Nabucco, por Mercedes García Esteo

«En este día de venganza,

¿quién osa hablar de amor»

Fenena, escena IV, parte I

Acto I – Jerusalén

Así habló el Señor: «Entregaré esta ciudad al rey de Babilonia y él la reducirá a cenizas». Jeremías, 32

Los oficiales se relajan. Aprecio un destello en la mirada azul del que me ha ordenado tocar un fragmento de Verdi. Detienen su charla y siento cómo miran. No es a mí, que soy basura, es al violín, a las notas que consigo extraer de este instrumento, que no es sino la extensión de mi brazo. Cuando el último sonido queda suspendido en el aire, bajo la mirada hacia las botas del oficial SS que tengo frente a mí, perfectas y arrogantes. Alguien introduce unos cigarros en mi bolsillo y me ordena salir. Por hoy he terminado.

     Me reciben los cuerpos apagados y malolientes de mis compañeros de bloque. Todos descansan. Siento que no me quedan fuerzas para avergonzarme de los privilegios que me mantienen vivo y contemplo sorprendido mi silueta reflejada en el cristal oscuro de la ventana, y tras él, los acusadores destellos de los reflectores de las torres de vigilancia. Me pareció recordar que un día no muy lejano miraba hacia el cielo estrellado de mi ciudad. Las estrellas eran tan luminosas como la acosadora luz de los reflectores. Por un instante me envuelvo en nostalgia. Mientras caminaba hacia mi barracón no me he percatado de si había luna o estrellas. ¿Qué importa? Es de noche y estoy vivo.

     El jergón aún huele a desinfectante. Así debe oler la muerte si es cierto lo que cuentan. Me asalta de repente la vivencia de hace una semana. Aparecieron decenas de pelotones cuando yo tocaba con mis compañeros al compás de los que desfilaban. En unos minutos el suelo del lager se cubrió con miles de hombres. Pasaron entonces varios camiones repletos de mujeres desnudas que gritaban pidiendo ayuda, alzando los brazos. Ningún solo hombre se movió. Ninguno hicimos el más mínimo ademán de socorrerlas. Desde entonces, por las noches, se me aparecen todos aquellos brazos blancos agitándose y todas aquellas bocas. Intento adivinar el rostro de las mujeres, pero no puedo. Es como si no tuvieran ojos ni nariz, tan solo boca para gritar. Pensaría que es una pesadilla si durmiera, pero estoy despierto.

     Aquí todo es doloroso, incluso el recuerdo, y sé que no podré arrancarme estos malditos pensamientos. Los iré acumulando. Uno se posará sobre el anterior, día tras día, a cuál más terrible, hasta que mi cuerpo también se pose sobre otro cuerpo en un montón de cuerpos apilados… y todo habrá terminado. O quizá algún día pierda las fuerzas y deje de tocar. No hay más que ver la cantidad de autómatas que pueblan el lager, hombres que tan solo tienen unos miles de números más que el mío, hombres que tan solo llegaron varias semanas antes que yo. Me concentro entonces en la  Hatikva y entono «mientras en lo profundo del corazón palpite un alma judía … no se habrá perdido la esperanza de ser un pueblo libre en nuestra tierra: la tierra de Sion y Jerusalén». De pronto, una tos ahogada rompe el silencio y las notas resbalan de mi pensamiento y caen hechas añicos.

     Mañana, cuando los trabajadores inicien la jornada, tocaré con mis compañeros las horribles marchas. Siento fuego en mis entrañas. ¿Dónde están los hombres que han de venir a salvarnos?

Acto II – El impío

«He aquí que la ira del Señor se ha desatado y caerá sobre la cabeza de los impíos». Jeremías, 30

El SS se recuesta sobre la cama. Ha sido un día agotador. Está harto de permanecer en aquel horrible lager alejado de los suyos. Mientras se va desabrochando torpemente la chaqueta con la mano izquierda, abre impaciente el libro que hay sobre la mesita y busca la foto, la necesita. Sus ojos absorben los rostros sonrientes de su querida Inge y su preciosa hijita. Ambas posan en el jardín familiar, en el ambiente sosegado de su querida Baviera. Le preocupa no volver a revivir aquella tranquilidad.

     Con sus dedos acaricia despacio el cuerpecillo de la niña. En cinco días será su cumpleaños y no estará con ella para abrazarla. Enciende un cigarro y cierra los ojos. Está cansado. Al abrirlos, visualiza por un momento a la niña judía que da vueltas sobre la grava, cada vez más deprisa, gesticulando, aullando. Había caído del último vagón que llegó del transporte Sosnowiec-Będzin. Dispararon una ráfaga de ametralladora para que sus ocupantes dejaran de gritar y la niña se asomó demasiado por el ventanuco del vagón y cayó al suelo. Debió de volverse loca por la falta de aire o por la sed, porque no paraba de chillar y de dar vueltas. Otro oficial actuó rápido. Era desquiciante verla girar y girar sobre sí misma. Le dio una patada en la espalda y ya, sobre el suelo, le disparó varias veces hasta que dejó de moverse.

     Y ahora sigue viendo las piernas pataleando mientras recuerda los gritos de toda aquella masa anónima: Wasser! Luft! Todavía escucha el chillido agudo de la niña que queda tendida en la grava, con los brazos extendidos, como si abrazando el suelo abrazara al mundo entero. Su cuerpecillo se parece al de su hija. El oficial sacude la cabeza desprendiéndose de la inoportuna visión y en ese instante revive el olor dulzón y húmedo de los cuerpos apilados en el vagón. Se acaricia con parsimonia el rubio cabello. Debe concentrarse en las notas de Verdi que acaba de escuchar. Le recuerdan a su padre.

     Abre la ventana y contempla la magnífica noche plagada de estrellas. Nunca antes se había sentido tan solo. Enciende otro cigarrillo. Le gustaría estar en el frente para luchar contra el enemigo, pero la endemoniada muchedumbre no deja de llegar. Es como una serpiente gigante que sigue reproduciéndose aunque la trocees una y otra vez.  Todos los días aparecen nuevos vagones y vuelta a empezar… Rememora las notas de Verdi mientras siente cómo ama a su país, cómo admira al führer. Cierra los ojos atrapado por la música, hasta que el ladrido de un perro lo devuelve a la realidad. Mañana ese mismo perro lo acompañará para amedrentar a los condenados judíos, a los mismos que le impiden estar junto a su familia y lo retienen preso en aquel inhóspito lugar alejado de su patria.

Acto III – La profecía

«Las fieras del desierto tendrán en Babilonia su guarida; también los lobos y lechuzas habitarán allí». Jeremías, 60

La marcha hacia la muerte ha comenzado. Todas las mujeres avanzan desnudas como si caminasen hacia la vida. Unas miran con miedo a los oficiales alineados, otras con un atisbo de súplica, aunque también hay quién los mira con desprecio.

     Es entonces cuando los ojos del oficial se posan sobre una niña pequeña, rubia, con hermosas trenzas de oro descansando delicadamente sobre la espalda. Tras ella, su madre se detiene y se encara con él y con los demás oficiales, hablándoles como nadie antes se ha atrevido a hacerlo: «Asesinos, bandidos, criminales. Ahora estáis asesinando a mujeres y niños, pero tened cuidado, porque llegará el día en que los rusos, victoriosos, se vengarán en nuestro nombre ¡El mundo entero se vengará de nuestra sangre inocente!»

     Los oficiales permanecen petrificados, sin capacidad de reacción, mientras la mujer, tras escupirles, corre con su hija hacia el bunker y desaparece para siempre.

Junto al Éufrates, los israelitas trabajan como esclavos mientras esperan la muerte. Es el momento en que el coro «Va, pensiero, sull´ali dorate» entra en acción. Zacarías conforma a su pueblo y trata de que haga algo crucial: creer en su futuro.

 Acto IV – El ídolo roto

«Baal está confuso: sus ídolos han caído en pedazos». Jeremías, 48

¡Vuela,  pensamiento, con alas doradas,…

Hoy es 27 de enero, el día de mi liberación. Ha nevado. Los soldados rusos han llegado con sus uniformes blancos de camuflaje. Siento que tengo alas doradas y que puedo volar, aunque me falten las fuerzas. ¡El cielo parece más grande!

… pósate en las praderas y en las cimas…

     Cuando pueda caminar subiré a la montaña, tenderé una mano a los que vengan conmigo y me recostaré sobre el verde prado, escuchando el canto de los pájaros.

…donde exhala su suave fragancia el aire dulce de la tierra natal!…

 ¿A dónde puedo ir si no me espera nadie? Volveré a mi hogar y levantaré la cabeza con orgullo, como hicieron los antiguos esclavos.

…y que te inspire el Señor una melodía que nos infunda valor en nuestro padecimiento.

     Observo algo que sobresale en el suelo. Al inclinarme compruebo que es una esvástica. Cubro de arena para siempre aquel horrible símbolo del poder caído. Nada me detiene en el campo. Abandono Auschwitz avanzando con el himno en los labios, sin mirar hacia atrás.

Adversus Haereses, por Fran Blanco Torres

Mi querido hermano, este libro será el sexto y último que te envíe. Sé que en el futuro mis libros serán lo único que me sobreviva, así como nuestra común esperanza en otra vida que sea digna de ser llamada vida. Con eso me basta.

No es fácil la vida de un cristiano en estos tiempos difíciles. Es cierto que la pax romana y la seguridad de sus calzadas nos han permitido expandir las buenas nuevas a lo largo y ancho de todo el imperio, llegando incluso su mensaje liberador hasta la casa del César, pero muchos son los peligros que se avecinan y que amenazan con desviar la fe de los hermanos y corromper el mensaje original del Señor. Como bien sabes, en mis dos primeros libros he expuesto y refutado las doctrinas del mal llamado conocimiento, y en los siguientes he defendido la tradición que tiene su origen en los Apóstoles hasta nuestros días, y que es la única verdad que debemos mantener encendida como una llama para iluminar a las naciones. Tenemos un solo Dios y Padre, y un solo Señor, el Cristo, y creemos firmemente, a pesar de las burlas y risas de los paganos, en la resurrección de la carne que acontecerá al final de los tiempos.

Mi amor por la verdad me ha llevado a viajar desde Asia, mi lugar de nacimiento, hasta la salvaje Galia, en la ciudad de Lugdunum. No es tarea fácil enseñar el Evangelio a gentes tan rústicas como los celtas de la Galia, que ignoran la hermosa y flexible lengua griega, y a los cuales me he visto obligado por las circunstancias de mi misión a aprender su bárbara lengua para que ellos también puedan conocer la sencillez de la verdad y formar parte de nuestra hermandad. Pero como decía el Señor, la mies es mucha y los obreros son pocos, y el Enemigo ya ha sembrado la cizaña entre el trigo.

Por eso me cuesta escribir lo que voy a relatar a continuación. No quiero pecar de orgullo ni de soberbia, pero las palabras se me agolpan en la boca y se me hace lento el escribirlas. Solo tú serás el único depositario de mis palabras, y estas me llevan a revelarte que el Señor me ha concedido el enorme privilegio de comunicarse conmigo a través de un sueño. Los jóvenes tendrán visiones y los ancianos tendrán sueños. Y yo ya soy casi un anciano.

Sí, mi querido hermano. El Señor, en su infinita bondad y misericordia, se me apareció en un sueño. No alcancé a ver su rostro, pues su brillo era tan intenso que no podía mantener la vista fija en él. Pero su voz era clara y potente. Y me llamó por mi nombre. Ireneo, me dijo. Mi fiel y paciente Ireneo, estas son las palabras que dirigirás a la congregación de Lugdunum. No abandonéis el amor que habéis mostrado desde el principio, porque vendrán tribulaciones y persecuciones que a unos harán tropezar, a otros mostrarse tibios en la fe y a otros abandonar la senda estrecha que lleva a vida eterna. Los que se mantengan fieles serán bendecidos con la corona de la vida, aunque muchos serán los que caigan por el filo de la espada del Enemigo. Manteneos firmes y no temáis. Y tú, Ireneo, escribe estas palabras fieles y verdaderas, porque serás testigo de cosas que David, mi amado siervo, anheló ver y que no pudo ver.

Y así fue. El Señor me concedió la gracia de poder contemplar su futuro Reino, aquí en la tierra. En mis sueños fui llevado hasta la cima de las montañas más altas, donde el trigo crecía y se hacía espeso. No había ciudades llenas de masas atareadas y sucias, gentes que casi siempre están enfermas, intentando huir de la miseria para llevar un bocado de pan a sus casas, ni tampoco vi calles estrechas ni foros llenos de mercados con mercancías de todo tipo, ni templos o palacios con estatuas de vanos dioses en su interior, ni las casas de los ricos sobresaliendo entre las insulae de la plebe, ni anfiteatros donde se sacrifican a seres humanos y se derrama su sangre como si fueran dóciles reses llevadas al matadero. Ya no había lamento, ni clamor, ni dolor. Ni llanto. Ya no existía la muerte. El Hades había sido tragado para siempre.

Ya no galopaban más el caballo rojo de la guerra, ni el caballo negro del hambre con su jinete portando la balanza y marcando los altos precios del trigo y la cebada. Tampoco el caballo pálido y su jinete.

Vi a gentes de todas las naciones viviendo en paz y armonía. Hablaban en lenguas que no entendía. Vestían con ropas extrañas, pero sus rostros irradiaban felicidad y no estaban demacrados por el hambre. Sí. Eran felices. Y se reían mucho. De hecho, no dejaban de sonreír.

Pero no acabó ahí la visión. De repente vi una ciudad en medio de aquella tierra. Era la ciudad santa, el campamento de los santos, Jerusalén. Y en ella todo era luz, todo era ojo, todo oído, todo justicia, todo entendimiento.

—Mi fiel siervo Ireneo. Has sido considerado digno de contemplar lo que acontecerá al final de los tiempos, después de mi regreso. Haz lo sumo posible por mantenerte fiel, como has hecho hasta ahora —me dijo el Señor.

— ¿Tardará mucho mi Señor en regresar? —le pregunté con temor, pues su voz atronadora me hacía sentir incapaz de levantar la vista.

—Tú mantente fiel hasta que yo vuelva. No ha llegado todavía el tiempo señalado. El Enemigo ya ha sembrado la cizaña entre el trigo y ahora hay que esperar a que ambos crezcan. Y cuando llegue el tiempo de la cosecha se separará el trigo de la mala hierba para juntarla en haces y echarla al horno.

— ¿Quién es el Enemigo? —le pregunté.

Pero el Señor no me respondió. Y de pronto se levantó una nube amenazadora y oscura que cubrió todo el cielo, y la hermosa visión desapareció. Ya no había niños ni gente joven sonriendo y disfrutando en aquel gigantesco jardín. La paz y la justicia se habían desvanecido como un susurro en la noche. Cerré los ojos con disgusto, pues esperaba que el alba me despertara. Pero para mi sorpresa no sucedió nada de eso. Cuando abrí los ojos de nuevo me di cuenta de que todavía estaba dentro del sueño. Sí. La visión seguía allí, para tormento de mi atribulada alma.

El escenario había cambiado por completo. Se sucedían las imágenes con una rapidez que la vista no alcanzaba a seguirlas, aunque unas duraban más que otras. Vi el auge y caída de imperios, terremotos que destruían ciudades, hambres, guerras, desolaciones. Vi millares de ratas que viajaban en barcos y extendían por toda la tierra una peste mortífera que no perdonaba a ningún ser vivo. Vi a bárbaros aullando en las fronteras, cruzando los grandes ríos para saquear, violar y establecer su ley en la tierra a filo de espada. También vi a emperadores caer asesinados por hombres en los que tenían depositada su más absoluta confianza, y a otros intentando convertirse en pálidos remedos de mujer o caer fulminados por un rayo.

Y vi también a mis amados hermanos, mezclados entre aquella confusa maraña de imágenes. Vi decenas de congregaciones desparramadas a lo largo y ancho de todo el imperio, trabajando y esparciendo el Evangelio como laboriosas hormigas en las que nadie repara debido a su pequeñez e insignificancia, pero que crecían en número y se hacían cada vez más grandes. Vi a lobos rapaces con piel de oveja infiltrándose entre los hermanos, adueñándose de sus mentes y conciencias para hacerse amos de su fe y desviar a muchos. Vi a obispos aumentar su poder y establecer su señorío en las congregaciones como si de arrogantes senadores se tratara. Vi surgir un orden eclesiástico en el seno de los hermanos, y una clara división entre sacerdotes y laicos. Amos y esclavos. De la verdad del Señor al férreo dogma del concilio. No más libertad. Ni paz ni amor agape. Una oscura ignorancia por ley. ¿Me amas más que a estos? Sí, Señor. Tú sabes que te tengo cariño. Treinta piezas de plata es mi precio.

Y entonces la visión se desvaneció. Y así desperté de mi sueño. Desde aquella noche no he dejado de escribir. Apenas he sido capaz de dormir, mi querido hermano. El mundo real ya no tiene sentido para mí. No me considero digno del don que el Señor me ha concedido, pero no es posible volver atrás, ni olvidar lo que he visto y oído.

Me han llegado rumores de lo que sucede en el mundo de afuera. Nada nuevo que no haya sucedido antes. Otra guerra civil. Ha tenido lugar una batalla cerca de Lugdunum, la más grande entre romanos desde la batalla de Filipos. Septimio Severo ha vencido. Los legionarios han entrado en la ciudad. Ya suben por las escaleras. Me han encontrado.

Los ojos desencadenados, por Camello Aparicio

18 de octubre de 1871, sur de Nueva Orleans.

Un hombre descansa reclinado en su hamaca bajo el porche de una casucha de madera roída. Su hogar se encuentra rodeado por una laguna de extensión considerable; únicamente un pequeño istmo lo conecta con el camino de tierra que serpentea más allá de una cerca desvencijada. El resto de aquel lugar es un manglar, infestado de cipreses, cocodrilos y mosquitos, que se extiende hasta el horizonte.

Duval Norwood se afana en finiquitar su pipa. Expulsa aros de humo mientras se rasca la barba incipiente de varios días. Su piel negra está sudorosa debido al calor; tiene desabrochados los primeros botones de la camisa parda y las mangas recogidas, que revelan unos brazos curtidos con algunas cicatrices de heridas pasadas. Se inclina para recoger del suelo una botella de whisky. Cada quince días cabalga hasta Nueva Orleans para comprar whisky casero a los irlandeses. Es lo único que le impele a salir de su pequeño pedazo de infierno. Echa un gran trago y sonríe. Ya empieza a sentir el pequeño cosquilleo en la nuca, la dulce sensación de somnolencia que abotarga sus sentidos. Deposita la botella y lame la pipa.

Al cabo de un rato, escucha el sonido de caballos en la distancia. Los pájaros echan el vuelo al unísono, piando y reuniéndose en bandadas que vuelan alejándose de la dirección de la que procede el sonido, que cada vez está más cerca. Ya llegan, piensa Duval. Ya era hora. El relincho de los caballos y el traqueteo de unas ruedas es ineludible, hasta que se revela una diligencia conducida por dos hombres. Estos detienen el carruaje ante su cerca y desembarcan con tranquilidad. Uno de ellos viste un llamativo uniforme azul marino del ejército estadounidense, es menudo y lleva bigote. El otro, de mediana edad, viste ropa de civil, con un sombrero de vaquero. Una placa dorada de alguacil centellea en su pecho.

Duval se levanta de la hamaca y desciende las mohosas escaleras del porche, que crujen con cada paso. Camina tranquilo hacia ambos hombres, con la sonrisa aún en su rostro. El alguacil le saluda alzando ligeramente el sombrero, su rostro amortajado por una consternación impalpable. El del uniforme tan solo observa con indiferencia al afroamericano. Al llegar hasta ellos, Duval se detiene. Sí que has tardado, viejo Paul. Este responde con gesto afable, aunque apenado. Su compañero, impaciente, se acerca a Duval con unas esposas, pero es detenido con un ademán por el alguacil. No las va a necesitar, dice. El uniformado se encoge de hombros y procede a embarcar de nuevo en el asiento del conductor.

Paul abre la puerta de la cabina de pasajeros y le da una palmada afectuosa en el hombro a Duval, tras lo cual trepa hasta su correspondiente sitio junto al conductor. El afroamericano coloca un pie sobre el escalón y, encorvándose para entrar en la cabina, vuelve su cabeza para echar un vistazo en derredor una última vez. El verdor de la naturaleza primordial arrulla el graznido lejano de alguna garza y una brisa repentina aligera su dulce ebriedad. El olor a humedad, que hace tan solo unos días le resultaba monótono, retorna misterioso, como la primera vez que pisó aquella tierra. El pantano y el sheriff lo habían tratado bien. Mejor de lo que merecía. Aparta los ojos de esta creación divina y se acomoda al fin en el asiento. Es el único pasajero. Da un golpecito con el revés de los dedos en el panel que lo separa de los conductores y estos arrean sus caballos hacia el camino de tierra. Lejos, hacia los senderos de calma que ofrecen el verdugo, la Parca y el descanso eterno.

Primavera de 1858, Costa Alemana de Nueva Orleans.

Duval recoge sus cosas en un bonito amanecer brumoso. Viste un traje arreglado, y su pelo está peinado con rigor hacia atrás. Hoy es el día en que será, por fin, un hombre libre. Dejará atrás la plantación de azúcar de los Hebert, una familia católica de herencia francesa y alemana conocida por su prosperidad y por la conducta ejemplar de sus dueños, orgullosos practicantes del Code Noir, que interpretan, sin embargo, de una manera un tanto heterodoxa. Ningún esclavo ha recibido jamás perjuicio físico alguno por parte de sus amos, y la difunta Celestine Hebert, mujer agradable y magnánima, entusiasta de la literatura, enseñó a todos aquellos esclavos que quisieran a leer y escribir. Duval se contagió de la afición de su mentora desde bien pequeño, y tal era el afecto que esta guardaba por su pupilo que en su testamento declaró su liberación a la edad de veintidós años.

Ahora tan solo queda como último regente el viudo Ira Hebert, patriarca de la casa. Duval se aproxima a la mansión de la familia, conocida entre esclavos y sirvientes como la Gran Casa. La observa con admiración. Inmensas columnas neoclásicas se alzan en el pórtico, soportando el peso de un amplio balcón cerrado por barandillas de hierro decoradas con florituras. Una decena de ventanas con marcos blancos le devuelven la mirada, ignotas como los ojos de un dios. Duval llama al portón y un mayordomo negro le abre. El señor Hebert le espera en su despacho, le informa. El joven pasa al vestíbulo y recorre un pasillo que atraviesa la casa. A ambos lados se extienden habitaciones decoradas con pinturas al fresco, porcelanas y muebles de estilo colonial francés. Al final del corredor sube la escalera que conduce hasta el segundo piso, donde golpea con suavidad la última puerta a la derecha. Una voz le concede el paso.

Entra en una gran sala, provista de armarios y anaqueles repletos de libros; cuelgan de las paredes cuadros con motivos de paisajes y batallas, y un ventanal deja entrar la luz naciente del sol convocado en la mañana, que horada el gris de la neblina. Desde un escritorio barroco, Ira Hebert le indica que tome asiento frente a él. Tiene unos sesenta años y su rostro adusto, del que pende una barba extensa, añade autoridad a su intimidante estatura. Es un hombre muy corpulento para su edad. Duval titubea antes de empezar a hablar. Su porte confiado siempre disminuye ante la presencia del anciano.

Señor Hebert, venía a presentarle mis respetos antes de marchar, dice. Lo sé, responde el otro gravemente. Verá, no creo que haga falta que le diga lo mucho que le quería mi mujer, ni lo mucho que me esfuerzo para que esta tierra sea un lugar decente para todos, prosigue. Duval desaprueba su visión paternalista del esclavismo y, en otras circunstancias, disputaría con cualquiera esa perspectiva. Sin embargo, el aura de solemnidad que emana del señor Hebert roza lo sobrenatural. Un escalofrío recorre a Duval cuando un atisbo de pena quiebra la voz del soberano de almas, tierras y destinos. Hijo, ahí fuera el mundo es un torbellino de almas perdidas. Tenga usted cuidado. Tome, aquí tiene algo de dinero. Vaya usted libre.

Momentos después, Duval está caminando más allá de los muros de piedra que delimitan la plantación, con una maleta bajo el brazo y una sonrisa en los labios. El silencio infinito de los robles lo observa partir por la vereda que se aleja de la plantación hacia lo desconocido.

Marzo de 1864, más allá de Nueva Orleans.

Había pasado tiempo desde que aquel muchacho arribase al sueño húmedo de la ciudad del olvido, Nueva Orleans. Una vez allí, trabajó en el puerto como estibador, pero fue despedido tras oponerse ferozmente a los acosos racistas de sus compañeros. Durante los siguientes años, deambuló por la ciudad y aceptó todo tipo de trabajos.

No obstante, nunca dejó de buscar el conocimiento de los libros, prohibidos o no, e incluso participó en la redacción de publicaciones abolicionistas clandestinas que pululaban por la ciudad causando escándalo. El desprecio que sentía hacia el esclavismo se tornó en odio militante, y su intelecto cultivado causó atracción entre los antiesclavistas.

Frecuentó todo tipo de compañías y conocía al dedillo Nueva Orleans. Así, cuando estalló la guerra en el sesenta y uno, y la Unión tomó la ciudad en mayo del año siguiente, Duval vio la oportunidad. Se ofreció como voluntario al general Benjamin Franklin Butler para reunir inteligencia y delatar a simpatizantes de la confederación, y finalmente, ingresó a la Guardia Nativa de Luisiana, formada por soldados de color.

Ahora, Duval y veinte mil hombres avanzan hacia Alexandria, embarcados en una expedición hacia el oeste de Luisiana y Texas. Pero él tiene otros planes. Esa noche, durante el descanso de la marcha, Duval y un puñado de desertores se desviarán del curso del ejército. Merodearán con sigilo las plantaciones de la Costa Alemana hasta que lleguen a la indicada. Y habrá gritos, llamas y un asesinato, y las cadenas de la servidumbre serán quebradas a la fuerza. Y después, desaparecerán al alba.

Dory Gé, por Daniel Merino

Se despertó sobresaltado por la oscilación agresiva de su asiento. El agradable movimiento que acostumbraba a mecerle en aquel habitáculo se había transformado en un golpe seco, haciendo perder el equilibrio a algunos de sus compañeros, notablemente más activos. ¿Habían reducido la marcha? Aun cuando las condiciones eran acuciantes para ello, no había podido acostumbrarse al medio marino completamente. Prefería notar la tierra bajo sus pies mientras se desgañitaba luchando en aquellos eternos muros de armas o cabalgar veloz sobre el magnífico caballo que parecía asemejarse a su valía como ningún otro[1]. Pero ahora no podía oírse el armónico esfuerzo de los remeros rompiendo las olas, ni tampoco sus sudorosas quejas. Aquel efímero silencio era casi tan pegajoso como la humedad que les rodeaba. ¿Era aquello posible? ¿Estaban llegando a…?

Rápidamente se desperezó y se puso en pie. Desde que habían embarcado no había logrado un sueño profundo, quizá porque ni si quiera pretendía buscarlo. No existía distracción tal que redirigiera su mirada a algo que no fuera aquel territorio. De nuevo, algarabía en el exterior: órdenes se tornaban gritos de sincera satisfacción y orgullo, casi en la misma proporción que nervios y euforia había en sus expresiones faciales. Nervios porque desconocían lo que les esperaba al otro lado, allá donde cualquier visión se antojaba tierra y horizonte. Pronto llegaría donde todo empezó, y no pudo evitar sentir la presión de todas aquellas personas que le acompañarían durante un desafiante viaje hacia quién sabía qué. Observó tácitamente el vino que había sobre la mesa, forjador de conflictos, y reconsideró el tomarlo. Aquel líquido, por insustancial que pareciera, sabía que podía doblegar incluso las más férreas voluntades.

Entonces, y con una decisión que solo poseen las personas que conocen su objetivo en la vida, salió del interior de la embarcación como un augurio en el cielo y puso rumbo al punto más alto de la proa sin pararse a mirar a nadie, a pesar de que todos y cada uno de los soldados fijaban su mirada en él. Eso no importaba. Lo que había de ser observado estaba ya, por fin, delante de ellos. Poco importaban los cuarenta mil soldados y los ciento setenta trirremes que su mando[2] y su valía comandaban, ya que era solamente la antesala del despliegue que se encontrarían al llegar a aquellas vastas extensiones que un día fue prometido para gobernar. La decisiva batalla de Queronea, las salvajes tierras de Iliria, la negligente ciudad de Tebas… Todas y cada una de las bélicas empresas donde había estado desde entrada la juventud se reducían a efímeras anécdotas en comparación con un destino de tierra, polvo y sangre. Su padre ya no estaba a su lado, y a pesar de que había sido capaz de que todos los pueblos griegos le rindieran pleitesía[3], aquel lugar era distinto. Se enfrentaban a un mundo de caos, de leyes distintas, de dioses distópicos. Un mundo donde toda lógica quedaba reducida a la fusta y el látigo.

El avance a través de la cubierta hacía resonar sus pasos, indicación suficiente como para que la tripulación guardase silencio otra vez. Ya no expresaban incertidumbre o incredulidad como antes, sino respeto y veneración por su rey ingobernable. Necesitarían el sonido de aquellos pasos para seguir adelante, habían aprendido a escucharlo. ¿Serían capaces de conseguirlo?

En el extremo del barco, rondó con su mirada el espolón que dirigía a un pueblo entero y se sintió embriagado por cientos de sensaciones que recorrían su cuerpo a un ritmo mucho mayor que el de sus latidos cuando estaba con una mujer. Su barco, junto con toda la flota a sus espaldas, iba desmenuzando el orden postulado por Posidón en la época dorada del mundo, creando nuevos caminos jamás realizados y que, una vez atravesados, se unían en un diferente e idéntico cosmos. Había pasado tanto tiempo desde que aquel enemigo natural desembarcara en las mismas playas que ahora le pertenecían. Y ahora estaban viendo su hogar. Esto era el objetivo de su padre. El objetivo de su pueblo. Su objetivo. Tan solo los dioses podían tener algún conocimiento sobre lo que pasaría una vez allí. Pero él tenía mucho que ver con los dioses.

Por un breve instante, sin que nadie fuera capaz de percibir una mínima arruga acusadora en su rostro solar, dudó: ¿Acaso algo no estaba funcionando bien? ¿Era el momento adecuado, el instante que los dioses querían? ¿Lo había calculado todo? ¿Y si el feroz Antípatro, el valiente Parmenio, el portentoso Antígono, el letal Lisímaco, el sagaz Tolomeo, mis compañeros, no son suficientemente…? Fue entonces cuando agarró súbitamente la firme lanza que le había estado ofreciendo un compañero, sobresaltando por su majestuosidad a todos los presentes aunque ya le estuvieran mirando, y la asió como un agricultor que sabe que sin su arado no será capaz de alimentar a su familia. Observó detenidamente la talla precisa y letal de la madera unida al hierro cortante. El arma de un ciudadano. En las centenas de noches posteriores dormiría junto a su larga y extensible sarissa, mas ahora sostenía una dory[4] con la que por primera vez enfrentaron al invasor, y ya planeaba decorar el Partenón con sus escudos a la vuelta. Fantaseaba con llegar hasta donde nadie había llegado antes, conseguir lo inconseguible, gobernar toda la ecúmene, hablar directamente con los dioses. Todo aquello que lograra gracias al objeto que sustentaba en mano, que no era nada y significaba todo, aquel instrumento natural de un rey, sería por derecho de su pertenencia[5]. Al momento volvió a elevar la mirada en el lado más adelantado de la nave presintiendo que ni la deidad de los terremotos podría detener el avance esplendoroso de sus ejércitos. Que ya se vería con el de los infiernos cuando las moiras decidieran quitar de en medio al mejor de los mortales, después de Aquiles.

Por un momento, experimentó una profunda emoción que brotaba desde el interior de sus vísceras. Por un momento, sintió ser El Poeta antes de recitar las historias más maravillosas jamás contadas, sintió el instante previo a entrar en la gran ciudadela de Ilión con pies ligeros, sintió presenciar el nacimiento del mayor sabio de todos los tiempos[6]. Sintió enteramente el regocijo de todos tras haber vencido en Maratón, Salamina y  Platea, y el honor otorgado a los valientes de las Termópilas[7]. Aferró el arma y en apenas un suspiro ya lo había lanzado como un proyectil esplendoroso, más lejos de lo que nadie podría haberlo hecho. Estableciendo un movimiento curvo, alzándose y cayendo, a velocidad frenética atravesó el aire y las dudas provocando un sutil y eterno silbido. Sus dioses iban junto a ese objeto nada trivial, y también sus leyes. Sus ciudadanos, y sus tierras. Sus amigos y sus mujeres. La Hélade entera se acercaba a una etapa que cambiaría la concepción del mundo por ahora y por siempre.

Alejandro III de Macedonia, cuyos ecos en el éter le susurraban como Magno, hijo de Filipo II, aquel niño que había sido educado por el hombre más sabio de su corte, que sería pintado y retratado por los artistas más talentosos de su tiempo[8], que sería temido por los enemigos más poderosos de aquellas tierras milenarias, había llegado a Asia.

[1] Referencia a su caballo Bucéfalo, cuya leyenda narra cómo solo Alejandro fue capaz de domar a tal poderoso animal.

[2] Pascual y Domínguez, 2007: 240.

[3] Mossé, 1990: 45.

[4] Domínguez y Pascual, 2007: 60.

[5] Dory gé es como se conoce a la tierra conquistada por el monarca y sus ejércitos. Las victorias militares otorgan el derecho de propiedad sobre los territorios que han sido tomados en batalla.

[6] Referencias a Homero, Aquiles y Sócrates, respectivamente.

[7] Principales hitos de las Guerras Médicas, origen principal de la justificación ideológica de las conquistas de Alejandro.

[8] De nuevo referencias en orden: Aristóteles, Apeles y Lisipo, grandes contribuidores a la educación y propaganda del rey macedonio.

El dilema de lord Stanley, por Daniel Fernández de Lis

Bosworth, 22 de agosto de 1485

Sir Thomas Stanley, rey de la isla de Mann y barón Stanley, contempló pensativo desde lo alto de la colina el panorama que se extendía a sus pies. A la creciente luz del amanecer se podían distinguir los verdes prados moteados por el tono más oscuro de los bosquecillos que jalonaban el ondulante paisaje de la campiña del condado de Leicester.

Podría haberse tratado de una visión idílica si no fuera por los dos ejércitos que, uno a su derecha y otro a su izquierda, se disponían a enfrentarse. Thomas intuyó, más que vio, cómo los dirigentes de ambas fuerzas elevaban la vista entre la neblina producida por la humedad de la tierra hacia donde él se encontraba, preguntándose por sus intenciones. Sin volver la vista, también era consciente del nerviosismo de los seis mil soldados de su mesnada que, dirigidos por su hermano William, se encontraban a su espalda y aguardaban sus órdenes.

La mente de Thomas era un torbellino de pensamientos. Sabía que era muy probable que de la decisión que él tomara dependiese el futuro de su país y era presa de sentimientos enfrentados que le impedían reflexionar con claridad. Dirigió su vista alternativamente a un lado y a otro. A su izquierda distinguía los pendones rojos con el león amarillo de los Plantagenet del rey Ricardo III. A su derecha, el dragón rojo sobre fondo verde, emblema de Enrique Tudor, el hombre que había asumido la responsabilidad de liderar a la casa de los Lancaster en el conflicto que desde hacía treinta años les enfrentaba con los York por el trono de Inglaterra. Dos preguntas retumbaban dentro de la cabeza de Stanley: «¿York o Lancaster? ¿Plantagenet o Tudor?»

Largos años de lealtad a la casa de York le impelían a unir sus fuerzas a las del rey y último hijo de su amigo Ricardo Plantagenet, el primer duque de York que trató de hacerse con el trono inglés. Aunque él no logró, dos de sus hijos, primero Eduardo IV y luego Ricardo III, sí habían ceñido la corona en su sien. No ponerse de su lado en ese día podía suponer el fracaso definitivo de todo por lo que tantos años había luchado la familia York. 

Por otro lado, desde que dejó de ser duque de Gloucester para convertirse en Ricardo III a la muerte de Eduardo IV, la conducta del nuevo rey no había respondido a las expectativas que había levantado su excepcional valía militar y la lealtad demostrada en vida y al servicio de su hermano mayor. Lord Stanley podía entender y perdonar la suerte que sufrieron los miembros de la familia de la cuñada del nuevo monarca, la reina viuda Elizabeth Woodville, que eran una plaga y que hubiesen querido gobernar a su antojo y arrinconar a Ricardo.

Pero nunca le perdonaría el asesinato, disfrazado de juicio sumarísimo por traición, de sir William Hastings, mano derecha y leal compañero de fatigas de Eduardo IV, en un proceso que bien pudo costarle la vida al mismo Stanley. Y luego estaban los cada vez más insistentes rumores sobre el destino que podían haber sufrido los dos hijos del fallecido rey Eduardo, que oficialmente seguían alojados en la Torre de Londres. A Stanley le resultaba inconcebible que Ricardo hubiera tomado medidas drásticas contra sus propios sobrinos, pero lo cierto es que hacía meses que nadie les había visto y se extendía el rumor de que el rey había ordenado en secreto su asesinato. Stanley sacudió la cabeza con incredulidad ante semejante posibilidad y volvió a preguntarse: «¿York o Lancaster? ¿Plantagenet o Tudor?»

Su mirada se trasladó al otro ejército contendiente. La verdad es que Enrique Tudor nunca había sido de su agrado. Le parecía un personaje esquivo y astuto, siempre sin dar la cara desde su exilio en el continente, primero en Bretaña y después en Francia. Menos de dos años antes, en octubre de 1483, estuvo a punto de desembarcar en Inglaterra para unirse a la rebelión contra Ricardo III encabezada por el duque de Buckingham. Afortunadamente para él, cuando todavía se encontraba en su barco sospechó que los hombres que le hacían señas para que se acercara a la costa lo que querían era conducirle a una trampa. La rebelión había fracasado y Buckingham había sido capturado y ejecutado. Su intuición libró a Enrique de correr la misma suerte.  

Pero esa huida del joven que llevaba desde 1471 exiliado fuera de Inglaterra no había contribuido a mejorar su popularidad en un país que le veía como un cobarde siempre escondido y siempre evitando tomar las riendas del bando lancasteriano en la propia Inglaterra. Hasta que, como un animal carroñero, había olfateado que su presa estaba madura y, acompañado de mercenarios franceses, había desembarcado hacía unos días en Milford Haven, en Gales. Allí se le había unido un heterogéneo grupo formado por nativos del lugar que todavía recordaban la ascendencia galesa por parte paterna de Enrique, ingleses descontentos con el rey y restos del ejército del derrotado bando lancasteriano, que permanecían leales a su madre, Margaret Beaufort, que era la principal representante viva de esa rama familiar. 

Margaret Beaufort era, por supuesto, la razón fundamental por la que lord Stanley no se encontraba en ese momento en el bando de Ricardo III en el campo de batalla de Bosworth. Stanley la conocía como nadie; no en vano, llevaban compartiendo lecho como marido y mujer trece años. Cierto era que ella llegó a ese matrimonio ya con el joven Tudor debajo del brazo y como parte del lote, pero Stanley sabía cómo sería la reacción de su temperamental esposa si se enteraba de que él se había posicionado en contra de su propio hijastro en la batalla, lo que sellaría el destino del vástago de Margaret. No hay nada peor que perder un hijo. 

Este último pensamiento hizo que viniera a su cabeza una imagen que había tratado con todas sus fuerzas de mantener fuera de ella para que no influyera en su decisión: la de su propio hijo, lord Strange, cuando unos días antes fue escoltado por la guardia de Ricardo III fuera de su vista. Al tenerlo bajo su custodia como rehén, el rey pretendía garantizarse la fidelidad de lord Stanley en el inminente enfrentamiento con Enrique Tudor. El encogimiento de hombros y el arrogante «tengo otros hijos» con el que Stanley había contestado al monarca no eran sino una pose. Sabía que Ricardo reservaría una muerte horrible a su hijo si él no le apoyaba en ese día fatídico y eso le encogía el corazón y casi anulaba cualquier otro pensamiento coherente en su mente, salvo las machaconas preguntas: «¿York o Lancaster? ¿Plantagenet o Tudor?»

De repente, y casi a su pesar, sonrió. Tenía algo de justicia poética que un rey como él fuese quien pudiese realizar el movimiento que ayudaría a otro hombre a ser o seguir siendo rey. Su sonrisa, no obstante, era irónica. Había heredado de su padre el título de rey de la isla de Mann. Se trataba de un reino creado en 1237, que hasta 1265 había sido vasallo del reino de Noruega, pero que en 1265 pasó a hacerlo del de Inglaterra. Llegó a ser independiente unas décadas, pero desde hacía casi un siglo volvía a ser un dominio que dependía del rey de Inglaterra. El título había pertenecido a la familia Stanley desde 1405, aunque Thomas sabía que solo tenía de rey el nombre y no era soberano de ningún reino.

Era plenamente consciente de que tenía en sus manos el destino de Inglaterra y de que, hiciese lo que hiciese, después de la batalla su situación sería dolorosa y peligrosa. Thomas deseó encontrarse en cualquier otro lugar del mundo y cerró con fuerza sus ojos durante unos segundos, pero al volver a abrirlos se encontró en el mismo lugar y con la misma visión y comprobó que el tiempo se le agotaba. El sol ya asomaba por el este y los carraspeos con los que su hermano William trataba de llamar su atención, y de los que hasta ese momento había hecho caso omiso, amenazaban ya con convertirse en un serio ataque de tos.

Además, desde el campo de batalla llegaban gritos de desafío y aullidos de dolor que dejaban claro que los dos ejércitos ya se habían enzarzado en combate. La niebla había levantado y eso le permitió observar que Ricardo III había detectado el lugar en el que se encontraba Enrique Tudor y había dirigido una furiosa carga al tener por primera vez frente a frente a su esquivo rival, que en breve se encontraría en una más que apurada situación.

Stanley pensó que el rey iba a estar demasiado ocupado en las próximas horas como para dedicar sus pensamientos al cautivo lord Strange, lo que ofrecía una posibilidad de que su hijo sobreviviera aunque él se posicionase contra Ricardo. Nuevamente dos recurrentes preguntas le vinieron a la mente: «¿York o Lancaster? ¿Plantagenet o Tudor?»

No había tiempo para más reflexiones. Lord Thomas Stanley, rey de la isla de Mann y barón Stanley, lanzó un largo suspiro y, tomada su decisión, apenas giró la cabeza y musitó una sola palabra a su hermano William para que fuera este quien se incorporara a la batalla y diera las pertinentes instrucciones a su mesnada.

«Tudor».

 

Un sueño… ¿imposible?, por Javier Suarez Vega

Aquel 12 de noviembre fue el más frío que recuerdo. La nevisca se arremolinaba, juguetona, entrando y saliendo por los arcos; tras ellos, como si de un paisaje romántico se tratara, se ofrecía una privilegiada y blanquecina estampa de la Ribera del Arlanza. Allí, en aquel soberbio pedestal, sobre la campiña burgalesa, reposan los restos de uno de los más famosos guerrilleros de la Historia.

Un nutrido grupo de turistas, ajeno al gélido viento castellano, asaeteaba con sus cámaras la tumba del mítico Cura Merino, «general laureado y héroe de la Guerra de la Independencia», como podía leerse en la inscripción grabada en la losa. Ninguno había reparado en el anciano que se abría camino a través de aquella «turbamulta de fotógrafos compulsivos», como mi abuelo se refirió a ellos mientras yo empujaba su silla de ruedas. Aún me hace sonreír el recuerdo de su peculiar y chocante forma de hablar.

A pesar del tiempo transcurrido, nunca olvidaré la escena que presencié allí. Él, con su inseparable boina y la pelliza que siempre vestía para la ocasión, detenido frente a la tumba; los esfuerzos por levantarse de la silla, o el lastimoso intento de cuadrarse con la marcialidad y respeto con que siempre lo había hecho cada 12 de noviembre, aniversario de la muerte de Merino.

Los forasteros comenzaron a apartarse con expectante respeto y el canto de los obturadores fue languideciendo hasta detenerse por completo. Se hizo un silencio total, solo quebrado por la ventisca, cuando el alcalde de Lerma abrió la verja que rodea el sepulcro y mi abuelo, haciendo un esfuerzo sobrehumano, avanzó, se arrodilló y posó sus manos sobre el granito, como si quisiera dar un postrer abrazo a aquel viejo compañero de aventuras. Fue entonces cuando musitó una frase que dejó atónitos a los ya de por sí perplejos turistas: «Don Jerónimo, espero que no me guarde rencor por haberle dislocado las rodillas; sabe que lo hicimos por una buena causa…».

Cuando por fin lo levantamos y se giró, unas lágrimas brotaron por sus recias y ajadas mejillas. Jamás le había visto llorar. Aunque sabía que la muerte le acechaba, su cara reflejaba una viva emoción, una sincera y entrañable alegría. Pocos podían despedirse de este mundo viendo su mayor anhelo hecho realidad. Y lo tenía ahí, ante sus ojos. Su tenacidad e idealismo lo convirtieron en un «muñidor de sueños imposibles», de los sueños de aquellos que murieron sumidos en la desesperanza, convencidos de lo quimérico de sus deseos.

Hoy, casi nadie conoce la increíble aventura que protagonizó en compañía del bravo Cura de Villoviado. Crecí escuchando esta historia, con todos sus pormenores y entresijos. Ni los más fantasiosos le otorgarían credibilidad, pero fue cierta, rigurosamente cierta.

Todo comenzó el 12 de noviembre de 1844, en Alençon (Normandía). Una inusual actividad agitaba el número 10 de la rue Grande Ruelle; allí agonizaba un anciano sacerdote español. A las dos de la tarde, rodeado de parientes y compañeros de armas y exilio, fallecía don Jerónimo Merino Cob. Tenía 77 años.

Paradojas del destino, el combatiente más famoso y temido de la Guerra de la Independencia, del que Napoleón llegó a decir: «Prefiero la cabeza de ese cura, a la conquista de cinco ciudades españolas», terminaba sus días al amparo de la hospitalidad de sus otrora enemigos, que lo acogieron con una mezcla de respeto, temor y curiosidad.

La que había sido una exigua partida, creada en Villoviado, su pueblo natal, acabaría convirtiéndose en una fuerza de miles de hombres que trajo de cabeza a los franceses. «No hay un granadero del imperio ni un soldado del ejército de Wellington que no lo conozca», decía el príncipe prusiano Felix Lichnowsky. En su audaz forma de combatir, la del Empecinado y tantos otros, estará el origen del hispanismo «guerrilla», presente hoy en tantos idiomas.

¿Tal vez se pregunten cómo este héroe nacional pudo terminar sus días en Normandía? La respuesta está en esa España capaz de lo mejor y de lo peor: de luchar como un solo hombre ante el invasor y de desangrarse el resto de la centuria en una sucesión de guerras cainitas. Y así nos encontramos a un Merino septuagenario, aún temido y respetado, convertido en carlista —«El abuelo», le llamaban sus hombres—, y volviendo a empuñar la espada. Fiel a sus principios, se negó a aceptar el Convenio de Vergara y, tras la derrota, tomó el camino del exilio.

Mi abuelo jamás cesó de investigar la biografía de un personaje al que admiraba, cuyas hazañas alborotaron su imaginación desde niño. Conocía un sinfín de anécdotas sobre Merino que, he de reconocerlo, pronto me cautivaron a mí también. Como la de su llegada a Bayona, nada más exiliarse, en septiembre de 1839.

A pesar de la noche lluviosa, un numeroso gentío se agolpó para conocer al legendario cura-general, aún con las espuelas puestas, que tantos franceses había sacrificado. Sus acompañantes se quedaron tan impresionados al tomar conciencia de su fama en Francia —incluso se habían escrito obras teatrales inspiradas en él— que, según contaba mi abuelo, uno de ellos pronunció estas palabras:

«Amigo Merino, lo más acertado sería meterle a V. en un coche cerrado, pasar a París, Londres y las principales poblaciones de Europa; y, aunque sea módico el precio que se fije para enseñarle, podríamos hacer fortuna para toda nuestra vida».

Establecido en Alençon con otros correligionarios, pasó sus últimos años bajo una estrecha vigilancia, llevando una vida frugal y serena como sacerdote, pero, sobre todo, añorando a cada momento su tierra. «Siempre hablando de España», como relataba un allegado, y soñando con un día que nunca llegaría: el de su vuelta a casa. Invadido por la melancolía, le sobrevino la muerte sin poder volver a contemplar los fulgentes cielos castellanos.

Otro sueño frustrado fue el del coronel Rodríguez de Abajo, que vio morir a Merino y se juró devolverlo a su patria. Nunca lo logró. Y, de haber estado en el cementerio de Notre- Dame aquel día de 1944, habría perdido toda esperanza. Los restos del indómito guerrillero aún seguían allí, cuando una oleada de aviones aliados bombardeó la ciudad, en manos alemanas. El camposanto quedó prácticamente arrasado.

Mientras, un grupo de idealistas burgaleses iba dando forma a un disparatado proyecto: localizar al héroe de Villoviado y traerlo de regreso en el centenario de su muerte. Se rebelaban contra el olvido casi absoluto al que había sido condenado. Ni en su tierra tenía una lápida, un monumento, una calle mínimamente digna dedicada a él.

Pero no parecía el mejor momento para ir a Normandía, en plena Guerra Mundial. No sé cómo habrían reaccionado los mandos de la 2.a Panzer Division «Das Reich» de las SS, allí acantonada, al ver aparecer por allí una comitiva de españoles diciendo que querían llevarse el cadáver, o lo que quedase de él, de un compatriota que luchó contra Napoleón. Aun así, solo las imágenes del desembarco en el NO-DO lograron apartar esa idea suicida del caletre del cabezota de mi abuelo.

Al conocer que el cementerio había sido arrasado, quedaron sumidos en un estado cercano a la melancolía. Su plan, la gran aventura de aquellos jóvenes entusiastas, se había desvanecido. Pero en 1956 renació la esperanza cuando les llegaron noticias de un diplomático español, destinado en Bonn, que acababa visitar el cementerio de Alençon. El escurridizo guerrillero, jamás capturado, había vuelto a esquivar el peligro: su tumba fue una de las pocas indemnes tras el raid aliado.

Un irrefrenable frenesí se apoderó de ellos. Los escasos apoyos no fueron obstáculo. Así, tras un sinfín de gestiones y permisos, el 21 de junio de 1962 un SEAT 1400, matrícula BU-13.300, cedido por la Caja de Ahorros del Círculo Católico, partía rumbo a Francia. ¿Su color? Negro, como requería la ocasión. Hasta un médico forense formaba parte de la expedición.

Al día siguiente, fue exhumado el cuerpo de don Jerónimo. Después de 118 años, su cabeza aún lucía largos cabellos rubios y su esqueleto se conservaba completo, con algunos restos de carne momificada.

Mi abuelo tuvo el privilegio de compartir con Merino su última cabalgada, la más soñada, la que había de llevarle a España. Fue un viaje de vuelta mitad épico, mitad berlanguiano. Tuvieron que desencajarle algunos huesos para introducirlo en un féretro demasiado entallado, lo amarraron firmemente a la baca del 1400 y, de esa guisa, atravesó don Jerónimo toda Francia. En la frontera de Hendaya, un piquete le rindió honores militares.

Sigo sin explicarme cómo casi nadie recuerda esta fascinante historia de la que me considero custodio. Con los años, el desasosiego se ha ido adueñando de mí, al comprobar que el implacable olvido nunca descansa. Sin embargo, hoy estoy contento. Ahora, el abuelo soy yo y, un año más, acudí fiel a mi cita de cada 12 de noviembre. Lo hice acompañado de un escudero fiel, mi nieto Alonso. Al marcharme, pude percatarme de cómo, furtivamente, arrojaba una rosa sobre la lápida…

En un lugar del Mediterráneo, por Asier Rojo Fernández

La algarabía arrancó a Miguel de su inquieto sueño. Los tímpanos aún le zumbaban, señal de que la calentura no había desaparecido. Sin embargo, era necesario levantarse. Con pasos inciertos se acercó a una bacía de latón que asemejaba un yelmo invertido. El movimiento de la galera contribuía a su febril malestar. Vertió un poco de agua marina y se afeitó con titubeantes gestos.

En su estado actual le costó desperezarse. La noche anterior había conversado con su hermano Rodrigo y con el piloto, el cual les había informado sobre el nombre de las islas que atravesaban. ¿Cómo era? ¿Cefalontos? ¿Cefilantes? Desde pequeño había sido terrible recordando los nombres de los lugares. Una simpática e irrelevante característica. No había olvidado, eso sí, la impresión que le produjo vislumbrar la mitológica isla de Ítaca en la lejanía, cuna de Odiseo. Literarias aguas homéricas les rodeaban, lo que contribuía a reconfortarle ligeramente.

El griterío que le había despertado provenía de la despensa, tras el pañol. El alférez Castañeda enseñaba rudimentos de esgrima a dos soldados nóveles utilizando unos cueros de vino a modo de enemigos. Miguel identificó a Juan de Guevara, un hidalgo segundón alavés feroz y valeroso al que el resto de la tripulación, valencianos en su mayor parte, apodaban el vizcaíno. Su gallardía y altivez juvenil eran compensadas por su naturaleza fiel y honesta, por lo que pronto había congeniado con los hermanos, con los que alguna vez practicaba a tirar con las toledanas. “Espero que no despellejen ningún odre”, pensó. El mar no era un lugar para desperdicios.

Aún ojeroso se acercó al pañolero, un orondo mallorquín de nombre Rocafull. El furriel le extendió sin mediar palabra una jarreta de vino, un cuarto de hogaza y un cuenco salido de una olla en la que cohabitaba más vaca que carnero. Parlanchín, vivaz y jovial, su inquietud ahora era palpable. Sus silencios, densos. Con celeridad despachó un trago de la bota que llevaba al cinto. No debía ser el primero de la mañana, como sugerían sus ojos vidriosos.

Después de trasegar las viandas se encaminó hacia las escaleras que subían a cubierta, tropezando con una antigua adarga que alguien había olvidado. La rodela tenía un gastado motivo en su parte frontal: un flaco rocín plata sobre campo escarlata y gules. Lo colocó contra la amura y siguió ascendiendo. Tras la tenue iluminación del interior de la galera, la cegadora luminosidad del sol mediterráneo lo aturdió unos instantes, debiendo aferrarse a una de las lanzas que habían repuesto en el astillero de Nápoles el mes anterior. Ferro acudió en su ayuda a lamerle la mano. Desde que embarcaron en Mesina el galgo español, mascota personal del capitán Diego de Urbina, había hecho buenas migas con Miguel. Sus poderosas y musculadas patas contrastaban con los toscos pedreros de estribor. “Galgo corredor”, pensó.

Esa mañana de octubre los cielos estaban despejados y el viento soplaba agradable. La chusma remaba con parsimonia bajo la ceñuda mirada del cómitre y su amenazante corbacho, mientras los marinos estaban pendientes al aparejo. Tras aliviarse por la borda de estribor, el capellán acudió a su encuentro para interesarse por su estado. Fernan Cubells era un celoso jesuita que velaba incansable por la salvación de los miembros de la tripulación. Reconfortante en ocasiones, en otras resultaba intransigente, como cuando al segundo día de navegación descubrió un libro de caballerías en el zurrón de Miguel. Argumentando que esas gastañinas dejarían vacíos sus aposentos, había arrojado el libro al mar sin miramientos. Miguel seguía sin comprender cómo Lucifer podía habitar entre las páginas del Amadís de Gaula, pero precavido, asintió con un gesto servil. “Con la Iglesia hemos dado”, pensó.   

Tras aceptar resignado la bendición del eclesiástico, Miguel posó su mirada en la cubierta. Unos 300 galeotes encadenados se extendían hasta la proa. Chusma proveniente de todas las orillas de ese gran lago que los romanos llamaron nostrum, sus miserables caras apenas recordaban ya su tierra de origen: reclusos españoles e italianos, corsarios argelinos, griegos renegados, turcos de irreconocibles bigotes, piratas franceses, bandoleros dálmatas, exóticos egipcios… En aquella diminuta Torre de Babel de cincuenta varas de eslora por seis de manga, los atávicos pueblos mediterráneos se daban cita conformando un apasionante, aunque violento, crisol cultural. Diferentes imperios, mismas abnegadas y tristes figuras.

 Arriba, imponentes, la vela maestra y el trinquete se hinchaban orgullosos. Su majestuosidad triangular latina empequeñecía las irrisorias actividades humanas de la cubierta. Miguel pensó en los cuatro dioses griegos del viento: Notos, Euros, Céfiro y Bóreas, el más impetuoso, terrible en sus mansiones septentrionales. Su conocimiento y sabia utilización permitía tanto la navegación náutica como la molienda de grano en los molinos. Sin embargo, existía también un poder primigenio incontrolable que entroncaba con aquellos habitantes originales del planeta, los titanes. “Gigantes del viento. Eterna lucha del hombre contra los elementos. Contra sí mismo”, reflexionó Miguel. Lanzó un último vistazo a las velas y al pabellón cristiano que hondeaba en lo más alto antes de encaminarse al espolón de proa para estirar las piernas. Los cañones allí aposentados transmitían serenidad, aplomo, firmeza. Probablemente serían los primeros en tronar.

Por delante, casi en el horizonte, una miríada de velas se deslizaba en razonable orden. Al formar parte de la escuadra de socorro comandada por don Álvaro de Bazán, el espectáculo frontal era impresionante. Miguel lo asemejó a un inmenso ejército de ovejas que avanzaba por un prado añil. Aquella escuadra se había congregado por un compendio de intereses y necesidades variopintas, uno de esos milagros diplomáticos cuya duración, necesariamente, debía ser efímera. No obstante, su elevada y soñadora mente prefería considerarlo desde otra perspectiva: aquella armada se había reunido con la única misión de defender la libertad, uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no podían igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre. Por ella, se podía y debía aventurar la vida.  

Por algún extraño motivo recordó a Martín Hernández, un bachiller que había conocido en Nápoles tras una noche de exceso de cordialidad propiciado por los jugos de Baco. Martín había comentado que hacía mucho tiempo en aquellas aguas, o cerca, unos griegos habían luchado contra una flota bárbara superior. La referencia se había extendido y algunos de los junta-versos que pululaban por la frenética ciudad del Vesubio usaban ya la analogía helena para componer líneas de mediocre calidad. “Plumas y espadas”, recapacitaba. Desde hacía siglos, las dos herramientas más eficaces al servicio de la ambición humana. Demóstenes y Alcibíades. Cicerón y Mario. Arte, política, guerra. Desde la Creación, los dominios de Atenea y Ares.

Miguel continuaba ensimismado en estos razonamientos mientras se colocaba su panoplia, tomaba el arcabuz y se encaminaba al lugar asignado en el castillo de popa. Sus fiebres remitían con la proximidad de la acción. Otro tipo de sensaciones iban apareciendo. Congoja, nervios, temor. También sentimiento del deber, coraje, honor. La ocasión lo requería. “Ocasiones”, pensó. Quizás se enfrentaba a la más determinante, la más alta de su vida. O de los siglos pasados. O, quién sabía, de los venideros. Aquel día era siete de octubre de mil quinientos setenta y uno. Aquella nave se llamaba La Marquesa. Y el nombre latino de aquel golfo, con los años, se incorporaría a su inmortal leyenda.

La última hora, por Roberto Zapata Rodríguez

Mames en Bizacia (antigua África Proconsular), verano de 689 d.C.

La línea avanzó en medio del polvo hasta que oyeron la orden. Aquellos que tenían escudos los clavaron en el suelo con alivio. Los otros se aferraron a sus lanzas y contemplaron inquietos la loma que tenían enfrente.El hombre sintió un golpe en la espalda. No hacía falta volverse para saber que era Graciliano. Habían compartido muchos días y noches desde que abandonaran sus hogares para luchar por Kusayla.Echó mano al pellejo de agua. El hombre bebió con ansia. Faltaba todavía para el mediodía, pero la Madre de Dios sabía cuándo podrían hacerlo otra vez antes de que esos demonios se acercasen.

Otros en la línea habiían dejado caer sus armas en tierra y bebían o salían de la formación para aliviarse antes de que llegase la hora. Nadie quiere entrar en combate con las tripas llenas. Si eso pasa no queda más remedio que hacérselo encima como un viejo impedido. Mejor inmundo que muerto.

El hombre comprobó que todos estaban allí. Fámulo, Quodvultdeus, Cipriano y también Venancio con su paso tambaleante. Venancio cojeaba desde que el año pasado un merodeador le había acuchillado cuando defendían los campos de trigo en las afueras de Tabudeo. Venancio resistía bien el dolor. Antes de desmayarse había mordido al barbar en la garganta y le había arrancado un buen trozo de carne. Suficiente para que ese inmundo se ahogara en su propia sangre. Después de eso en todo el ejército de Numidia se había conocido la historia de Venancio el lobo, el hombre que mataba a dentelladas a sus enemigos.

Desde entonces su amigo arrastraba esa cojera, pero eso no le había impedido seguir marchando con el resto. Todos se conocían bien, criados en las fincas de los alrededores de Lambesis. Juntos habían respondido a la llamada del señor Kusayla para luchar contra los barbar de Libia y la Pentápolis que llegaban a esta tierra para beber su sangre.

Sintió otro golpe en el hombro, más apremiante esta vez.

– ¡Nonno, mira! ¡Kusayla está al frente!

El hombre llamado Nonno salió de su ensoñación y entrecerró los ojos para fijarlos en el grupo de jinetes que marchaba al paso levantando aclamaciones entre las filas.El señor Kusayla avanzaba acompañado por sus oficiales. Los arreos dorados del caballo y la armadura del duque centelleaban a la luz del sol, resplandeciente frente al modesto porte de los que le rodeaban.

La comitiva se acercaba más rápido de lo que pensaba. Kusayla rugía consignas sobre honor y victoria que eran repetidas por los que estaban cerca. Nonno alcanzó a escuchar palabras sueltas. Cuando parpadeó el momento había pasado y el duque se alejaba para ser vitoreado por otros hombres tan entusiastas como él.Pero la guerra se alimenta de largas esperas. Después de la emoción del encuentro las horas pesaron más lentas y sin novedades. Nausto el centarca, se acercó para ordenar que se tomase la comida del mediodía allí mismo, sin romper la formación.

Una hora después Nausto y los otros oficiales volvieron a aparecer. Estaban visiblemente nerviosos.

– En pie. Que todos recojan sus armas.

Poco después los oficiales les ordenaron que avanzasen dos tiros de arco para ocupar la cima de la colina. Al girar la cabeza Nonno entendió la razón. Por detrás de donde formaban los hombres de Lambesis una masa de soldados se acercaba hacia ellos despidiendo chispazos al sol. Entre aquellos hombres había cotas de malla y buen acero.

– ¡Por la Madre de Dios! ¡Cuando lleguen los de Zabis y Bagai no podremos perder! – Quodvultdeus estaba exultante, como el resto.

Graciliano señaló a las colinas.

– El señor Kusayla no quiere trampas a la espalda. Esa bajada al torrente puede ser un matadero si los barbar nos echan atrás.

Los que escuchaban asintieron. Graciliano pasaba por hombre experimentado entre los de Lambesis. La voz de Nausto le obligó a fijarse en lo que tenían ante sus pies. El centarca les apremiaba para alcanzar la cumbre de la colina. El lugar estaba desierto. La colina bajaba suavemente y volvía a subir hacia la siguiente loma, apenas a doscientos pasos. Los hombres se miraron entre sí sin saber qué hacer. Un rumor creciente desde atrás llegó con la fuerza de una ola.

– ¡Los estandartes se mueven! ¡Kusayla, Kusayla!

Nausto había desenvainado su espada y aullaba la consigna. Nonno giró la cabeza y vio los hermosos estandartes como árboles meciéndose al viento, una visión tan hermosa como no había visto nunca. Sintió redoblar sus fuerzas y gritó hasta enronquecer como los otros.

Llevados por ese ánimo exaltado algunos hombres salieron a la carrera hacia el otro lado de la colina. Nonno se vio empujado contra su voluntad hacia adelante. Nausto ordenó frenéticamente que se detuvieran pero tuvo que correr también para no ser arrollado. Cuando los hombres de Lambesis llegaron al otro lado ya estaban allí los más adelantados. Nonno sintió que algo iba mal. Cuando pudo ver al otro lado abrió la boca y se quedó atónito, aplastado por un puño gigante.

Frente a ellos, una masa parduzca se acercaba con lentitud. Más atrás miles de hombres esperaban inmóviles bajo el sol. Los de enfrente habían visto también a Kusayla. Los tambores cesaron y la masa de bárbaros se detuvo otra vez. Los dos ejércitos se mantuvieron durante largo tiempo en silencio. Por fin se abrieron las filas entre los barbar. Una cuerda de hombres fue conducida al frente. Se les obligó a arrodillarse a la vista de todo el ejército. Las especulaciones entre las filas cesaron cuando un heraldo se abrió paso. En el silencio absoluto que siguió sus palabras llegaron con claridad, repetidas a lo largo de la línea.

– ¡Sólo hay un Dios y nada igual a él! Estos que se arrodillan son hombres de Zabis, Bagai y Badis. Sus compañeros murieron y ahora estos también lo harán a menos que entreguéis a Kusayla, el perro de Lambesis. ¡Aceptad al Dios único y salvaréis la vida! ¡Zuhayr, gobernador de Cairuán, os ofrece el aman!

Las palabras del heraldo fueron recibidas con insultos y amenazas. Algunos se agacharon para recoger piedras en un esfuerzo inútil por alcanzarle.

El mensajero desapareció entre la multitud. Su lugar fue ocupado por un hombre vestido con una cota de malla. Sin prisas se quitó el casco y se prosternó en tierra entregado a algún rito de los sarraceni.

Cuando el oficial terminó sus oraciones hizo una señal a los que guardaban al prisionero más cercano. Uno de ellos lo agarró por los cabellos y tiró hacia atrás para exponer su garganta. El corte fue profundo y la sangre inundó las ropas del desgraciado. El verdugo siguió cortando hasta que la cabeza casi se desprendió del cuello. Para entonces hacía mucho que el hombre estaba muerto. Un tirón brusco y la cabeza se desprendió dejando un rastro sanguinolento. Con un gesto de triunfo la mostró en alto.

El primer corte había provocado un gemido colectivo entre los romanos. Después el resto de la bárbara obra fue seguido en silencio. Las tubas volvieron a tocar, un sonido claro y urgente. La masa de hombres se puso de nuevo en movimiento, acercándose paso a paso a la posición romana.

Hay un momento antes de la batalla en que el hombre se encuentra solo ante Dios. Nonno sintió flaquear las piernas. Cerró los ojos por un momento y pensó en su mujer y sus hijos. Quería recordar una sonrisa amorosa en el rostro de Flaccila y las voces de los niños antes de embrazar el escudo pero la imagen del oficial surgió como un latigazo. Flaccila estaba tumbada sobre la mesa con las piernas abiertas y la túnica subida hasta el pecho.

Y ese hombre estaba…

Sacudió la cabeza para borrar el pensamiento y se obligó a intentar seguir vivo. Con un sabor amargo en la boca se arrimó a sus compañeros para estrechar la formación.

Los barbar estaban ya a unos doscientos pasos. Algunos oficiales armados con varas marchaban por delante. Cuando algún soldado se adelantaba el oficial más cercano golpeaba la tierra con la vara. Entonces el hombre retrocedía.Un clamor llegó desde la retaguardia. Muchos se volvieron para mirar. Una masa oscura se acercaba con rapidez ocupando esta parte del torrente. Atrapados. Nonno comprendió lo que iba a suceder. Buscó con la mirada al duque. Kusayla seguía en primera línea. También él se había girado para ver a su espalda.

Sintió una mano agarrándole el hombro. Graciliano le estaba mirando. Los dos se entendieron sin palabras. El abrazo fue cálido y varonil. Espontáneamente otros comenzaron a abrazarse mientras rogaban a Dios en voz alta. Cuando acabó todo Nonno tomó aire y volvió a ocupar su puesto en la fila. Quizás podrían salir vivos hoy también.

Enfrente los barbar estaban más cerca. A esta distancia podía distinguir sus rostros. Uno de ellos se reía. Durante un momento pensó si sería de él.
Los cuernos volvieron a sonar. Los oficiales arrojaron sus varas al suelo.

El Alfaquí Santo, por Andreu Ortí Mondéjar 

La mula se detuvo. Cabeceando airosa, con más energía de la que desplegaba para marchar tras su amo, dio claras muestras de no querer seguir por el pedregoso camino. El anciano que portaba en la diestra las riendas del animal, al notar la tensión, se detuvo también y volvió el rostro hacia su vieja compañera para dirigirle una mirada que oscilaba entre suplicante y ceñuda. Anda, amiga, que a este paso no llegaremos a Pinos Puente antes del anochecer. La mula seguía sin separar una pezuña ni medio palmo del suelo, pero el brazo firme del caminante y unas caricias vertidas sobre su hocico hicieron recapacitar a la testaruda.

Fray Hernando no podía enfadarse con la pobre mula: tenía ya una edad, el invierno era frío y la hora temprana. No era culpa del animal querer quedarse en su pajar, después de tantos años recorriendo caminos y veredas. No, no era extraño después del último viaje de Córdoba a Granada, concluido pocas semanas antes.

Era la primera vez que fray Hernando se ponía en camino desde que había regresado de la prisión. Era el primer camino que el jerónimo recorría sin la espada de Damocles de una condena inquisitorial sobre las espaldas que cubría su escapulario marrón y una raída capa encerada. Y, sin embargo, fray Hernando de Talavera, arzobispo de Granada, antiguo confesor de la reina Isabel de Castilla, cuasi sentenciado a muerte por el inquisidor cordobés Diego Rodríguez Lucero ‒el “Tenebrero”(1), como era conocido desde Despeñaperros hasta Salobreña por cristianos, moros y conversos‒, seguía sintiendo el peso de la culpa sobre su cabeza. Francisco, su sobrino bien querido, ya había sido restituido como deán en la catedral, de la que un piquete de la Inquisición lo había sacado mientras oficiaba la santa misa. Su hermana Francisca ya se recuperaba de las nefastas consecuencias de los meses encerrada en el calabozo. Gracias a Dios, María, Constanza y los niños estaban bien. Pero ni la renuncia del rey Fernando a juzgarlo, ni siquiera la bula pontificia que Julio II en persona había dictado para exonerarle de cualquier posible cargo de herejía, bastaban para que fray Hernando se sintiera inocente(2).

A medida que el polvoriento sendero ensanchaba el espacio que quedaba entre los cuartos traseros de la mula y la puerta de Elvira, el jerónimo iba viendo aparecer ante sus narices, como si se escondieran en los recodos del camino real, todas las veces que había tenido que abandonar la paz de su refugio para atender las peticiones de Isabel de Castilla…

Ni os escuséis con que no estáis en las cosas, y que estáis ausente, porque bien sé yo que, ausente, será mejor el consejo que de otro presente . Esas fueron, en una ocasión, sus palabras; las peticiones de la Reina Católica eran difíciles de rechazar(3).

Por ello, fray Hernando tuvo que renunciar a su tranquilo monasterio vallisoletano de Nuestra Señora de Prado, donde invertía tantas horas escribiendo consejos dirigidos a los buenos cristianos, para acudir a la corte y ser el báculo espiritual de doña Isabel. Del mismo modo renunció a su sencilla posición de fraile para encabezar la diócesis de Ávila, y aún a este título para convertirse en metropolitano de la capital nazarí, que los Reyes habían tomado de manos de Boabdil sin disparar un solo cañonazo. Los rojos muros de la Alhambra, las callejas repletas de talleres de curtidores en el Albaicín, las puertas de acceso a la ciudad: Bibarrambla, Elvira… Todo había quedado intacto para desplegar sobre ello la palabra de Dios, como un manto protector, y él fue el elegido para llevar a buen puerto la tarea evangelizadora.

¿Había sido arrogante? ¿Lo miraba el Altísimo con buenos ojos? Fray Hernando dudaba. Su voluntad de alejarse del poder, de enseñar la palabra divina y su rechazo a imponerla no habían sido bien acogidos por todos. El anciano arzobispo no podía olvidar el día en que el cardenal Cisneros, su sustituto como confesor de la reina, entró en el palacio episcopal con el paso firme, los puños tensos y el habitual gesto crispado. Cuando fray Hernando lo recibió y le ofreció hospitalidad, el franciscano dirigió hacia él sus pequeños ojos, acusadores, bien marcados en un rostro anguloso. Cómo podía estar tan tranquilo. En la ciudad los seguidores de Mahoma tienen aún mezquitas, hablan su algarabía, visten como herejes.

De poco habían servido sus esfuerzos, y menos útil todavía fue el sencillo catecismo que escribió para los nuevos súbditos de la monarquía. Sus marchas por las callejas del Albaicín, sus conversaciones con los alfaquíes e imanes… Nada. Las conversiones eran escasas y, lo que era peor, interesadas. Y poco ayudaban los cristianos viejos. Para ellos, los moros merecían la hoguera y los conversos eran más falsos que Judas. Lo único que les gustaba de ellos eran sus casas, que no tendrían reparo en ocupar, si pudieran.

Cuando Cisneros reunió a la tropa en la explanada de Bibarrambla, fray Hernando temió lo peor, pero el franciscano se limitó a alimentar una inmensa hoguera con todos los volúmenes escritos en árabe que pudo encontrar(4). El Libro de Mahoma, los tratados de medicina de Averroes, Avenzoar y Avicena, las antologías de la lírica de época taifal… Ante los ojos aterrorizados de la muchedumbre congregada, la pira fue creciendo a medida que los soldados volcaban en ella los libros acumulados sobre carretas, mientras el cardenal observaba impasible la escena. Muchas hojas, arrancadas con violencia y medio quemadas, salieron volando y quedaron por el suelo, pisadas entre el fango. Volviendo la espalda, el jerónimo quiso regresar al palacio, incapaz de soportar el dantesco espectáculo. Con la mirada fija en el suelo, le adelantó una hoja volandera repleta de caracteres árabes; involuntariamente, el fraile, con sus escasos conocimientos de ese idioma ‒con los que intentaba torpemente catequizar a los granadinos‒, leyó algo así como: Paseo la mirada por el cielo, buscando / pue… (el bocado de una llama escuálida sobre el papel lo interrumpía) …el mismo astro que tú ves(5). Turbado, fray Hernando siguió su camino, apresurando el paso, sin ver más elemento celeste que el reflejo de las nubes en los charcos de las calles embarradas.

‒Buenos días os dé Dios.

‒Quiera Él que para ti también lo sean, mozalbete ‒fray Hernando, detenido a la orilla del camino, apoyando las casi ochenta primaveras de su cuerpo en la mula, respiraba pesadamente. Tan ensimismado estaba que no había visto llegar a junto a él a un niño de piel de color aceituna, cubierto por ropa sencilla y varias veces remendada, pero limpia, gracias a agua como la que acarreaba en dos grandes cántaros, que parecía imposible que su pequeña estatura y delgada complexión pudieran soportar.

‒¿Marcháis de Granada? ‒La segunda intervención del pequeño, tan aséptica como la primera, ocultaba cualquier rasgo de curiosidad que pudiera sentir.

‒Pronto volveré, solo quería probar mis piernas y mis pies, pero están tan cansados como esta pobre mula ‒el animal, como si hubiera entendido al viejo, lo miró con ojos inteligentes.

‒Haréis bien en volver, mi madre se puso triste cuando os fuisteis la vez anterior…

‒¿Tu madre? ¿Cuándo fui dónde? ¿Acaso sabes quién soy? ‒Fray Hernando, con su escapulario apenas perceptible bajo el capote de viaje, estaba perplejo.

‒Mi madre os vio salir hace meses, camino de Córdoba… Me dijo que os iban a hacer daño porque no nos lo queríais hacer a nosotros, pero Él quiso que volvierais. Mi madre se hubiera alegrado de ello, si lo hubiera visto… ‒El muchacho, aún inexpresivo, elevó la mirada al cielo unos segundos, para volverla a dirigir a su sorprendido interlocutor.

‒Lo siento, hijo… Dios la tendrá en su seno ‒los años habían otorgado al fraile la capacidad de oír sin que los otros hablasen.

‒Y también me dijo que erais santo como un alfaquí, pero cristiano como el resto de los castellanos…

‒¿Y no te dijo que debías cumplir tus tareas con presteza, sin importunar a los caminantes? ‒El tono de la pregunta era de suave reconvención, en ningún caso agrio, e iba acompañado de una tenue sonrisa.

‒Me enseñó que debía ayudar a los viajeros cansados… ¿Queréis un poco de agua para vos y vuestra mula y que os acompañe de regreso? −La mirada del pequeño aguador seguía seria, impenetrable, pero mostraba claramente la buena voluntad de las palabras del niño.

‒Dios te bendiga, mozalbete, Dios te bendiga…

El niño dejó en el suelo los dos cántaros y acercó uno al viejo fraile. Este, doblando trabajosamente su espalda, cogió un poco de agua entre sus manos y se la acercó al sediento animal, que agradeció el gesto lanzándose con presteza sobre el líquido. Instantes después, el aguador y el fraile, secundando el paso renqueante de la mula, tomaron el camino de Pinos Puente en dirección a la puerta de Elvira.

 

(1). Epíteto creado por el humanista Pedro Mártir de Anglería, que nos legó su conocido Epistolario.

(2). Para el proceso inquisitorial contra Fray Hernando de Talavera, véase HERRERO DEL COLLADO, Tarsicio: «El proceso inquisitorial por delito de herejía contra Hernando de Talavera», en Anuario de historia del herecho español, 39, 1969, págs. 671-706.

(3). Extraído de la obra del Padre José de Sigüenza (1544-1606): Historia de la Orden de San Jerónimo, tomo II, parte 3a, libro segundo, cap. XXXVII, pág. 320.

(4). No podía saber nuestro confidente que algunos libros fueron salvados por el cardenal para acabar en los fondos de la universidad de Alcalá, patrocinada por él mismo.

(5). Fragmento de Abu Bakr de Tortosa, en VERNET, Juan: Lo que Europa debe al Islam de España, Barcelona, Círculo de Lectores, 1999 [1974], pág. 425.

Salto al amancer, por Fernando J. Suárez De Miguel

¡Salto al amanecer!

Esa es la escueta orden que va recorriendo la línea. Los sargentos son los encargados de transmitirla a la tropa, y lo hacen sobriamente, sin maldecir ni jurar. Solamente sueltan la cantinela y continúan hasta asegurarse que todos los hombres de la compañía la han recibido debidamente.

Se lo hubieran podido ahorrar. La artillería, que llevaba dos días tronando se ha callado, señal de que habrá ataque y, por tanto, los de enfrente ya estarán más que preparados para recibirnos. Lo mismo que cuando son ellos los que se lanzan sobre nosotros como si no hubiera un mañana.

Ahora ya sólo queda esperar a que amanezca.

Los capellanes reparten estampas y confiesan a los que lo desean, que son muchos. Se irán antes de que empiece el jaleo, no sin antes dar absolución general.

Los médicos estarán calculando la cantidad de vendajes y éter que necesitarán para su faena, que no será poca. Nunca lo es.

Los coroneles estarán calculando cuántos de nosotros tendremos que morir para que ellos lleguen a generales; los comandantes para llegar a coroneles y así sucesivamente. Los ascensos siempre se pagan en carne ajena.

 No queda más que hacer y cada cual mata el tiempo como puede: Uno escribe una carta; el otro se afeita; aquel lee un periódico reciente, de la semana pasada; ese de allí pasa las cuentas de un rosario mientras murmura su letanía en un susurro.

Matar el tiempo

Tiene gracia eso de matar el tiempo. Seguramente lo inventaría alguien que disponía de mucho y que no sabría qué hacer con él, justo lo contrario que aquí. Cada minuto, cada segundo se viven como si fuesen los últimos; como si no hubiera un mañana, porque no lo hay.

 No.

No matamos el tiempo porque no lo tenemos. Estamos en pie porque se le hemos robado a otros: El que corría a tu lado se adelantó por una fracción de segundo y le alcanzó la bala que era para ti; el que se sentó en el hueco del refugio que acababas de dejar libre y le cayó encima un morterazo; el que salió de descubierta y se quedó enganchado en las alambradas para ser tiroteado, poco a poco, por los del otro lado para que pudiéramos oír sus lamentos.

Todos estamos muertos: los de aquí y los de enfrente.

Solamente queda por llegar el momento que lo haga efectivo. El día en que tachen tu nombre de una lista y lo inscriban en otra. El momento en que el cartero entregue un telegrama que diga que fulano cayó con honor, defendiendo a su Patria aunque sea mentira y a fulano lo hubieran fusilado por cobarde, que es como llaman los generales a los hombres que simplemente quieren vivir para ver otro día.

Los generales

Dicen que ellos llevan el peso de la guerra sobre sus hombros. Que viven en una permanente mortificación por hallar la manera de romper el frente y llevarnos a la victoria.

Por mí podrían ahorrarse sus desvelos. Cada nueva idea que se les ocurre acaba con una cuenta crecida para el matarife.  Me da lo mismo si se rompen la cabeza contra un muro buscando la manera de ganar la guerra porque, a fin de cuentas, quienes lo haríamos realidad seríamos nosotros, pobres desgraciados ladrones de tiempo.

Hombres-topo que surgen de sus escondites subterráneos para ser sacrificados en nombre de la Civilización.

La Civilización

Dicen que luchamos por preservar la Civilización, Civilización Cristiana insisten los más santurrones, frente a la Barbarie.

No me imagino a los negros de las colonias matándose a millones por unos palmos de fango ni inventando esos artefactos infernales que, siempre dicen lo mismo cada vez que aparece uno nuevo, servirán para que la guerra sea más corta.

No.

Ellos son unos salvajes y nosotros estamos civilizados porque tenemos los gases y el lanzallamas.

Dulce et decorum est pro patria mori

Una vez, de niño, vi una estampa en un libro donde aparecía un soldado que unos ángeles llevaban en volandas al Cielo. Al pie se leía un latinajo que venía a decir que morir por la Patria está muy bien.

Seguro que el que se inventó el soniquete no estuvo un solo día en esta mierda. Nunca tuvo que malcomer con un palmo de agua fétida por las rodillas; ni esquivar las ratas que se te echan encima cuando intentas dormir; ni soportar el martirio los piojos ni el hedor a muerto cada vez que un obús estalla y desentierra pedazos de carne putrefacta que una vez fueron hombres.

No.

Seguro que el que parió cita tan noble nunca en su vida estuvo en tal trance porque, de haberlo estado aunque fuesen cinco minutos, hubiese maldecido a la Patria que envía a sus hijos al Infierno.

Infierno

Dicen que hay un Dios que vela por los hombres desde el Cielo.

Yo no me lo creo. A muchos les reconforta pensar que es así, incluso les ayuda cuando les llega la hora. Los capellanes siempre tienen clientela, sobre todo cuando hay que saltar la trinchera.

No sé si hay Dios o no. Pero de lo que no tengo duda es de que hay un Infierno. Estoy en él.

Saltar la trinchera

Así es como llaman al asalto a las líneas de enfrente.

A una hora determinada, de un día determinado, varios miles de hombres salen de las entrañas de la tierra para arrebatarle un pedazo de terreno baldío a otros miles de hombres que se afanan en evitarlo.

Sí, suena a lo que es: Una estupidez.

Amanece.

Las compañías se forman en el interior de la trinchera de asalto, se tienden las escalerillas y, a una señal, los hombres escalan para subir y correr.

“Uno, dos, tres. ¡Arriba!”.

Es como si esas cuatro palabras te fueran a inmunizar contra las balas que te van a despachar desde el momento en que el primer infeliz asome la cabeza por encima del parapeto.

Siempre hay alguno que recula, por supuesto, pero ahí están los sargentos para empujarlos a patadas y culatazos. Y si, así y todo, no sube sus problemas se habrán terminado porque tiene asegurado el piquete de fusilamiento.

Por norma es un oficial el que asoma la jeta el primero. Se supone que es porque poseen la autoridad y la fuerza moral necesarias para que la masa, uniforme y anónima, le siga sin vacilación.

El teniente manosea su silbato. Su ceño fruncido y la pelusilla bajo la nariz no ocultan a un chiquillo que hace poco dirigía batallas con soldados de juguete. Le calculo veinte o veintiuno, no más.

Los hombres se agolpan en sus posiciones. Soy el segundo de mi escala.

Se oye la salmodia de los rezos, algún juramento, los chistes de los animosos. Bocas resecas y manos húmedas.

Equipo mínimo: Cinco peines de munición, cuatro bombas de mano, la máscara antigás, la pala embutida en el cinturón para proteger el vientre.

Suenan los silbatos.

Uno, dos tres. ¡Arriba!

El ulular de una sirena se entremezcla con los primeros disparos. Los de enfrente responden.

Los hombres suben, maldiciendo, resbalando por los húmedos travesaños.

El teniente cae. Una bala le ha entrado, limpia, por la frente. Queda tendido con los ojos abiertos.

-Uno, dos, tres. ¡Arriba!

¿Por qué le llaman Saltar la Trinchera? Trepamos, no saltamos.

-Uno, dos, tres. ¡Arriba!

El cuento del califa y la escriba, por David Calvo Sanz

Como un insecto hecho de papel y tinta, el mensaje descansaba sobre la abarrotada mesa de la escriba. Incómoda, Lubna lo leyó de nuevo. “Acude a palacio”. Una frase huérfana y solitaria, trazada con la letra descuidada y perezosa que caracterizaba al señor de Medina Azahara. Apartando a un lado el papel, la escriba volvió a concentrarse en la traducción de “Las Suplicantes”. Siempre hay prioridades en la vida. Y para Lubna, conservadora de la Gran Biblioteca de Córdoba, los libros estaban en el primer lugar de la lista, incluso por delante de las órdenes del califa Al Hakem. Así que ya era casi mediodía cuando, una vez terminada su labor, abandonó la biblioteca, que era el único y verdadero hogar que había conocido, y dirigió sus pasos al salón dorado.

–Te esperaba desde hace horas –se quejó con amargura el califa cuando la vio aparecer por fin.

–Os ruego disculpas, mi señor. Estaba acabando una traducción que no podía dejar a cargo de otras manos. Es un trabajo especialmente delicado y precioso.

–Se supone que cuando el califa llama a uno de sus súbditos, este deja todo lo que está haciendo para atender a su señor. Y eso incluye las traducciones, por muy importantes que sean.

 –¿Incluidas “Las Suplicantes”, señor?

–Incluidas. Por cierto, ¿cuándo estará terminada? –preguntó Al Hakem mordiéndose  el labio inferior–.  Estoy impaciente por leerla.

–En una semana, si no hay interrupciones que me distraigan de mi labor, por supuesto –Lubna inclinó la cabeza tratando de disimular una sonrisa de satisfacción–. ¿Y qué desea de su humilde sierva el señor de Córdoba?

–Embrida tu sarcasmo, Lubna, a veces resulta molesto. Ni siquiera sé por qué te tolero tantas cosas.

–¿Quizás será por nuestras charlas nocturnas sobre Esquilo, mi señor?

–No lo creo. Aunque he de reconocer que me ayudan a olvidar las preocupaciones que ha traído el día. Pero basta ya de parlotear. Ponte estas ropas, rápido –le dijo acercándole una saya que olía a cabra y un velo devorado por las polillas–. No las mires con esa cara de asco, mujer, y haz lo que te digo. Te espero dentro de media hora en la puerta de los Perfumistas. Y esta vez procura ser puntual. Dos veces en un mismo día agotaría mi paciencia, escriba. No tientes a tu suerte.

Lubna aguardó a que el califa saliera de la sala para desnudarse. Después, ya mudada, se reunió con él. Tuvo que ahogar una carcajada cuando vio aparecer al señor de Córdoba vestido con unos harapos que ni un mendigo especialmente desdichado se dignaría a llevar.

–No te atrevas a decir una sola palabra –le advirtió levantando el dedo índice Al Hakem al vislumbrar un temblor de humor pugnando por estallar en los labios de Lubna–. Ni una sola.

Sin escoltas ni secretarios, recorrieron disfrazados y anónimos las calles de la ciudad. Se sentaron en las fuentes a escuchar como las mujeres se contaban misterios que solo ellas conocían y que se pasaban unas a otras como si de sabrosos melocotones se tratasen, en el mercado dialogaron con los médicos mozárabes sobre el mejor remedio para la melancolía e intercambiaron anécdotas con mercaderes judíos que venían de lugares que jamás habrían sospechado que existieran. Comieron bajo la sombra de las palmeras, acompañados por embajadores llegados de Persia que tenían como guardaespaldas a esclavos nubios de piel de ébano y ojos de león  y dormitaron en los jardines de la Alegría mientras un soldado ciego narraba cuentos sobre el árbol de la vida y el destino de los hombres. Atardecía cuando por fin volvieron a palacio. Agotados, se tumbaron en un océano de cojines y comieron granadas de Safari hasta quedar ahítos.

–Me muero, Lubna –dijo de repente Al Hakem.

–Mi señor, no digáis tal cosa. Viviréis tantos años como vuestro padre –contestó ella–. Así lo predijo vuestro astrólogo. Recordad sus palabras.

–Era un estafador, lo sabes bien. No, escriba, no pasaré tantos días bajo el sol. El ataque que sufrí hace unos meses fue un presagio. Pronto Allah, alabado sea, me llamará a su lado. Lo noto en mi corazón.

–No quiero seguir escuchando vuestras palabras, señor.

–Pero, querida Lubna, bien deberías saber que todo muere. Incluso nuestra ciudad, esta joya única y preciosa, desparecerá algún día bajo un manto de polvo y ceniza.

–Estáis muy pesimista esta noche, mi príncipe. Hablemos mejor de libros y antigüedades.

–De acuerdo, así será, escriba. ¿Has paseado alguna vez por las ruinas de los romanos?

–Sí, claro. Son muy hermosas.

–Pero son ruinas, al fin y al cabo. Y una vez, hace no tanto tiempo, fueron calles tan prosperas y satisfechas como lo es ahora Córdoba. Por eso te he llamado, mi señora de los libros. Nadie mejor que tú sabe del poder de la palabra y lo importante que es. Es mi deseo que recopiles las historias que hemos escuchado hoy, que escribas sobre lo que hace felices a mis súbditos pero también sobre sus desdichas, lo que cuentan por el día, lo que recuerdan por la noche. Quiero que conserves la verdadera alma de Córdoba, su gente. Y, sobre todo, deseo que cada atardecer acudas junto a mí y leas, aquí en este mismo salón, lo que hayas transcrito. Eso aliviará mi dolor, mi fiel y querida Lubna. Y me dará esperanza.

Lubna, como no podía ser de otra manera, cumplió la voluntad de su señor. Por el día, abandonada ya la traducción de “Las Suplicantes”, recopilaba historias que cada anochecer repetía al califa. Le contaba las extrañas hazañas de un mendigo que buscaba el último nombre de Dios en el polvo del camino, sobre la mujer que se casó con un djinn y dio a luz a una niña que hablaba el lenguaje de las aves, sobre la espada más afilada del mundo y la maldición que cargaba sobre los que la empuñaban y así, durante mil noches escribió y narró al califa los secretos, dulces y amargos, de la ciudad que tanto amaban los dos. Hasta que, una tarde, el príncipe acudió a los jardines eternos de Allah y el corazón de Lubna se rompió en mil pedazos.

Tres noches más tarde, con el duelo aún presente, volvió a palacio. En la sala donde había leído sus historias, el nuevo califa, el pequeño Hisham, jugaba con soldaditos de marfil. Junto a él, su hachib, Abu Amir Muhammad lo alentaba a masacrar a sus enemigos de juguete. Cuando la vio aparecer, Abu Amir le arrancó los rollos de papel de las manos y los leyó durante unos minutos eternos. Después los arrojó al suelo y, pisoteándolos, dijo:

–En ninguna de estas páginas se glorifica a Dios –y, al decir estas palabras, en sus ojos ardió una llama que presagió el origen de futuros incendios más intensos y devastadores–. Ni las victorias que traerá a sus fieles en su nombre.

Lubna, agachándose, recogió el papel, lo limpió con un pliegue de su túnica y abandonó el salón sin decir ni una palabra. Jamás volvería a hollar con sus sandalias las baldosas doradas, ni contemplaría sus techos de gloria. Sus pasos la llevaron hasta la tumba del califa. Allí se sentó junto a la sencilla placa de pizarra que señalaba la última morada de su señor. Acariciando con sus dedos la shahada grabada en ella, empezó a contarle a su viejo amigo nuevas historias de maravillas y asombros.

Las aventuras de Elías Montiel, por Antonio Manuel Berná Ortigosa

Oigan bien la historia que les cuento, por testigo pongo al cielo de que así ocurrió. No pretendo robarle excesivo tiempo, pero como comprenderá, las inclemencias de mi necia vida son dignas de cantar. Su Ilustrísima comprobará cómo la Providencia siempre truncó mi suerte. Por desgracia, me tocó conocer mundo: fui donde me llevaron mis pies, de aquí para allá, acunado por la Luna, arropado por las estrellas, y aseado por el alba. Mis padres, que vivieron muchos años en Valencia, murieron por la viruela y las penurias, hace ya unos cuantos años, justo después de la Guerra que coronó a nuestro laureado Felipe V. Durante mi niñez me tocó vivir en un hospicio de monjas. Una vez que me cansé de tanto palo, rezo y exhorto escapé. ¡Oh, voto a bríos!, ¡discúlpeseme, no me he presentado! Soy Elías Montiel, y tengo quince años. Soy mancebo; poco bello, pero muy bribón. Avanzaré un poco en el tiempo, para adelantar la historia; ya sabe, para ir al grano.

Yo estaba en Alicante, trabajando por poquísimos maravedíes como mozo de carga y descarga para un mercader que se creía burgués y señor. Un día, llevando una caja de fruta pasada, oí un fuerte alboroto. El tumulto se formó en medio de la calle porque un viejo caballo, que arrastraba un carro, se desplomó en el suelo al romperse una pata. El dueño no paraba de chillar blasfemias y de pegarle patadas al pobre animal. Yo, que solté la caja, suponiendo que la fruta se terminase de destrozar, empujé al hombre y me arrodillé ante el caballo. Le acaricié el testuz mientras las lágrimas limpiaban mi ennegrecida cara. Saqué un pañuelo para hacerle un nudo en el menudillo. El amo Fernando, que me vio puesto de rodillas junto al animal, y que sus frutas estaban pisoteadas por el suelo, me dio un fuerte mamporro en la cabeza y me cogió violentamente de la solapa de mis mugrientos harapos. Cuando escapé de sus garras, salí corriendo. Giré hacia la derecha, en dirección al puerto. Creía que allí estaría a salvo. Pero no. Alguien me acechaba. Cuando crucé una esquina mi perseguidor se abalanzó sobre mí.

–  Tranquilo, no te voy a hacer nada. Me llamo Vicent Giner. Dime: ¿por qué lo has hecho?

–  ¿El qué?

–  Lo del caballo, evidentemente.

–  Esa indefensa bestia estaba herida y sufriendo…

–  Bien, entiendo. ¿Y quieres aprender mi oficio y trabajar conmigo? La verdad es

que necesito un ayudante. El último decidió marcharse.

–  ¿Cuál es su oficio?

–  Soy menescal. La verdad es que no tienes muchas opciones.

Como en su día dijo Vicent, no tenía muchas alternativas. Así que decidí marcharme con él. Me enseñaría el arte de sanar a los caballos. Vicent vivía con su hija, Nàcia Giner, a las afueras de Tibi, situado en la Hoya de Castalla. Poco a poco fui aprendiendo el oficio. En primavera comprábamos lo que nos hiciese falta; en verano y en otoño recorríamos la geografía alicantina de arriba abajo; y los primeros meses del invierno los pasábamos en Tibi. Si Su Excelentísima me permite, adelantaré un poco la historia hasta casi al momento actual en el que está mi vida, que pende de la fragilidad de un hilo. Enseguida Su Ilustrísima entenderá: a Vicent se le nublaba el juicio cuando me acercaba mucho a Nàcia, su hija. Y más cuando la hacía reír o pasaba mis manos por sus brazos o espalda. Estaba claro lo que veía en mis ojos. ¡Albricias!

La fatalidad llegó el día 23 de marzo de 1721. Por esas fechas ya solíamos estar en dirección al boticario de Alicante. Pero Vicent tenía algo inusual entre manos, de ahí el retraso. Al despertar esa gris mañana, Vicent me advirtió: su hija se iba a casar con un notorio mercader de la ciudad; y yo, pues ya no podría mantenerme por la dote, tendría que buscarme la vida. Me propuso ir a Valencia porque al mes siguiente el Consejo de la ciudad abría varias plazas para menescales oficiales. Tendría que examinarme ante una comisión compuesta por tres Jurados y un Teniente de Justicia. Si aprobaba, lograría una licencia para trabajar en el sistema médico. Desde ese día, me sometió a incontables pruebas.

–  Vamos a empezar ya: ¿cuál es el oficio del menescal, ¿cómo lo has aprendido y cuáles han sido las principales fuentes de las que has adquirido tus conocimientos?

–  El menescal es un sanador de caballos, y a partir de la ciencia médica se encarga de curarlos. También puede seleccionar caballos por otros, ejercer como intermediario en compra-ventas, poner herraduras, trabajar con metales u otros instrumentos de équidos, adecuarles la comida o el establecimiento, instruir al caballo para que sea dócil y obediente, o para enseñar a domarlo o montarlo. Lo que he aprendido ha sido a partir de la práctica cotidiana, del ensayo y del error. Los principales libros que he estudiado son: el tratado De medica equorum de Gioruffo, la Practica equorum de Borgognoni, El libro de los Caballos y otros textos de hipología y de destacados albéitares como Manuel Díaz.

–  Si el caballo está enfermo de los ojos, ¿cuáles son las dolencias más típicas y sus soluciones?

–  Las enfermedades más frecuentes son la nube, la uña, el lagrimeo y las heridas corrientes. Los procedimientos para curarlas empiezan por una buena dieta, las sangrías o los cauterios. En el caso de la uña, si nada funciona, hay que abrirle el parpado y sacársela. Pero, para los ojos, hay una lista muy amplia de remedios útiles: heces de lagarto hechas polvo con hierbas, claras de huevo, coral blanco triturado, restos del hueso de la ciruela quemados con estiércol, polvo de coral mezclado con miel, miel, leche de mujer, sangre de aves, grasa, o hinojo.

–  ¿Si la dolencia es estomacal?

–  Siempre se producen por una mala dieta. Entonces, hay que adaptarla a las condiciones del caballo. Ya he nombrado cuáles son los mejores alimentos, pero si el problema se da por obstrucciones, hay que usar alimentos con adyuvantes para que el animal deposite todo sin dolor y sin resistencias. También se le puede dar, para tal fin, rumen bovino, lubricantes, peritoneos o humor del vientre de terneros; o aplicar masajes en el estómago con ungüentos que contengan estas sustancias, hacer drenajes o hacer lavados peritoneales.

–  ¿Y si la enfermedad está en los dientes?

–  Los problemas dentales son de gran relevancia porque pueden provocar en la aprehensión de los alimentos la mala masticación y deglución. Muchas pueden serlas dolencias de la boca, como prognatismo, boqueras o maxilar corto.

–  Y si hablamos de enfermedades contagiosas y epidémicas, ¿cuál es el remedio universal de mayor eficacia?

–  Se hace una cuarentena de los équidos enfermos, los que sigan vivos o más sanos a los tres días, serán los aptos para recibir el tratamiento, lo que se hará de forma separada en todo momento, tanto entre ellos, como de los sujetos (si los hay) sanos. Es importante evitar los lugares con mucho bullicio y ruido, como una capital de ciudad. Se le hace sangrar y tres purgas refrescantes; del mismo modo, se le efectúa una incisión en la papada, donde se le ponen estopas remojadas con el humor que le cae de los ojos o de las narices. Si el animal sigue con vida y está en mejores condiciones de salud, entonces se le dan paseos cortos por el prado para que tome un poco el aire. Se le alimenta con heno y forrajes húmedos y cálidos; y se le da agua caliente con salvado. Si a la semana ha recobrado la salud, el animal está libre del mal. En caso negativo, morirá. En esa circunstancia, se debe enterrar a un mínimo de seis pies y no se podrá usar ni comerciar nada del mismo, ni tan siquiera el pellejo.

En aquellos días Vicent se las arregló para cortar el contacto entre Nàcia y yo. En momentos furtivos, hablábamos para planear huir hacia Valencia, pues ya estaba más que preparado para someterme al concurso de menescales. Como otras noches, comprobé que la puerta de la habitación de Vicent estaba cerrada por dentro. Entré en la de Nàcia. La estancia tenía un olor mucho más fuerte de lo habitual. De pronto, Nàcia soltó un bufido por sus cuartos traseros que, desde luego, fue digno de una mala bestia. ¡Y, Santísimo Cristo!, ¡qué olor! Me recosté junto a ella.

–  Ven aquí, amor mío. – Me apreté a ella para que sintiera mi pene erecto. Le toqué la cara. La tenía muy rugosa y áspera–. Dame un besito, cariño. – Pero me dio tal empujón que me tiró al suelo. Luego vi como una fornida sombra se levantó ante mí.

–  ¡Elías! ¡Sabía que me la estabas jugando!

–  ¡Vicent!

–  ¡Maldito hideputa, voy a matarte!

–  ¡Pardiez!

El Guía, por Joaquín Ocaña Ortiz

Con una honda en una mano y un garrote de encina en la otra, Martín se afanaba en hacer salir a los conejos de entre las altas jaras. Aunque estaba más que acostumbrado a su resina pegajosa después de toda una vida en el monte, para él el verano era una época dura. Vestido con ropas humildes, más parecía una alimaña que un pastor. Una camisola de lino manchada le cubría casi todo el cuerpo, haciendo las veces de túnica, y una especie de polainas de piel de ciervo le protegían las piernas de los arañazos del matorral y de las garrapatas. Sin embargo, nada le protegía de las infinitas espigas que le regalaba el verano y que se colaban en sus abarcas de esparto. Era una vida dura, pero despreocupada. Nadie reparaba en un sencillo pastor que vivía solo en aquellas sierras. La piel oscura, las barbas descuidadas, el cabello negro, y una mirada inteligente en su piel de cuero curtido. Su panoplia la completaban un zurrón de cuero y un cuchillo largo en el cinto, confeccionado hace mucho con un trozo de una vieja espada mora quebrada en una escaramuza.

Algo pasaba desde hacía unos días. Los animales andaban inquietos, y habían cambiado el sigilo por nerviosismo. Normalmente, en aquella época, el ciervo prefería recostarse a la sombra durante el día para deambular por la noche, pero ahora era frecuente verlos trotar en pequeñas manadas en plena tarde, algo que el lobo tampoco haría, pues también prefería refugiarse del calor. Martín sabía leer el monte, y las noticias que recibía eran inquietantes.

Al ver el bulto de un conejo agazapado, Martín alzó el garrote sobre la espalda para lanzarlo al animal tan pronto arrancara a la carrera, un poco por delante de su trayectoria. Era un lanzamiento intuitivo, pero muy efectivo tras años de práctica. Dio un paso casi agachado, intentando no quebrar ninguna ramita que lo delatase. Otro paso más. El conejo sólo esperaba un descuido para lanzarse a la carrera. Otro paso. Ya casi estaba. De repente, todo se precipitó.

Martín se sorprendió al ver aparecer al trote, sendero arriba, a dos exploradores moros armados con jabalinas y adargas. No era gente que saliese de los caminos, salvo en campaña. Normalmente se adelantaban sobres sus caballos ligeros para detectar a las huestes castellanas. Si los exploradores estaban precisamente allí, sólo podía significar algo: la guerra había llegado finalmente a aquellas sierras. Olvidando la presa, asustada por el tropel, Martín decidió seguir por el sendero zigzagueante, intrigado por la repentina aparición. Mientras ascendía siguiendo las huellas de las monturas, miraba nervioso a su alrededor, alerta, y los pensamientos se agolpaban en su mente. Qué hacían allí aquellos hombres.

Al llegar a lo más alto de la loma se agachó instintivamente junto a una roca para no recortar su silueta en el cielo, y pudo ver, más abajo, junto al arroyo seco, el cadáver de uno de los moros tendido boca abajo. Ni rastro del otro ni de los caballos. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza, en un torbellino de sentimientos encontrados. Esperó unos instantes, escudriñando con cuidado y aguzando el oído. En tiempos de guerra, pasar desapercibido era la mejor opción para mantenerse con vida. Con sigilo, se acercó al arroyo, y desde el cadáver del explorador, traspasado por una lanza, pudo ver al segundo, sentado al pie de una encina y volcado sobre su regazo, muerto en la extraña posición de quien se rinde al dolor y a la debilidad. Ahora estaba seguro: los castellanos andaban cerca. Era la ocasión que había esperado largo tiempo.

Martín había nacido cristiano, o eso le había dicho su madre. Ya no quedaban muchos de ellos por allí, aunque antaño sí fueron numerosos. Con frecuencia se acercaba a una cueva medio oculta en la que un eremita había grabado una torpe cruz al fondo, y allí buscaba consuelo en su fe prohibida, recordando las enseñanzas de su madre, confundidas ahora en su mente con ideas y reflexiones propias, en las que el árabe y el latín se mezclaban en un crisol confuso. Sabiéndose cristiano, el pastor decidió buscar a los que intuía como los suyos, y con ingenuidad comenzó a correr siguiendo el sendero, en el que podían verse ya las huellas de varios caballos más. Despreocupado, siguió corriendo entre jadeos, apartando las ramas con las manos, sonriendo como un bobo, sin reparar en los arañazos que el matorral le producía en la piel.

Súbitamente, al detenerse junto a un frondoso lentisco para tomar resuello, un cuchillo almogávar acarició su garganta desde atrás. Cómo podía haber sido tan incauto. «¡Tengo un moro! gritó el explorador— Sucio como una raposa». Más de aquellos hombres de frontera, enjutos y duros, armados con puñales se materializaron, como si apareciesen de la nada, con sus túnicas raídas y sus capacetes toscos. Martín sintió terror, y las piernas, antes seguras, perdieron fuerza, haciéndole caer sobre sus rodillas. Su mente quedó en blanco y las lágrimas brotaron de sus ojos, y un recuerdo de infancia inundó su corazón: su madre sostenía sus manos mientras le hacía repetir con dulzura una palabras, que Martín dejó escapar en aquel momento como una despedida: «Ave Maria, gratia plena. Dominus tecum…». El silencio se hizo de repente entre los cuatro exploradores. Aquel hombre era cristiano.

El que parecía su adalid lo alzó con rudeza y comenzó a preguntarle en castellano. Algunas palabras le eran desconocidas a Martín, pero lo entendía a la perfección. Luego empleó el árabe, que hablaba con marcado acento pero con soltura, lengua empleada habitualmente por el pastor, que sabiéndose comprendido comenzó a hablar atropelladamente, introduciendo palabras del árabe y del leonés. «A mi dicen Martín, y soy cristiano bautizado, aunque malo». Las risotadas brotaron de las gargantas de los almogávares. «Así que Martín Malo… Y dinos, Martín Malo, ¿qué haces por aquí? ¿Es que no has visto a los moros? —preguntó con sorna el adalid». Martín les explicó que vivía en esas sierras cuidando de las ovejas, cazando y vendiendo en el pueblo cercano lo que obtenía. Les contó que había crecido en el monte con su madre, quien lo había educado en la fe cristiana a escondidas, por miedo a los fanáticos almohades, que habían barrido del mapa a los últimos cristianos y perseguido a quienes se apartaban de la pureza de la fe de Mahoma, tal como ellos la entendían. El adalid, Benito, comprendió en seguida el valor que un hombre así podía tener en la campaña. «Veo que conoces esta sierras». «Como la palma de mi mano, señor —contestó». «Mi señor querrá conocerte». Formando una fila, los cuatro almogávares con Martín en el centro comenzaron a caminar con presura sendero arriba. Benito sabía que Don Rodrigo Jiménez de Rada, el poderoso arzobispo de Toledo, querría ver a ese hombre, en el que intuía la llave para abrir el paso de la Losa.

Caminaron tres leguas, en las que el corazón de Martín fue pasando del miedo a la inquietud, acariciado por el recuerdo de la sonrisa de su madre. El calor, los insectos y el incansable canto de las cigarras ya no se sentían cuando pasaron ante un grupo de arqueros medio ocultos en unas peñas. «¡Santiago! —gritó Benito para hacerse visible.— Traemos un cautivo para don Rodrigo». «¿Ya has cazado hoy? —dijo entre burlas uno de los arqueros». Casi sin mirar a los vigías, Benito y sus almogávares pasaron entre la guardia y continuaron una legua más, coronando el collado. Más allá, bajando la ladera, se podían ver algunas tiendas circulares de colores llamativos pertenecientes a los grandes señores (en las campañas de verano no era necesario acomodar a toda la tropa). El olor a caballos y a humo, el sonido de las voces, relinchos y rebuznos, y los ladridos graves de los alanos convertían el monte en una ciudad improvisada. Un ejército crecía entre las encinas, alimentado por la llegada de mesnadas y milicias de todos los rincones de la vieja Hispania y aun allende los Pirineos. Martín sintió vértigo y emoción cuando vio a un grupo de freires calatravos exhibiendo con despreocupación las cruces rojas y las espadas sobre sus capas blancas, bajo las que brillaban los bordes de la cota de malla. Su corazón se llenó de excitación y de orgullo, y su semblante se iluminó cuando comprendió que su lugar estaba allí.

Al detenerse frente a una tienda blasonada con un escudo episcopal, Martín sonrió. Ya no era un zorro asustado, ahora era un águila que observa desde su peña. «Esta es la tienda de don Rodrigo Jiménez de Rada, Arzobispo de Toledo y mano derecha de don Alfonso —dijo el almogávar—. Si es cierto que tan bien conoces estas sierras y estas cañadas, le placerá hablar contigo». Y alzando su mirada, Martín clavó sus ojos en los del adalid, y con una sonrisa de complicidad sentenció: «Nunca lograréis pasar por la Losa. Pero yo os mostraré el camino por donde entraréis en tierra de moros».

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