El esplendor de Constantinopla

Arqueología e Historia

n.º 38
Agosto 2021
El esplendor de Constantinopla Justiniano
7€IVA incluido

Bizancio, Antonina, Nueva Roma, Constantinopla, Estambul… Como quiera que la llamemos, está claro que hablamos de una ciudad cuya historia milenaria llegaría a desafiar en esplendor a la mismísima Roma. En ella confluirían el pasado helenístico de su fundación, la solidez de una auténtica capital del Imperio romano y la gloria del cristianismo bizantino, amén de la violencia de terremotos, asedios, saqueos de cruzados y, cómo no, de la increíble reconversión que sufriera en tiempos del Imperio otomano. En toda esa dilatada y a menudo convulsa historia, probablemente la etapa más significativa de su desarrollo como foco del Mediterráneo fuera la protagonizada por la pareja imperial de Justiniano y Teodora en torno al tercio central del siglo VI. Es entonces cuando verdaderamente confluyeron en el mismo crisol la herencia romana, cuyo peso se dejaba notar cual el de un gigante dormido, todavía plasmado en la arquitectura y el urbanismo y en algunas costumbres paganas de la población, con la madurez del poder cristiano, que hizo florecer infinidad de iglesias y monasterios en calles y barrios hasta el último rincón de la ciudad.

Año 543. Un viajero en Constantinopla por Blas Malo

Año 543. Un viajero en Constantinopla por Blas Malo

Año 543. El joven Luciano acompaña al viejo Prisco en su misión diplomática por mandato del rey Clotario I. Ambos habían partido de Soissons, del país de los francos, treinta y dos días antes, y ya desde que vislumbraran la línea de murallas en el horizonte han apurado a sus agotadas monturas para llegar cuanto antes a la ciudad. Los dos francos se han unido a la corriente de ciudadanos y mercaderes que se apresuran a llegar por la vía Ignacia a la capital del imperio de los romanos. El tranquilo Prisco, con la paciencia de sus sesenta y tres años, suspira con indulgencia por la sorpresa constante de Luciano, de diecisiete, para el que es su primer viaje fuera de su nación. Borgoña, Carintia y Dalmacia ya quedaron atrás, y también la amenaza de la violencia, de los ríos crecidos en primavera y de las suspicacias de los ostrogodos. Rogando a Dios por su suerte han alcanzado, por fin, Constantinopla.

El palacio y la corte por Miguel Navarro (UGR)

El palacio y la corte por Miguel Navarro (UGR)

El gran palacio de Constantinopla ha sido objeto de estudio como conjunto arquitectónico y sede del poder imperial. Se han analizado sus funciones de representación del poder y se han estudiado y ubicado las ceremonias que proyectaban la sacralidad y autoridad de los emperadores a través del Libro de las ceremonias de Constantino Porfirogéneta. Recientemente, algunos estudios del conjunto han actualizado nuestros conocimientos al respecto de todo lo anterior y han integrado los últimos hallazgos arqueológicos. Ahora bien, el gran palacio era mucho más que un grandioso y deslumbrante escenario, e incluso más que una residencia imperial. Ante todo, era un centro de poder y ese poder se ejercía mediante la fuerza armada, la centralización administrativa y la actividad diplomática. La toma de decisiones por parte del emperador en tiempos de Justiniano I el Grande en este sacro espacio marcaba el futuro tanto de Oriente como de Occidente. Por ello, se le debía otorgar toda la magnificencia que el conjunto merecía.

Fanáticos de las carreras. El hipódromo y la revuelta de Niká por David Potter (University of Michigan)

​​Fanáticos de las carreras. El hipódromo y la revuelta de Niká por David Potter (University of Michigan)

Un día del año 500, los cincuenta mil espectadores del hipódromo de Constantinopla presenciaron una escena extraordinaria. Una mujer se alzó ante ellos con sus tres jóvenes hijas. Su marido, recientemente fallecido, había sido el cuidador de los osos de los verdes, uno de los clubs o facciones encargados de organizar los espectáculos que se presentaban en el hipódromo. Esperaba que su nuevo marido ocupara el lugar de su difunto esposo, pero el poderoso maestro de danzas de la facción había asignado el puesto a un colega suyo. De pronto, se alzó un coro en la grada sur, ocupada por sus rivales, los azules. Su propio cuidador de osos había fallecido también, de forma que ofrecieron el trabajo al marido de aquella mujer (Procopio, Historia secreta 9.1).

Teodora. El alma del Imperio por José Soto Chica (UGR)

Teodora. El alma del Imperio por José Soto Chica (UGR)

Si hubo un personaje sugerente en la Constantinopla justinianea ese fue sin duda Teodora. La mujer, y también la augusta en que terminó convirtiéndose, fue un fruto de aquella gran ciudad en cuyo imaginario y pétreo oído se susurraban sus misterios dos continentes, Asia y Europa, y dos edades, la Antigüedad y el Medievo.

La ciudad de Justiniano por Ángel Carlos Aguayo Pérez

La Constantinopla de Justiniano por Ángel Carlos Aguayo Pérez

Justiniano heredó un imperio cuya capital radicaba en una ciudad milenaria. Sin embargo, aquella que inaugurase Constantino el 11 de mayo del 330, ampliando en gran medida los límites originales de la Bizancio griega y la posterior Augusta Antoniniana de Septimio Severo, se había visto muy afectada a consecuencia del gran incendio del 465 –que devastó ocho de sus catorce regiones– y, en fechas más recientes, por el resultante de la revuelta de la Niká, acaecida a comienzos del frío invierno del año 532.

Hagia Sophia. La joya de Oriente por Haluk Çetinkaya (Mimar Sinan Fine Arts University)

Hagia Sophia. La joya de Oriente por Haluk Çetinkaya (Mimar Sinan Fine Arts University)

El establecimiento de una nueva capital en Oriente iba a suponer un punto de inflexión en la política romana respecto a una religión monoteísta. En vez de escoger la recientemente asignada capital pagana de Nicomedia, situada a tan solo 100 km de distancia, Constantino I decidió seguir otro camino favoreciendo a los cristianos. Merced a los datos existentes, están bien documentadas algunas iglesias que mandó construir en Roma y Jerusalén, pero ninguna en la capital que llevaba su nombre, y aunque durante su reinado se erigieron una treintena, solo un puñado, entre las que se encuentran la de los Santos Apóstoles, Hagios Mokios, Hagios Acacius y Hagia Eireni, se atribuyen a la iniciativa del emperador. Se ha dicho también que Hagia Sophia fue igualmente levantada por él, pero el consenso actual sostiene que fue su hijo Constancio II el responsable de su erección.

El renacimiento cultural en la Constantinopla de Justiniano por José Soto Chica (UGR)

El renacimiento cultural en la Constantinopla de Justiniano por José Soto Chica (UGR)

Constantinopla no solo era la gran urbe del Mediterráneo del siglo VI y su centro político, sino también, y muy particularmente, su gran foco cultural. Los reinados de Justiniano y sus inmediatos sucesores constituyeron una época de renacimiento y esplendor; un periodo de gran creatividad y de importantes aportaciones en ámbitos tan dispares como la medicina, las matemáticas, la arquitectura, la historia, la geografía, la música, la poesía, la astronomía o las artes suntuarias, conformando un activo panorama cultural desarrollado en una ciudad que por sí misma era un gran centro de saber, un espectáculo sin igual y un gigantesco museo.

Introduciendo el n.º 39: Príapo y Attis. Hipersexualidad y asexualidad en la religión romana por Joaquín Ruiz de Arbulo (URV-ICAC)

​Y además, introduciendo el n.º 39: Príapo y Attis. Hipersexualidad y asexualidad en la religión romana por Joaquín Ruiz de Arbulo (URV-ICAC)

Hablemos del amor. ¿Lo entendemos como una inspiración romántica del intelecto o como el resultado de una pulsión irrefrenable del organismo? ¿O ambas cosas a la vez? Una buena parte de la mitología griega giraba en torno a esta ambivalencia entre el sentimiento amoroso y el deseo sexual. Los mitógrafos crearon incluso una escena iconográfica concreta para explicarla, un combate de lucha atlética entre Eros –el niño arquero expresión del sentimiento amoroso– y Pan –el numen de aspecto caprino, siempre excitado, ejemplo del afán genético de la reproducción animal–. El combate, que tenía como jueces a Ariadna y Dionisos, se expresaba gráficamente por un detalle nada casual: Pan combatía contra Eros con una mano atada a la espalda. Todos lo tenían claro. De otra forma, el combate no habría sido igualado.

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