Urraca I primera reina de europa león castilla

Rey y reina coronados, Capitel del lado derecho del pórtico exterior de la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Jaramillo de la Fuente, Burgos. Fuente: Wikimedia Commons/Santiago López Pastor.

Urraca fue, en efecto, la primera reina titular y soberana por derecho propio en el Occidente medieval. A principios del siglo XII gobernó de manera continuada uno de los reinos más importantes de su tiempo –León-Castilla– con autoridad efectiva y hasta su muerte. No fue consorte ni regente, sino reina reinante: ejerció el poder regio como cualquier soberano varón, y más allá, porque al hacerlo en solitario no renunció tampoco a desempeñar las funciones tradicionalmente atribuidas a la reina, propias del marco femenino en el que había crecido y se había formado. Esta doble dimensión de su autoridad se percibe, por ejemplo, en la gestión del infantazgo, señorío femenino vinculado al patrimonio regio y concebido como posesión vitalicia para las infantas (las hijas de los reyes). En él actuaban como verdaderas señoras feudales, al frente de un amplio patrimonio y con autoridad económica, jurisdiccional y política. Este espacio funcionaba, además, como ámbito de formación destinado a preparar a las mujeres de sangre real para asumir responsabilidades dinásticas, permitiéndoles forjar una identidad de poder en clave femenina, donde se articulaban linaje, memoria y acción política. También su mecenazgo en la basílica de San Isidoro de León reforzó su posición como reina reinante, al constituirse como un espacio de memoria y símbolo de la continuidad de su linaje: ahí, en el panteón regio, descansaba su estirpe.

Formada en el ámbito del infantazgo leonés y reconocida durante más de dos décadas como heredera, Urraca fue pieza central en la política dinástica de Alfonso VI de León y Castilla y de su madre, Constanza de Borgoña. Su matrimonio con Raimundo de Borgoña la situó al frente del gobierno del condado de Galicia, donde, pese a su condición formal de consorte, la documentación revela una temprana afirmación de sus derechos como hija legítima del rey y una clara reivindicación de la sucesión al trono, especialmente tras la designación como heredero de su medio hermano ilegítimo, el infante Sancho.

La muerte de este y, poco después, la de su padre, la condujeron finalmente al trono, al que accedió sola y con plenos poderes soberanos. No obstante, la incertidumbre que podía suscitar una sucesión femenina entre los grupos de poder, unida a la situación crítica del reino tras la ofensiva almorávide y la derrota de Uclés (1108), que provocó a su vez el colapso de las posesiones leonesas al sur del río Tajo, obligó a replantear el equilibrio político. Así se decidió que Urraca, entonces viuda, debía contraer un nuevo matrimonio. El enlace con Alfonso I de Aragón y Pamplona volvió a someter su autoridad a la tutela masculina y limitó su margen de acción política. Frente a ello, Urraca decidió recuperar el control efectivo del gobierno, reinar en solitario y ejercer plenamente la soberanía heredada, apoyándose en una red de alianzas que supo tejer y consolidar con habilidad. No dudó, cuando fue necesario, en ponerse al frente de los ejércitos en la prolongada guerra contra su esposo. Durante diecisiete años ejerció el poder soberano, afirmando de manera efectiva su autoridad hasta su muerte.

Un reinado sin precedentes

Reducir su figura al lema de «primera reina de Europa», entonces, puede correr el riesgo de convertirla en una simple anécdota cronológica y de desviar la atención del verdadero hito de su reinado: su agencia política. Su mérito no reside únicamente en ocupar un lugar inaugural, sino en su temprana y decidida voluntad de ejercer el poder; en su conciencia de ser heredera regia, portadora de la sangre real, descendiente legítima y depositaria de los derechos dinásticos; en su empeño por proteger la dinastía y la herencia paterna; en su voluntad de reinar como soberana y no como consorte; en su resistencia a ceder autoridad al esposo o incluso a su propio hijo y a sus partidarios; en su capacidad de negociación con los poderes del reino y en su esfuerzo constante por mostrarse como reina legítima. De manera consciente, construyó un modelo de realeza femenina que representaba a la reina reinante con los atributos propios del poder regio.

Urraca I

Urraca I, miniatura del Tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela, ca. 1129 y 1255. Fuente: Wikimedia Commons.

Todo eso es necesario explicarlo porque lo que la hizo distinta y la convirtió en «primera» fue su firme determinación de ejercer el poder de manera efectiva en un contexto que únicamente esperaba de una heredera regia que garantizara la continuidad dinástica, se casara estratégicamente y cediera del protagonismo político, aunque siguiera manteniendo los intereses de su estirpe.

Con todo, el término «primera» resulta problemático desde el punto de vista histórico. Este tipo de afirmaciones dependen de definiciones complejas: ¿qué entendemos exactamente por «reina»? Mientras que la figura del rey parece inequívoca, la de la reina exige precisiones y complementos: reina consorte, reina regente, reina titular, reina propietaria, reina soberana o reina lugarteniente. La primacía de Urraca reside en que fue la primera reina titular y soberana por derecho propio en la península ibérica y en el Occidente medieval: heredó la autoridad regia de forma legítima tras la muerte de su padre y la ejerció con pleno reconocimiento, como cualquier rey de su tiempo.

Antes de Urraca hubo mujeres con poder; con ella, una mujer se convirtió en el poder mismo. Gobernó en un contexto feudal patrilineal ya consolidado, donde la autoridad femenina encontraba límites estructurales muy definidos. Por ello, su reinado constituye un precedente histórico en la península ibérica y en el Occidente medieval. En última instancia, lo que define a Urraca no es haber sido la «primera», sino haber defendido y ejercido el poder regio en solitario y en primera persona, estableciendo un modelo de soberanía femenina sin precedentes en su época.

En definitiva, quizá no sea tanto la cuestión de si fue o no «la primera reina de Europa» lo que deba centrar el debate, sino el modo en que la memoria transmitida por las crónicas modeló –y en buena medida distorsionó– su imagen. La tradición narrativa, marcada por juicios morales y por categorías políticas profundamente masculinizadas, no solo condicionó la percepción de su reinado, sino que contribuyó activamente a diluir su agencia y a oscurecer la naturaleza efectiva de su ejercicio del poder. Tal vez sea precisamente esa construcción memorial la que explique tanto la pérdida de su reconocimiento como soberana plena, como la necesidad contemporánea de reivindicarla bajo la etiqueta de «primera», que solo adquiere sentido cuando su figura se analiza en toda su complejidad histórica.

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