La batalla de Bunker Hill

La batalla de Bunker Hill, por Howard Pyle, en torno a 1897. El original de esta obra era propiedad del Delaware Museum, pero lleva desaparecida desde 2001. Por los fondos de la imagen y los cadáveres en la cuesta, podemos deducir que se trata del segundo asalto al reducto. Lo que podemos ver aquí es una típica formación linear británica por compañías, sin embargo sabemos que en este caso el general Howe no empleó esta formación, sino que envió a sus hombres al combate desplegando las compañías con ocho hombres al frente, bien separados, y todos los demás detrás; además, los hombres habían recibido la orden expresa de dejar sus mochilas en la orilla para ir más ligeros. La primera fortificación conquistada fue el parapeto, algunos de cuyos defensores se retiraron hacia el sur para reforzar el reducto, cuya toma iba a ser más complicada. Nada más cruzar el foso que lo protegía la disciplina de los casacas rojas volvió a fallar, los soldados se apretaron contra el terraplén y se negaron a avanzar. Para animarlos se alzó el capitán George Harris, de la compañía de granaderos del 5.º Regimiento, pero fue derribado de un balazo en la cabeza (se lo curarían los cirujanos, en Boston, trepanándolo mientras él mismo observaba gracias a un montaje de espejos), y fue el teniente Rawdon, futuro político de renombre y gobernador de la India, quien consiguió que se alzaran y atacaran al fin.

Sin embargo, lo que Gage consiguió aquella noche fue precisamente lo contrario. Alertado por los espías patriotas de Boston, el campo de Massachusetts se alzó contra la intrusión de las tropas reales. Sam Adams y John Hancock, dos de los agitadores más notorios y ofensivos, escaparon, y un enfrentamiento con la milicia en el prado comunal de Lexington se convirtió en un baño de sangre inesperado. Los casacas rojas de Gage consiguieron destruir parte de los suministros escondidos en Concord, pero la llegada de más milicianos los ahuyentó antes de que pudieran completar la tarea. A pesar de ello los americanos se negaron a dejarlos en paz y los rebeldes acosaron furiosa y constantemente, desde detrás de los muros de piedra y desde el interior de las casas que jalonaban la carretera, a los exhaustos casacas rojas en su retirada hacia la seguridad de Charlestown. Solo un firme liderazgo permitió que los británicos pudieran retirarse sin acabar huyendo presa del pánico. Los americanos acababan de derramar la primera sangre y de apuntarse una sustancial, aunque meramente simbólica, victoria.

El gran ejército americano

Pasarían semanas antes de que la rebelión se convirtiera en revolución. Pocos americanos hablaban entonces abiertamente de independizarse de Gran Bretaña, y allá en Filadelfia –donde se habían reunido los representantes de las Trece Colonias en lo que se llamó el Segundo Congreso Continental– las colonias iban a perder bastante tiempo antes de unirse a Massachusetts. Pero a pesar de eso Nueva Inglaterra estaba en guerra. Miles de ciudadanos-soldados de Massachusetts habían respondido a la llamada a las armas cuando las tropas de Gage se desplazaron hacia Lexington y Concord el 19 de abril, y no solo de los condados circundantes, sino de todo el este de la colonia; y pronto llegarían unidades de milicia desde Connecticut, New Hampshire y Rhode Island para apoyar a su acosado vecino. Las milicias provinciales no habían ido allí para empezar una guerra, sino solo para defender sus hogares, y muchos de los habitantes de Nueva Inglaterra que cogieron sus mosquetes y marcharon a Boston en aquel mes de abril tenían la firme intención de volver a casa en cuanto los británicos hubieran aprendido la lección. Así pues, no era inevitable que las escaramuzas de Lexington y Concord desencadenaran una guerra, pero lo hicieron, pues hubo personas influyentes que se aseguraron de que así fuera. Una de ellas fue el doctor Joseph Warren, el joven y carismático líder del Congreso Provincial de Massachusetts, que era, de facto, el gobierno rebelde de la Colonia de la Bahía. Warren quería un conflicto sangriento con Gran Bretaña y, desde su punto de vista, había llegado el momento. No se podía permitir que los miles de milicianos acampados en torno a Boston se disolvieran y se fueran de vuelta a sus campos y a sus talleres; había que convertirlos en el primer ejército americano.

No iba a ser una tarea fácil ni simple. De hecho, iba a resultar casi imposible crear un ejército partiendo de aquella dispersa masa de soldados aficionados y sin encuadrar. Entre una y dos semanas después de los combates de Lexington y Concord habría unos 15 000 hombres apiñados en ciudades de tiendas de campaña improvisadas en torno a las localidades de Roxbury y Cambridge que tendrían que ser alimentados, vestidos, alojados y entrenados, y habría que proveerlos de oficiales y organizarlos en unidades militares regulares. Cada una de estas tareas era por sí misma hercúlea, pero lo más desalentador fue el proceso de convertir a los milicianos en soldados obedientes y convencerles de que debían quedarse, de que eran necesarios a largo plazo. Estas fueron lecciones difíciles de aprender, porque a pesar de que los tercos e individualistas habitantes de Nueva Inglaterra eran valientes y determinados, ninguno de ellos veía motivo alguno por el que no pudieran volver a sus casas en cuanto lo desearan, o por el que tuvieran que obedecer órdenes de oficiales a los que no conocían.

Pero los soldados se quedaron y, más o menos, el “Gran Ejército americano”, como empezaba a ser conocido, se mantuvo unido, consiguiendo todo lo que necesitaba gracias al entusiasmo y al apoyo inquebrantable del doctor Warren, mientras que gracias a la paciencia y la dedicación del general Artemas Ward, de Massachusetts, el oficial de más alto rango en el lugar, aquella masa de milicianos apiñada en torno a Boston fue convirtiéndose, gradualmente, en un ejército. Ward, corpulento y carente de sentido del humor, no era precisamente un líder galante o inspirador, pero era competente y nadie cuestionaba su patriotismo: al llegarle la noticia de que los casacas rojas estaban marchando hacia Concord, había cabalgado –muy enfermo y sufriendo graves dolores–, solo y en una única jornada, desde su casa en Shrewsbury hasta el punto de concentración en Cambridge.

Pasaría tiempo antes de que alguno de los dos ejércitos, el británico o el rebelde, estuviera en condiciones de hacer algo más que esperar sentado. Las fuerzas de Gage estaban desmoralizadas y es muy probable que cuantitativamente no fueran lo suficientemente poderosas como para conservar Boston y romper las líneas americanas que cercaban la ciudad por tierra. Mientras, las fuerzas rebeldes, aunque numéricamente superiores, eran incapaces de organizar un asalto contra el reducto británico.

Era imposible que esta paridad durara indefinidamente y los británicos no tardaron en tener ventaja. Durante la primavera los buques de transporte fueron trayendo más casacas rojas desde los centros de reclutamiento de Gran Bretaña e Irlanda, así como nuevos líderes, oficiales tan experimentados como Gage, pero tal vez más agresivos: los generales William Howe, sir Henry Clinton y John Burgoyne. Esta inyección de sangre fresca y nuevos jefes apuntaló la moral de los británicos, de tal modo que a principios de junio todo el mundo asumía que estos tomarían la ofensiva.

Planes y contraplanes

El plan inicial de los británicos, tal y como lo articularon Gage y sus lugartenientes a principios de junio de 1775, consistía en un ataque contra las posiciones americanas en Roxbury, pues como el cuartel general de Artemas Ward y el grueso de sus fuerzas se hallaban en los campamentos en torno a Cambridge, esta localidad, situada en la base del llamado “cuello de Boston” –un estrecho istmo que unía la ciudad con tierra firme– estaba más cerca, era accesible por tierra y estaba menos defendida. Además, el general John Thomas, de Massachusetts, comandante americano en el lugar, carecía de la artillería suficiente para defender su posición, de modo que un asalto británico tendría como resultado, con toda seguridad, una rápida y pulcra victoria, a partir de la cual las fuerzas de Gage podrían hacer un barrido hacia el norte para aplastar en Cambridge al ejército principal, acabando así con la rebelión en dos días de combates… o menos.

Batalla de Bunker Hill, escala 1:3900, del catálogo manuscrito de la colección de mapas de Peter Force map collection, Library of Congress.

Boston estaba lleno de espías rebeldes, e incluso el secreto mejor guardado lo era por poco tiempo. En apenas unas pocas horas los planes de ofensiva se filtraron hasta el cuartel general americano en Cambridge. Ward y sus lugartenientes ya sospechaban la inminencia de un ataque británico y ahora sabían exactamente dónde y, más importante aún, cuándo sería: el domingo 18 de junio de 1775 a primera hora de la mañana. Para el mando rebelde, conocer estos detalles fue de escaso consuelo, pues poco podían hacer para aguantar un asalto determinado desde Boston, y tampoco tenían con qué reforzar las defensas de Roxbury, pues Ward no disponía de hombres ni de cañones para ello. La localidad no podía ser defendida. Entre la espada y la pared, el general Ward, el doctor Warren y sus colegas decidieron hacer una apuesta arriesgada: prevenir el asalto de Gage con una ofensiva propia que, probablemente, sería incapaz de derrotar a los británicos, pero sí serviría para ganar un tiempo precioso. Las órdenes fueron emitidas el viernes 16 de junio para que ese mismo atardecer el coronel William Prescott liderara, rápida y subrepticiamente, una columna de tropas de Massachusetts y Connecticut desde Cambridge hasta los altos de Charleston, sobre el río Charles y el propio Boston, donde, aprovechando la oscuridad, fortificarían la loma más grande de la península, conocida por los habitantes locales con el nombre de Bunker Hill. La idea –o la esperanza– era que los británicos vieran el fuerte, lo consideraran una amenaza y cancelaran el ataque contra Roxbury. Este movimiento solo pretendía retrasar lo inevitable, pero era mejor eso que rendirse a ello.

Prescott y su pequeña fuerza –acompañada por el legendario general Israel Putnam, de Connecticut, que había combatido contra los indios– partieron hacia los altos de Charlestown esa misma noche. Afortunadamente no había luna y los británicos no recibieron aviso de su presencia tan cerca de los buques que patrullaban el puerto de Boston. Sin embargo, Prescott y Putnam decidieron no seguir al pie de la letra las órdenes de Ward. Por algún motivo, Prescott llevó su fuerza más allá de Bunker Hill para tomar posesión de una cota de menor altitud llamada Breed’s Hill, una elección desafortunada pues Breed’s era más baja, más pequeña y en general menos defendible que Bunker Hill; estaba significativamente más lejos del istmo de Charlestown, la vital (y única) ruta de escape hacia Cambridge desde la península; y quedaba al alcance de los cañones británicos desplegados en Boston. Hay que añadir que un fuerte americano en Breed’s Hill supondría un desafío que los británicos no podrían ignorar. La decisión de Prescott de saltarse las órdenes de Ward iba a resultar fatídica.

La batalla de Bunker Hill (Breed’s Hill)

Los hombres de Prescott se pusieron a trabajar en torno a la media noche y no se detuvieron hasta que el amanecer y la respuesta británica pusieron término a su labor, en algún momento en torno a las 4.00 horas del 17 de junio. En cuanto los primeros rayos de sol revelaron la presencia del improvisado reducto a los atentos centinelas británicos, sus jefes se pusieron de inmediato a debatir qué hacer a continuación. Entretanto, el balandro HMS Lively, que estaba patrullando el río Charles cerca del recorrido del transbordador que iba de Boston a Charlestown, abrió fuego contra el fuerte yanqui, y pronto se le unieron otros buques de guerra británicos y las baterías emplazadas en la propia ciudad. Acababa de empezar la batalla de los Altos de Charlestown.

Para Prescott y Putnam el amanecer reveló algo aún más terrorífico que el bombardeo británico inicial: que la posición rebelde era peligrosamente vulnerable. No tenían artillería digna de mención, de modo que no podían responder al cañoneo británico, y lo que era aún más importante, estaba muy aislada. Aunque su flanco derecho, anclado en la desierta localidad de Charlestown, estaba razonablemente asegurado, el flanco izquierdo estaba muy expuesto. Además, en aquel momento los hombres de Prescott llevan despiertos más de 24 horas, y trabajando más de seis, no tenían comida y apenas les quedaba agua y estaban exhaustos y aterrados por las constantes descargas de hierro incandescente que les estaban cayendo encima provenientes de los buques anclados en el puerto y de la batería sita en Copp´s Hill. Sin embargo, a su jefe no le quedaba más elección que presionarlos para que siguieran cavando, aunque fuera bajo fuego.

El audaz avance rebelde había pillado desprevenido al alto mando británico, pero este se recuperó con rapidez. Poco después de que el Lively empezara el bombardeo, el general Gage se reunió en Clinton House, el cuartel general británico en Boston, con Howe, Clinton y Bourgoyne. Todos estaban dispuestos a enfrentarse con los americanos, pero sus propuestas sobre cómo hacerlo divergían. Estaba claro que el ataque contra Roxbury, previsto para el 18, tendría que cancelarse, y Clinton sugirió un atrevido ataque para el amanecer del día siguiente en el que, mientras una fuerza asaltaba de frente el centro americano, otra se desplazaría en secreto hacia su retaguardia, aislándolos de tierra firme. Sin embargo, Gage y Howe objetaron contra una división de fuerzas por considerarla demasiado arriesgada y, en lugar de eso, Howe propuso una solución más convencional: un asalto anfibio inmediato cerca de Charlestown que sirviera para mantener ocupados a los rebeldes desde el frente mientras una fuerza de asalto se desplazaba rápidamente por la orilla sur del río Mystic y rodeaba el vulnerable flanco izquierdo americano. Preparar una operación de este tipo requería tiempo –había que procurarse barcos y distribuir munición y provisiones– pero Howe confiaba en poder hacerlo con la marea alta, en torno a las 13.00 horas de esa misma tarde. Gage, Clinton y Burgoyne se mostraron de acuerdo y el primero emitió las órdenes pertinentes. Mientras el bombardeo de las posiciones rebeldes continuaba sin pausa, la fuerza de asalto fue rápida y eficientemente reunida.

Mapa de la batalla de Bunker Hill 1775

Mapa de la batalla de Bunker Hill (Breed’s Hill), 17 de junio de 1775. Pincha en la imagen para ampliar. © Desperta Ferro Ediciones

Eran aproximadamente las 13.00 horas cuando los hombres de Prescott que se hallaban en el reducto de Breed’s Hill avistaron un espectáculo extraordinario: una flotilla de barcas cruzando a remo el río Charles en filas perfectamente ordenadas, llevando a bordo a más de 2000 casacas rojas y dirigiéndose directamente desde Boston a la orilla de Charlestown. Nada más alcanzarla los hombres desembarcaron y poco después los barcos volvían hacia la ciudad para recoger refuerzos. Para entonces también estaban llegando refuerzos americanos, sacados a toda prisa de sus campamentos por el sonido de los cañones, que, afortunadamente, hicieron lo que Prescott y sus hombres no podían: completar la línea defensiva. Poco después, entre el reducto original y el flanco izquierdo americano sobre el río Mystic, había un parapeto de tierra, una serie de pequeños terraplenes, una valla de troncos y –cubriendo la orilla del río, en la playa– un muro de piedra improvisado que había sido colocado en el último instante por la milicia de New Hampshire, comandada por el temible John Stark.

Fue William Howe quien tomó el mando de la fuerza de ataque. Poco después de las 15.00 horas los casacas rojas empezaron a ejecutar lo que tendría que haber sido un avance directo aunque difícil, pero el asalto británico se desmoronó nada más comenzar. Aunque las tropas de Howe eran claramente superiores a los rebeldes a los que se enfrentaban, pues estaban mejor entrenadas, tenían experiencia en la maniobra de grandes y pequeñas unidades, estaban mejor equipadas y abastecidas y estaban acostumbradas a obedecer a sus oficiales, algunos de los cuales habían servido en la Guerra de los Siete Años, pocos de los soldados contaban con experiencia en combate y las tropas eran tan novatas como las improvisadas milicias americanas.

La tradición americana indica que los británicos atacaron tres veces, pero en realidad solo hubo dos asaltos. Inicialmente, Howe evitó asaltar el reducto directamente y en lugar de ello realizó una finta contra el centro y la derecha de los rebeldes para distraer su atención mientras ejecutaba el ataque real contra la izquierda, donde la infantería ligera, tropa de choque de élite de la fuerza británica, avanzó rápidamente por la orilla del río Mystic con la intención de romper el débil flanco de su enemigo y rodearlo. Pero los hombres de Hampshire liderados por John Stark se apresuraron a enfrentarse a ellos, y cuando la infantería ligera británica llegó a una distancia de unos 30 m la línea americana la saludó con una descarga masiva de mosquetería que desbarató el ataque y envió a los supervivientes huyendo de vuelta hacia su punto de partida. Poco después los oficiales británicos consiguieron reunirlos, reorganizarlos y enviarlos de nuevo al combate, esta vez junto a sus camaradas que estaban atacando el centro de la posición americana.

El ataque británico había fracasado no por el empleo de tácticas equivocadas o a causa de la ineptitud de Howe, sino porque las bisoñas tropas británicas, especialmente las que atacaron la izquierda americana, fueron presa del pánico. Su fracaso a la hora de atravesar las líneas americanas se debió a que perdieron los nervios, algo que se supone que no hacían los soldados profesionales europeos; los americanos, por otro lado, resultaron ser sorprendentemente resistentes y serenos, incluso bajo el fuego.

Tras este fracaso, Howe concentró de nuevo a sus hombres, reorganizó sus líneas y los mandó al ataque por segunda vez. Militar de valía, supo leer la situación y esta vez se concentró en el flanco derecho americano –el reducto en Breed’s Hill– y desplegó sus tropas en formaciones más dispersas, para reducir las bajas al mínimo. Aun así los americanos aguantaron a pie firme, apuntaron con cuidado y esperaron el momento preciso. Cuando los británicos se aproximaron de nuevo los mosquetes volvieron a rugir y a cobrarse una cuota terrible de vidas. “Se les veía demasiado bien parecidos como para dispararles”, recordaría un soldado de Massachusetts, “pero teníamos que hacerlo”.

Sin embargo, tanto el tiempo como el número estaban a favor de Howe, y cuando los rebeldes se quedaron sin munición los regulares británicos atravesaron las líneas americanas y ocuparon los parapetos del reducto de Breed’s Hill. Nadie ordenó retirarse a los defensores, porque nadie, en realidad, tenía el control de las tropas americanas en Charlestown; pero los hombres de Nueva Inglaterra supieron que habían sido vencidos y empezaron a ceder terreno. Los pocos que aguantaron desesperadamente dentro del reducto perdieron sus vidas –entre ellos el mismísimo Joseph Warren, quien eligió morir como un soldado más a pesar de haber sido nombrado general de la milicia de Massachusetts unos pocos días antes–.

La victoria

Los rebeldes se retiraron, lentamente y a regañadientes, hacia el istmo de Charlestown, Cambridge y la salvación, luchando durante todo el camino y perseguidos por un enemigo tan triunfante como exhausto y castigado. Howe, consciente de hasta qué punto habían sufrido las unidades bajo su mando, ordenó abandonar la persecución cuando sus tropas llegaron a Bunker Hill.

Muerte general warren Bunker Hill

La muerte del general Warren en la batalla de Bunker Hill, 17 de junio de 1775 (1834), óleo sobre lienzo de John Trumbull (1756-1843), Museum of Fine Arts, Boston.

Bunker Hill, como inexplicablemente acabó por ser conocida la batalla de Breed’s Hill, fue una notable victoria británica. La mayor parte del ejército americano estaba en fuga y, aunque el ejército británico había sufrido mucho a manos de los provinciales, se encontraba en posesión de la península de Charlestown y las tropas americanas que se hallaban en Cambridge, a apenas dos horas de marcha, eran más vulnerables de lo que lo habían sido antes de la batalla. No cabe duda de que las bajas británicas habían sido elevadas –Howe había perdido alrededor de un tercio de sus hombres–, pero cifras de esta entidad eran bastante habituales en una batalla del siglo XVIII. Sin embargo, el precio fue mayor de lo que Gage, Howe o Clinton estaban preparados para asumir; una cuarta parte de las bajas de oficiales sufridas por los británicos durante toda la Guerra de Independencia de EE. UU. cayó en Bunker Hill. Para Clinton, que no era dado a la exageración, fue una “victoria costosa”. “Otra como esta –escribió más adelante– habría acabado con nosotros”.

Aquel día la causa americana estuvo al borde del desastre. No solo perdió, en la persona de Joseph Warren, a uno de sus líderes y hombres de estado más brillantes, sino que estuvo a punto de perder también la mayor parte de su ejército. El general Ward sería posteriormente criticado por su prudencia, por no haber enviado todas sus tropas al combate, pero es muy probable que esta cautela salvara al ejército de la total destrucción. A pesar de todo, pocos americanos vieron una derrota en esta batalla, pues los rebeldes habían demostrado a los británicos, al mundo entero y a sí mismos que podían enfrentarse a un ejército profesional con ciertas garantías, y se convencieron de que, si la guerra continuaba, tenían posibilidades de ganarla. Pero lo más significativo de Bunker Hill es que fue un punto de inflexión en la historia de la Revolución estadounidense. Antes del 17 de junio de 1775 todavía había posibilidades de arreglar amigablemente, o al menos sin llegar a las armas, las diferencias entre el rey Jorge y sus descontentas colonias americanas; pero Bunker Hill cambió la situación. La disputa ya no podría solucionarse meramente con palabras.

Bibliografía

  • Forman, S. A. (2012): Dr. Joseph Warren: The Boston Tea Party, Bunker Hill, and the Birth of American Liberty. Gretna, Louisiana: Pelican.
  • French, A. (1935): The First Year of American Revolution. New York: Houghton Mifflin.
  • Lockhart, P. (2011): The Whites of Their Eyes: Bunker Hill, the First American Army and the Emergence of George Washington. New York: Harper Collins.
  • O’Shaughnessy, A. J. (2013): The Men Who Lost America: British Leadership, the American Revolution and the Fate of the Empire. New Haven: Yale University Press.
  • Spring, M. (2010): With Zeal and With Bayonets Only: the British Army on Campaign in North America, 1775-1783. Norman: University of Oklahoma Press.

 

El Dr. Paul D. Lockhart tiene el título de Brage Golding Distinguished Professor of Research y es profesor de Historia en la Wright State University, en Dayton, Ohio, donde enseña historia militar y europea. Entre sus libros se incluyen: The Drillmaster of Valley Forge: The Baron de Steuben and the Making of the American Army (2008), The Whites of Their Eyes: Bunker Hill, the First American Army, and the Emergence of George Washington (2011), y Denmark, 1513-1660: The Rise and Decline of a Renaissance Monarchy (2007).

Este artículo apareció publicado en el Desperta Ferro Historia Moderna n.º 14 como adelanto del siguiente número, el Desperta Ferro Historia Moderna n.º 15: Liberty or Death! La guerra de independencia de EEUU 1775-1776.

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