El 17 de julio de 1936, a las 17.00 horas, se inició en el protectorado español en Marruecos el golpe de Estado que, en las jornadas posteriores, iba a extenderse a toda la Península. La intervención de los militares en política no era un fenómeno nuevo en el primer tercio del siglo XX aunque en esta ocasión iba a ser algo más que la simple asonada de un general de alto rango. Organizados desde hacía meses por la mano de hierro del general Mola, “el Director”, y bajo el mando del general Sanjurjo, los golpistas, en su mayoría militares y algunos de ellos antiguos defensores del propio sistema republicano, con la ayuda de diferentes fuerzas políticas de extrema derecha como los monárquicos alfonsinos, la Comunión Tradicionalista o la Falange, triunfaron en el norte bajo el mando de Mola y en Andalucía bajo el de Queipo de Llano, pero Goded fracasó en Barcelona. El país se deslizaba hacia la guerra civil.
Tricornios, sables y hemiciclos. El intervencionismo militar en política por Daniel Macías Fernández (Universidad de Cantabria)
España es un país en el que el recuerdo del papel del Ejército en la vida política está muy presente. Las casi cuatro décadas de dictadura del general Francisco Franco sirven de poderoso recordatorio. Sin embargo, ¿fue un episodio aislado en la historia contemporánea española? En el mismo sentido, cabe preguntarse si la famosa campaña propagandística franquista del Spain is different también se aplica a este tipo de intervenciones de la milicia en la vida pública. Se puede considerar el apoyo militar al retorno absolutista de Fernando VII como la primera muestra clara de pretorianismo. Este término se refería a la tendencia de un determinado Ejército a intervenir en la vida política de su país. Por decirlo de manera simple, era un militarismo con vocación interior. Se puede adelantar que la España contemporánea se va a caracterizar por ejércitos pretorianos. Riego, Pavía, Martínez Campos, Primo de Rivera, todos fueron ejemplos de esta tendencia, que llegó hasta finales del primer tercio del siglo XX.
La conspiración de Mola. Civiles y militares contra el Frente Popular por Roberto Muñoz Bolaños (Universidad Camilo José Cela, Universidad del Atlántico Medio)
El general que diseñó la sublevación de julio de 1936, con el pseudónimo de el Director, tenía una personalidad compleja y, en ciertos aspectos, ideal para la función que terminó desempeñando, pues, como afirmó Guillermo Cabanellas, hijo del general Miguel Cabanellas Ferrer: “dentro de lo opaco del generalato español, Mola se revela por su cultura y por su capacidad de organizar”, mientras que, para Juan Pablo Fusi, “era probablemente el hombre idóneo para todo ello. Su paso por la Dirección General de Seguridad en 1930-1931 le había familiarizado con el secretismo y los sistemas de trabajo –uso de confidentes y agentes secretos, espionaje, infiltración en organizaciones enemigas y similares– propios de los servicios de inteligencia y seguridad del Estado”. En su proyecto conspirativo, contenido en la célebre Instrucción Reservada n.º 1, emitida el 25 de abril, ya afirmó que “[…] se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado”.
“¡Que se lancen!” Las medidas del Gobierno contra la conspiración de 1936 por Eduardo González Calleja (Universidad Carlos III de Madrid)
Durante la primavera de 1936, los gobiernos del Frente Popular hubieron de afrontar el problema del deterioro del orden público, motivado por la confluencia de varios factores: la intensificación de la conflictividad sociolaboral, el incremento de la violencia política, la ineficacia y la creciente deslealtad de los resortes coactivos del Estado y la puesta en marcha de una vasta conjura militar crecientemente radicalizada en sus planteamientos técnicos y políticos. Las experiencias vividas con anterioridad desempeñaron un papel fundamental en la ejecutoria de los distintos actores: Manuel Azaña o Santiago Casares prefirieron esperar a que el golpe estallara para hacerlo fracasar, reaccionar con mayor dureza contra la derecha y consolidar la República, como se logró tras el pronunciamiento fracasado de agosto de 1932. Jaime Fernández Gil de Terradillos, delegado del Gobierno en Melilla, recuerda una reunión con Azaña cuando este era todavía presidente del Consejo, en la que, ante la agitación que iba apoderándose de los cuarteles, afirmó con arrogancia: “¡Eso es lo que queremos! ¡Que se lancen! El Gobierno está deseando que se echen a la calle para aplastarlos”.
El 17 a las 17. La sublevación en el norte de África por Alberto Guerrero Martín (Universidad Nebrija-Universidad Rey Juan Carlos)
En las primeras horas de la tarde del 17 de julio de 1936, en Melilla, un grupo de jefes y oficiales decidió anticiparse a los acontecimientos. La sublevación, prevista para las 17.00 horas, corría el riesgo inminente de ser descubierta, lo que obligó a precipitar su ejecución. De este modo, se ponía en marcha un golpe de Estado que, lejos de resolverse con rapidez, acabaría desembocando en una guerra civil. Resulta pertinente analizar las razones que condujeron a la elección de ese momento concreto. Como han señalado Francisco Alía Miranda y otros historiadores, la fecha del alzamiento militar se hallaba prácticamente fijada con anterioridad al asesinato del diputado José Calvo Sotelo, en consecuencia, su muerte no constituyó el factor desencadenante de la sublevación, ya que la conspiración se encontraba sólidamente estructurada antes de la misma. La selección del momento no fue en absoluto arbitraria, sino que, por el contrario, respondió a una cuidadosa valoración de distintas alternativas por parte de los conspiradores, quienes finalmente optaron por situar el levantamiento en la segunda quincena de julio, coincidiendo con el periodo vacacional. No obstante, pese al grado de planificación adoptado, su ejecución no se ajustó del todo a lo previsto.
La rebelión en Andalucía. Ocho provincias, una conspiración, seis sublevaciones por Joaquín Gil Honduvilla
La 2.ª División Orgánica, región militar republicana que dirigía a las unidades destacadas en las provincias andaluzas, estaba integrada por un cuartel general con sede en Sevilla, del que dependían la 3.ª Brigada de Infantería (Granada), la 4.ª Brigada de Infantería (Málaga), la 2.ª Brigada de Artillería (Sevilla) y el 2.º Batallón de Zapadores (Sevilla). A estas unidades principales había que incluir un conjunto importante de unidades y servicios, entre los que destacaban bases aéreas, fábricas de artillería y de pólvora, hospitales, centros de reclutamientos, gobiernos militares, etc. Al mando de toda esta estructura se encontraba el general José Fernández de Villa-Abrille Calivara, quien había asumido el mando en 1935 y que fue el general depuesto por el general Gonzalo Queipo de Llano cuando se produjo la sublevación militar que tuvo su inicio el 18 de julio de 1936. Desde ese día, este militar se convirtió en el mando superior del Ejército del Sur y, como señaló Manuel Barrios, en el virrey de Andalucía.
Mola toma el control del norte por Germán Ruiz Llano
En la mañana del 19 de julio de 1936, el general Emilio Mola, comandante militar de Navarra, proclamó el estado de guerra en Pamplona. De los triunfos o fracasos de la sublevación en las guarniciones de la 6.ª División Orgánica dependería buena parte del éxito del golpe de estado cuyos preparativos tan trabajosamente había liderado. Justo tres meses antes, el 19 de abril de 1936, Mola había sido elegido por un grupo de oficiales de las guarniciones de Burgos, Estella, Logroño, Bilbao, San Sebastián y Pamplona como jefe de la conspiración militar contra el Gobierno de la República. Uno de los principales problemas a los que se enfrentaba era la carencia de una tropa fiable, por lo que se hacía imperativo llegar a un acuerdo con la Comunión Tradicionalista (CT), la principal fuerza política navarra, para que lo apoyara con su milicia, el Requeté. Para ello, comenzó una serie de contactos y negociaciones, que no fructificaron debido a las exigencias políticas de Manuel Fal Conde –jefe delegado de la Comunión Tradicionalista–.
El fracaso de Goded. La sublevación en Barcelona y Levante por Luis Antonio Ruíz Casero
Barcelona ostentaba, a mediados de julio de 1936, el título de ciudad más poblada de España en una competencia cada vez más ajustada con Madrid. Una metrópoli abierta al Mediterráneo, industrial, llena de desigualdades, pero moderna y cosmopolita; y conocida por su combatividad obrera, en gran parte monopolizada por los anarcosindicalistas de la CNT -FAI. El Estatuto de autonomía catalán se había aprobado durante el primer bienio republicano, y en la ciudad se gozaba de unas cotas de autogobierno nunca vistas en los últimos doscientos años. Barcelona era también, desde el punto de vista de quienes conspiraban contra la Segunda República, una pieza clave. Era la cabecera de la 4.ª División Orgánica, que comprendía las cuatro provincias catalanas, contaba con una guarnición numerosa así como abundantes fuerzas de orden público –tres comandancias de la Guardia Civil, una de Carabineros y quince compañías de Seguridad y Asalto, además de los Mossos, numéricamente mucho menos relevantes– y dos bases de aviación. En la ciudad se situaban también los principales centros de poder civil de Cataluña, con la Presidencia de la Generalitat como elemento central.
Cuatro días de julio de 1936 por Ángel Bahamonde Magro (Universidad Carlos III de Madrid)
En el plan general del golpe de Estado, Franco debía tomar el mando del Ejército de África. Para ello se trasladó a Las Palmas, el 17 de julio, con el fin de asistir al entierro del general Balmes, muerto en extrañas circunstancias. Según la investigación dirigida por Ángel Viñas, habría sido asesinado por órdenes de Franco ante su postura vacilante con respecto al golpe. Una vez en la isla se trasladó al aeródromo de Gando, donde tomó el avión Dragon Rapide –contratado en Londres con dinero de Juan March, principal financiador del golpe de Estado–, con destino a Marruecos aunque, siempre precavido, esperó en Casablanca a que el protectorado español quedara plenamente dominado por los sublevados, a sangre y fuego. Antes de partir, había dejado resuelto el alzamiento en las islas Canarias a pesar de la oposición de los militantes frentepopulistas y sindicalistas, que habían conseguido un óptimo desarrollo desde 1931, confirmado por el triunfo de las candidaturas del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.







