila –canela, cera, coral, mantas de algodón y otro productos de las islas Bisayas, de Mindanao o del Índico, sin sedas, ni damascos, ni porcelanas, ni otros lujosos y exclusivos productos chinos, que le quedaron legalmente excluidos–, quizás se habría activado la economía local insular bisaya, y se hubiese atraído regularmente hacia Cebú a las naves de la especiería, de Malaca, de la costa indochina, de Macasar… Se reduciría así la dependencia filipina respecto al flujo estacional de los sampanes de los sangleyes de Fujian. Si este Galeón de Cebú se hubiese consolidado, quizás Filipinas habría dejado de ser una colonia dual, con dos mundos irreconciliables: por un lado la Manila mercantil, multicultural y cosmopolita del Galeón, y por otro el resto del territorio de las islas, agrícola y disperso, dejado en manos de las distintas órdenes religiosas: agustinos, franciscanos, jesuitas…

La Compañía Real de las Indias Orientales

Si las regulaciones del trato del Galeón de Manila de 1593 hubiesen dejado de lado su altamente tenor restrictivo y proteccionista, que definía un número muy limitado de naves anuales o unas cantidades máximas de plata embarcada y que, por lo tanto, convirtió esta longeva ruta marítima transoceánica –de más de dos siglos y medio de vida– en una especie de club financiero monopolístico, dominado por los grandes almaceneros mexicanos y marcado por la corrupción, es decir, la sistemática transgresión de buena parte de las regulaciones restrictivas; si, como decíamos, en vez de este modelo regulatorio estricto se hubiese optado por crear una Compañía Real de las Indias Orientales, a la manera de las compañías holandesas o británicas, la lógica expansiva de un negocio capitalista sin límites habría propiciado la irrupción de rutas paralelas y alternativas, desde el Callao y Acapulco, desde Manila, Macao o Nagasaki, sin determinación del número máximo de galeones o de la cantidades de plata embarcada, los apenas 108 buques distintos que oficialmente llegaron a cruzar el Pacífico se habrían multiplicado exponencialmente, y se habría propiciado también la activación de las rutas marítimas interregionales.

El dominio de las Indias Holandesas

Si la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) hubiese conseguido conquistar Macao en 1622, apresar el Galeón de Manila y, finalmente, también hubiesen llegado a tomar Manila, la presencia holandesa en Asia habría tomado unas dimensiones muy superiores a las que tuvo, habría perdurado en su dominio y su proyección mundial a lo largo del siglo XVIII, sin ceder el trono de la primacía en el comercio asiático a la East India Company británica. La guerra de Flandes que acabó convirtiéndose en una guerra global, quizás habría tomado otro curso y llevado a otro desenlace también en Europa o el Caribe.

Los Ming del sur

En caso de que Zheng Zhilong –conocido en fuentes hispanas como Nicolás Yquan–, el líder de la red talasocrática de contrabando y piratería que controlaba, desde sus feudos en Xiamen, centenares de naves piráticas, y que tenía gran dominio y ascendencia sobre las comunidades diaspóricas fujienesas de diferentes puertos de Asia oriental (Batavia, Manila, Fort Zeelandia, Hirado…), hubiese conseguido que se impusiese la fallida segunda rebelión de los sangleyes (emigrantes chinos) de Manila en 1639 –rebelión que algunos documentos relacionan con la ambición del talasócrata de Fujian de tomar el mando de las Filipinas–; o bien, si décadas más tarde su hijo Zheng Chenggong –conocido en fuentes europeas como Koxinga o el Cuesing– una vez hubo expulsado a los holandeses de Taiwán, hubiese podido cumplir la amenaza de invadir Filipinas –a no ser que los españoles se sometiesen en vasallaje a su poder en Taiwán, exigencia y amenaza que fue transmitida en 1662 por el dominico Victorio Riccio en calidad de embajador oficioso–; si todas estas amenazas del padre o del hijo se hubiesen cumplido, el poder talasocrático del clan Zheng habría consolidado unas sólidas y estratégicas bases territoriales en la costa de Fujian y en las islas de Taiwán y de Filipinas, que les habrían permitido liderar con fuerza la resistencia frente a la nueva dinastía manchú de los Qing (1644-1911) e, incluso, llegar a reconquistar el imperio, liderando exitosamente la restauración de la dinastía Ming. O bien con mayor probabilidad, dividiendo de nuevo durante siglos el imperio en dos: los Qing del norte y los Ming del sur, con capital en Xiamen.

Bibliografía

  • Herrera Riviriego, J. M. (2022): Manila y la gobernación de filipinas en el mundo interconectado de la segunda mitad del siglo XVII. San Luis Potosí: Colegio de San Luis, Red Columnaria.

  • Iaccarino, U. (2017): Comercio y diplomacia entre Japón y Filipinas en la era Keichō (1596-1615). Múnich: Harrassowitz.

  • Ollé, M. (2002): La empresa de China. De la Armada Invencible al Galeón de Manila. Barcelona: Acantilado.

  • Ollé, M. (2022): Islas de plata, imperios de seda: juncos y galeones en los mares del sur. Barcelona: Acantilado.

  • Villamar, C. (2021): Portuguese Merchants in the Manila Galleon System: 1565-1600. London: Routledge.

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