Piratas en el Caribe

Desperta Ferro Historia Moderna

n.º 17
Agosto 2015
Piratas en el Caribe historia
7€IVA incluido

Imaginemos la paz y la quietud de cualquiera de las muchas ciudades del Caribe español. La guardia, a menudo escasa, apenas vigila los derruidos muros, demasiado caros de reparar, y los habitantes duermen en sus casas en espera de lo que deparará el nuevo día. Pero lo que trae el alba es el rugido de los cañones, las descargas de los mosquetes y el sonido metálico de los machetes y de las hachas de abordaje. Lo que al principio no fue sino otra forma de guerra, el corso, patrocinada por los estados que jugaban al ajedrez fue transformándose, poco a poco, en descarnada piratería. Tal vez la diferencia entre ambos fue que los primeros eran “legales” y los piratas no, pero también es posible que tuviera que ver con la libertad y la igualdad, con la participación en la toma de decisiones a bordo del navío, con la idea de aventura. Sube a bordo, marchamos viento en popa a toda vela por este mar de papel hacia una auténtica aventura, la verdadera historia de los piratas en el Caribe.

“El idioma del saqueo” por Joel H. Baer (Macalester College, St. Paul, Minnesota)

“Corso” y “piratería”, su gemelo maligno, son dos términos habituales para referirse a los estragos cometidos en el mar y contra las ciudades costeras durante la edad dorada de la piratería (1660-1730), que gracias al monopolio de la violencia y de la vigilancia de los mares ejercido por los estados en la actualidad, se han convertido en un arcano para los lectores contemporáneos. Sin embargo, ambos términos son dos fases importantes del proceso histórico por el que la captura de bienes y personas en el mar pasó de ser un derecho consuetudinario de los guerreros a ser un acto ilegal y bárbaro. Este artículo estudiará las diversas denominaciones que recibieron aquellos que se dedicaron a esta actividad, su consideración social y la legislación que se aplicó a su actividad. Mapas de Carlos de la Rocha. Ilustración de José Luis García Morán.

“La vida a bordo” por Giovanni Venegoni (The Global Initiative against Transnational Organized Crime)

Durante el transcurso de la Edad Moderna, los filibusteros y los piratas del Caribe fueron una de las amenazas más alarmantes a las que se enfrentaron los intercambios comerciales entre América y Europa. Lanzándose al ataque a bordo de sus pequeños barcos, durante las fases más productivas de su actividad (en especial entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII) fueron capaces de afectar a casi una cuarta parte del tráfico de mercancías por los océanos Atlántico e Índico; y a pesar de que nunca fueron muchos, aterrorizaron a los comerciantes y administradores de dos continentes. Para lograrlo tuvieron que ser mucho más que la simple chusma alcoholizada e indisciplinada que a veces imaginamos. Nada más lejos de la realidad, como veremos al estudiar la forma en que se organizaron. En la imagen, la balandra Royal James, de Stede Bonnet, el “caballero pirata”, por Felipe Rodna.

“Refugios de piratas” por Giovanni Venegoni (The Global Initiative against Transnational Organized Crime)

La imagen del filibustero o del pirata siempre ha estado asociada a los espacios marítimos, su arquetipo pertenece al ámbito naval y, como personajes, siempre han sido retratados como hombres violentos que operaban en los mares para obtener botín y gloria y para vivir aventuras. Sin embargo, esta imagen no ha sido confrontada a cómo fue en realidad la era de los navíos de madera y tela de los siglos XVII y XVIII y a cómo eran los hombres que navegaban en ellos. Lo cierto es que aun siendo depredadores marítimos, los filibusteros necesitaban la tierra para reabastecerse, carenar sus barcos, repartirse los botines o descansar tras pasar meses en el mar, y en la historia del filibusterismo y de la piratería caribeña de los años 1620 a 1730 hubo varias bases, cayos, bahías y puertos en los que las tripulaciones fueron a establecerse durante periodos más o menos largos. En la imagen, Planta de la ysla y fuerza de la Tortuga (1654). Ilustración de Gambat Badamkhand.

“Las tácticas de los piratas del Caribe” por Benerson Little

Solemos pensar que a los piratas les resultaba fácil saquear y hacerse ricos; incluso algunos bucaneros sin experiencia también llegaron a creer, en ocasiones, que las piezas de a ocho se podían “recolectar como peras en un árbol” pues después de todo, enriquecerse por la fuerza de las armas, tanto en el mar como en sus orillas, consistía simplemente en atacar opulentos y poco defendidos barcos y ciudades. Pero estos novatos solían ser objeto de burla por los veteranos, que conocían mejor la situación y “perecerían antes que volver sin plata”. ¿Cómo se hacía? Esa es la pregunta. Acechar a la presa, engañarla para poder subir a bordo o perseguirla por la inmensidad del mar, conseguir que los tripulantes no plantaran cara y, si lo hacían, derrotarlos, eran otras tantas cuestiones que exigían del pirata tanto valentía como osadía. Y eso solo en el mar. En tierra los botines eran más ricos, pero también más difíciles de conseguir. En la imagen, ¡Al abordaje!, por Antonio José Gil Ortega, también con una ilustración de Felipe Rodna.

“Morgan ataca Panamá” por Javier García de Gabiola

En 1671 Henry Morgan realizó su célebre asalto por sorpresa contra la ciudad de Panamá, marchando desde el Caribe tierra adentro hasta llegar al pacífico. Panamá quedó destruida para siempre y mudó su emplazamiento a una nueva ciudad cuya ubicación corresponde con la actual. Sin embargo, su éxito, muy celebrado por los autores anglosajones, queda empañado por las atrocidades cometidas contra los civiles en lo que no fue más que una acción de robo y piratería. En todo caso, a la aventura de Morgan no le faltó de nada: asaltos a castillos, una larga ruta por la selva, una batalla campal, expediciones de saqueo, una loca historia de amor y un retorno a casa accidentado. Fue la sublimación de las grandes aventuras corsarias de la segunda mitad del siglo XVII. En la imagen, mapa del avance de Morgan hasta Panamá. Mapas de Carlos de la Rocha.

“La importancia económica de la piratería” por Steven Pitt (University of Pittsburgh)

Durante la última mitad del siglo XVII, los piratas y los botines que robaron fueron cruciales para el desarrollo de las nacientes colonias inglesas, francesas, y holandesas de las Indias Occidentales y de Norteamérica, pues la plata, el oro y las mercancías exóticas que obtuvieron fueron el sostén de las economías, pequeñas y escasas de numerario, que se desarrollaron desde Port Royal en Jamaica a Boston en Massachusetts; una situación que llevaría a los políticos ingleses a quejarse de que las piezas de a ocho españolas servían a menudo como medio fundamental para los intercambios económicos. En estas colonias, tanto los gobiernos coloniales como las élites mercantiles y la gente del común daban la bienvenida a los piratas en sus comunidades, pues eran los destinatarios finales del dinero que traían los piratas. Es llamativo observar hasta qué punto fueron una necesidad, y un beneficio para algunos. En la imagen, Así se dividía el tesoro, por Howard Pyle.

“No hay paz. España contra los piratas” por Falia González (Archivo General de Indias)

España fue la gran potencia política mundial de los siglos XVI y XVII y gobernó el mayor imperio colonial conocido hasta entonces, cuyo origen se encuentra en la segunda bula Inter Caetera (1493) dada por el papa Alejandro VI a los Reyes Católicos otorgándoles la posesión de todo lo hallado hacia occidente que no perteneciera a ningún príncipe cristiano, lo que impedía a los súbditos de otras monarquías la navegación y el comercio en los mares de soberanía castellana. El Tratado de Tordesillas, firmado en 1494 entre España y Portugal, demarcó las tierras en las que ambas Coronas podían ejercer su soberanía. Esta donación nunca fue reconocida por franceses e ingleses, que recurrieron a la piratería y al corso para atacar el comercio y las posesiones españolas. La defensa que España aplicó fue el resultado de un proceso experimental que se desarrolló a lo largo de muchos años y que descansó en tres pilares básicos que se fueron perfeccionando: las fortificaciones, las flotas y las armadas de protección costera. Mapa de Carlos de la Rocha.

“El mito pirata” por Benerson Little

Estamos tan familiarizados con la apariencia de los piratas en el Caribe que los reconoceríamos tanto en la ficción literaria o en el cine como, descontextualizados, en una esquina cualquiera de una calle, sin sentir la necesidad de ubicarlos en la sangrienta, oscurecida y destrozada cubierta de un barco, con un machete o una ropera en una mano y una pistola en la otra y con bolsas de plata y prisioneros aterrados a sus pies. Sin embargo, también debe tenerse en cuenta que hay una diferencia entre la imagen romántica, el agradable recuerdo de la infancia o la aventura fantástica de la edad adulta, y la realidad, aunque solo sea que la película siempre se acaba, o podemos cerrar el libro, apagar la lámpara y soñar con nuestros piratas ideales. Las víctimas de la piratería, la de verdad, nunca tuvieron esta opción. Con o sin parche, pata de palo, loro o tatuajes, el trato fue igualmente cruel. ¿De dónde nacieron entonces estos tópicos amables?

Introduciendo el n.º 18, “Charles Fredercik Henningsen” por Mikel Alberdi (Zumalacarregi Museoa)

Henningsen fue un auténtico aventurero idealista, de carácter político complejo y contradictorio, dueño de una profunda formación intelectual que le llevó a publicar más de una docena de libros, desde sus inicios como poeta romántico a una serie de obras muy ligadas a sus diversas experiencias vitales internacionales. Experto en armamento, también destacó como analista de política internacional. A lo largo de su vida combatió en la Primera Guerra Carlista, luchó junto a los rebeldes Ávaros del Iman Shamil, en el Cáucaso, apoyó la revuelta húngara de Kossuth, se unió a la expedición nicaragüense del filibustero William Walker y participó en la Guerra de Secesión Americana, siempre en el bando perdedor, hay que decirlo. Sin embargo es innegable que Henningsen, hombre cultivado, fue un observador excepcional de su época y de la Primera Guerra Carlista, y sus comentarios arrojan una luz interesantísima sobre múltiples aspectos de dicha contienda, desde Zumalacárregui, el líder más relevante de los carlistas, hasta sus propios compatriotas británicos.

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