Waterloo 1815

Desperta Ferro Historia Moderna

n.º 16
Junio 2015
Waterloo 1815
7€IVA incluido

Pocas batallas de la historia de Occidente han vertido ríos de tinta incluso casi antes de que se terminara de disipar el humo de los cañones como lo ha hecho Waterloo. A pesar de todo lo dicho y escrito (o quizás por ello), resulta difícil discernir entre la realidad y el mito, terreno abonado para la controvertida historia contrafactual. La batalla de Waterloo también será un sangriento epílogo para dos décadas de guerras constantes que cambiaron la faz del Viejo Continente y engendrarían una nueva Europa, la del nacionalismo, dividida en los bloques, liberal y absolutista. La huella de Waterloo en la cultura popular es innegable y está presente en la literatura, en las artes, en el cine, en el lenguaje e incluso en la música, y no podíamos dejar pasar la oportunidad que nos brinda su bicentenario para dedicarle el presente número de Desperta Ferro Historia Moderna en forma de un volumen especial donde desgranamos las distintas fases de este acontecimiento tan singular.

“Las estrategias de Waterloo” por Jeremy Black (University of Exeter)

Las dinámicas e interacciones operacionales de la campaña de Waterloo y el desarrollo táctico de la batalla han sido estudiadas extensiva y exhaustivamente, al tiempo que se desatendía su dimensión estratégica. Este descuido responde a una serie de factores: la consideración del contexto estratégico como evidente, las limitaciones en cuanto a fuentes, el mayor interés que suscita en general el aspecto táctico y la propensión a tratar el nivel operacional como si fuera el estratégico. Sin embargo, refiriéndonos a este último caso, ambos son bien diferentes y, si bien según el primero podríamos llegar a considerar que, tal vez, Napoleón tuviera alguna posibilidad de vencer a sus enemigos, el análisis del segundo, del estratégico, que nos ofrece este artículo, lleva a comprender que debido a la asimetría entre ambos contendientes en lo que a medios y riesgos se refiere, era muy improbable que los franceses hubieran conseguido alzarse con la victoria. Mapas de Carlos de la Rocha.

“Los errores de Napoleón” por Bernard Coppens

El 17 de junio de 1815, en torno a las 18.00 horas, Napoleón, rodeado de su Estado Mayor, llegó al lugar llamado La Belle Alliance tras una persecución que había comenzado por la mañana en Quatre Bras (véase “La retirada de Quatre Bras” en Desperta Ferro Historia Moderna n.º15). El tiempo era espantoso, la visibilidad muy reducida y ante él se ubicaba un valle en cuya cresta opuesta parecía haber tomado posiciones, decidido a detener su retirada, el ejército de Wellington. Sin embargo, según nos explica este artículo, Napoleón no cree que los anglo-aliados vayan a quedarse, como tampoco es consciente de muchas otras cosas, errores que disimulará en los escritos que dicte después de la guerra y que el autor ha investigado exhaustivamente para darnos una versión un tanto diferente de lo que sucedió en las horas anteriores a la batalla de Waterloo. En la imagen, artillero a pie de la Guardia Imperial, por Keith Rocco.

“La lucha por Hougoumont y La Haye Sainte” por John Franklin

Tras haber reunido al ejército aliado en los altos de Mont Saint Jean, el duque de Wellington utilizó diversos edificios sitos en el campo de batalla como bastiones fortificados. En el centro estaba la granja de La Haye Sainte, una sólida residencia adyacente a la carretera principal de Bruselas que, en consecuencia, se hallaba en una posición clave dentro del despliegue defensivo. Igualmente importante fue la granja fortificada de Hougoumont, situada en una depresión de terreno entre las alturas en que se habían desplegado los ejércitos enemigos. La ocupación ininterrumpida –o al menos hasta la llegada de los prusianos– de ambos puntos, fue uno de los elementos fundamentales del plan de Wellington. Pero para que esto fuera así, ambos lugares vieron luchas intensísimas, en las que sus defensores tuvieron que enfrentarse una y otra vez a los violentos asaltos franceses. En la imagen, La Defensa de La Haye Sainte, por Adolph Northern. Mapas de Carlos de la Rocha y Mario Riviere. Ilustraciones de Keith Rocco.

“El ataque de D’Erlon” por Pierre O. Juhel

Cuando todo el ejército esté desplegado para la batalla, más o menos a las 13.00 horas, en cuanto el emperador dé la orden al mariscal Ney, comenzará el ataque, tomándose la localidad de Mont Saint Jean, donde está el cruce de caminos. Para ello, las baterías de 12 libras del II Cuerpo y la del VI se unirán a las del I. Estas 24 bocas de fuego dispararán contra las tropas sitas en Mont Saint Jean, mientras, el conde D’Erlon comenzará su ataque enviando en vanguardia su división de la izquierda y apoyándola, según dicten las circunstancias, con las divisiones del I Cuerpo. Conocemos el tenor de la orden de ataque de Napoleón gracias a los documentos del mariscal Ney publicados por su hijo, el duque de Elchingen. En la imagen, infantería de línea francesa, por Keith Rocco. Mapa de Carlos de la Rocha y Mario Riviere.

Tríptico desplegable: Waterloo, 18 de junio de 1815

En este número podrás encontrar un magnífico tríptico desplegable en cuyo anverso se detallan, unidad a unidad, las posiciones de los ejércitos francés y anglo-holandés justo antes de iniciarse la batalla; y en cuyo reverso mostramos tanto los movimientos prusianos desde el campo de batalla de Ligny hasta el de Waterloo, como la situación de los tres ejércitos justo antes del final. Mapas de Carlos de la Rocha, Mario Riviere y David Sancho.

“La hecatombe de los centauros, las cargas de la caballería francesa” por Francisco Gracia Alonso (Universitat de Barcelona)

Al galope tendido, las bridas sueltas, el sable entre los dientes y las pistolas en la mano: tal fue el ataque (Victor Hugo, Los miserables, segunda parte, libro primero, 10). Como muchos aspectos de la batalla, las cargas de la caballería francesa, loadas en las obras de Thiers, Houssaye, Guiraud o Dupont y mitificadas por Victor Hugo, que comparará a los jinetes con los hipántropos de la Titanomaquia, y minusvaloradas por británicos como Robinson, Siborne, Cotton o Mercer, mantienen diversos puntos oscuros, desde la responsabilidad de los ataque su organización, a los resultados. Lo cierto es que, tras haber atacado con su izquierda, y luego con su derecha, contra las alas opuestas del ejército anglo-aliado, a los franceses ya solo les quedaba lanzar un ataque directo contra el centro enemigo, para lo que iban a valerse del élan de su caballería. En la imagen, Batalla de Waterloo: los cuadros británicos recibiendo la carga de los coraceros franceses, por Philippe Philippoteaux. Mapas de Carlos de la Rocha y Mario Riviere. Con ilustraciones de Keith Rocco.

“La batalla de Plancenoit” por Michael V. Leggiere (University of North Texas)

Al amanecer del 18 de junio, el Ejército prusiano del Rin Inferior del mariscal de campo Gebhard Leberecht von Blúcher, que se hallaba a 24 Km del ejército del duque de Wellington, inició su marcha hacia Waterloo formado en dos columnas. Este desplazamiento se vio entorpecido por diversos problemas logísticos. Así por ejemplo, la decisión de que el IV Cuerpo del general Friedrich Wilhelm von Bülow liderara el avance retrasó a toda la fuerza, pues esta era la unidad que estaba más lejos del destino, y tuvo que cruzar el río Dyle, atravesar Wavre y pasar por en medio del resto del ejército, que se hallaba en torno a dicha localidad. Tras una marcha épica, estos entablarían una durísima lucha contra los franceses, influyendo de un modo determinante en el desenlace de la batalla. Mapa de Carlos de la Rocha y Mario Riviere.

“La guardia muere, pero no se rinde” por Alan Forrest (University of York)

El momento climático de la batalla –que a menudo ha sido considerado también como su quinta y última fase– tuvo lugar en torno a las 19.00 horas, cuando Napoleón, tras considerables vacilaciones, envió a las últimas tropas que le quedaban a lanzar un asalto contra Mont Saint Jean y el ejército anglo-holandés que lo defendía. A lo largo de la tarde los franceses se habían venido sintiendo cada vez más frustrados por el fracaso de sus ataques contra las posiciones aliadas, y el optimismo del emperador al iniciarse el día se había ido disipando. A la izquierda del campo de batalla, el Cuerpo de Reille había sido contenido en sus repetidos intentos de tomar Hougoumont; a la derecha, el Cuerpo de Lobau, junto con dos batallones de la Vieja Guardia y ocho de la Joven Guardia, se había visto atrapado en la lucha por Plancenoit y en el centro, los ataques de caballería habían sido rechazados. A Napoleón solo le quedaba una carta: los mejores hombres de la Guardia Imperial. Mapa de Carlos de la Rocha y Mario Riviere.

Introduciendo el n.º 17, “L’Olonais, el pirata despiadado” por Tim Travers (University of Calgary)

L’Olonnais, cuyo nombre real era Jean David Nau, fue conocido en el Caribe con el sobrenombre de “el hombre de Les Sables D’Olonne”, una localidad de la costa atlántica francesa que tenía grandes arenales. Quizá pudo haber sido pescador, o marinero, porque, indudablemente, conocía el mar. Llegó a América como engagé, un interesante tipo de servidumbre de la época, pero pronto consiguió convertirse en uno de los piratas más temidos de la zona, por la que navegó casi con total impunidad, llegando a organizar auténticos “ejércitos” capaces de asaltar ciudades. Mapa de Carlos de la Rocha.

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