Insurgencia en Irak

Desperta Ferro Contemporánea

n.º 10
Julio 2015
7€IVA incluido

La batalla por el nuevo Irak, 2003-2004 por Donald Wright– U. S. Army Combined Arms Center

Las bombas y los misiles de crucero, dirigidos contra los cuarteles generales del Ejército y los ministerios del Gobierno comenzaron a caer sobre Bagdad bien entrada la noche del 19 de marzo de 2003. Los Estados Unidos y su Coalición de aliados habían reunido un poderoso ejército con un único objetivo: derrocar a Sadam Husein. La campaña resultante difirió drásticamente de estas expectativas. Tras solo tres semanas de campaña, el grueso del ejército iraquí se había rendido o desintegrado y había entregado Bagdad sin apenas combatir. Sadam y sus oficiales superiores huyeron de la ciudad en busca de escondrijo y las unidades estadounidenses tomaron posiciones en las áreas estratégicas de la capital mientras que los saqueadores campaban a sus anchas. Los disturbios en Bagdad y otras ciudades iraquíes se prolongaron durante semanas. Al tiempo que muchos miembros de la Coalición celebraban lo que parecía una victoria decisiva, el caos en Bagdad ponía de manifiesto que el plan para el Irak post-Sadam no se había trazado tan meticulosamente como la propia guerra.

La insurgencia iraquí, 2003-2011: orígenes y evolución por Ahmed S. Hashim – Rajaratnam School of International Studies

La invasión norteamericana puso fin a la histórica dominación de los árabes suníes en Irak, un hecho que destaca como la razón principal detrás del alzamiento árabe suní de 2003. Sin embargo, la existencia de una miríada de grupos combatientes en la insurgencia nos obliga a llegar más a fondo para aclarar la ideología y objetivos de cada uno de los cinco fundamentales: los baasistas y sus filiales, los islamistas, los salafistas iraquíes, las tribus locales y Al Qaeda en Mesopotamia (AQM) o Al Qaeda Irak (AQI), que emergió del Jamiat Tawhid wa al-Jihad (JTJ) de Abu Musab al Zarqaui. La respuesta de los árabes chiíes a la presencia extranjera en Irak fue la más compleja. Grupos como la Asamblea Suprema de la Revolución Islámica del ayatolá Mohsen al Hakim, el Partido Al Dawa y otras formaciones concebían la presencia de la Coalición como un mal necesario, aprovechable para ganar poder político. Algunos grupos chiíes combatieron a la Coalición tanto en el centro del país, fundamentalmente contra las tropas norteamericanas, como en el sur contra los británicos. El actor principal en este caso fue el Jaish al-Mahdi de Muqtada al Sader.

Las batallas por Faluya, 2004 por Louis A. DiMarco – U. S. Army

Las batallas de 2004 por Faluya supusieron la primera toma de contacto del Ejército estadounidense con dos cuestiones: la comprensión del enemigo y la búsqueda de los medios para derrotarlo. La guerra en el siglo XXI va a ser cada vez más urbana y más compleja; y los combates por Faluya no solo representan uno de los tipos de batalla con que las fuerzas militares pueden esperar encontrarse en el futuro, sino que han demostrado que las técnicas tradicionales y las lecciones obtenidas en los combates urbanos también resultarán válidas en el sofisticado campo de batalla híbrido del presente siglo. Además, han puesto de manifiesto cómo las comunicaciones audiovisuales y digitales han acortado notoriamente la distancia entre las dimensiones táctica y estratégica de la guerra y han aumentado considerablemente la necesidad de líderes militares que entiendan y dominen los aspectos comunicacionales de las contiendas. Más de diez años después, las lecciones aprendidas siguen siendo determinantes para entender la naturaleza del combate terrestre actual y futuro.

La contrainsurgencia en Irak por Miguel Ángel Ballesteros Martín – Instituto Español de Estudios Estratégicos

La operación en Irak se basó en el “dominio rápido” (rapid dominance) del campo de batalla, que pretende doblegar la voluntad del enemigo, anulando su capacidad de resistencia para forzarle a una rendición sin condiciones. Es la denominada doctrina Rumsfeld que se asienta sobre la superioridad tecnológica que otorgan los misiles guiados, la digitalización del terreno y los movimientos envolventes por aire apoyados por helicópteros de ataque. Esta forma de operar no necesita dominar el terreno, pero su mayor problema es el alargamiento de las rutas logísticas, que dificulta el municionamiento y el suministro de las unidades más avanzadas. Pero al no dominar el terreno, una vez superado el impacto emocional la situación favorece la aparición de la insurgencia, que es lo que ocurrió en Irak tras la caída del régimen de Sadam. Para los estadounidenses la clave estaba en conseguir que tanto la población suní, como la chií y la kurda apoyasen al Gobierno iraquí. Había que conseguir que la mayor parte de la población, y más concretamente la suní, rechazara la insurgencia y se posicionara del lado del Gobierno del primer ministro chií Nuri al Maliki, que debía nombrar un gobierno de concentración nacional, alejando toda tentación partidista.

“The New Way Forward”. Oleada en Irak, 2007-2008 por Donald Wright – U. S. Army Combined Arms Center

En la tarde del 10 de enero de 2007, el presidente George Bush compareció ante la televisión pública para anunciar el “Nuevo rumbo a seguir” (The New Way Forward), la denominación oficial para la nueva estrategia en Irak que vino a conocerse como la “oleada” (Surge). En su discurso, el presidente destacó claramente los aspectos clave de la nueva visión estratégica: la alianza con antiguos grupos insurgentes frente a Al Qaeda en Irak (AQI), el recurso a unidades de operaciones especiales para atacar las redes enemigas y asesinar a los dirigentes terroristas y una mayor predisposición a emplear las fuerzas de la Coalición en operaciones ofensivas a gran escala para limpiar los bastiones insurgentes en Bagdad y su entorno. En perspectiva, los logros de la oleada resultaron ser frágiles. El propio general Petraeus lo reconoció al afirmar a finales de 2008 que la estabilidad en Irak “aún no era duradera, no era autosuficiente”. Todo dependería de cómo aceptaran los propios iraquíes la responsabilidad de proporcionar seguridad y establecer un nuevo y auténtico compromiso nacional en el que estuvieran representados suníes, chiíes y kurdos. El optimismo general sobre el compromiso iraquí con ese objetivo llevó a Estados Unidos a mantener su palabra con el SOFA y retirar sus tropas de Irak en 2011. Sin embargo, a la vista de las recientes victorias de ISIS, parece claro que el Gobierno y las fuerzas de seguridad iraquíes no fueron capaces o carecieron de voluntad para construir sobre el éxito cierto de la oleada.

La privatización de la seguridad en Irak por Christopher Spearin – Canadian Forces College

Pese a que los funcionarios del Gobierno norteamericano insistían en que su país estaba liderando en Irak una “coalición de voluntades”, Peter Singer señaló con acierto que realmente se trataba de una “coalición para la facturación”. Irak era una auténtica guerra de contratistas. Por tomar 2007 como muestra, la Oficina de Presupuestos del Congreso de Estados Unidos informó de que había 190 000 contratistas trabajando en Irak, cifra que no solo era superior al número de tropas proporcionado por los países de la Coalición, sino también al de militares norteamericanos. En concreto, de esos 190 000 contratistas, 35 000 eran personal armado al servicio de compañías militares y de seguridad privadas (PMSC, en su acrónimo en inglés), procedentes de un amplio abanico de países, desde Estados Unidos y Reino Unido a Sudáfrica, Colombia, Uganda, Fiji o Nepal, además de los muchos iraquíes que trabajaban para ellas. Como colectivo, esas personas desempeñaban numerosas funciones para sus clientes del Gobierno norteamericano, tales como el Departamento de Defensa o el de Estado.

Un triste final: la campaña norteamericana en 2009-2011 por Daniel P. Bolger – North Carolina State University

Para cuando el presidente Barak H. Obama juró el cargo el 20 de enero de 2009, la mayoría de los generales norteamericanos confiaban en que ganarían la guerra en Irak. Es posible que, entonces y ahora, a los observadores externos esta creencia les resultara errónea, lamentable o incluso terriblemente irrisoria. Los generales estaban más que dispuestos a hacer un acto de fe. En una guerra rebosante de indicadores –bombas lanzadas, dinero gastado, iraquíes reclutados, lo que sea–, lo que llamaba la atención de los generales era el número de ataques diarios enemigos. De acuerdo con las presentaciones mostradas diariamente a toda la cadena de mando, desde la gran oleada de tropas de 2007 los ataques enemigos habían descendido drásticamente. En su punto álgido, el enemigo lanzaba en todo Irak casi 260 ataques diarios y ahora la resistencia luchaba por llevar a cabo unos 40. Cabe preguntarse el significado de todo esto en una guerra irregular. Qué se considera un ataque: ¿un disparo de fusil?, ¿un coche bomba?, ¿un impacto de mortero?, ¿seis impactos al mismo tiempo (o eso cuenta como seis ataques)? Los cuarteles generales establecieron oscuras pautas de contabilización, dignas de la hacienda estadounidense, para poder mostrar a sus subordinados lo que era un ataque y lo que no. De ese modo, la tendencia no hacía más que mejorar en los informes y gráficas, pero por buenos que parecieran los indicadores en enero de 2009, había una tenaz insurgencia que jamás desaparecería, una mancha imposible de sacar por mucho que se restregara y que seguiría respondiendo al fuego.

Y además, introduciendo el n.º 11, La defensa de Kudia Tahar: el preludio de Alhucemas por Roberto Muñoz Bolaños – Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado

La capital del protectorado español, Tetuán, estaba defendida por una línea de fortificaciones. De este conjunto de posiciones defensivas, las más avanzadas eran el Gorgues –recientemente fortificada– y Kudia Tahar, enlazadas ambas entre sí por los puestos del lomo de Tazarines, y por los de Hafa el Ma y los Nator con Ben Karrich. Este saliente, y más concretamente la posición de Kudia Tahar, fue el escogido por Abd el-Krim para desencadenar una acción ofensiva que desbaratase el plan de desembarco en Alhucemas. Kudia Tahar era una posición cuadrangular, cuyo débil parapeto era incapaz de resistir los proyectiles de artillería. Su guarnición estaba formada por 130 hombres a las órdenes del capitán de Infantería José Gómez Zaracíbar y la integraban una compañía del Regimiento del Infante n.º 5; un destacamento de artillería a las órdenes del teniente Ángel Mejón, del que formaban parte el sargento Miguel González, dos cabos y 20 soldados que servían cuatro piezas de montaña Schneider de 70 mm, y algunos telegrafistas que manejaban un heliógrafo. El ataque comenzó, a las 5.40 horas de la mañana del 3 de septiembre, mediante un bombardeo artillero de granadas rompedoras de 75 y 105 mm que fue extraordinariamente eficaz, ya que desarboló las defensas españolas e inutilizó la artillería de Kudia Tahar.

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