Cabrera. La Primera Guerra Carlista en el Maestrazgo

Desperta Ferro Historia Moderna

n.º 80
Febrero 2026
Ramón Cabrera La Primera Guerra Carlista en el Maestrazgo
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Si los carlistas del norte tuvieron a Zumalacárregui, los del Maestrazgo hallaron en Ramón Cabrera a su caudillo por excelencia. Antiguo seminarista sin experiencia militar previa, el tortosino, de veintisiete años al inicio del alzamiento carlista en 1833, ascendió hasta llegar a ser el Tigre, señor casi absoluto de un territorio que se extendía del Ebro al Júcar y de los confines de Cuenca al Mediterráneo. En el Maestrazgo, región montañosa cuajada de valles angostos, cuevas recónditas y antiguos castillos medievales enclavados en peñas inaccesibles, tuvieron los fieles de don Carlos su segundo gran bastión tras el vasco-navarro. A diferencia de la del norte, la Primera Guerra Carlista en el Maestrazgo fue sobre todo una guerra de guerrillas –aunque no faltaron batallas campales y asedios– en la que carlistas y liberales pugnaron por controlar una población dispersa, de recursos escasos, de claras tendencias legitimistas y siempre pronta a dar apoyo y cobijo a las partidas que recorrían sus pagos para adentrarse en las huertas de Valencia, el Ebro y Murcia en pos de botín. La del Maestrazgo fue, también, una guerra brutal, marcada por una espiral de represalias entre uno y otro bando caracterizada por las ejecuciones sumarias de centenares de combatientes y civiles. Merced a sus propias dotes de mando, a la falta de una estrategia definida en las filas liberales, el buen aprovechamiento del terreno y la paulatina creación de una serie de estructuras administrativas que convirtieron un puñado de guerrillas dispersas en el segundo mayor ejército del pretendiente, Cabrera hizo del Maestrazgo un foco de oposición carlista que el gobierno de la regencia no pudo controlar y eliminar hasta mediados de 1840, una vez sellado el frente norte, cuando Espartero acudió a la región al frente de más de cincuenta mil hombres, dispuesto a aplastar de una vez por todas a la “facción”.

El inicio de la contienda en el Maestrazgo. La guerra de partidas por Javier Posada Moreiras

El inicio de la contienda en el Maestrazgo. La guerra de partidas por Javier Posada Moreiras

Ramón Cabrera pasó, en poco más de dieciséis meses –de noviembre de 1833 a abril de 1835–, de simple guerrillero y jefe de su propia partida a comandante general del Bajo Aragón y creador del segundo ejército carlista, el del Maestrazgo. Esto le permitió controlar buena parte de los antiguos reinos de Aragón y Valencia, a la vez que supuso un importante salto cualitativo y cuantitativo en el esfuerzo de guerra carlista. Y es que, contra lo que suele pensarse, los hombres de don Carlos pudieron salir victoriosos. Pero los comienzos no fueron nada halagüeños. Al iniciarse el levantamiento del carlismo en octubre de 1833, ni un solo pelotón del Ejército fernandino se pronunció a favor de la legitimidad. De ahí que los carlistas hubiesen de articular diversas iniciativas y respuestas bélicas por casi toda la Península con un denominador común: el protagonismo indiscutible de las guerrillas.

Cabrera y la regularización de la guerra por Francesc Closa Salinas (Universitat de Lleida)

Cabrera y la regularización de la guerra por Francesc Closa Salinas (Universitat de Lleida)

Tras la junta carlista celebrada en marzo de 1834 se designó a Manuel Carnicer como comandante general de Aragón, aunque la presión gubernamental isabelina debilitó seriamente la causa. Cabrera, entonces subordinado del nuevo jefe, empezó a ganar reconocimiento entre las partidas aragonesas. Pese a ello, a finales de 1834 y comienzos de 1835 la insurrección carlista en esta región se encontraba en un momento especialmente delicado. En febrero de 1835 Cabrera se trasladó al cuartel general carlista para exponer personalmente a don Carlos la grave situación de Aragón y Valencia. Poco después, Carnicer cayó prisionero y fue ejecutado, con lo que Cabrera quedó como líder provisional de las fuerzas carlistas del Bajo Aragón, Valencia y Tortosa. Su mando se afianzó rápidamente hasta erigirse en figura central e indiscutible del carlismo levantino.

La administración carlista en el Maestrazgo por Antonio Manuel Moral Roncal (Universidad de Alcalá)

La administración carlista en el Maestrazgo por Antonio Manuel Moral Roncal (Universidad de Alcalá)

Desde fecha temprana, la necesidad de administrar el territorio controlado se impuso entre los mandos carlistas, por cuanto podía aparentar la existencia de un Estado que legitimaba su causa y que debía facilitar la extracción de recursos. Así, imitando el movimiento juntero de los días de la invasión napoleónica, los legitimistas crearon varias juntas de gobierno. Al comienzo de la guerra, los alzados contra el trono de Isabel II constituyeron una Junta de Gobierno en Morella presidida por el barón de Hervés, formada por seis vocales y por el gobernador militar, el coronel Carlos Victoria, que, el 13 de noviembre de 1833, vitoreó al rey Carlos V de Borbón en la plaza del mercado. También se creó una Junta de Alimentos, formada en su mayoría por eclesiásticos, aunque pronto estas dos instituciones desaparecieron, tras vencer las tropas de la reina a los rebeldes y tomar Morella.

El cénit carlista. La campaña de Morella por Antonio Caridad Salvador

El cénit carlista. La campaña de Morella por Antonio Caridad Salvador

La plaza de Morella, completamente amurallada y con un castillo en buen estado de defensa, era, al empezar la Primera Guerra Carlista, una de las principales fortificaciones de la provincia de Castellón. Por ello, los carlistas pusieron especial interés en apoderarse de ella, algo que consiguieron brevemente a finales de 1833. Una vez perdida la población, trataron de recuperarla a partir de 1837 y establecieron un bloqueo sobre la misma. El 25 de enero del año siguiente consiguieron tomarla por sorpresa. Con su ocupación, el jefe carlista contaba ya con dos poblaciones fortificadas, lo que le permitió llevar a cabo una guerra muy distinta a partir de entonces. Pudo así disponer de una serie de servicios más propios de un ejército regular que de unas partidas guerrilleras. De esta manera intentaba equipararse a sus enemigos e ir creando un pequeño Estado en el corazón del Maestrazgo.

Mito y realidad de Ramón Cabrera y Griñó por Manuel Santirso (Universitat Autònoma de Barcelona)

Mito y realidad de Ramón Cabrera y Griñó por Manuel Santirso (Universitat Autònoma de Barcelona)

No todo han de ser santos, héroes y constructores en las biografías, y, desde luego, Ramón Cabrera no encaja en esas categorías. La primera semblanza de él, aparecida en 1839, ya lo decía, y aquí se suscribe: “no son menos importantes las lecciones que encierra para los pueblos la historia del heroísmo que la del crimen”. La guerra de papel se declaró unos años después de que acabara la civil. Tras la tregua del trienio esparterista de 1840-1843, abrieron fuego algunos liberales moderados que buscaban la concordia: Buenaventura de Córdoba, con una autorizada biografía (1844-1846), y Dámaso Calvo y Rochina de Castro. Otros liberales, progresistas, que habían sufrido en carne propia los daños de la contienda, rechazaron el apaciguamiento: así lo hicieron Francisco Cabello, Francisco Santa Cruz y Ramón María Temprado (1845-1846), así como Wenceslao Ayguals de Izco con su novelesca El Tigre del Maestrazgo (1846).

La batalla de Maella. “Una lucha encarnizada” por Daniel Aquillué Domínguez (Centro Universitario de la Defensa de Zaragoza)

La batalla de Maella. “Una lucha encarnizada” por Daniel Aquillué Domínguez (Centro Universitario de la Defensa de Zaragoza)

Tras el fracaso del Ejército del Centro ante los muros morellanos en agosto de 1838, Cabrera no perdió el tiempo. Mientras sus enemigos se recuperaban y reorganizaban lentamente, los carlistas se abalanzaron sobre la Plana de Castellón, la ribera del Turia e incluso alcanzaron el río Júcar. Hubo un mando isabelino, el general de división Ramón Pardiñas, de treinta y seis años de edad, que tomó la iniciativa y una actitud ofensiva que le llevó a buscar una batalla campal decisiva frente a Cabrera, quien regresó al Maestrazgo de su expedición valenciana con un gran convoy. El 1 de octubre de 1838 tuvo lugar la batalla de Maella en la provincia de Zaragoza. En ella se enfrentaron dos ejércitos similares en número. Para los primeros fue una “derrota desastrosa”; para los segundos, “una corona triunfal”. De lo que no cabe duda es de que fue un combate muy sangriento.

En la cúspide de la brutalidad. Cabrera y la espiral de represalias en el Maestrazgo por Eduardo González Calleja (Universidad Carlos III-IPOLGOB)

En la cúspide de la brutalidad. Cabrera y la espiral de represalias en el Maestrazgo por Eduardo González Calleja (Universidad Carlos III-IPOLGOB)

El Maestrazgo, un espacio geográfico de unos 5000 km2 situado entre las capitanías generales de Zaragoza, Barcelona y Valencia, nunca ha despertado un gran interés estratégico. Su carácter fronterizo entre entidades administrativas diversas, su alejamiento de las grandes ciudades, su limitada riqueza agropecuaria, lo rudimentario de las comunicaciones y la complicada orografía la hicieron un área de operaciones propicia para conducir la guerra irregular en todas sus manifestaciones, incluida la crudeza de la violencia desplegada contra el enemigo y la población civil. Fue en el Bajo Aragón y el Maestrazgo donde se produjeron los actos más reprobables de la contienda, especialmente desde el nombramiento de Cabrera como comandante general del Bajo Aragón.

La ofensiva final de Espartero. Asedio al Maestrazgo por Daniel Aquillué Domínguez (Centro Universitario de la Defensa de Zaragoza)

La ofensiva final de Espartero. Asedio al Maestrazgo por Daniel Aquillué Domínguez (Centro Universitario de la Defensa de Zaragoza)

El 31 de agosto de 1839 acabó la guerra civil en el frente norte vasco-navarro con el Convenio de Vergara entre el liberal Espartero y el carlista Maroto. Pero en el Maestrazgo, teatro bélico en auge, Cabrera se negó a adherirse a la paz y se mantuvo leal a su rey. Su resistencia numantina en torno a una red de fortificaciones obligó a desplazar al grueso del ejército de la reina contra él, a finales de 1839, con una campaña militar, en la primavera de 1840, dirigida por el general Espartero. La Primera Guerra Carlista aún se prolongó así prácticamente un año más. Cabrera estaba preparado: tenía la moral alta, en sus trece, una administración eficaz del territorio, una reforzada línea de fortificaciones y veinte mil hombres en armas. Sin embargo, toda la fuerza del estado isabelino se dirigiría contra él, desembarazado ya de otros enemigos, hasta su derrota y expulsión de España, en el verano de 1840.

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