Thomas Jonathan “Stonewall” Jackson

Thomas Jonathan “Stonewall” Jackson (1824-1863), fotografiado en noviembre de 1862 por Nathaniel Routzahn. Uno de los generales más famosos del Sur y mano derecha de Lee durante las campañas de 1862 y 1863 hasta su temprana muerte en la batalla de Chancellorsville, elevado a los altares por los memorialistas y por los historiadores durante décadas, los trabajos más recientes han conseguido hacerlo más humano. Fuente: Wikimedia Commons.

El 2 de junio de 1877, el Weekly Times de Filadelfia publicó un artículo titulado “El descontento de Stonewall Jackson”, redactado y firmado por el “coronel” –del extinto Ejército Provisional Confederado– Alexander R. Boteler. [1] Se trata de una pieza que se centra en la poco conocida expedición de Romney, efectuada por el Ejército del Valle de Shenandoah, bajo las órdenes del general Jackson, durante las primeras semanas de enero de 1862. A fecha de hoy, la historiografía es prácticamente unánime en calificar dicha operación como un rotundo fracaso, tanto por el sufrimiento que supuso para hombres y bestias el avance hasta el objetivo en medio de un tiempo helado, como por la nula importancia final de la captura del mismo, pues se volvió a perder de inmediato. Y es aquí, precisamente, donde el texto de Boteler adquiere cierta relevancia, pues este achacó la pérdida de la posición a los manejos políticos de una serie de oficiales de alto rango, blanqueando completamente a Jackson, quien en 1862 estaba a punto de iniciar su carrera hacia el estrellato y que, en 1877, se había convertido en un héroe para los promotores del llamado “Mito de la Causa Perdida”.

El objetivo del presente texto es ofrecer una versión traducida y comentada de dicho artículo. Para ello haremos primero unas breves semblanzas del autor y del protagonista, así como del ya citado “Mito de la Causa Perdida”, una corriente narrativa que bajo la pretensión de transmitir la verdad de la guerra a las generaciones futuras lo que hizo en realidad fue divulgar y popularizar –incluso hasta nuestros días– una visión subjetiva de la misma desde la óptica del sur. A continuación, ofreceremos el texto original traducido en párrafos sangrados, entre los que insertaremos, en un formato más ancho, los comentarios pertinentes que aclaren las circunstancias a las que se refería el autor en el original, o que desmientan algunas de sus afirmaciones a la luz de textos más recientes sobre los mismos acontecimientos. Terminaremos con una conclusión sobre los motivos del “descontento” del general Thomas J. “Stonewall” Jackson y su pertinencia e importancia en el Ejército confederado de entonces.

1. El articulista

Alexander R. Boteler

Alexander R. Boteler (1815-1892). Autor del artículo, político y miembro del Estado Mayor del general Jackson. Fuente: Wikimedia Commons.

Político, militar y escritor del artículo que se analiza, Alexander R. Boteler era miembro del Congreso de los Estados Unidos, elegido por Virginia, cuando dicho estado se separó de la Unión para integrarse en la Confederación en abril de 1861. No era, a priori, un secesionista, y se había manifestado a favor de mantener el país unido en varias ocasiones, incluso después de la crisis provocada por la elección de Abraham Lincoln (1809-1865) como decimosexto presidente en noviembre de 1860. Sin embargo, y como muchos otros, abandonó su cargo para servir en su estado natal, Virginia, cuando este se separó, obteniendo un escaño en el nuevo Congreso Provisional Confederado como representante del valle del Shenandoah.

Para hacernos una idea de la importancia de Boteler, es necesario indicar que esta región, orientada de nordeste a sudoeste siguiendo el cauce de los dos ramales del río Shenandoah y tradicionalmente conectada con el Norte comercial y socialmente, tenía una excelente red de comunicaciones y era extraordinariamente rica. En 1860, el valle produjo el 18,6 % del trigo, el 27,5 % del centeno y el 19,8 % del heno de Virginia, y su cabaña ganadera incluía el 14,3 % de los caballos, el 10,3 % de los cerdos y el 10,6 % del ganado vacuno para carne del Estado.[2] Finalmente, es necesario mencionar la importancia militar que tenía para la Confederación, ya que era un puñal que apuntaba hacia el norte en caso de que esta deseara iniciar una invasión[3] y una amenaza para el flanco de cualquier ejército federal que quisiera dirigirse hacia Richmond.

En cuanto a su carácter, uno de los biógrafos más recientes de Jackson, S. C. Gwynne, dice que fue un hombre «genial, persistente y carismático. Boteler actuó como enlace entre los ejércitos confederados sobre el terreno y Richmond, la capital. Se movía fácilmente entre ambos mundos, ya que formaba parte de ellos. Se encargó de la obtención de suministros militares y municiones, de la devastación de la guerra en las localidades de su distrito e incluso de los movimientos de los ejércitos de la Unión. Se convirtió en una especie de oficial de relaciones públicas de tiempos de guerra y en correo, un enlace entre los generales [tras la muerte de Jackson sirvió con J. E. B. Stuart] y los políticos”.[4] Hasta la muerte del general “Boteler fue, de facto, miembro a tiempo parcial del Estado Mayor de Jackson. Había sido su observador político en Richmond desde el principio de la guerra y fue su relaciones públicas, correo, hombre para todo, lobista y confidente político. Casi todas las gestiones que llevó a cabo ante el Gobierno confederado fueron para él, incluyendo varias apelaciones directas al legislativo. De hecho, fue instrumental a la hora de que Jackson recibiera su mando [en el valle de Shenandoah]».[5]

Después de presionar para que pusieran a Jackson al frente del Distrito del Valle, se dedicó a obtener suministros militares para las escasas fuerzas desplegadas en el Shenandoah. Buen ejemplo de ello lo tenemos en Memoirs of Stonewall Jackson, la biografía redactada y editada por Mary Anna Jackson, viuda del general, de la que extractamos algunas cartas del protagonista. El 10 de noviembre, poco más de una semana después de que este tomara el mando, escribió: “El coronel Boteler me telegrafía desde Richmond para decirme que se han hecho los arreglos necesarios para suministrar mantas a mi fuerza. Ayer, en Winchester, se distribuyeron 1750”. Del día siguiente: “El coronel Boteler merece toda la gratitud del país por todo lo que ha hecho por vestir a nuestros hombres”. Finalmente, del 17 de noviembre: “Me preocupa de nuevo la vestimenta, sobre todo zapatos y mantas, más de lo que esperaba. Por lo que he sabido, el coronel Boteler está haciendo mucho y ha contribuido enormemente al confort de nuestros hombres”.[6]

Con el tiempo ambos se harían amigos. Como veremos más adelante, en su artículo Boteler afirma que durante su servicio junto a Jackson llegó a compartir tienda con él, hecho que confirma una de las anécdotas narradas por su viuda: “Al final de esta memorable jornada [13 de diciembre de 1862, día del asalto federal en Fredericksburg], el general Jackson se dirigió a su tienda, donde se encontró con el coronel Boteler, quien era su mano derecha a la hora de llevar despachos al Gobierno y cooperaba con él en todos los sentidos. Invitó al coronel a compartir su camastro, mientras que él permanecía sentado un rato más, escribiendo y mandando misivas. Al final, el cansancio le obligó a echarse sin desvestirse y, después de dormir profundamente durante dos o tres horas, se levantó, encendió su vela y siguió escribiendo. Mirando a su alrededor, descubrió que la luz de su candela iluminaba directamente la cara de su amigo, que creía que seguía durmiendo, y con la consideración de una mujer colocó un libro sobre su mesa, delante de la llama para proteger el rostro de la luz y no interrumpir su descanso”.

Casi arruinado tras la guerra, Boteler llegaría a recomponerse y a volver a obtener relevancia pública, presentándose en dos ocasiones, sin éxito, en las elecciones al congreso como candidato independiente.

2. El protagonista

Huérfano a edad temprana, criado por su tío en las montañas de Virginia Occidental, Jackson ingresó en West Point de milagro y apenas preparado, pero demostró su tesón esforzándose para ir ganando puestos en el ranking de estudiantes hasta licenciarse. Combatió con heroísmo en la Guerra de México (1846-1848), donde llamó la atención de sus superiores y empezó su camino religioso hasta convertirse en un ferviente presbiteriano. Tras la guerra sirvió en Nueva York y en Florida. En este segundo destino su carácter normativista e intransigente provocó un grave conflicto con su superior, que no fue a más porque decidió renunciar a su puesto para servir como profesor en el Instituto Militar de Virginia. Durante los diez años en que se dedicó a la docencia, su asignatura –Filosofía Natural (física, química, astronomía…)– fue una de las más duras a las que tuvieron que enfrentarse los estudiantes. Era un mal profesor, que tendía a repetir sus lecciones una y otra vez y era incapaz de innovar a la hora de explicar las teorías que sus alumnos no conseguían comprender; aunque resultó excelente como instructor de prácticas de artillería. Durante estos años también se convirtió en uno de los personajes más importantes de Lexington, localidad donde se hallaba el instituto, y en un hombre de negocios de cierto éxito, su religiosidad creció exponencialmente, organizó una escuela dominical para la gente de color y desarrolló su fama de excéntrico en muchos aspectos. Aquejado por problemas de salud durante casi toda su vida –sufría de la vista y del estómago–, fue un ferviente defensor de los tratamientos hidroterapéuticos, aunque al final la cura para todas ellas fue la guerra, lo que lleva a pensar que sus dolencias pudieron tener un importante componente psicológico. Thomas J. Jackson se casó dos veces. Su primera mujer murió al dar a luz a su primera hija, que también falleció, mientras que la segunda, Mary Anna Jackson, le sobreviviría 52 años.

Cuando estalló la guerra, Jackson se unió de inmediato a las fuerzas confederadas, desplazándose a Richmond con los cadetes del Instituto Militar de Virginia y dedicándose a instruir a las tropas hasta que se le envió a Harper’s Ferry –en el extremo norte del valle de Shenandoah–, donde organizó la que sería conocida como Brigada Stonewall. Unidad y comandante se ganaron dicho sobrenombre durante la primera batalla de Manassas –16 de julio de 1861, Bull Run para los nordistas–, cuando detuvieron al enemigo en Henry Hill, aguantando como un “muro de piedra”, según se cree que dijo el general Barnard Bee a sus tropas que se retiraban, y salvando toda el ala izquierda del Ejército confederado, que así pudo ganar la batalla. Ascendido a general de división y enviado de vuelta al valle para defenderlo, Jackson, oficial sumamente agresivo, empezó a planificar sus campañas.

3. Una narrativa bajo sospecha

Jubal Early general Confederación

Jubal Early (1816-1894). Político, plantador y militar, abrazó la causa de la secesión desde el primer momento y fue uno de los principales impulsores del Mito de la Causa Perdida por medio de sus escritos. Durante la guerra combatió bajos las órdenes de Jackson en las batallas de Cedar Mountain –9 de agosto de 1862–, segunda de Manassas –29-30 de agosto de 1862–, Antietam –17 de septiembre de 1862– y Fredericksburg –11-15 de diciembre de 1862–. Fuente: Library of Congress.

El presente artículo, escrito en 1878, está totalmente influido por lo que se ha denominado el Mito de la Causa Perdida. Esta versión de los acontecimientos, iniciada por el general Jubal Early y divulgada en gran medida gracias a la Southern Historical Society, trató de justificar la Guerra de Secesión y la derrota del sur en base a una serie de afirmaciones clave que cambiaron completamente la percepción de los acontecimientos históricos tanto en el Norte como en el Sur. Entre los argumentos propuestos por esta corriente figuraban ideas como que la esclavitud nunca había tenido que ver con la guerra, que esta estaba perdida desde el principio y que en realidad fue un intento justo e inevitable de recuperar los derechos de los estados, que el Gobierno de Washington pretendía eliminar. Sentadas estas bases, no fue difícil idealizar al combatiente confederado como una figura heroica y valiente, y santificar a sus jefes, un proceso de canonización que alcanzó su punto culminante en las figuras de Jackson y Robert E. Lee (1807-1870), ambos fallecidos para cuando esta corriente alcanzó su máximo apogeo y, en consecuencia, figuras perfectamente mitificables gracias a su incapacidad para discutir la versión idealizada de ellos impulsada por estos cronistas.[7]

4. La presentación de héroe

Stonewall Jackson en Bull Run

Stonewall Jackson en Bull Run, 17 de agosto de 1861, por H. A. Ogden. La fecha indicada en el título es errónea pues este choque, conocido también como de Manassas, se libró el 21 de julio de 1861. Fue la primera acción bélica que protagonizó, demostrando ser un oficial firme y competente, a la vez que bastante excéntrico. Con la absoluta creencia de que la providencia ya había decidido el momento de su muerte y de que esta era inevitable, se expuso al peligro sin preocupación, inspirando a sus soldados. Fuente: Library of Congress.

Antes de seguir adelante es conveniente recalcar dos cosas: que habiendo sido confidente de Jackson y servido en su Estado Mayor, Boteler fue un testigo excepcional de los hechos; pero también que ávidamente leído y escuchado por la sociedad de su época, tanto en el Norte como en el Sur, le resultó fácil y conveniente unirse a la corriente narrativa de la Causa Perdida, tratando de poner a su personaje bajo la luz más favorable posible, soslayando cualquier crítica a sus errores y a la parte más oscura de su carácter y ensalzando, de paso, su propia importancia en los acontecimientos narrados.

Así se puede apreciar en las primeras líneas del artículo que analizaremos en el presente estudio.

«Entre los líderes confederados de la pasada Guerra Civil, ninguno, salvo tal vez el sin igual y muy lamentado [Robert E.] Lee, es recordado a lo largo y a lo ancho del Sur con tanto afecto como Stonewall Jackson. Si tenemos en cuenta con cuanta generosidad se entregó a la causa que eligió, con cuanto éxito la defendió, la calma con la que se enfrentó al peligro, la resolución con la que superó las dificultades, la constancia con la que sostuvo sus valores cristianos y hasta qué punto estuvo por encima de las flaquezas ordinarias de la humanidad, resultaría muy extraño que no fuera así. No sorprende en absoluto que la gente con la que vivió y por la que murió conserve su recuerdo en sus mismísimos corazones».

Las campañas de Jackson durante la Guerra de Secesión son de sobra conocidas, pero merece la pena hacer una breve referencia a las mismas. Tras su brillante actuación en la primera batalla de Manassas fue enviado al valle del Shenandoah donde, entre enero de 1861 y junio de 1862, actuó de modo prácticamente independiente. Su primera campaña en esta región, contra Bath y Romney (enero de 1862), fue un fracaso rotundo, pero la posterior a lo largo del río Shenandoah (marzo-junio de 1862) aún se estudia hoy en día como modelo de cómo obligar al contrario a empeñar fuerzas numerosas en un teatro de operaciones secundario y derrotarlo gracias a la rapidez de movimientos. Tras abandonar el valle y unirse a las tropas del general Lee, Jackson actuó muy pobremente en la campaña de los Siete Días (junio de 1862). Aunque la cuestión está sometida a debate, es muy posible que, simplemente, estuviera agotado. Cuando Lee decidió organizar el Ejército de Virginia del Norte en dos grandes cuerpos, puso uno de ellos bajo el mando de nuestro protagonista quien, al frente del mismo, ejecutó la exitosa maniobra que fijó a las tropas de la Unión en la segunda batalla de Manassas (29-30 de agosto de 1862), tras lo cual, otra vez gracias a la rapidez de movimientos que imponía a sus hombres, tuvo una actuación destacada en la batalla de Sharpsburg (Antietam, 17 de septiembre de 1862). Durante el invierno siguiente dirigió el ala derecha confederada en la batalla de Fredericksburg (11-15 de diciembre de 1862) y, unos meses después, a primeros de mayo, ejecutó la maniobra de flanqueo que puso en fuga el ala derecha del Ejército del Potomac en la batalla de Chancellorsville, justo antes de ser herido y contraer la neumonía que acabaría con su vida el 10 de mayo de 1863.

«Sin embargo, mi intención no es hacer un panegírico de Stonewall Jackson. Actualmente, resulta innecesario ya que su nombre, conocido por todos, está entre los que “son historia y están consagrados por sí mismos”. El objetivo de este artículo es, tan solo, dejar claros los acontecimientos relacionados con la renuncia a su puesto en el Ejército que presentó durante el primer invierno de la guerra».

En contra de su intención de no hacer un panegírico del personaje, en las líneas siguientes vemos cómo Alexander Boteler nos presenta al protagonista de la historia, destacando sobre todo su humildad, demostrada por su actitud ante el ascenso y la misión recibida.

«Tras la batalla de Manassas del 21 de julio de 1861, en la que tanto Jackson como su famosa brigada recibieron, en pleno bautismo de fuego, su significativo sobrenombre de “Stonewall”, se mantuvo en funciones como miembro del Ejército provisional hasta el mes de noviembre siguiente cuando, tras haber sido ascendido, previamente, al rango de general [de división], fue puesto al mando del Distrito del Valle. Se trataba de un mando militar apartado [en aquella época, la distancia entorpecía mucho las comunicaciones de modo que, aunque bajo el mando nominal del general Joseph E. Johnston, podía, como hizo, actuar casi a su antojo] que se extendía desde la cresta de los montes Allegheny y por la orilla derecha del río Potomac[8] hasta su confluencia con el río Shenandoah en Harper’s Ferry. Aunque estaba bajo la supervisión del general Joseph E. Johnston[9], comandante en jefe de las fuerzas confederadas a ambos lados de la cordillera Blue Ridge, era, a todos los efectos, un sector independiente. A fin de ilustrar cómo se sintió al recibir el nombramiento, un clérigo amigo suyo que resultó estar con él en su tienda dijo que, tras pasarle la orden para que la leyera le dijo, con su franqueza y su simplicidad habituales, que “un grado de confianza pública y respeto tan alto como para darme el poder de defender mi país debe ser aceptado y apreciado, pero, aparte de eso, los ascensos son una tentación y un problema. Si esta comunicación no hubiera sido una orden, la habría rechazado de inmediato y seguido al mando de mi vieja brigada”».

La anécdota narrada en las líneas anteriores tuvo lugar el 23 de octubre, día en que Jackson recibió la orden, que había sido firmada dos días antes. El clérigo en cuestión era el reverendo, doctor, William S. White, de la iglesia presbiteriana de Lexington, de la que Jackson había sido feligrés en tiempos de paz y con quien había discutido a menudo sobre cuestiones de teología. También se encontraba con ellos Francis McFarland, otro clérigo. En estas líneas, Boteler trata de poner de manifiesto la humildad de Jackson ante los ascensos, pero la realidad fue un tanto diferente.

El 7 de octubre de 1861, el Gobierno confederado decidió nombrar cuatro generales de división para poder agrupar las trece brigadas que tenía el Ejército del Potomac (confederado). Los elegidos fueron Earl Van Dorn (1820-1863), Gustavus W. Smith (1821-1896), James Longstreet (1821-1904) y el propio Jackson, quien se mostró en desacuerdo con esta medida, pero no porque fuera “una tentación y un problema”, sino porque su nuevo rango en el Ejército Provisional de los Estados Confederados era el mismo que el de los otros tres. Por ello escribió directamente al secretario de Guerra Judah P. Benjamin (1811-1884) recalcando que él era el oficial con más antigüedad de los cuatro y que quería un rango en el Ejército [regular] confederado. Para contentarlo, se le nombró comandante de artillería en el mismo, una posición que habría tenido relevancia tras la guerra si la secesión hubiera triunfado, pero que en aquel momento no era de ninguna utilidad.[10] Por otro lado, no todo el mundo estaba de acuerdo con que se le promocionara, pues no estaban seguros de si valdría para enfrentarse a nuevas responsabilidades. “Entre sus compañeros generales –indica Peter Cozzens– algunos pensaron que sería mejor que declinara. No había duda de que había demostrado su temple como jefe de una brigada, pero ¿sería capaz de hacerlo igual de bien dirigiendo una fuerza mayor? Uno de los escépticos, de alto rango, afirmó: ‘Me temo que el Gobierno está intercambiando nuestro mejor jefe de brigada por un general de división de segunda o tercera clase’”.[11]

«El 4 de noviembre escribió a su mujer: “He recibido la orden de desplazarme a Winchester. Creo en Dios para la defensa de la región. Me costará mucho trabajo conseguirlo, pero el buen padre celestial, con sus bendiciones, me permitirá, junto con otros instrumentos suyos, llevarla a buen puerto. Espero que sientas más gratitud para con Dios que orgullo o júbilo por mi ascenso. Sigue rezando por mí, para que pueda vivir glorificando a Dios más y más, y sirviéndoles a él y a mi país”».

Quedándose con lo esencial, Boteler parece introducir algunos cambios, tal vez porque escribe de memoria. La carta real de Jackson, al menos según la transcribió su esposa en 1892, catorce años después de que se escribiera el artículo, rezaba de la siguiente manera: “Esta mañana he recibido órdenes de trasladarme a Winchester. Se me ha asignado el mando del distrito militar de la frontera norte, entre los montes Blue Ridge y los Allegheny, y espero tener a mi palomita conmigo este invierno.[12] ¿Qué te parece la idea? Creo que podré mandar a buscarte después de haberme instalado. No espero dormir mucho, pues deseo viajar durante toda la noche, si es necesario, a fin de llegar a Winchester antes del amanecer de mañana [arribó a su destino en torno a la media noche]. Creo en Dios para la defensa de la región. Me costará mucho trabajo conseguirlo, pero, con las bendiciones del buen padre celestial, espero que me permita llevarlo a buen puerto. El coronel Preston y Sandy Pendleton [dos de sus edecanes] vienen conmigo”.[13] Hay dos diferencias fundamentales entre ambas misivas. En la de Boteler, Jackson instruye a su mujer para que sienta más gratitud para con Dios que orgullo, volviendo al leitmotiv de la humildad de Jackson, mientras que omite por completo la invitación a que esta venga a reunirse con él para el invierno. ¿Tal vez porque lo hace demasiado humano?

5. El ejército del Valle

Joven con el uniforme de la milicia de Virginia

Un joven con el uniforme de la milicia de Virginia. Formada por voluntarios en tiempos de paz, esta fuerza fue de escasa utilidad, porque los mejores elementos se habían incorporado voluntariamente al Ejército Provisional confederado y los que quedaban estaban muy poco motivados para combatir. Fuente: Alamy.es 

«Cuando llegó a Winchester, donde estableció su Cuartel General, las únicas tropas que encontró en el Valle fueron tres brigadas fragmentarias de milicia local comandadas por los generales de brigada Meem, Carson y Boggs, unas pocas compañías de caballería mal armada dirigidas por el heroico [Turner] Ashby y la batería de Chew, con sus famosos pequeños cañones Blakely que tan mortíferos iban a resultar en las campañas por venir».

Resulta difícil establecer las cifras y unidades disponibles en el valle a la llegada de Jackson. Según Peter Cozzens, las brigadas de James H. Carson, Gilbert S. Meem y James Boggs sumaban 1461 hombres y 225 jinetes, un total de 1686 hombres de los que menos de 500 se hallaban en Winchester y el resto dispersos por la región, a los que hay que añadir 485 jinetes bajo el mando del coronel Angus McDonald.[14] Por su parte, Dan Fullerton, quien ha estudiado a fondo la organización de los ejércitos confederados, indica que el 30 de septiembre había en el valle 2800 infantes agrupados en la 3.ª División de Milicia de Virginia (Carson), que se dividía en dos brigadas, la 7.ª de Meem y la 8.ª del propio Carson, sin decir nada de Boggs; y 1500 jinetes bajo el mando del coronel Angus McDonald, integrados en el 7.º de Caballería de Virginia.[15] Como los mejores soldados se habían unido voluntariamente al Ejército Provisional confederado, los efectivos y la calidad de las milicias estaban bastante por debajo de lo normal. Finalmente, merece la pena mencionar brevemente la batería montada de Robert Preston Chew, un joven de 18 años que había sido alumno de Jackson en el Instituto Militar de Virginia, que estaba formada por 33 voluntarios y disponía de tres piezas, un cañón Blakely de largo alcance, otro de ánima rayada de 3 pulgadas (76 mm) fundido en la acerería Tredegar de Richmond y un obús de 12 libras de corto alcance.[16]

En lo que a la calidad de estas tropas se refiere, la milicia era una fuerza puramente local, que en general estaba mal armada y motivada y cuyos hombres se preocupaban más de recoger la siguiente cosecha y defender sus hogares de las patrullas de la Unión que de ir a hacer la guerra. Aunque nada más llegar al valle Jackson hizo un llamamiento que haría ascender los efectivos de las tres brigadas de milicia hasta los tres mil hombres, su utilidad siguió siendo mínima. Al final, el 29 de marzo de 1862 John Letcher (1813-1884), gobernador de Virginia, disolvió este cuerpo y ordenó que los hombres que lo componían fueran integrados en las unidades de voluntarios del Ejército Provisional confederado. Mejor equipada, belicosa y arrojada, la caballería de Turner Ashby adoleció, por su parte, de importantes carencias en organización y disciplina, lo que la convertiría en una fuerza muy eficaz pero poco fiable.

«Consciente de la importancia del tiempo y de la actividad a la hora de prepararse para las emergencias de la guerra, [Jackson] tomó medidas de inmediato para incrementar su fuerza efectiva. Tuvo tanto éxito en ello que antes de diciembre sus esqueléticos regimientos de milicianos fueron completados hasta llegar a un total de tres mil mosquetes, y se le había unido su vieja y valiente Brigada Stonewall, formada por el 2.º, 5.º, 27.º y 33.er regimientos de Virginia».

Tras la emotiva despedida de sus hombres protagonizada por Jackson el 4 de noviembre justo antes de partir a Winchester, la llegada de la Brigada Stonewall al valle fue un anticlímax de insubordinación y caos. Muchos de los soldados se emborracharon durante el camino y, una vez acampados cerca de Winchester, se saltaron la prohibición de entrar en la ciudad con diversos subterfugios, desobedeciendo órdenes directas de su comandante en jefe y dejando en ridículo a la milicia. Por entonces la brigada estaba formada por cinco regimientos, no cuatro como se indica en el artículo –donde falta el 4.º de Virginia–. Finalmente, cabe citar la creación, en este periodo, de la Batería de Carpenter, bajo el mando del capitán Joseph Carpenter, creada con soldados de la Compañía A del 27.º Regimiento de Virginia y equipada con cuatro pequeñas piezas de ánima lisa de seis pulgadas que, según Cozzens, llegaron al valle –junto con 1550 mosquetes de percusión– gracias a las gestiones de Boteler, que en esta ocasión omite atribuirse un mérito bien merecido.[17]

«Poco después se le unió, procedente del Ejército de Virginia Occidental, la brigada comandada por el coronel William B. Taliaferro, compuesta por el 1.er Regimiento de Georgia, el 3.º de Arkansas y el 23.er y el 37.º de Virginia. Así, cuando para Navidad llegó [William W.] Loring seguido por las brigadas del coronel William Gilham y el general de brigada S. R. Anderson, las últimas y las más grandes, pero en ningún modo los mejores refuerzos que recibió, su ejército al completo ascendía a 10 000 hombres listos para el servicio».

En diciembre de 1861 se incorporó a la fuerza de Jackson casi todo el Ejército del Noroeste –identificado por Boteler como de Virginia Occidental, su lugar de origen–, del general de Brigada William W. Loring. Esta fuerza, que disponía de 7566 efectivos repartidos en las tres brigadas de Taliaferro, Gilham y Anderson, se integró en el Distrito del Valle, aunque mantendría su nombre propio y su organización específica durante un tiempo.  Con esta incorporación, las fuerzas del Distrito del Valle, organizadas en cinco brigadas –1.ª, Stonewall o de Garnett; de la Milicia de Carson; 2.ª de Anderson; 4.ª de Gilham y 5.ª De Taliaferro–, artillería varia y caballería, alcanzaron los 12 922 efectivos.[18]

Según fue concentrando sus tropas, Jackson, declarado partidario de la ofensiva –e incluso de llevar a cabo una guerra total–, empezó a pensar en la ejecución de operaciones que sirvieran al doble propósito de ocupar tropas de la Unión a fin de que no fueran enviadas a otros escenarios y controlar la mayor parte del noroeste de Virginia.

6. La marcha del frío

Tropas confederadas caminando sobre la nieve. Para los soldados, fue una marcha espantosa. Era muy triste “escuchar el coro de toses que se alzaba sobre las líneas de aquellos pobres muchachos”, escribió un artillero, y a menudo los hombres tuvieron que mantenerse en pie “helándose y maldiciendo las causas del retraso”. Con poco que comer, ateridos y cansados “dos batallas no nos habrían hecho tanto daño como la dureza del clima y la intemperie”.

«Si hubiera recibido estas fuerzas en un momento anterior de la temporada, más propicio para las operaciones de campo, y unas pocas tropas adicionales, malgastadas en el campamento cerca de Manassas, habría podido ejecutar sus planes de campaña de otoño en el noroeste de Virginia siguiendo el eje de la carretera de Peaje de Parkersburg y el ferrocarril Baltimore & Ohio, con el Valle como base de suministros, y nunca se habría abandonado esa parte de Virginia sin una lucha desesperada que, si bien tal vez no habría servido para asegurar los objetivos principales, al menos habría permitido establecer el límite oriental del estado de Virginia Occidental en las crestas de los montes Allegheny. Sin embargo, estando las cosas como estaban es inútil especular sobre las probabilidades de las importantes acciones que deseaba llevar a cabo. Los medios para ello le fueron retenidos cuando mejor le hubieran servido y, ahora que tenía una parte bajo su control, todo lo que le quedaba era prepararlos para ejecutar algo de su plan original liberando los condados adyacentes de las fuerzas federales, que se habían cebado en sus desprotegidos habitantes hasta un punto deplorable».

Boteler se lamenta aquí por la secesión y pérdida para la Confederación del estado de Virginia Occidental, cuya existencia comenzó poco después de aprobarse la ordenanza de secesión de Virginia en 1861 gracias al nombramiento de un nuevo gobernador para la zona: Francis H. Pierpoint. Tras dos convenciones en la localidad de Wheelin, los condados de la región montañosa noroccidental del Viejo Dominio se separaron del resto y, gracias a la protección de las tropas federales, empezaron a crear un Gobierno independiente. Finalmente, el 20 de junio de 1863 –poco más de un mes después de la muerte de Jackson, que se había criado en la región– el presidente Abraham Lincoln emitió una proclamación en la que admitía el nuevo estado, que sigue existiendo hoy en día, en la Unión. Por supuesto, los abusos de las tropas federales que, según el artículo “se cebaron hasta un punto deplorable con sus desprotegidos habitantes”, son inciertos. Lo que es seguro es que hubo una intensa lucha propagandística por la región, en la que los confederados afirmaron una y otra vez, incluso terminada la guerra, que los habitantes habían sido maltratados y obligados a separarse, mientras que los unionistas hicieron todo lo posible por mantener la fidelidad de la población. Un buen ejemplo de esto último fue el trato, exquisito, que dio el general de brigada Benjamin F. Kelley a los vecinos de Romney durante la ocupación previa a la llegada de las tropas confederadas, precisamente con la intención de ganarlos para la causa del norte.

«En consecuencia, el 1 de enero de 1862, después de dejar descansar unos días a su vieja brigada, que acababa de regresar de una exitosa expedición a la Presa N.º 5 del Canal Chesapeake & Ohio, que destruyó, abandonó Winchester con una fuerza de unos 8500 hombres, incluyendo cinco baterías de artillería y unas pocas compañías de caballería, y tomó la carretera de Romney, que está a unos 55 km de Winchester y que por aquel entonces estaba ocupado por alrededor de 6000 tropas federales bajo el mando de Kelley. Tras progresar una corta distancia en esa dirección, giró hacia la derecha y recorrió el condado de Morgan para llegar a su objetivo, que era la localidad de Bath, mejor conocida como Berkeley Springs, a 55 km al norte de Winchester, que también estaba ocupada por el enemigo. El 5.º Regimiento de Connecticut era parte de la fuerza allí situada».

Antes de entrar a narrar algunos de los detalles de la campaña a Bath y a Romney es necesario puntualizar que el éxito de la expedición a la presa N.º 5 del canal Chesapeake & Ohio es bastante dudoso. En realidad, las tropas de Jackson consiguieron abrir una brecha en una de las presas que contenían el agua para las esclusas, pero el daño causado era fácil de reparar y así lo hicieron los unionistas en cuanto los confederados se hubieron retirado. A efectos prácticos, no fue la destrucción del canal por iniciativa de Jackson lo que detuvo el tráfico aquel invierno, sino el frío, cuando las bajas temperaturas helaron la superficie, impidiendo la navegación de las barcazas hasta la primavera siguiente.

También merece la pena mencionar que la guarnición de Bath estaba compuesta por dos cañones del 4.º de Artillería de los Estados Unidos y tres compañías –D, K e I– del 39.º de Illinois; el 5.º de Connecticut, si bien estaba en la región, se hallaba desplegado más al este. El resto de las compañías de esta unidad estaban distribuidas por el cauce del Potomac y tan solo había dos regimientos más lo suficientemente cerca como para apoyar a la guarnición: el 13.º de Massachusetts y el 84.º de Pensilvania.

«El día comenzó siendo brillante y hermoso, con un tiempo tan inusualmente templado que muchos de los hombres, con la imprudencia de la juventud y desobedeciendo las órdenes, dejaron sus abrigos e incluso sus mantas para que fueran trasladadas en los carros del tren, que los seguirían y con los que esperaban reunirse antes de que dichas prendas, tan esenciales para su confort, fueran necesarias. Sin embargo, los carromatos, que tuvieron que moverse por caminos poco frecuentados para esconder sus desplazamientos, fueron retrasados por la dureza de la ruta y, desafortunadamente, esa noche no llegaron hasta las tropas que, en consecuencia, tuvieron que vivaquear sobre el suelo desnudo, sin sus coberturas habituales y sin nada de comer.

Entretanto, el tiempo había cambiado a peor y, cuando se reanudó la marcha a la mañana siguiente, soplaba un viento helado del noroeste que pronto vino acompañado por una furiosa tormenta de nieve y granizo, que cubrió los caminos de hielo y dificultó todavía más la llegada de las carretas hasta el ejército. No lo harían hasta la mañana del tercer día después de partir de Winchester. Las inclemencias del tiempo siguieron, cada vez más severas según pasaban los días, y los sufrimientos de la tropa fueron terribles».

En este caso Boteler no exagera. El brusco empeoramiento del clima que tuvo lugar el 1 de enero de 1862 parece ser una característica de la región, que los soldados que vivían en la zona conocían, pero no sus compañeros de otros estados más meridionales y calurosos y menos acostumbrados al frío. A lo largo de la jornada la temperatura pasó de los 16 º de primera hora a -17 º al anochecer y el camino a Bath se convirtió en un infierno gélido para los combatientes, obligados a caminar sobre nieve helada, bajo una ventisca cortante y con temperaturas muy por debajo de cero. En un ejército de reclutas esto ya habría sido devastador para la moral, pero en un ejército de voluntarios había que contar con el efecto añadido de que aquellos hombres habían llegado allí libremente y les resultaba difícil entender por qué tenían que aguantar que los sacaran de sus campamentos para ejecutar una campaña en pleno invierno.

7. Conatos de rebelión

william wing Loring

William W. Loring (1818-1886), comandante en jefe del Ejército del Noroeste. Militar de carrera, había permanecido en servicio tras la Guerra de México, a pesar de haber perdido un brazo durante la misma. Tras el incidente con Jackson combatió en torno a Vicksburg y en las primeras batallas de la campaña de Atlanta. Tras la guerra, serviría durante nueve años en el Ejército del jedive de Egipto antes de volver a los Estados Unidos.

«Muchos hombres empezaron a murmurar y algunos desertaron. La desafección imperante fue mucho más evidente entre los hombres de Loring, las quejas indignas de un militar y las conductas insubordinadas se vieron animadas más que contenidas por algunos de sus propios oficiales, que no dudaron a la hora de criticar a Jackson abiertamente y de modo desmesurado, diciendo que era un loco por haberlos metido en las montañas en aquel momento del año y por tenerlos a la intemperie con un tiempo semejante. Dijeron que la expedición era temeraria y poco razonable y profetizaron que el resultado sería un fracaso inevitable».

En este párrafo Boteler plantea una distinción que acompañará al lector a lo largo de todo el artículo. Por un lado, los hombres de Loring, desafectos, malos combatientes, dirigidos por oficiales que los animan a insubordinarse, y por otro el resto del ejército que, si excluimos a la milicia, muy poco eficaz, se reduce a la Brigada Stonewall, la antigua unidad de Jackson, ahora bajo el mando del general de brigada Richard B. “Dick” Garnett (1817-1863). Sin embargo, fue este último quien se enfrentó primero con el comandante en jefe, por ordenar a los hombres, que llevaban dos días sin comer o con muy poco, que se detuvieran para coger raciones de los carros de suministro, que acababan de alcanzarlos. Cuando Jackson se encontró con la unidad parada se encaró con su subordinado. “No hay tiempo para esto”, afirmó, a lo que el general de brigada contestó que era imposible que los hombres siguieran marchando sin comer. “Nunca he hallado algo que fuera imposible para esta brigada”, contestaría Jackson, con desdén, a Garnett, para luego ordenar a los soldados que se pusieran en pie de inmediato.[19] Mientras tanto, como denuncia Boteler, Loring también había aventado el enfado que sentía al ver como sus hombres se pasaban la mitad de la mañana helándose de frío en sus lugares de acampada, sin ponerse en marcha. “¡Por Dios! –parece que se indignó, en público– ¡Este es el mayor ultraje jamás perpetrado en los anales de la historia, mantener a mis combatientes allí afuera, en el frío, sin nada que comer!”[20] En realidad, el error de Jackson no fue solo iniciar aquella campaña en pleno invierno, sino negarse, en aras del secretismo absoluto que marcaría toda su carrera, a informar a sus oficiales de lo que pretendía y a sus tropas del propósito de sus esfuerzos. Ni tan siquiera Loring, que era el segundo al mando, sabía cuáles eran sus intenciones. Finalmente, también el general Taliaferro incurriría en las iras de Jackson, no por detener a sus regimientos sino, peor todavía, por hacerlos marchar hacia retaguardia en busca de los carromatos de suministro, agotándolos de tal modo que una vez que los alcanzaron fueron incapaces de volver, tuvieron que encender hogueras y descansar un par de horas.

«Sin embargo, hay que perdonar en parte estas críticas tan frívolas y este maltrato tan poco amistoso, al recordar que se habían unido a la fuerza de Jackson hacía muy poco y por aquel entonces no sabían cómo era aquel hombre. Desconocían su calma y su valor inalterable, que ninguna tormenta podía estremecer y ningún peligro asustar, nada sabían de su indomable resolución y su fuerte tenacidad, nada de su sabiduría, prudencia y sagacidad, de su previsora preocupación por el confort de sus hombres, de su amabilidad y de su naturaleza gentil y de los nobles atributos de su carácter cristiano, que obligaban a los malvados a respetarlo y le ganaban la admiración de los buenos.

En esta ocasión y como era habitual, la Brigada Stonewall mantuvo su merecida buena reputación, sin descuidar ninguna de sus obligaciones ni emitir queja alguna al ver que su amado comandante compartía todas sus dificultades y se compadecía por todos sus sufrimientos. Entonces, como siempre, Jackson les devolvió la confianza que tenían en él, que demostrarían en todo momento».

Siguiendo las tradiciones de la Causa Perdida, Boteler presenta a Jackson como un oficial sin falla, lo eleva, literalmente, a los altares militares, y lo cubre de todo tipo de virtudes, excusando a aquellos ignorantes que desconocen las excelencias de su nuevo jefe, lo cual si bien puede entenderse cuando se refiere a la tropa, resulta inadmisible cuando se habla de oficiales de carrera como el general Loring, que sin duda debía de estar muy al tanto de las virtudes y defectos de su comandante en jefe. Otro factor que Boteler no tiene en cuenta es la realidad del momento que describe. Si en 1877 Jackson era un héroe de la Confederación adornado con todas las virtudes, el 3 de enero de 1862 y con tan solo la primera batalla de Manassas para darle fama, aún no era tan conocido como iba a serlo en un futuro cercano. Finalmente, en el segundo párrafo el autor del artículo extiende las cualidades de Jackson a sus hombres, olvidando por completo las escenas de borrachera e indisciplina protagonizadas durante su traslado de Manassas a Winchester y poco después de llegar a su destino. También ignora que los soldados de la Brigada Stonewall también protestaron y, aunque en ocasiones protagonizaron sonoros altercados con combatientes de otras unidades en defensa de su general, no fue porque no vieran sus defectos sino porque se consideraban los únicos con derecho a criticarlo.

8. El incidente de Hancock

Turner Ashby

Turner Ashby (1828-1862), el Murat del sur, tuvo una carrera tan brillante como controvertida y fugaz. Como líder de caballería fue único, creando una auténtica psicosis entre los soldados y mandos de la Unión, que veían a Ashby en todas partes; pero su incapacidad para disciplinar a sus hombres provocó que muchos de ellos fueran capturados o que la información que obtenía no llegara hasta Jackson. Murió el 6 de junio de 1862, alcanzado durante una escaramuza, convirtiéndose en unos de los primeros que entraron en el panteón de héroes de la Confederación. Fuente: Wikimedia Commons.

«Como para cumplir mis intenciones es innecesario explicar al detalle los movimientos militares de Jackson durante esta expedición, simplemente indicaré que el 4 de enero, tras haber expulsado a los federales de Bath y capturado su equipo de campamento y sus suministros, los obligó a abandonar el condado de Morgan de forma tan precipitada que muchos de ellos, en sus prisas por escapar, vadearon el gélido río Potomac con el agua hasta el cuello; que al día siguiente, tras una petición de rendición formal y tras haber dado el debido aviso a todos los no combatientes en la localidad de Hancock, situada en el lado opuesto del cauce, expulsó al enemigo a cañonazos del lugar, cosa que se hizo como castigo por el trato que habían sufrido los habitantes de Shepherdstown, en la orilla sur del Potomac, unos 48 km más abajo, en tres ocasiones, cuando fueron cañoneados en plena noche desde la orilla de Maryland sin aviso alguno cuando en el lugar no había ni un solo puesto militar confederado y los soldados del sur estaban a muchas millas de allí[…]»

Intencionadamente o no, la simplificación de Boteler ocultó a sus lectores algunos acontecimientos importantes y poco edificantes de la campaña. Para empezar, la guarnición de Bath apenas plantó cara a los confederados. Sabedor de que se hallaba en franca inferioridad numérica, el comandante O. L. Mann, al mando de la misma, posicionó sus fuerzas, brevemente, en lo alto de la cresta que se extendía al oeste de la localidad, hasta que los sudistas acabaron de desplegarse para atacar, y luego se retiró hacia el Potomac. En la orilla del río se encontraría con el 13.er Regimiento de Massachusetts y el 84.º de Pensilvania, pero como carecían de munición, los soldados eran muy novatos o jamás habían disparado sus armas, los refuerzos federales volvieron a sus puntos de partida y Mann cruzó el río con sus tropas, todo ello, en contra de lo que indica el cronista, sin excesivas prisas.

Sí es cierto que Jackson había tomado medidas para evitar que el enemigo escapara. Por un lado, encomendar la persecución a las tropas de Loring, las mismas que habían maniobrado para situarse y atacar, soldados muy cansados tras varios días de durísimos desplazamientos, que no fueron capaces de alcanzar a sus enemigos. Por otro, también pensó en cortar la retirada de la guarnición, pero encargó la misión a su brigada de milicia, integrada por tropas poco fiables que se desbandaron en cuanto entraron en contacto con el enemigo, dejando el paso libre. Es llamativo que el comandante sudista no encomendara esta tarea a su Brigada Stonewall, la más descansada y fiable, que había marchado en reserva todo el camino, sin combatir en ningún momento, y que aprovechó la ausencia de instrucciones para ocupar el pueblo, instalarse en los alojamientos más confortables y hacerse con todos los suministros que pudo encontrar. En esta ocasión Jackson cometió dos errores: enviar una fuerza totalmente inidónea para cerrar el paso al enemigo y dejar desocupada a la que él consideraba como su mejor unidad. Las consecuencias fueron dos: los federales escaparon y aumentó el descontento de los hombres de Loring, que vieron cómo se les privaba de ocupar el pueblo que acababan de conquistar.

Queda referirse al bombardeo de Hancock, sin duda uno de los momentos más oscuros de la carrera del protagonista del artículo. Para ello es importante, ante todo, indicar cuales fueron los hechos. Al atardecer del 4 de enero los confederados se presentaron en la orilla sur del Potomac, justo enfrente de la ciudad, que bombardearon brevemente hasta el anochecer. Según indicaría el comandante sudista en su informe oficial, este ataque se llevó a cabo “porque las tropas estadounidenses habían bombardeado Shepherdstown repetidamente, y lo habían hecho mientras no había tropas en el lugar […]”. Su intención era “intimar al enemigo para que no volvieran a cometerse hechos tan ultrajantes”.[21] Al día siguiente, 5 de enero, Jackson envió al coronel Turner Ashby a la orilla norte del Potomac con un mensaje para el comandante unionista local: “Señor. Tengo la intención de cruzar el río y tomar posesión de la localidad de Hancock. Si oponiéndose a este objetivo hace uso de la ciudad o los habitantes de la misma le ayudan en sus propósitos, la bombardearé. Si no sucede ninguna de las dos cosas, me abstendré de disparar contra la localidad tanto como me sea posible. Se requiere contestación inmediata a esta comunicación.” En esta misiva del jefe confederado no se hacía mención alguna a los bombardeos de Shepherdstown, aunque es posible que Ashby mencionara la cuestión verbalmente.

Con lo que los confederados no contaban era con que al mando de Hancock estaba el general de brigada Frederick W. Lander, posiblemente el más combativo del Ejército del Potomac. “Coronel Ashby –contestó–. Salude de mi parte al general Jackson y dígale que bombardee y sea maldito. Si abre fuego con sus baterías contra esta ciudad, herirá a más de sus amigos que de sus enemigos, pues este es un condenado nido de secesionistas”. Tras esta respuesta verbal, Lander decidió, no obstante, redactar una más formal, que dirigió al “rebelde Jackson”. “Me niego a acceder a su solicitud. Si considera justificado destruir la propiedad y la vida de los pacíficos ciudadanos con la excusa de cruzar el Potomac en un punto concreto, un cruce que le disputo, lo hará bajo su propia responsabilidad y no bajo la mía”.[22] El cañoneo confederado, contestado por las escasas piezas federales presentes, comenzó a las 14.00 horas de aquel día, cesó a las 17.00 y se reanudó a las 12.00 del 6 de enero, hasta la puesta de sol. En su informe, Jackson reconocería haber cañoneado la ciudad el día 5, “un corto tiempo” tras haber “solicitado la rendición de Hancock”.[23]

Así, Jackson afirmó haber bombardeado Hancock en venganza por los diversos bombardeos de Shepherdstown, pero dicha razón no consta en el mensaje enviado a Lander por medio de Ashby; y en su informe posterior mencionó un corto bombardeo el día 5, que en realidad fue de unas tres horas, lo que podría encajar, pero no dice nada del cañoneo del día 6. Por su parte, Boteler no menciona el bombardeo del día 4 e indica que el del 5 fue tras solicitar la retirada federal de la ciudad y que se ejecutó en retribución por el ataque federal contra Shepherdstown, pero tampoco dice nada del ataque artillero del día 6. Finalmente, también afirma que Jackson “expulsó a los enemigos del lugar”, cosa que no sucedió ya que entonces habría cruzado el río y entrado en la ciudad y no fue así.

9. En el lugar de destino

Romney vista desde el oeste.

Romney vista desde el oeste. Inicialmente ocupada por el coronel Lew Wallace el 13 de junio de 1861, este pueblo cambió de manos muchas veces a lo largo de la guerra, una de ellas durante la expedición de Jackson, pero también se envió un destacamento para asegurarlo durante la campaña confederada que terminó en la batalla de Gettysburg, y seguirían enviándose unidades de caballería durante toda la guerra, ya que era un lugar crucial para defender el flanco oeste del valle del Shenandoah. Fuente: Library of Congress.

Sigamos con la crónica:

«[…]simplemente indicaré que el 7 de enero inició la marcha hacia Romney, abandonado por el enemigo cuando se acercó, dejando gran cantidad de todo tipo de suministros militares, suficientes para compensar a los confederados por el coste de la expedición. De este modo, en menos de quince días desde que abandonó Winchester [Jackson entró en Romney el 10 de enero], ya no quedaba una sola fuerza federal al sur del río Potomac dentro de los límites de su distrito militar».

En este párrafo Boteler esquiva hablar una vez más de la terrible marcha que tuvieron que sufrir los soldados confederados. “Ma –escribió James Langhorne, del 4.º de Virginia, a su casa–, he sido testigo y experimentado más de lo que hubiera deseado ver jamás de una campaña de invierno […]. He sobrellevado, y comprobado como otros aguantaban, cosas que, si hace doce meses alguien me hubieran dicho que un hombre era capaz de soportar, le habría llamado loco”.[24] En Hancock, narraría John O. Casler, “el tiempo fue muy malo todo el tiempo. Nieve, aguanieve, lluvia y heladas. Por la noche nos tumbábamos en el suelo, sin tiendas, envueltos en nuestras mantas de la cabeza a los pies, y por la mañana amanecíamos cubiertos de nieve”.[25] “Estábamos en la cara expuesta de una colina–explicó Clem Fishbourne, de la Artillería de Rockbridge–no teníamos termómetros, pero estimamos que el frío era de entre -28 y -40º [una evidente exageración, pues la temperatura nunca bajó de los -12º, lo que ya es bastante] […]. Dormir era imposible, pero los hombres se sentaban en torno a las hogueras con las caras llorosas por el humo y las espaldas congeladas. Antes de que amaneciera se quemaron muchos zapatos y se congelaron muchos dedos de los pies”.[26] Los que peor lo pasaron fueron los caballos, que no estaban herrados para un clima como aquel y se hallaban famélicos tras casi una semana de durísima campaña: “Hubo muchas ocasiones en que los caballos se desplomaron nada más iniciar el descenso de una colina y el peso del cañón, o del armón, acabó empujándolos hasta formar un montón al pie de la misma. Entonces había que poner a las pobres bestias de nuevo sobre sus pies y ayudarlas a tirar de sus cargas hasta la colina siguiente”, recordaría Clement D. Fishbourne, de la artillería de Rockbridge. “Manchas y charcos de sangre solían señalar los lugares en los que habían caído los caballos” o “muchos de ellos tenían numerosas cicatrices, y la sangre se les había helado sobre las heridas”, añadirían dos de sus compañeros. Los hombres tuvieron que tirar y empujar, añadiendo más sufrimiento al que ya soportaban con tal de aliviar el de las bestias, aquello empezaba a parecerse mucho a la retirada de Moscú.[27]

Finalmente, los confederados consiguieron entrar en Romney, abandonada por los federales. La Brigada Stonewall, que esta vez llegó primero, aprovechó nuevamente para acantonarse en los mejores lugares del interior del pueblo –iglesias, casas particulares y el edificio del juzgado–, dejando los peores sitios –establos y los terrenos empapados de las afueras– a las tropas de Loring, que llegaron después, un nuevo agravio que no contribuyó a reducir la tensión existente entre los mandos. Con la llegada a este destino parecía haberse cumplido el objetivo de la campaña, pero pensar así era conocer mal a Stonewall Jackson. “Después de que llegara la brigada de vanguardia del general Loring, bajo el mando del coronel Taliaferro –escribió el jefe sudista en su informe sobre la campaña–, decidí desplazarme con ella, la brigada de Garnett [su Brigada Stonewall] y otras fuerzas, para llevar a cabo una importante expedición contra el enemigo, pero la desmoralización en la primera de las unidades mencionadas estaba tan extendida que fue necesario abandonar dicha empresa”.[28]

Por su parte, Boteler escribió que:

«En ese momento, la intención de Jackson era desplazarse hacia Cumberland para destruir los puentes del Ferrocarril de Baltimore & Ohio sobre el Ramal Sur, Patterson’s Creek, el Potomac, etc., pero la porción desafecta de su Ejército estaba tan desmoralizada por la dureza de la marcha a Romney que, a regañadientes, se vio obligado a abandonar esta parte de su plan».

Ambos parecen coincidir, pero no es así del todo. Después de tomar Romney la intención de Jackson había sido avanzar hasta Cumberland, guarnecida por 11 000 efectivos de la Unión, donde había numerosos almacenes de suministro. Sin duda esa es la “importante expedición” que menciona el jefe sudista, pero su propio Gobierno le negó la brigada de refuerzo que solicitó para llevar a cabo dicha empresa. Solo entonces pensó Jackson en atacar el ferrocarril, es la expedición, secundaria, mencionada por Boteler, que el general sudista ni tan siquiera cita en su informe aunque sí en una carta que envió al secretario de Guerra Judah P. Benjamin.[29]

En lo que sí se muestran de acuerdo tanto Jackson como Boteler es en que “la porción desafecta de su Ejército”, es decir, las tropas de Loring, o más directamente la desmoralización de la brigada de Taliaferro, dieron al traste con la maniobra. Nos encontramos aquí de nuevo con una diferencia de trato entre la Brigada Stonewall, la vieja fuerza de Jackson para la cual nada era imposible, al menos a ojos de su antiguo comandante y del articulista, y las díscolas y blandas tropas del Ejército del Noroeste, que tantos problemas habían dado durante la marcha. Sin embargo, los testimonios de los soldados parecen desmentir esta disparidad. En lo que al campamento en torno a la localidad se refiere, un soldado de los Liberty Hall Volunteers –Compañía I del 4.º de Virginia de la brigada de Jackson– dijo de Romney que era: “Uno de los agujeros más sucios con los que se haya encontrado hombre alguno”; y para otro del 37.º de Virginia –de la Brigada de Taliaferro–, en aquel lugar “había grandes cantidades de barro y nieve semiderretida […], las montañas estaban llenas de manantiales y teníamos que cortar ramas de pino y apilarlas sobre el agua y el cieno y luego tumbarnos encima para usarlas de camas”.

El propio Jackson, en una carta fechada el 20 de enero y dirigida al secretario de Guerra Judah P. Benjamin, se mostró más amable con los hombres del Ejército del Noroeste: “La brigada de vanguardia del general Loring, comandada por el coronel Taliaferro, no estaba en condiciones de desplazarse, hubo que abandonar la empresa. Desde la salida de Winchester el día 1 del presente, las tropas han sufrido mucho y el general Loring no tiene una sola brigada en condiciones de operar”. Se trata de un documento un tanto ambiguo ya que cita primero la Brigada de Taliaferro, pero luego habla de las tropas –¿se refiere a todo el ejército?– para terminar con el estado de las brigadas de Loring. Los testimonios dejan claro, más allá de toda duda, que las tropas de este último estaban agotadas, pero ¿y la Brigada Stonewall? En realidad, esta unidad había perdido más de un tercio de sus tropas iniciales, principalmente por enfermedad y permisos, pero también a causa de las deserciones, y los que quedaban mostraron su enfado a través de sus escritos. El sargento Barton, del 33.º de Virginia, y el teniente Poague, de la Artillería de Rockbridge, informaron por carta a sus familias de que habían perdido la confianza en su general.[30]

Hay un personaje más en esta historia cuyo testimonio merece la pena ser escuchado, el propio coronel Taliaferro. Se trata de un punto de vista subjetivo, escrito con mucha posterioridad a los acontecimientos y por quien más se opuso a Jackson en aquella época, como veremos más adelante, pero que hemos obtenido de uno de los capítulos de Memoirs of Stonewall Jackson de Mary Anna Jackson, viuda del general, redactado por el propio Taliaferro y titulado “Personal Reminiscences […]”, en el que escribió: “Es innegable que en ese momento Jackson no era popular ni entre los oficiales ni entre los hombres, incluso los de su vieja brigada. El auténtico secreto del soldado norteamericano es su individualismo, resultado natural de su ciudadanía, y los soldados de Jackson, siendo capaces de pensar, consideraron que los objetivos alcanzados en la campaña de Romney no justificaban los sacrificios que habían hecho”.[31]

10. La chispa

El ramal sur del Shenandoah, fotografiado en 1949 stonewall jackson

El ramal sur del Shenandoah, fotografiado en 1949 durante las obras por reorientar su curso tras unas inundaciones. Jackson desplegó a la milicia de Boggs, cuyos hombres eran de la región, a lo largo de este valle, hasta Moorefield, en el sur. En esta región los confederados iban a acumular gran cantidad de ganado, que se llevaron antes de que los soldados de la unión organizaran una incursión para hacerse con él.

«Tras descansar y permitir que sus soldados se recuperaran en Romney durante algunos días del horrible clima sufrido, dejó a Loring con sus fuerzas en aquel lugar, confortablemente acuartelados, ampliamente aprovisionados y con toda la artillería correspondiente. La milicia, bajo el mando del general Boggs, fue acantonada detrás de Romney, sobre la carretera que iba a Moorefield y manteniendo abiertas las comunicaciones de Loring con el fértil valle del Ramal Sur [del Potomac] así como con el Ejército de Edward “Allegheny” Johnson.[32] Todos los de la caballería de Ashby, que conocían bien la región circundante, fueron posicionados en dirección al río [ramal norte del Potomac] como exploradores y vigilantes bajo el mando de oficiales bien entrenados, de modo que el enemigo no pudiera cruzarlo o avanzar hacia Romney, situado a unos 30 km de distancia del Potomac, sin que Loring se enterara y tuviera tiempo suficiente para escapar si fuera necesario».

¿Por qué Jackson seleccionó a las brigadas de Loring para quedarse en Romney mientras que se llevaba la Brigada Stonewall a Winchester? A primera vista, parecía lógico dejar el grueso de sus fuerzas en la localidad recién conquistada para evitar que la Unión recuperara el lugar, y tenía sentido dejar juntas a las tres unidades que habían estado integradas en un mismo ejército; pero también se habló, por aquel entonces, de favoritismo para con su antigua brigada, una idea que no resulta imposible a la luz de los acontecimientos. Jackson justificó su decisión en dos documentos. El primero fue la carta que envió al secretario de Guerra Judah P. Benjamin el 20 de enero: “Ninguna de las brigadas del general Loring está en condiciones de efectuar operaciones activas, pero espero que en unos días la situación haya mejorado mucho y que, si son acuarteladas para el invierno, serán capaces de defender esta parte tan importante del valle. Sin embargo, los cuarteles de invierno deben ser seleccionados debidamente y las posiciones reforzadas […]”;[33] y el segundo su propio informe de la campaña, redactado un mes más tarde, ya pasados todos los acontecimientos narrados en el artículo de Boteler: “Considerando imprudente tratar de ejecutar nuevos desplazamientos contra los federales con la fuerza del general Loring, tomé la decisión de acuartelarla para el invierno cerca de Romney y, en consonancia, di órdenes al teniente coronel S. M. Barton para que eligiera lugares convenientes para las brigadas e iniciara las medidas necesarias para alojar a los hombres en cabañas tan rápido como fuera posible”.[34]

«A su vuelta a Winchester, Jackson se llevó la Brigada Stonewall consigo, acampándola en tiendas de campaña a unos pocos kilómetros de la ciudad ejerciendo la función de corps d’observation. Esto se hizo porque era consciente de que Nathaniel P. Banks estaba por entonces en Frederick City, en Maryland, organizando un ejército de veintiséis mil hombres para invadir el Valle por Harper’s Ferry, y que también se estaban concentrando fuerzas en otros puntos del río [Potomac] con la misma intención, por lo que era imperativo que tuviera a sus mejores tropas, gente en la que pudiera confiar por completo y que tuvieran fe en él, posicionadas de modo que pudiera moverse con igual facilidad a cualquier lugar amenazado del valle inferior. Así, tras haber desplegado su pequeño ejército del mejor modo posible para defender tanto la localidad como la parte más alta de su distrito, empezó a preparar la campaña de primavera que, preveía, sería temprana y activa».

En su obra, Gwynne llega a definir la “pequeña localidad de Romney” como una “cochiquera […] con nieve, aguanieve y lluvia cayendo constantemente, aguas fecales corriendo por las calles y un juzgado lleno de carne podrida”.[35] Si las condiciones de vida prometían ser malas, los oficiales de Loring pronto empezaron a preocuparse por una cuestión todavía más importante: la seguridad de sus fuerzas.

El análisis de las posibles amenazas contra las tropas en Romney debe comenzar por el propio Jackson. En una carta enviada al secretario de guerra Benjamin el 24 de enero, el jefe confederado afirmó: “Temo que se lleve a cabo un intento de sorprender a la fuerza del general Loring en Romney y, para evitarlo, espero que, si es posible, me envíe 300 efectivos de caballería para situarlos cerca […]. Con una fuerza montada apropiada podemos, en mi opinión, desalentar al enemigo de avanzar lo suficientemente cerca de Loring como para intentar una acción sorpresa”.[36] Cuando escribió estas líneas el jefe confederado desconocía el motín que ya se había iniciado a sus espaldas. Una vez al corriente afirmó, en su informe del 21 de febrero, que la zona era segura: “Con una montaña a su espalda que dominaba la localidad de Romney, estas fuerzas [se refiere a las unidades de milicia y a la caballería], junto con las tres brigadas del general Loring y las trece piezas de artillería situadas en las cercanías, debían, con el debido cuidado, hacer segura el ala derecha del Ejército del Noroeste”.[37]

Establecida la ambigüedad del propio Jackson y adelantando que tanto Loring como sus oficiales afirmaron –probablemente con razón– que su posición era muy peligrosa, podemos tratar de acudir a un “perito neutral”, el teniente coronel S. M. Barton, de ingenieros, el hombre a quien Jackson había encomendado la organización del campamento de invierno, quien indicó que: “Dada su ubicación en un valle rodeado de montañas y colinas de fácil acceso [Romney] es, por supuesto, indefendible”, salvo que se desplegara una poderosa fuerza en el lugar “digamos 20 000”, que entonces podía convertirlo en una posición muy fuerte.[38] Jackson regresó a Winchester el 23 de enero, en una jornada de cabalgata que le llevó a recorrer del tirón los 70 km que separaban ambas localidades. Allí lo esperaba su esposa, con la que se reunió al final de la jornada. Tal vez hubiera sido deseable mostrar un poco más de tacto.

11. El motín de Romney

William Booth Taliaferro

William Booth Taliaferro (1822-1898) fue uno de los principales opositores, y subordinados de Jackson. Ambos se habían cruzado cuando Taliaferro se encargó de la ejecución del abolicionista John Brown, pero no sirvieron juntos hasta que el Ejército del Noroeste de Loring se fusionó con el del Valle. Tras esta campaña Taliaferro acompañó a Jackson en la de la Península, e incluso llegó a comandar la Brigada Stonewall tras la muerte de Winder en la batalla de Cedar Mountain, hasta que fue herido tres semanas después. Fuente: Wikimedia Commons.

«Entretanto, varios oficiales importantes de la fuerza de Loring, tras haber obtenido permisos para visitar Richmond, aprovecharon todas las oportunidades posibles, una vez allí, para menospreciar a Jackson y poner a la opinión pública en su contra. Dijeron que era impulsivo, imprudente y fanático, que no tenía sentido común, que era incuestionable que estaba loco y que no estaba capacitado en absoluto para dirigir un ejército o, incluso, para ocupar algún puesto de responsabilidad relacionado con el interés público».

En primer lugar, hay que dejar de manifiesto que no solo los “oficiales importantes de la fuerza de Loring” tenían esta idea sobre Jackson. Otro de los críticos de entonces fue el coronel Turner Ashby, el quijotesco y famosísimo jefe de su caballería, un hombre mucho más admirado que su jefe en aquel momento. Como indica Robert K. Krick, el jinete informó a uno de sus amigos en el Congreso confederado de que su jefe era “totalmente incompetente” y que “durante los últimos dos meses he salvado al ejército […] de ser destruido por completo” Jackson “no es capaz de darse cuenta de las condiciones en que se haya su fuerza, y de su diaria disminución”. Que la indisciplina de Ashby fuera una de las causas del peligro y no la solución no deslegitima el hecho de que ese fuera su punto de vista. Un enfoque que, además compartían muchos soldados.[39]

El primer acto de rebelión tuvo lugar el 23 de enero, el mismo día en que Jackson y la Brigada Stonewall abandonaban Romney con destino a Winchester, cuando el coronel Fulkerson, uno de los jefes de brigada del ejército de Loring y un hombre muy respetado en la Confederación, como militar por su actuación en México y como civil por su servicio como juez, escribió sendas cartas a los congresistas Walter Preston y Walter R. Staples. La segunda comenzaba: “Le escribo estas líneas para obtener su influencia pública a favor de la parte del Ejército del Noroeste [el de Loring] actualmente aquí estacionado [en Romney]”. Después de narrar las dificultades sufridas desde el verano de 1861, antes de unirse a las fuerzas de Jackson, Fulkerson sigue: “Tras llegar a Winchester se ordenó una expedición al condado de Morgan y a este lugar, que los hombres también emprendieron con buen ánimo con la expectativa de que tras lograr el objetivo de la misma esta fuerza, que llevaba ocho meses de incesantes trabajos, obtendría permiso para retirarse a algún sitio conveniente en el que disfrutar de un corto descanso con el que prepararse para la campaña de primavera, algo muy necesario dada las terribles condiciones sufridas desde que abandonaron Winchester, pues en comparación con los efectivos previos, esta fuerza se ha quedado en los huesos. Pero ahora se nos ordena permanecer aquí lo que queda del invierno”. “No es justo –afirmaba a continuación– y, además, no es necesario […]. Este lugar carece de importancia desde un punto de vista estratégico; el territorio circundante ha sido esquilmado por el enemigo y su proximidad al mismo y al ferrocarril Baltimore & Ohio acabará de desgastarnos a base de piquetes y turnos de guardia”. Las alternativas propuestas en la carta eran dos: o trasladarse a Winchester, donde sería más fácil obtener suministros, o a Moorefield, donde podrían abastecerse sobre el terreno. Finalmente, las últimas líneas contenían el argumento estrella, que tenía que ver con el reenganche de muchos soldados, cuyo periodo voluntario estaba a punto de concluir, afirmando que, tal y como se les estaba tratando era muy improbable que quisieran quedarse en sus unidades. “Le pido, en vista de estos hechos, que vaya a ver al ayudante general, al secretario de Guerra y al presidente si es necesario, y les haga entender estas consideraciones […]”.[40] Este escrito contó con el apoyo explícito del coronel Taliaferro, quien le añadió un post scriptum en el que confirmaba la veracidad de lo dicho y terminaba con un ruego: “Por el amor de Dios, apresure la retirada de las tropas o no tendremos un solo hombre en este ejército para la campaña de primavera”.[41]

El éxito de las cartas fue desigual. La que hemos glosado convenció a su destinatario para que presionara al secretario de Guerra Benjamin y al presidente Jefferson Davis (1808-1889), pero no se puede decir lo mismo de la que estaba dirigida a Walter Preston, al menos según Boteler.

«Recuerdo que un día, cuando uno de estos oficiales desafectos hizo algunas de estas afirmaciones ante un amigo mío –el talentoso Walter Preston–, este contestó en un instante: “es una gran pena, señor, que el general Jackson no haya mordido a algunos de sus subordinados de permiso y les haya contagiado el mismo tipo de locura que tiene”».

El segundo acto comenzó dos días después, el 25 de enero. Esta vez fue el coronel Taliaferro quien, directamente, decidió escribir una carta de protesta, que envió siguiendo el conducto reglamentario, es decir, dirigida a su superior directo el general Loring. “Es innecesario detallarle, pues ha participado en ellos, los servicios cumplidos por el Ejército del Noroeste durante los ocho últimos meses […]”. El grueso, que es prácticamente una copia de la anterior, indica cómo los hombres estaban preparando su campamento de invierno cuando fueron llamados a Winchester, como acometieron la expedición a Romney con buen ánimo, el sufrimiento de la expedición, que “los que no participaron en ella nunca podrán entender”, y luego se vuelca en describir su posición en Romney: “Es una de las más desagradables y desfavorables que uno pueda imaginar […]. Estamos a unas pocas millas del enemigo y del ferrocarril Baltimore and Ohio […], consideramos que Romney es un lugar difícil de defender […], su ejército puede ser mantenido mucho más confortablemente y con menos gasto, con todas las ventajas militares, en casi cualquier otro sitio […]”. Finalmente, apela al argumento de los voluntarios: “Cuando abandonamos Winchester una gran parte de su ejército se habría reenganchado para la duración de la guerra a cambio tan solo de un corto permiso,[42] pero ahora, con las perspectivas que tienen por delante, dudamos de que uno solo de ellos haga tal cosa”.[43] Lo verdaderamente extraordinario de la carta no era su tenor, era que estaba firmada por la totalidad de los mandos de dos de las tres brigadas presentes en Romney: el coronel Taliaferro –4.ª Brigada– y los coroneles Fulkerson, Manning, Anderson y Scott –al mando de los cuatro regimientos que la componían–; y el coronel Burks –3.ª Brigada– y el teniente coronel Langhorne, el comandante Adams, los capitanes Cunningham y Jones y el coronel Campbell –al mando de los regimientos y batallones que la componían–. Solo se negaron a firmar el general de brigada Anderson –de la 2.ª– y sus jefes de regimiento.

Se trataba de un motín en toda regla, que el general Loring tendría que haber atajado de inmediato, pero no lo hizo. Siguiendo a su vez el conducto reglamentario, al día siguiente envió la carta al general Jackson, con un añadido: “Como se trata de un comunicado respetuoso que presenta las auténticas condiciones de este ejército al honorable secretario de Guerra, y como viene de una fuente de tan elevado rango y expresa los sentimientos del total del ejército, me parece lo propio reenviárselo respetuosamente para su información”.[44] A continuación, Loring insistió en el argumento del reenganche de las tropas y prometió escribir más extensamente sobre el tema en cuanto le fuera posible. Tal vez ese fue el motivo por el que Jackson esperó hasta el 4 de febrero para dar curso a la carta con un breve apunte: “Respetuosamente reenviada, pero con mi desaprobación”.[45] Sin embargo, para entonces la crisis ya había estallado porque, sumándose a la rebelión y saltándose el conducto reglamentario, Loring había enviado a Taliaferro a Richmond con una copia de la misiva.

12. La dimisión de Jackson

Judah P. Benjamin

Judah P. Benjamin (1811-1864), fotografiado en la década de 1850. Judío de origen sefardí, fue fiscal general y secretario de Guerra de la Confederación, puesto en el que se encargó, sobre todo, de alimentar, suministrar y armar el naciente Ejército del sur, a pesar de escasez de fábricas de armas disponibles en el territorio de la secesión. Consiguió colaborar estrechamente con Jefferson Davis, pero tuvo graves conflictos con algunos de los generales más importantes de la Confederación. Fuente: Wikimedia commons.

«No se puede saber qué impresión hicieron estas afirmaciones maliciosas en los funcionarios más influyentes que ocupaban despachos tranquilos en los “puestos a prueba de bombas” de la guerra y en otros departamentos gubernamentales de Richmond, pero a pesar de las indignadas negativas de los amigos de Jackson, estas historias, que tan pertinazmente circularon, acabaron por ser creídas por la gente bienintencionada de la ciudad y sus alrededores que no conocía personalmente al general».

En Richmond, Taliaferro consiguió convencer al mismísimo presidente confederado Jefferson Davis para que el secretario de Guerra Judah P. Benjamin ordenara la retirada de las tropas que había estacionado en Romney y Jackson, tras cumplir la orden que se le había dado, presentó su dimisión. Vamos a ceder la palabra a Alexander Boteler pues hemos llegado al momento cumbre de su artículo. Tras explicarnos los prolegómenos, el artículo pasa a narrar el “descontento de Stonewall Jackson”.

«Fue, creo, el 3 de febrero de 1862, cuando recibí, en Richmond, dos cartas del general Jackson en el mismo correo, ambas escritas en Winchester y fechadas en enero, el 30 y el 31, de 1862. La primera que abrí era muy corta, simplemente, me pedía que le enviara, enseguida, 56 km de cable telegráfico para un tendido que pretendía establecer entre Winchester y Romney. Cuando abrí la otra quedé sorprendido por la información que contenía, pues me anunciaba su inoportuna dimisión del ejército. Siento no poder reproducirla aquí, pues fue destruida junto con el resto de los papeles de mi biblioteca cuando mi casa fue incendiada, deliberadamente, por orden de [l general David] Hunter[46] en el verano de 1864. Su contenido sustancial era esencialmente el mismo que la que envió al gobernador Letcher».

Boteler sí reproduce la carta enviada a Letcher:

«“Gobernador [escribió Jackson]. Esta mañana he recibido una instrucción del secretario de Guerra [de fecha 30 de enero, se reproduce más adelante] para que ordene al general Loring y sus fuerzas que se retiren desde Romney hasta aquí [Winchester] en seguida. El mandato fue cumplido de inmediato pero, dado que las instrucciones se dieron sin consultarme y suponen entregar al enemigo algo que nos ha costado muchos preparativos, gastos y riesgos conseguir, y dado que está en conflicto directo con mis planes militares e implica una falta de confianza en mi capacidad para juzgar cuándo deben retirarse las tropas del general Loring, además de ser un intento de controlar los detalles de las operaciones militares desde la distancia a la que está el despacho del secretario, he decidido, por las razones que se explican en el documento que se acompaña, solicitar que se me ordene volver al Instituto [Militar de Virginia], y si esto se me deniega, que se acepte mi dimisión.

Dado que una simple orden como esta del secretario puede destruir todos los frutos de una campaña, y si mis operaciones tienen que sufrir este tipo de interferencias, no puedo, en razón, pretender ser de mucha utilidad sobre el terreno. Fue el sentido del deber el que me trajo al campo de batalla y el que, hasta ahora, me ha mantenido en él. Pero parece que ahora mi obligación es volver al Instituto y espero que haga todo lo posible para conseguir que regrese. Si alguna vez, por la bendición de la Providencia, he tenido alguna influencia sobre las tropas, esta destrucción de mi trabajo hará que esta disminuya en gran medida.

Considero que la reciente expedición ha sido un gran éxito. Antes de la partida de nuestras tropas el 1 de enero no había, hasta donde he podido saber, un simple hombre leal en todo el condado de Morgan que pudiera permanecer en su casa con seguridad. En cuatro días la región fue enteramente evacuada por el enemigo. Romney y la parte más valiosa del condado de Hampshire han sido recuperadas sin pegar un solo tiro, antes incluso de que entráramos en la zona.

No deseo decir nada en contra del secretario de Guerra. Tengo la seguridad de que ha hecho los que consideraba que era lo mejor, pero considero que esta política es ruinosa.

Tu sincero amigo.

T. J. Jackson.

A su excelencia John Letcher, gobernador de Virginia”».

 

La orden del secretario de Guerra mencionada anteriormente decía:

«“Richmond, 30 de enero de 1862.

Al General T. J. Jackson, Winchester, Virginia.

Las noticias que tenemos indican que se está llevando a cabo una maniobra para rodear a las fuerzas del general Loring. Ordénele que vuelva inmediatamente.

J. P. Benjamin, secretario de Guerra”».

Y el general le contestó de la siguiente manera:

«“Cuartel General del Distrito del Valle.

31 de enero de 1862

Honorable J. P. Benjamin, secretario de Guerra.

Su orden, en la que se me requiere para que indique al general Loring que vuelva a Winchester inmediatamente con las fuerzas bajo su mando, ha sido recibida y cumplida con prontitud. Con semejantes interferencias en el mando, no puedo pretender ser útil en el campo de operaciones y, por ello, solicito respetuosamente que se me ordene presentarme para prestar servicio ante el superintendente del Instituto Militar de Virginia, en Lexington, como ha sucedido con otros profesores. Si no se me otorga lo solicitado, pido respetuosamente que el presidente acepte mi dimisión del Ejército.

Quedo, señor, respetuosamente, su sirviente más obediente.

T. J. Jackson, general, P. S. C. S.”»

Si hemos de criticar a Fulkerson por puentear a sus mandos para dirigirse directamente a los políticos, y a Loring por enviar a Taliaferro a Richmond con una copia de la carta que enconó el problema; también es imprescindible que Jackson se lleve su parte de censura. Cierto es que siguió el escalafón militar enviando una carta de dimisión al general Johnston, su superior al mando, quien tras tratar de hacerle cambiar de opinión la despachó a Richmond el 7 de febrero con una sentida nota al pie: “Respetuosamente reenviada con gran pesar. No se cómo podremos suplir la pérdida de este oficial. Los generales son muy escasos en este departamento”. Pero también, como nos narra Boteler, envió cartas tanto a este como al gobernador Letcher, de Virginia, sus representantes políticos en la capital. Ante esta actitud, cabe preguntarse si la intención de Jackson era simplemente poner de manifiesto una política que él consideraba “ruinosa” –lo que cuadraba bastante bien con su carácter a tenor de incidentes anteriores– y si su intención de dimitir no era del todo sincera.

Llegados a este punto, Boteler pasa de la narrativa al teatro, en una versión de los hechos singularmente dramática que lo deja en muy buen lugar, dicho sea de paso, así como a algunos de sus colegas de Richmond, dejando muy mal a otros.

13. Entre bambalinas

Jefferson Davis

Jefferson Davis (1808-1889). Elegido presidente de los Estados Confederados de América el 18 de febrero de 1861, decidió volcarse en los asuntos militares, de los que tenía conocimiento gracias a que había sido secretario de Guerra de los Estados Unidos entre 1853 y 1857, delegando las cuestiones civiles a sus subordinados o dejándolas para cuando concluyera la contienda. Muy detallista y reacio a delegar responsabilidades, se inmiscuyo numerosas veces en las decisiones de sus generales, lo que le valió graves conflictos con algunos de ellos. Fuente: Wikimedia Commons.

«En cuanto hube leído las cartas que Jackson me enviaba fui a ver al secretario de Guerra, llegando a su oficina justo a la vez que él y antes de que se examinara el correo de la mañana. Primero le entregué la primera de las notas de Jackson, la que se refería a los “56 km de cable telegráfico” y pregunté al Sr. Benjamin que pensaba hacer al respecto.

“Nada”, me contestó devolviéndome el papel. “Nada, porque he ordenado que Loring abandone Romney y transfiera sus tropas a Winchester”.

“Eso entiendo”, dije, “y a consecuencia de su orden, Jackson ha enviado su dimisión”.

“¿Cómo?”. Exclamó girándose repentinamente con su silla. “¿Jackson ha dimitido? ¿Está seguro de lo que dice?”

“Tan seguro como puedo estar de algo, porque aquí lo tengo escrito por él mismo, de su propia mano y sello. Lea esto”. Y le entregue la segunda carta a la que me he referido antes.

Tras haberla leído y devuelto, dijo: “Será mejor que enseñe esta misiva al presidente”. Tras lo cual le dije que iba para su oficina y dejé al Sr. Benjamin buscando la confirmación de lo que le había dicho, de la mano del propio Jackson, en su correo.

Cuando, unos pocos minutos después, informé al Sr. Davis de la dimisión del general, dijo al instante, muy decidido. “No pienso aceptarla, señor”.

“Estoy muy contento de oírle decir eso”, contesté, “porque estoy seguro de que no podemos permitirnos perder sus servicios. Pero no conoce al general Jackson. Cuando decide plantarse en seguimiento de sus ideas sobre el deber, es firme como una roca, y me temo que persistirá en su decisión”.

De la oficina del presidente me dirigí a la del gobernador Letcher, quien todavía no sabía nada del problema y cuando se lo dije se sintió, naturalmente, molesto con la orden del Sr. Benjamin y muy agraviado por sus consecuencias. Dijo que se reuniría con el secretario de Guerra y con el presidente de inmediato y lo arreglaría para que no tomaran decisión alguna con respecto a la dimisión hasta que tuviera la oportunidad de comunicarse con Jackson sobre este asunto.

Entonces volví a mi habitación en Ballard House y escribí al general para contarle lo que había hecho y lo que pensaba que debía de hacer él dadas las circunstancias. Mi carta recibió la respuesta que sigue –cuyo original, que nunca había sido publicado, tengo delante ahora mismo–:

“Winchester, 5 de febrero de 1862

Mi querido señor [escribió Jackson].

Con respecto a mi dimisión, a la que se refiere, me mantengo en la opinión, largamente defendida, de que todo hombre debe hallarse donde más útil resulta, y no sé cómo puedo dar un buen servicio en el terreno de operaciones si se mantiene el principio que se me ha aplicado de deshacer en el departamento de Guerra lo que se hace sobre el terreno. Espero que tenga éxito a la hora de conseguir un oficial de ingenieros, pues quien sea que tome el mando del distrito lo va a necesitar.

Tu más sincero amigo,  T. J. Jackson»

Entretanto, el gobernador había preparado una carta para Jackson animándolo a reconsiderar su decisión, que me pidió que le llevara, animándome también a que uniera mi solicitud personal a lo que rogaba en su escrito. Dispuesto a tomarme todas las molestias necesarias para evitar lo que consideraba que sería una calamidad irreparable para Virginia, no dudé en acceder a su petición. Así, abandoné Richmond a la mañana siguiente, llegando a Winchester durante la tarde del día posterior y, sin esperar un instante, me presenté en el cuartel general, que por entonces se hallaba en la residencia del coronel L. T. Moore, en las afueras de la localidad.

Aunque durante mis encuentros sociales con Jackson este siempre se había comportado como el más amable, atento y considerado de los hombres, cuando nos encontramos al final de aquella tarde lo fue más de lo habitual, lo que sin duda debe atribuirse a la presencia de su encantadora y devota esposa, quien había llegado recientemente para visitarlo. Mientras ella, sentada a su lado, cosía sin estar tan absorta en su labor como para dejar de participar en la conversación, la felicidad de él parecía tan perfecta que, cuando le entregué la carta del gobernador –que leyó con cuidado y guardó tranquilamente en un bolsillo– me sentí renuente a perturbar su tranquilidad doméstica llamando su atención sobre el asunto que me había traído hasta Winchester. Sin embargo, mi tiempo era limitado pues mis asuntos en Richmond me obligaban a volver sin demora y, tras media hora de agradable conversación me vi obligado a preguntarle cuándo me permitiría reunirme con él para hablar sobre la misiva del gobernador.

“Después del té, coronel”, dijo. “Después del té. Pronto estará listo y, por supuesto, debe quedarse a tomarlo con nosotros”.

Agradeciéndole la invitación, le dije que tenía la mejor razón para declinarla, que estaba seguro que tanto la señora Jackson como él aceptarían mis disculpas pues mi propia esposa, a la que había telegrafiado por adelantado para que se encontrara conmigo en Winchester, había llegado a la ciudad y llevaba varias semanas sin verla. “Volveré después del té, a la hora que me diga”.

“Entonces, que sea a las 20.00 horas”, contestó, “y ordenaré que no nos interrumpan”.

Regresé, puntualmente, a la hora de la reunión, y me lo encontré solo. Pronto nos hallamos conversando animadamente sobre la misión que me había llevado hasta allí. Aunque me resulta, por supuesto, imposible, ahora, quince años después, recordar con exactitud las palabras de cada uno de nosotros, la ocasión fue lo suficientemente interesante y la impresión que me causó lo bastante profunda como para recordar con claridad el alcance y la sustancia de lo que se dijo, así como algunos de sus puntos más importante [al pie de la letra].

El general comenzó refiriéndose a la carta recibida esa misma tarde del gobernador Letcher, de quien habló en términos afectuosos afirmando que era un “amigo siempre amable y considerado” que le había favorecido con numerosas manifestaciones de confianza y aprecio, por lo que le estaba muy agradecido. Dijo que estaría encantado de cumplir con lo que solicitaba el gobernador con respecto a su dimisión, si pudiera hacerlo siendo coherente con su sentido del deber; y que lamentaba profundamente la necesidad que le obligaba a retirarse del ejército cuando, con la ayuda de Dios, había esperado ser de utilidad para el Estado, pero que no había alternativa.

“Debo dimitir”, dijo, “porque mi conciencia me prohíbe conservar un puesto en el que ya no soy útil, y ya no lo soy cuando lo que hago sobre el terreno es deshecho por el secretario de Guerra. El señor Benjamin es mi superior, y no deseo decir nada en su contra, pero su política, si persiste en ella, nos arruinará a todos”. Habló de la habilidad y las virtudes del secretario, “pero”, dijo, “para ser un secretario de Guerra exitoso hay algunas cosas que todavía tiene que aprender y la lección no admite demora. Hay que hacerle comprender de inmediato que no puede gestionar los detalles de una campaña sentado detrás de su escritorio, a 500 km, sin consultar con los generales al mando, sin saber algo de sus planes y de sus objetivos, de la posición real del enemigo y de la geografía física del territorio circundante”.

Le contesté que, aunque totalmente de acuerdo con su opinión con respecto a la inoportuna orden y las desastrosas consecuencias de interferencias como aquella de cara al futuro, no podía estarlo con las conclusiones a las que había llegado con respecto a sí mismo, que no veía la necesidad de que enfatizara su protesta contra las políticas del secretario abandonando el Ejército y que estaba muy seguro, en virtud de lo que había visto y oído sobre este asunto antes de partir de Richmond, de que el Sr. Benjamin no volvería a osar entrometerse en las operaciones de su fuerza, pues los efectos negativos de estas acciones, ejecutadas por un mero civil, eran tan evidentes para él como para otros; y que no olvidaría la lección que ya había aprendido. [Boteler también le contestó] que si el daño producido por la orden ya no tenía remedio, sería inmensamente más grave si abandonaba el servicio, que, sobre todo, contábamos con él para proteger el Valle y que, mientras todos hacíamos sacrificios por el camino, sabía que él no se permitiría ser una excepción entre los que habían dedicado sus personas, tiempo, talento, energías y todo lo que tenían al servicio de Virginia. Mientras argumentábamos sobre estas y muchas otras razones que pensé que podrían causarle algún efecto, ambos habíamos abandonado nuestras sillas y nos habíamos puesto en pie uno frente al otro. Nunca olvidaré el aspecto que tenía, de soldado, rígido e inflexible, con los labios comprimidos y los ojos relampagueando de excitación.

Posteriormente, tendría la suerte de formar parte de su Estado Mayor, compartir su tienda, estar junto a él en algunas de sus batallas más duras y verle en diferentes circunstancias absorbentemente interesantes, con algunas características concretas de su naturaleza en plena acción, cuando, como solían decir los hombres, estaba en “modo guerra” y el “festín de la muerte” en su momento álgido en torno a él. Sin embargo, su apariencia en dichas ocasiones, aunque lo suficientemente impactante como para ser recordada con claridad, nunca me impresionó tanto como esa noche. En ese momento tenía toda la apariencia del soldado que era. Entonces, tras haber recorrido a grandes pasos la habitación de un lado a otro como si tratara de reprimir los sentimientos que luchaban por expresarse, se detuvo ante mí y dijo, rápida y sentenciosamente:

¡Sacrificios! ¿Acaso no los he hecho? ¿Qué es mi vida en este lugar salvo un sacrificio constante? Para mí, la guerra no tiene atractivos, ¡he visto demasiados de sus horrores! Los ascensos no me seducen lo suficiente como para compensar las pruebas y las tentaciones. Mi única ambición es resultar útil. La esperanza de servir como soldado es lo que me ha traído hasta aquí. Abandoné la pacífica gestión de ocupaciones más amigables por las prevenciones, las incomodidades y las responsabilidades del campamento. Dejé un hogar muy feliz, coronel, ante la llamada del deber, y ahora, ese mismo deber no solo me permite, sino que me ordena volver. No porque espere quedarme en casa. ¡No! En estos tristes tiempos de lucha y sufrimiento ninguno de nosotros puede disfrutar de esa bendición. Debo, por supuesto, buscar otros medios de servir a nuestro estado. Lo haré en cualquier sitio y de cualquier modo que se me permita hacerlo de modo efectivo, incluso en las filas como soldado raso. ¿Sacrificios dice? ¿Coronel? ¡Sacrifico mi posición en el Ejército por el bien del servicio! Y no sabe qué sacrificio es para mí abandonar mis fuerzas de siempre ahora que he aprendido a quererlas y sé lo unidas que están a mi persona”.

Entonces –utilizando las palabras del mejor de sus biógrafos para describir la escena– cruzando la sala con trancos rápidos, emitió un impetuoso torrente de palabras detallando sus amplios proyectos con fiereza napoleónica y amplitud de miras, los obstáculos creados por la reluctancia y la incompetencia de algunos con los que tenía que cooperar, la dura y heroica conducta de sus tropas, los brillantes éxitos con los que la providencia había coronado los primeros pasos hacia el cumplimiento de sus planes y la cruel decepción que había roto el fruto de todo su trabajo».

El “mejor de sus biógrafos”, en cuestión, no era otro que Robert Lewis Dabney, teólogo, pastor presbiteriano y jefe de Estado Mayor de Jackson, quien en 1866 publicó Life and Campaigns of Lieutenant General Thomas J. Jackson. Curiosamente, Dabney no cita a Boteler en esta escena y Boteler tampoco le cita a él en su artículo.

«Cogiendo el documento de la mesa, dijo:

“Esta orden del Sr. Benjamin dice: ‘Las noticias que tenemos indican que se está llevando a cabo una maniobra para rodear a las fuerzas del general Loring’. ¡Resulta extraño que el secretario tenga noticias de movimientos en esta región sin que yo haya sabido nada por mis exploradores, constantemente metidos en los campamentos del enemigo, o de la caballería de Ashby, siempre alerta! Si ha obtenido esta información de los oficiales de Romney que están de permiso en Richmond, ¿por qué se han ausentado de sus puestos cuando se supone que estos están en peligro? Pero no lo hay. Tomé las debidas precauciones antes de dejar a Loring, y cuando te escribí solicitando cable telegráfico era para hacer más perfecta su comunicación conmigo de modo que pudiera ir a ayudarlo al instante. Sin embargo, a pesar de todas estas precauciones, después de tantas dificultades, llega esta orden del secretario para que rindamos todo lo que tenemos, que se lo devolvamos al enemigo al que, virtualmente, invitamos a reocupar los condados de Hampshire y Morgan y a continuar su cruel trabajo de desolación. ¡Ah! Si el Sr. Benjamin hubiera marchado con nosotros por esos condados y visto por sí mismo las chimeneas ennegrecidas junto a las carreteras, señalando lo que antaño fueron hogares felices, ahora completamente destruidos; si hubiera podido ver los campos desolados y sin vallar de los arruinados granjeros, su ganado masacrado, sus mujeres desamparadas y sus hijos medio muertos de hambre, sin duda no habría tenido ánimos para consentir el abandono cruel, innecesario y desgraciado de esa gente. Pero ya no hay nada que hacer. Las próximas noticias que lleguen de Romney serán las de la reocupación del enemigo, que entonces estará en condiciones de coordinarse eficazmente con Banks en la prevista invasión del Valle. Cuando comience la campaña de primavera los movimientos en esta dirección serán por los dos flancos y también de frente. Quieren este valle y, si se pierde el Valle, se pierde Virginia”».

Las predicciones de Jackson se cumplirían en primavera y verano, cuando comenzó la campaña del valle de Shenandoah, en la que iba a cubrirse de gloria.

«Estas fueron, en sustancia, las afirmaciones que hizo, sin dejar de cruzar la sala hasta que, finalmente, tras haber expresado sus sentimientos, se sentó de nuevo. Le recordé que se hacía tarde, que debía volver a Richmond a primera hora y que esperaba que no me dejaría partir completamente decepcionado con el resultado de nuestra entrevista. También que si consintiera seguir al mando del Distrito del Valle me aseguraría de que no hubiera más interferencias del secretario de Guerra, haría todo lo posible para incrementar su fuerza y para que las tropas desafectas bajo su mando fueran sustituidas por otras más fiables y efectivas. Le conté el apaño promovido por el gobernador para que su carta de dimisión no tuviera respuesta, a lo que exclamó: “¿Por qué ha interferido el gobernador entre mi deber y yo?

“Porque”, dije, “era su deber hacerlo. Su deber para con usted además y para con el estado, pues sabe que es uno de sus mejores amigos y un verdadero virginiano y, general, es la propia Virginia, por medio del gobernador, su más alta autoridad, la que le pide que siga a su servicio. ¡Es nuestro viejo estado materno el que apela! Ha sido duramente golpeado en la mejilla y obligado a convocar a sus hijos para que se alcen y la defiendan de más insultos y daños. ¿Hará oídos sordos a su solicitud?”.

Tras hacer este llamamiento para que permitiera que el gobernador retirara su solicitud de dimisión, me levanté, finalmente, para marcharme, y al tomar su mano para despedirme le dije: “Bien, ¿qué mensaje debo llevar de vuelta a nuestro buen amigo el gobernador en respuesta a su carta?

Permaneció en silencio durante unos segundos y vi que había un conflicto de sentimientos en su interior hasta que, al final, domeñando su espíritu y demostrando que era más fuerte que “él, que tomó una ciudad”, contestó, lentamente, deteniéndose entre cada palabra y la siguiente: “Dígale que debo hacer lo que considere mejor para el estado”.

Así fue como Stonewall Jackson aceptó permanecer en el Ejército y ejecutar su marcha triunfal por el valle».

El artículo termina con una carta que parece más bien un añadido, pero que reproducimos también para no dejar ningún aspecto fuera de este estudio y porque no carece de interés. En ella, Jackson se refiere repetidamente a una proclama que Boteler no identifica, pero cuyo leitmotiv es la presencia de numerosos oficiales incompetentes en los ejércitos confederados, entre ellos, muy probablemente, los protagonistas de la rebelión de Romney, y los mecanismos propuestos por Jackson para deshacerse de ellos.

«Un mes o así tras el incidente que he tratado de describir en el texto presente, recibí la carta que sigue del general, lo suficientemente característica e interesante como para incluirla.

“Winchester, 3 de marzo de 1862

Honorable A. R. Boteler

Mi querido señor, su carta del 25 del mes pasado me llegó durante la tarde del 1 del presente y, aunque Winchester no ha sido evacuado, aún, como la Sra. Boteler se hallaba en peligro de verse atrapada tras las líneas enemigas, la escribí de inmediato.

Me temo que, si tuviera que emitir la proclamación de la que habla, el enemigo no tardaría en saber de ella y, conociendo así nuestra debilidad, avanzaría más deprisa contra mí y penetraría en el valle más profundamente que lo que tratará de hacer en el presente ignorando nuestra situación. Mi plan es enfrentarlo tan valientemente como sea posible y utilizar todos los medios a mi disposición para evitar que avance mientras llevamos a cabo nuestra reorganización. Me temo que los aspectos positivos de la proclamación no compensarán los efectos estimulantes que producirá en el invasor. Lo que quiero es conservar la región, hasta donde sea posible, hasta que estemos en condiciones de avanzar y que, con la bendición de Dios, podamos hacer un buen trabajo. Pero empecemos haciendo las cosas bien. Que la legislatura emita inmediatamente una ley que indique que, tras la primera organización de las compañías, batallones y regimientos, todos los ascensos deban ser por antigüedad. Que el Congreso apruebe una ley que diga que si se informa de que un oficial incumple sus obligaciones o es ineficiente, el oficial al mando del departamento tendrá la obligación de ordenar una junta de oficiales que examine al susodicho y, si su informe es desfavorable, el jefe departamental tendrá la autoridad para aprobarlo y el oficial será expulsado del servicio. Hasta donde sea posible, debemos poner fin a las elecciones para los cargos y dejar que los oficiales sepan que tras recibir su primer mando su promoción ya no dependerá de su popularidad personal, sino de su cualificación para cumplir con su deber. Si consigue que se aprueben estas dos leyes, habrá rendido a su país un servicio más que valioso.

En cuanto a su pregunta sobre cuántas tropas necesito, probablemente será capaz de hacerse una idea cuando le diga que Banks, que manda unos treinta y cinco mil, tiene su cuartel general en Charlestown, y Kelley, que ha sucedido a Lander, probablemente dispone de once mil, con cuartel general en Paw Paw. Así, puede ver que hay dos generales cuyos efectivos combinadas ascienden a cuarenta seis mil combatientes organizados para tres años de guerra oponiéndose a la pequeña fuerza que tenemos aquí –de menos de cuatro mil pues una parte del mando de Loring ha sido enviado al sur y buena parte de la milicia ha desaparecido–, pero no me siento desanimado por ello. Mándeme las tropas que pueda. Por lo que se McLellan estaba en Charlestown el viernes pasado, puede que sea significativo. Observará, en consecuencia, que me resulta imposible decir cuántas fuerzas necesito pues no puedo saber con cuantas me invadirán.

Estoy encantado de oírle decir que Virginia está decidida a concentrar todos sus recursos en defenderse a sí misma. Ahora empezará la guerra de verdad. Abandonemos la idea de entregar puestos deseables para determinados individuos y que el mérito sea la base de las recompensas y todo se subordine al éxito de la causa. Si no fuera tan valioso en Richmond me gustaría tenerlo aquí, pero servirá mejor al país en Richmond que en el campo de batalla. Espero que el general Lee sea secretario de Guerra. Me pide una carta sobre el Valle, pero tengo claro que puede decir mucho más que yo sobre este tema, y mucho más contundentemente. Solo tengo que decir que si se pierde el Valle se pierde Virginia.

Tu muy sincero amigo,

T.J. Jackson.

P. S. No entiendo por qué cuando pido un oficial de ingenieros, cuyos servicios son muy necesarios, y llego hasta el punto de indicar a quién hay que nombrar, no se haga de inmediato. El enemigo es activo y trabajador y debemos serlo también si esperamos tener éxito”».

14. Consideraciones finales

La Brigada Stonewall Jackson Manassas

La Brigada Stonewall preparándose para el ataque, grabado de Robert Underwood Johnson y Clarence Clough Buel. Formada al inicio de la contienda, fue una de las unidades más famosas de la Guerra de Secesión. Tras la campaña de Romney, donde no se distinguió, si lo hizo en todas las batallas de la del valle de Shenandoah. Tampoco fue muy efectiva –como el propio Jackson– en las operaciones de los Siete Días en torno a Richmond, pero destacó en la batalla de Cedar Mountain, y en la segunda de Manassas, Antietam y Fredericksburg. En Chancellorsville formó parte de la marcha de flanqueo organizada por Jackson que desbarató por completo al Ejército unionista del Potomac. Fue la última vez que jefe y unidad colaboraron, pues el general moriría poco después.

Una vez terminada la traducción del artículo, merece la pena hacer algunas consideraciones a modo de conclusión. Entre finales de enero y primeros de febrero de 1862 el general Thomas J. Jackson presentó su dimisión. Los motivos podemos encontrarlos desglosados en la carta que envió al gobernador Letcher: primero, que el secretario de Guerra le dio unas instrucciones sin consultarlo; segundo, que estas entraban en conflicto directo con sus planes militares; tercero, que ello implicaba falta de confianza en su capacidad y su juicio y cuarto, que se trataba de un intento de controlar las operaciones militares desde los despachos de Richmond.

Con respecto al primero, Jackson no fue el único que se indignó al recibir la orden de Benjamin para que retirara a las tropas de Romney, también el general Johnston se sintió molesto, sobre todo porque aquella no era más que una injerencia más de la larga lista que venía sufriendo en los últimos meses. Podemos citar dos ejemplos especialmente relevantes en este caso como son el envío al valle de la Brigada Stonewall primero y de las tres brigadas de Loring después. La primera, que estaba acampada junto al ejército principal, recibió la orden de partir sin que el Gobierno lo consultara con Johnston, y las segundas partieron hacia Winchester tras una serie de confusiones en las se le hizo pensar, erróneamente, que estaban a su disposición. Jackson, beneficiario de estos refuerzos después de haber presionado duramente en Richmond por medio de sus enviados, entre ellos Alexander Boteler, nunca se quejó de estas beneficiosas injerencias.

Pero la cuestión principal sería dilucidar si el secretario de Guerra tenía la potestad de ordenar la retirada de Romney sin consultar antes con el mando sobre el terreno. Desde un punto de vista teórico, los militares tenían que aceptar estas intervenciones. Cuando el pensador militar Karl von Clausewitz (1780-1831) enunció que “que la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios”,[47] no se refería tan solo a que tenían que ser los políticos quienes las declararan en el cumplimiento de sus objetivos, sino también que estos eran quienes debían controlarlas: “La política permeará en todas las operaciones militares y, hasta donde lo permita su violenta naturaleza, tendrá una influencia continua en ellas”.[48] Un asunto poco controvertido mientras el soberano aunara los papeles de gobernante y jefe supremo del Ejército pero más delicado cuando se trataba de personas diferentes. ¿Estaban dispuestos los mandos militares a subordinarse a los civiles que detentaban el poder político? En el caso de Jackson, la constante presión a la que sometió al Gobierno de Richmond para conseguir más tropas parece indicar que sí, pero torció el gesto y dimitió cuando le ordenaron que desplazara las tres brigadas de Loring sin consultarle. Dicho esto, si nos atenemos al asunto concreto, resulta un tanto ridículo que los mandos supremos de la Confederación se complicaran por un asunto tan nimio como el mero posicionamiento de tres brigadas, y mucho más que lo hicieran sin consultar al comandante en jefe de las mismas.

Con respecto al conflicto con los planes militares de Jackson (segundo motivo) podemos analizar dos cuestiones igualmente importantes. Primero, la independencia otorgada a Jackson en el Distrito del Valle, donde, si bien teóricamente estuvo subordinado al general Johnston, en realidad pudo actuar a sus anchas. En lo que a la campaña de Romney se refiere, tenemos constancia de que comunicó sus planes al secretario de Guerra en Richmond: “Desde que me reuní con el teniente coronel J. T. L. Preston tras su regreso de ver al general Loring, y tras haber comprobado el despliegue de sus fuerzas, me atrevo a insistir respetuosamente en que tras concentrar todas sus tropas aquí hay que hacer un intento de capturar a los federales situados en Romney […]. Considero que es de muy gran importancia que el noroeste de Virginia sea ocupado por unidades confederadas este invierno”.[49] Esta carta, fechada el 20 de noviembre de 1861, dice mucho más de sus planes que las que envió al general Johnston, su superior militar, durante estos días, que se centraron mucho más en la necesidad de recibir refuerzos que en su intención de atacar Romney. Dicho esto, el gran defecto militar de Jackson fue siempre su secretismo. Este impidió que informara al general Loring de cuáles eran sus intenciones de cara a la campaña que hemos narrado, e iba a perjudicarlo en  numerosas batallas futuras porque, desconocedores de sus intenciones, sus subordinados se vieron privados de la posibilidad de tomar iniciativa alguna. “Daba tan pocas órdenes como le era posible y se las comunicaba solo a los que fuera absolutamente necesario para conseguir el éxito en sus movimientos. Solía enviar un oficial de Estado Mayor para llevar a un jefe de brigada o de división a una posición concreta sin decir a dicho jefe qué camino había de tomar o cualquier otra cosa, excepto que debía seguir a su guía”, afirmó Jedediah Hotchkiss (1828-1899), su cartógrafo, en una carta del 1 de agosto de 1897. [50] El propio secretario de Guerra estaba al tanto de la manía –a este nivel, no puede denominarse de otro modo– de Jackson por el secreto, pues en la misma carta del 20 de noviembre citada anteriormente Jackson afirmaba que: “Profundamente convencido de la importancia del secreto absoluto con respecto a las operaciones militares, uno de mis principios es decir lo mínimo con respecto a los movimientos que me propongo hacer […]”.[51] Con lo dicho, podemos concluir que es posible que Jackson viera frustrados sus planes militares por la intervención del secretario de Guerra, pero también que, de habérselos comunicado, hubiera resultado mucho más difícil que sus superiores políticos o militares los arruinaran con sus decisiones.

El tercer motivo esgrimido, la falta de confianza percibida en sus superiores, debe de analizarse en el momento concreto en que sucedieron los hechos. ¿Quién era el general Jackson a finales de enero de 1862? Sin duda era uno de los pocos que por aquel entonces habían alcanzado el rango de general de división, pero en el Ejército provisional; además, los rasgos más excéntricos de su carácter –religiosidad, insistencia en la disciplina, secretismo, entre otros– eran de dominio público, en parte gracias a los numerosos alumnos y profesores del Instituto Militar de Virginia que le conocieron antes de la guerra y que ahora combatían en las unidades de la Confederación, y en parte por los oficiales que ya habían servido con él. El propio Jefferson Davis había tenido la ocasión de cruzárselo en un par de ocasiones, sin que ambos llegaran a congeniar, y conocía sus teorías agresivas y su ferviente deseo de llevar la guerra al norte para arrasarlo todo. Por otro lado, desde el punto de vista militar solo lo avalaba una acción, la defensa de la colina de Henry durante la primera batalla de Manassas, donde se ganó el sobrenombre de Stonewall. Cierto es que se trató de una acción crucial, que contribuyó en gran medida a salvar el día para la Confederación y propició la derrota de las fuerzas unionistas, pero, ¿hasta qué punto se trató de una operación meritoria? En realidad, aquel día Jackson se había limitado a desplegar su brigada y resistir, sin desplazamientos geniales ni ataques sorpresa, y a cargar en el momento preciso para derrumbar la moral de las unidades enemigas que se le enfrentaban. En enero de 1862 todavía estaban lejos las grandes acciones de la campaña del valle de Shenandoah, la segunda batalla de Manassas, Antietam o Chancellorsville.

La prueba más fehaciente de la importancia de Jackson en aquel momento, en palabras de Robert K. Krick, es que “En junio de 1862 habría sido impensable que una gran parte de los mandos de división, brigada y regimiento lo atacaran saltándose la cadena de mando. De haberlo hecho así, nadie les habría hecho caso, incluso entre las quejumbrosas paredes de las sedes burocráticas de Richmond. El hecho de que tuviera lugar la rebelión de Romney dice mucho de su falta de estatura a principios de 1862”.[52]  A la luz de estas afirmaciones, tal vez convendría dar la vuelta a la pregunta. ¿Qué motivos tenían los superiores de Jackson para confiar en él en enero de 1862? Como ya hemos indicado, sus relaciones con Jefferson Davis no eran cordiales y había quienes habían manifestado dudas con respecto a su ascenso. Por otro lado, hubo quienes lo defendieron, como Alexander Boteler o el gobernador John Letcher, y quienes se alegraron de su triunfo, como un periódico de Winchester, que criticó a los quejumbrosos y criticones del Ejército, o un soldado del 27.º de Virginia, que en febrero escribió que tras la victoria política de Jackson “todo el mundo se regocija”, “todos lo quieren”. Llama la atención que se trate de voces provenientes del valle. Letcher era de Lexington, donde había vivido Jackson antes de la guerra), mientras que Loring, Taliaferro o Fulkerson, Jefferson Davis y Judah Benjamin no lo eran.

Merece la pena introducir un último matiz: la credibilidad de quienes criticaron a Jackson y sus influencias. Al igual que Jackson, Loring había combatido con brillantez en la Guerra de México, pero a diferencia de este, había permanecido activo en el Ejército durante los años que transcurrieron entre ambas guerras, durante los que ocupó el puesto de gobernador militar de Oregón, comandó varias posiciones fronterizas en guerra contra las tribus indias y viajó a Europa para conocer las tácticas novedosas implementadas en la Guerra de Crimea (1853-1856) cinco años antes. Por su parte, William Taliaferro tampoco era un desconocido. En la escena política había sido miembro del Congreso de Virginia (House of Delegates, que junto con el Senate formaba la Virginia General Assembly), apoyado políticamente al presidente James Buchanan, antecesor de Lincoln y era sobrino de James A. Seddon (1815-1880), quien se convertiría en secretario de Guerra de la Confederación en noviembre de 1862; y en el plano militar había ejercido como comandante en jefe de la milicia de Virginia. Finalmente, ya hemos indicado que Samuel V. Fulkerson tenía cierto renombre, como militar y juez antes de la Guerra de Secesión, pero, más importante, había sido miembro de la junta de supervisores del Instituto Militar de Virginia entre 1852 y 1854 y entre 1857 y 1858, es decir, había sido el “inspector” de Jackson y lo conocía muy bien. Además, tampoco le faltaba experiencia militar porque había comandado con brillantez el 37.º Regimiento de Virginia durante la campaña de Virginia occidental, un desastre para la Confederación en el que su unidad fue de las pocas que mantuvo la disciplina y la moral. Terminaremos este apartado reformulando nuestra pregunta inicial. Frente a semejantes hojas de servicio ¿qué podía oponer Jackson en enero de 1862?

Hasta aquí hemos podido apreciar que todos y cada uno de los motivos de queja de Jackson parecen excesivos, o que al menos hubo buenas razones para que el secretario de Guerra Benjamin actuara como lo hizo, pero no sucede del todo lo mismo con la cuarte recriminación de nuestro protagonista: la microgestión de las operaciones desde los despachos de Richmond. Ya hemos indicado como, en sus escritos, Clausewitz defendió la dirección política de la guerra, unas teorías, publicadas por su viuda en 1832, que es muy probable que Jefferson Davis, presidente de la Confederación y antiguo secretario de Guerra de los Estados Unidos (1853-1857), conociera. Posteriormente, una de las características principales de este como presidente de la Confederación fue que se inmiscuyó mucho más profundamente en la dirección de la guerra que Lincoln –quien, salvando un breve periodo, siempre tuvo un comandante en jefe de sus fuerzas militares–, formulando él mismo la estrategia confederada, consistente en defender las fronteras y concentrar sus fuerzas para batir las penetraciones de las tropas de la Unión en vez de atacar territorio enemigo.

Sin embargo, la intervención del presidente en la gestión de la guerra levantó algunas controversias. “Aunque era inteligente y trabajador –afirman Herman Hattaway y Archer Jones– y un buen juez de hombres, Davis tomó algunas decisiones erróneas. Su intensa lealtad para con sus viejos amigos lo cegaba a la hora de ver sus defectos. Prefería asociarse con aquellos que opinaban como él y le resultaba difícil trabajar con quienes no lo hacían”.[53] Dos de los generales que se resistieron a su intervención fueron Pierre G. T. Beauregard (1818-1893)[54] y Joseph Johnston, al mando del Ejército del Potomac (confederado), quienes evitaron en la medida de lo posible y para exasperación de su presidente, tenerlo informado de sus movimientos y decisiones militares.

Explicado el panorama, no sorprende que, en cuanto Loring le dio permiso para marchar a Richmond con su carta, Taliaferro hiciera lo posible por ponerse en contacto personal con Jefferson Davis. Para entonces este estaba al tanto de que había problemas gracias al coronel Albert Rust (1818-1870), plantador, político y comandante del 3.er Regimiento de Arkansas, que había ido a verle unos días antes para pedirle que lo transfiriera lejos de “ese predicador loco que nos hacía marchar arriba y abajo por montañas heladas sin ningún objetivo”,[55] sin éxito, pero en esta ocasión el presidente confederado decidió hacer caso y, después de pedir a Taliaferro que relatara las condiciones en las que se encontraban las tropas, decidió que era mejor que volvieran a Winchester, sin embargo, hábil político, encargó la tarea al secretario de Guerra Benjamin, que fue quien acabó incurriendo en las iras de Jackson.

No se podría terminar este texto sin hacer mención a una posible quinta razón, aunque no se menciona de forma explícita en las cartas: la grave violación de la cadena de mando y de la disciplina militar que supusieron las gestiones de Taliaferro, con el apoyo de Loring, en Richmond. Stonewall Jackson fue, durante toda su carrera, un disciplinario estricto, lo que le llevó a protagonizar numerosos incidentes. Uno de los más graves tuvo lugar en 1851, poco después de la Guerra de México, mientras se hallaba destacado en Fort Meade, Florida, en medio de los pantanos y a tres días de marcha de Tampa, donde poco después de llegar entró en conflicto con el capitán William H. French, comandante del puesto. Ambos chocaron por diversos motivos, uno de ellos fue cuando French quiso intervenir en la construcción de una nueva instalación, lo que Jackson le negó a pesar de ser su subordinado alegando que, como oficial de suministros y logística, aquello era de su exclusiva competencia. Tras este incidente, la relación se iría deteriorando hasta que Jackson, observando que su superior salía a pasear con la criada de la casa pero sin la compañía de su mujer, lo acusó de conducta impropia, e inició una investigación que implicó entrevistas con numerosos soldados del puesto, convirtiendo todo el asunto en un escándalo que amenazó con destruir la reputación de su jefe. Entonces, French lo arrestó por insubordinación y ambos empezaron a bombardear a sus superiores con escritos solicitando la condena del otro en consejo de guerra. No cabe duda que estos debieron de sentirse aliviados cuando Jackson se dio de baja en el Ejército para aceptar el puesto de profesor que le ofrecía el Instituto Militar de Virginia, pero dice mucho del personaje que se arriesgara a perder dicha posición por empeñarse en perseguir a su oficial superior por un asunto de tan poca trascendencia militar.[56]

Si el ejemplo anterior fue lo que podríamos llamar un caso moral, en incidentes posteriores Jackson llegaría a perder incluso la humanidad, como cuando el coronel Kenton Harper, del 5.º de Virginia, le solicitó, a finales de agosto de 1861, un permiso para ir urgentemente a visitar a su esposa, enferma terminal. “Señor –le preguntó Jackson– ¿ama usted a su mujer más que a su país?”, y le denegó el permiso. Harper dimitió del Ejército.[57] Otro caso sangrante fue el “despido” del coronel William Gilham, amigo, socio en diversos negocios y colega en el Instituto Militar de Virginia por su fracaso a la hora de tomar un depósito de ferrocarril en Bath. La única concesión que le hizo fue permitirle dimitir y volver al Instituto antes de formular cargos contra él. Ni la amistad era suficiente para parar a Jackson. Con estos ejemplos para mostrar el carácter del personaje, es difícil no entender su enfado cuando se enteró de las gestiones realizadas a sus espaldas y fuera de la cadena de mando por Taliaferro y, sobre todo, cuando supo que habían tenido éxito. Más allá de la injerencia, de la falta de consulta, de la destrucción de sus planes, de la falta de confianza demostrada o del intento de microgestión, estaba el grave daño a la disciplina militar que suponía escuchar a cualquier oficial que se acercara a Richmond a quejarse de sus superiores y, sobre todo, darle la razón.

Por supuesto, nada más retirar su dimisión, Jackson contraatacó, aunque no contra Taliaferro o Fulkerson, sino contra Loring, que había endosado la carta del primero, redactando un pliego de cargos contra él por diversas negligencias en el cumplimiento del deber y, como última especificación, porque “reenvió al departamento de Guerra, sin desaprobarla, una petición a la que se sumaron varios oficiales de su fuerza, a pesar de que dicha petición violaba los reglamentos del Ejército y era subversiva contra el buen orden y la disciplina militar”.[58] Sin embargo, cuando estas acusaciones llegaron a Richmond, Jefferson Davis había propuesto a Loring para un ascenso a general por su actuación en la campaña de Romney y, aunque el general Johnston se mostró a favor de que se celebrara un consejo de guerra, Davis prefirió trasladar a Loring a Georgia y enterrar el asunto. Una semana después, el 1.er, 7.º y 14.º regimientos de Tennessee y el 1.º de Georgia abandonaron el valle. El problema había quedado zanjado.

Notas

[1] El texto puede encontrarse con facilidad en Cozzens, P. (ed.) (2004): Battles and Leaders of the Civil War, vol. 6. Urbana: University of Illinois Press. Pags. 102 y ss.

[2] Mahon, Michael G. (1999): The Shenandoah Valley 1861-1865. The Destruction of the Granary of the Confederacy. Mechanicsburg: Stackpole. Pags. 133 y 134.

[3] El Ejército de Virginia del Norte transitó por él para retirarse después de la batalla de Antietam (17 de septiembre de 1862), durante la primera invasión, y lo utilizó como vía de acceso y retirada durante la segunda invasión, cuyo momento culminante fue la batalla de Gettysburg (1, 2 y 3 de julio de 1863). Véase Guelzo, A. C. (2020): Gettysburg. Madrid: Desperta Ferro Ediciones.

[4] Gwynne, S. C. (2015): Rebel Yell. The Violence, Passion and Redemption of Stonewall Jackson. New York: Scribner. Pag. 2.

[5] Gwynne: Rebel Yell. Pags 4-5.

[6] Jackson, M. A. (1895): Memoirs of Stonewall Jackson. Louisville: The Prentice Press. Pag. 351.

[7] Sobre esta cuestión ver, por ejemplo, Gallagher, G. W.; Nolan, A. T. (eds.) (2000): The Myth of the Lost Cause and Civil War History. Bloomington: Indiana University Press; y para un excelente resumen el artículo “The Anatomy of the Myth”, por Alan T. Nolan, pags. 11.34.

[8] Orilla sur, los lados izquierdo y derecho del cauce de un río se identifican siguiendo el cauce hacia la desembocadura.

[9] Que dirigió las fuerzas confederadas al norte de Richmond desde la primera batalla de Manassas hasta ser herido al atardecer del 31 de mayo de 1862, durante la batalla de Seven Pines (Fair Oaks).

[10] Ver Robertson, J. I. Jr. (1997): Stonewall Jackson. The Man, the Soldier, the Legend. New York: Simon & Schuster. Pag 279. La diferencia entre el Ejército provisional y el profesional estribaba en que los rangos en el primero –una fuerza de milicias para tiempos de guerra– no eran definitivos y se perdían una vez terminada la contienda, mientras que los ascensos en el Ejército profesional permanecían tras la guerra.

[11] Cozzens, P. (2008): Shenandoah 1862. Chapel Hill. University of North Carolina Press. Pag. 16.

[12] A pesar de su fría imagen, Jackson utilizaba numerosos apelativos cariñosos cuando se relacionaba con su mujer.

[13] Jackson, M. A. (2019): The Life and Letters of General Thomas J. Jackson. Letters from Stonewall Jackson during the American Civil War. Amazon. Pags 131-132.

[14] Cozzens: Shenandoah, pag. 38.

[15] Fullerton, D. C. (2017): Armies in Gray. The Organizational History of the Confederate States Army in the Civil War. Baton Rouge: Louisiana State University Press. Pag. 24.

[16] Cozzens: Shenandoah. Pag. 42.

[17] Cozzens: Shenandoah. Pag. 42.

[18] Fullerton: Armies. Pag. 41.

[19] Cozzens: Shenandoah. Pag. 71.

[20] Según Gwynne: Rebel Yell. Pag. 181. Según Cozzens: Shenandoah. Pag. 71, Loring se estaba dirigiendo a un oficial del Estado Mayor de Jackson.

[21] “Informe del general Thomas J. Jackson, del Ejército confederado, sobre las operaciones entre el 4 de noviembre y el 21 de febrero de 1862”, en War of the Rebellion. A compilation of the Official Records of the Union and Confederate Armies. Serie I – Volúmen V. Pag. 391.

[22] Ecelberger, G. L. (2000): Frederick W. Lander. The Great Natural American Soldier. Baton Rouge: Louisiana State University Press. Pags. 170-172.

[23] “Informe del general Thomas J. Jackson, del Ejército confederado, sobre las operaciones entre el 4 de noviembre y el 21 de febrero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 392.

[24] Robertson: Stonewall. Pag. 310.

[25] Casler, J. O. (2017): Four Years in the Stonewall Brigade. Arcadia Press. Pag. 31.

[26] Cozzens: Shenandoah. Pag. 84.

[27] 1812 o 1942, cualquiera de ellas.

[28] “Informe del general Thomas J. Jackson, del Ejército confederado, sobre las operaciones entre el 4 de noviembre y el 21 de febrero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 393.

[29] “Carta del general Thomas J. Jackson al honorable J. P. Benjamin, secretario de Guerra, del 20 de enero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pág. 1039.

[30] Cozzens: Shenandoah. Pág. 95.

[31] Taliaferro, W. B. “Some Personal Reminiscences of Lt-Gen. Thos. J. (Stonewall) Jackson”, en Jackson: Memoirs.

[32] Se trataba de la 1.ª Brigada del Ejército del Noroeste, dejada allí por Loring tras marchar hacia Winchester, también conocido como la Guarnición de los Alleghenies, con unos 3000 efectivos. Ver Fullerton: Armies. Pág 41.

[33] “Carta del general Thomas J. Jackson al honorable J. P. Benjamin, secretario de Guerra, del 20 de enero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 1039.

[34] “Informe del general Thomas J. Jackson, del Ejército confederado, sobre las operaciones entre el 4 de noviembre y el 21 de febrero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 393.

[35] Gwynne: Rebel Yell. Pags. 184-185.

[36] “Carta del general Thomas J. Jackson al honorable J. P. Benjamin, secretario de Guerra, del 24 de enero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 1043.

[37] “Informe del general Thomas J. Jackson, del Ejército confederado, sobre las operaciones entre el 4 de noviembre y el 21 de febrero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 393.

[38] Cozzens: Shenandoah. Pag. 97.

[39] Krick, R. K.: “The Metamorphosis in Stonewall Jackson’s Public Image”. En Gallagher, G. W. (ed.) (2003): The Shenandoah Valley Campaign of 1862. Chapel Hill: The University of North Carolina Press. Pag. 27.

[40] “Carta de Samuel V. Fulkerson, coronel del 37.º de Infantería de Virginia, al honorable Walter R. Staples, del 23 de enero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volúmen V. Pag. 1041.

[41] “Post Scriptum de William B. Taliaferro, coronel al mando de la 4.ª Brigada del Ejército del Noroeste, del 23 de enero de 1862, a la carta de Samuel V. Fulkerson de la misma fecha”, War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 1042.

[42] En virtud de la Bounty and Furlough Act (“Ley de Prima y Permiso”) de diciembre de 1861, todos los voluntarios enrolados por un año que accedieran a reengancharse por dos más tenían derecho a una prima de 50 $ y a sesenta días de permiso.

[43] “Carta de William B. Taliaferro, coronel al mando de la 4.ª Brigada del Ejército del Noroeste al general de brigada Loring, al mando del Ejército del Noroeste, del 25 de enero de 1862”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 1046.

[44] “Post Scriptum de W. W. Loring, general de brigada al mando del Ejército del Noroeste, del 25 de enero de 1862, a la carta de William B. Taliaferro”, War of the Rebellion, Serie I – Volumen V, Pag. 1048.

[45] “Post Scriptum de T. J. Jackson, general al mando del Distrito del Valle, del 4 de febrero de 1862, a la carta de William B. Taliaferro”, War of the Rebellion, Serie I – Volumen V, Pag. 1048.

[46] Al mando del Distrito del Valle de la Unión en 1864, este general aplicó, por orden del general de ejército Ulysses S. Grant (1822-1885), una política de tierra quemada que destruyó todo el tejido industrial y los centros educativos que había en el territorio del Shenandoah.

[47] Clausewitz, K. von (2007): On War. Oxford: Oxford University Press. Pag. 28

[48] Clausewitz: On War. Pág. 28.

[49] “Carta de T. J. Jackson, general al mando del Distrito del Valle al honorable J. P. Benjamin, secretario de Guerra, del 20 de noviembre de 1861”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 965.

[50] Citado en Cozzens: Shenandoah. Pag. 73.

[51] “Carta de T. J. Jackson, general al mando del Distrito del Valle al honorable J. P. Benjamin, secretario de Guerra, del 20 de noviembre de 1861”, en War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 965.

[52] Krick, R. K.: “The Metamorphosis in Stonewall Jackson’s Public Image”. En Gallagher, G. W. (ed.) (2003): The Shenandoah Valley Campaign of 1862. Chapel Hill: The University of North Carolina Press. Pag. 27.

[53] Hattaway, H.; Archer, J. (1991): How the North Won. A Military History of the Civil War. Urbana: University of Illinois Press. Pag. 8.

[54] El hombre que ordenó disparar contra Fuerte Sumpter el 12 de abril de 1861, prendiendo la chispa que desencadenó la guerra.

[55] Citado en Cozzens: Shenandoah. Pag. 100.

[56] Toda la historia en Gwynne: Rebel Yell. Pags. 112-118.

[57] Robertson: Stonewall. Pag. 274.

[58] “Cargos y especificaciones emitidos por el general T. J. Jackson, Ejército Provisional de los Estados Confederados, contra el general de brigada W. W. Loring, Ejército Provisional de los Estados Confederados”, incluidos en el comunicado enviado por el Cuartel General del Departamento de Virginia del Norte (general Joseph Johnston) al ayudante e inspector general del ejército general S. Cooper el 7 de febrero de 1862. War of the Rebellion, Serie I – Volumen V. Pag. 1065.

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