Los sitios de Zaragoza

Desperta Ferro Historia Moderna

n.º 36
Octubre 20180
Los sitios de Zaragoza
7€IVA incluido

A LA VENTA EL 2 DE OCTUBRE

Si los asedios fueron una rara avis en las Guerras Napoleónicas, aquellos en los que los defensores resistieron a ultranza, contra viento y marea, lo fueron aún más. Es por ello que los Sitios de Zaragoza, a los que la capital aragonesa fue sometida, entre junio de 1808 y febrero de 1809 por la Grande Armée de Napoleón, han pasado a la historia y se han convertido en un hito de la Guerra de la Independencia. Zaragoza no era Stralsund, Almeida o Magdeburgo; en lugar de fortificaciones modernas de estilo Vauban, sus defensas se reducían a las tapias de antiguos conventos en las que fue necesario abrir aspilleras para los fusiles y la artillería. La ciudad tampoco disponía de un gran número de tropas regulares bien adiestradas; sus defensores, aunque numerosos, eran en gran medida los propios vecinos y paisanos de la región circundante que carecían de uniformes y entrenamiento, a los que se agregaron restos de unidades dispersas e incluso ancianos oficiales retirados que, en la hora de la necesidad, desempolvaron sus viejos uniformes. Estos defensores no contaban con un líder curtido; José de Palafox, un joven oficial de las Reales Guardias de Corps sin experiencia en combate, fue elegido por el pueblo enfervorizado para dirigir la defensa. Y, a pesar de todo, Zaragoza salió vencedora del primer sitio y, en el segundo, cuando Napoleón era dueño de Madrid y los ejércitos españoles habían sido diezmados, obligó a dos cuerpos de ejército franceses, que hubieran sido útiles en otros puntos, a librar durante dos meses, ante una plaza con defensas improvisadas y precarias, una de las luchas más atroces y agónicas de la época, “de casa en casa, de piso en piso, de aposento en aposento –en palabras del francés Rogniat–, exponiéndose a la explosión de las minas que los tragaban y abandonando las ruinas de la infortunada ciudad solo cuando se habían convertido en cementerio”.

Entre dos gigantes: de Farnesio a Spínola (1593-1603) por Antonio José Rodríguez Hernández – UNED

La Zaragoza de 1808 por Herminio Lafoz Rabaza – Universidad de Zaragoza

A pesar de su corto potencial demográfico, Zaragoza, en los últimos años del setecientos y primeros del ochocientos, era la indiscutible cabecera de la provincia aragonesa. La composición de su sociedad era también el reflejo y el compendio de la del resto de ciudades, pueblos y aldeas aragonesas. En Zaragoza se daban las contradicciones inherentes a una sociedad feudal en la que una minoría trataba de innovar y transformar. En este sentido, es muy claro el papel que jugó desde su fundación la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, alrededor de la cual se agruparon unos centenares de personas que representaban esas aspiraciones de renovación, aunque fuera dentro del sistema, y a los que se llamó “ilustrados”.

Entre dos gigantes: de Farnesio a Spínola (1593-1603) por Antonio José Rodríguez Hernández – UNED

El primer sitio. Aproches contra una ciudad abierta por José Antonio Pérez Francés

Con una población de 42 600 habitantes, a principios del siglo XIX Zaragoza permanecía como centro político y religioso del antiguo reino de Aragón. La ciudad no estaba fortificada; el recinto que la rodeaba era un muro de diez a doce pies de altura por tres de espesor, construido en ladrillo, mampostería e incluso por las paredes de varios conventos y edificios. En el interior conservaba la estructura de su vieja muralla romana. El 9 de junio, tras la reunión de las Cortes de Aragón, D. José Palafox había sido nombrado oficialmente capitán general. Sin ninguna experiencia militar, tomaba el mando de un ejército inexistente, pero, auxiliado por los hermanos Torres y el capitán López Pascual, en poco más de un mes formaría un ejército de la nada. Los franceses conocían a la perfección la situación de Zaragoza y que creían que no tenía ninguna opción real de resistencia. La realidad fue muy distinta.

Entre dos gigantes: de Farnesio a Spínola (1593-1603) por Antonio José Rodríguez Hernández – UNED

La resistencia a ojos de los militares del ejército imperial por Gérard Dufour – Aix-Marseille Université

Napoleón se puso furioso cuando se enteró de que, al anunciar la capitulación de Zaragoza, la Gaceta de Madrid había rendido homenaje al heroísmo de sus defensores. Acto seguido, mandó una virulenta reprimenda a su hermano José en la que le acusó, por tolerar este tipo de publicaciones, de incitar a los españoles a rebelarse contra su autoridad, mientras que, decía, todos los franceses tenían el mayor menosprecio por los “brigantes” de Zaragoza. Pero el Emperador de los franceses y Rey de Italia se equivocaba (o mentía) respecto a la opinión de sus súbditos. Los relatos de los miembros del ejército imperial que participaron en los sitios de Zaragoza suscitaron entre franceses y polacos un profundo sentimiento de admiración hacia los defensores de la ciudad mártir que contribuyó, y mucho, a la visión romántica que se formó entonces de los españoles.

Entre dos gigantes: de Farnesio a Spínola (1593-1603) por Antonio José Rodríguez Hernández – UNED

El segundo asedio. Extramuros, Vauban contra tapias por Francisco Escribano Bernal – Centro Universitario de la Defensa

El primer sitio de Zaragoza no había sido un verdadero asedio, pues los franceses no habían bloqueado la margen izquierda del Ebro, por la que siguieron entrando refuerzos y abastecimientos a los defensores. Pero no volverían a cometer el mismo error. El nuevo cerco iba a ser mucho más profesional y mejor dotado de medios. Tras sus victorias de noviembre, que les abrieron el camino al centro de la Península, los napoleónicos retomaron las operaciones contra Zaragoza con un ataque simultáneo en ambas riberas del Ebro con unas fuerzas formidables: el V Cuerpo del mariscal Mortier, compuesto por las veteranas divisiones de Suchet y Gazan, y el III de Moncey, que ya había protagonizado el primer sitio. En total llegaron a sumar unos 50 000 hombres –40 000 infantes, 3500 jinetes, 1100 zapadores–, con el apoyo de 48 cañones de sitio y 84 piezas ligeras. Los trabajos de asedio siguieron, casi a la letra, los principios definidos por Vauban más de cien años antes para rendir plazas fuertes.

Entre dos gigantes: de Farnesio a Spínola (1593-1603) por Antonio José Rodríguez Hernández – UNED

Los intentos de romper el cerco por Luis Sorando Muzás – Asociación Napoleónica Española

La continua llegada de auxilios externos fue fundamental para el feliz resultado del primer sitio de Zaragoza (15 junio a 14 agosto de 1808), que fue posible gracias a que el cerco nunca llegó a ser completo y permaneció abierto el camino a Cataluña en la orilla izquierda del Ebro. En el segundo, sin embargo, todos los intentos resultarían inútiles, principalmente por la indecisión de Palafox, incapaz de aprovechar las semanas que mediaron entre la derrota de Tudela (23 noviembre) y la reaparición de los franceses (21 diciembre) para organizar con los excedentes de su guarnición una división con la que hostigar a la retaguardia imperial, papel que confió a la llegada de otros ejércitos, excesivamente apurados en esas fechas, así como a la formación en los montes cercanos de nuevos contingentes incapaces de enfrentarse a las tropas imperiales.

Entre dos gigantes: de Farnesio a Spínola (1593-1603) por Antonio José Rodríguez Hernández – UNED

El segundo sitio. El combate urbano por Ramón Guirao Larrañaga

El 30 de noviembre el ejército francés llega cerca de Zaragoza y se prepara para tomarla. Desde agosto, los zaragozanos trabajan en su defensa y saben, por la experiencia del primer sitio, que la guerra de casas es un sistema de resistencia muy poderoso, por lo que, sacrificando toda conveniencia personal, se aprestan a defenderla y la convierten en una vasta ciudadela. Los franceses también han aprendido del sitio anterior y plantean desde el primer día un asedio riguroso. El 27 de enero de 1809 se produce el asalto tras una dura preparación artillera. Una vez dentro de la ciudad, comienza la guerra de minas y casa por casa, en la que los franceses van descubriendo que cada edificio es una fortaleza y cada calle un reducto, que con lentitud pero paulatinamente, y a base de mucho esfuerzo, irán ocupando a pesar de la enconada resistencia de los españoles.

Entre dos gigantes: de Farnesio a Spínola (1593-1603) por Antonio José Rodríguez Hernández – UNED

Hambre y tifus. Vida en la Zaragoza sitiada por Ramón Guirao Larrañaga

La estrategia española de forzar a las negociaciones a las Provincias Unidas necesitaba de una contundente victoria militar. La campaña de 1605 había permitido ganar el territorio fronterizo del Rin e invertir la presión de las provincias leales hacia el territorio rebelde. La campaña de 1606 constituía un nuevo esfuerzo para consolidar la presencia hispana en el corazón del territorio enemigo. El plan operacional consistía en un ataque en pinza sobre el territorio de Güeldres, en concreto su zona sur y central, la comarca de Veluwe. Desde el noreste, Spínola cruzaría el río Ijssel; desde el sur, Bucquoy haría lo propio en el Waal. Ello permitiría obtener una cabeza de puente en el centro del territorio rebelde con miras a lanzar futuras acciones hacia cualquier punto de su geografía.

Entre dos gigantes: de Farnesio a Spínola (1593-1603) por Antonio José Rodríguez Hernández – UNED

Introduciendo el N.º 37, Pizarro y los Trece de la Fama por Esteban Mira Caballos – Universidad de Sevilla

Francisco Pizarro, nacido en Trujillo en torno a 1484, hijo ilegítimo e ignorado del capitán Gonzalo Pizarro El Largo, trató de hacer carrera militar, emulando a su progenitor. Lo intentó posiblemente en Italia, pero no tardó en desanimarse y optar por la frontera indiana, un mundo desconocido y difícil, pero lleno de oportunidades. En 1502 embarcó rumbo al Nuevo Mundo; recaló primero en La Española y luego en Castilla del Oro, donde residió bastantes años y se convirtió en un acaudalado hacendado. Pero Pizarro no se conformaba con la fortuna, especialmente después de conocer la conquista de la gran confederación mexica por su sobrino Hernán Cortés; ansiaba otro gran imperio que conquistar y una gobernación con la que dar lustre a su linaje. Por ello, mientras otros se desanimaron por los magros resultados obtenidos hasta 1524, él supo mantenerse a la espera de su gran oportunidad.

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