Mucho se ha escrito sobre la peste que a partir del año 166 d.C. asoló el Imperio romano, conocida como Peste Antonina o Plaga de Galeno, por el famoso doctor –tan famoso que su nombre ha quedado en nuestra lengua como sinónimo de médico– que la describió en su obra Methodus Medendi (Μέθοδος θεραπευτική), y que huyó despavorido de Roma cuando la enfermedad arreció en la urbe. Según Dión Casio (LXX.3.1), las tropas romanas ya habrían sufrido la peste en 164 d.C. en Armenia, pero para Luciano de Samosata (Quomodo Hist. conscr. 15) el brote de la pestilentia habría estado en origen en Etiopía, desde donde pasó a Egipto, para luego propagarse a Asia, llegando en 165-166 a Seleucia del Tigris. Esta ciudad fue saqueada por las tropas de Lucio Vero, coemperador con Marco Aurelio y que desde 162 combatía contra los partos, y como consecuencia la peste se propagó entre sus legionarios. Otra versión es la que da la biografía de Lucio Vero en la Historia Augusta (SHA., Vita Verus, VIII.1; cf. Amiano Marcelino, Hist. XXXI.6.24):

Y dicen que la epidemia surgió en Babilonia cuando se escapo un vaho pestilente de una arquita de oro del templo de Apolo, en la que un soldado había abierto por casualidad un resquicio, y que desde allí apestó el reino de los partos y el orbe

Últimas palabras del emperador Marco Aurelio, óleo de Eugène Delacroix pintada al óleo, 1844, Museo de Bellas Artes de Lyon. Las últimas palabras del emperador filósofo dejan clara su preocupación ante la pestilencia que amenazaba arrasar al Imperio, y esconderían una velada alusión al fenómeno zombi: “¿Por qué me lloráis y no pensáis más en la peste y en la muerte ante la que todos caeremos?”

El  ejército romano, azotado por la plaga, hubo de retirarse de Mesopotamia y se acordó precipitadamente un acuerdo de paz con los partos. Pero cuando las unidades renanas y danubianas que habían participado en la campaña regresaron a sus bases en Europa, llevaron consigo el miasma, que se propagó rápidamente, dejando una estela de muerte a su paso. Como dice la Historia Augusta sobre Lucio Vero: “Tuvo la fatalidad, según parece, de llevar consigo la peste a todas las provincias por donde pasó, hasta que llegó a Roma” (SHA., Vita Verus VIII.1). La epidemia duró hasta al menos la muerte de Marco Aurelio, aunque colearía todavía durante los primeros años de reinado de su hijo y sucesor, el malhadado Cómodo. De lo virulento de la plaga son testimonio las últimas palabras del emperador filósofo, que antes de expirar en Vindobona (la actual Viena) el 17 de marzo de 180 d. C. dijo:

¿Por qué me lloráis y no pensáis más en la peste y en la muerte ante la que todos caeremos? (SHA,Vita Marcus Aurelius XXVIII.4).

Tanto Marco Aurelio como Lucio Vero habrían sido víctimas de una plaga que diezmó a la población del Imperio romano, desde el Éufrates a la Galia, con estimaciones de mortandad que van desde un 50% (exagerada, sin duda) a un 7-10% de sus habitantes.  La peste alcanzó a la propia Roma y se cebó en sus habitantes –según Dión Casio (73.14.3-4), en un nuevo brote en 189 d.C. 2000 de sus habitantes morían cada día–, y también cayó fulminante sobre las legiones, aprovechando sin duda las pobres condiciones de salubridad de unas tropas que hubieron de estar en constante campaña entre 166 y 180 d. C. en la frontera septentrional del Imperio (véase “Las guerras danubianas de Marco Aurelio” en Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º10). Allí, los embates de los bárbaros, de una ferocidad atroz, se coadyuvaron con una pestilencia que debilitaba a las tropas romanas. Una tormenta perfecta que a duras penas Roma pudo capear, volcándose en el culto a los dioses y reclutando a esclavos, gladiadores y bandoleros para rellenar las diezmadas filas de las legiones (SHA,Vita Marcus Aurelius XXI.8). Las consecuencias que para el Imperio tuvo la plaga no pueden minusvalorarse, y algunos autores sugieren que en ella está el germen del declive del mismo que acabaría por consumarse siglos después.

Viruela, tifus, peste… ¿o brote zombi?

La enfermedad ha sido habitualmente considerada como un brote de viruela,  debido a los síntomas con los que Galeno la describe – fiebre, diarrea, inflamación de la faringe y erupciones dérmicas–, e incluso se ha querido ver en algunas terracotas itálicas coetáneas la representación de la dolencia, con los rostros marcados intentando representar las pústulas de la viruela. Otros autores han postulado una plétora de distintos y mortales candidatos, como el tifus, la varicela, la disentería, el cólera o la peste bubónica.

Peste Antonina Plaga de Galeno

Extensión de la Peste Antonina o Plaga de Galeno por el Imperio romano (165-180 d.C.)

Sin embargo, en un reciente estudio, el Profesor Abdul Alhazred, catedrático de Lenguas Muertas de la Universidad de Myskatonic (Arkham), ha propuesto una sugerente y nueva teoría que podría explicar muchos aspectos que hasta ahora resultaban chocantes o contradictorios en las fuentes clásicas, o que simplemente han sido soslayados por los investigadores modernos. Este autor ha analizado en particular los episodios que tienen lugar alrededor del ataque de los marcomanos contra Aquileya en 168 a.C., extrayendo sorprendentes conclusiones que cuestionan nuestros conocimientos sobre las patologías del mundo antiguo. En ese año, una turba germánica de marcomanos, cuados y victofalianos, dirigida por el rey Balomar, atravesó los Alpes orientales desde Recia y el Nórico, y derrotó al ejército romano de Furio Victorino que trató de frenar su avance. El paso hacia Italia quedaba expedito, y las huestes bárbaras se entregaron al pillaje, convergiendo sobre Aquileya, en la costa adriática. Los marcomanos no pudieron empero tomar la ciudad, ya que sus murallas representaron un obstáculo insalvable, y hubieron de retirarse, afectados también por la pestilencia –el mismo rey Balomar sucumbió a ella–, ante la inminente llegada del ejército reunido por los dos coemperadores en Roma. El Profesor Alhazred ha señalado como, antes de ponerse en marcha contra los marcomanos, Marco Aurelio y Lucio Vero realizaron en Roma toda una serie de ceremonias y preparativos que indicarían la existencia de una amenaza desconocida.

Fue tan grande el terror que suscitó la guerra contra los marcomanos, que Antonino mandó llamar sacerdotes de todas las partes, practicó ritos extranjeros y purificó Roma con todo tipo de sacrificios […] Sin embargo, surgió una epidemia tan grande que los cadáveres se transportaron en distintos vehículos y carruajes. Los Antoninos promulgaron entonces leyes severísimas respecto a la inhumación y a las sepulturas, pues prohibieron que nadie las construyera a su gusto […] Por cierto, dicha epidemia acabo con muchos miles de personas, muchas de ellas de entre los primeros ciudadanos […] Y fue tanta su bondad que ordeno sepultar los cadáveres de los más pobres, incluso a costas del fisco (SHA,Vita Marcus Aurelius XIII.2-6).

Los coemperadores intentaron pues todo tipo de ritos para atajar la desconocida pestilentia, y hubieron de hacerse esfuerzos ingentes para que sepultar los miles de muertos. ¿Por qué? Para Alhazred, la especial atención prestada hacia la disposición de los cadáveres apunta hacia una mutación en la patología: los afectados ya no fallecían sin más, sino que estaríamos ante un brote zombi, con los enfermos entrando en un estado de trance, una especie de narcolepsia que daría paso a un paroxismo de agresividad. La muerte del emperador Lucio Vero es un ejemplo de esto:

Pero no lejos de Altino, y cuando iba en un carruaje, [Lucio Vero] tuvo un ataque súbito de la enfermedad que llaman apoplejía. Le bajaron del carruaje y, luego de hacerle una sangría, le condujeron a Altino, donde murió después de haber vivido tres días sin musitar una palabra (SHA., Vita Verus IX.10)

Emperador zombi

Busto del emperador Lucio Vero Antonino (Roma, 15 de diciembre de 130 – Altinuo, 169), conservado en el Museo Arqueológico de Atenas. Se ha postulado que la escultura fue modificada tras el deceso del emperador, ya que la expresión extraviada de sus ojos trataría de reflejar la pestilencia que lo convirtió en zombi.

El emperador habría entrado en un estado de trance, antecedido de un brote agresivo (esa “apoplejía”), y la mención a la sangría probablemente esconde una realidad mucho más cruda: Lucio Vero fue decapitado para evitar la siguiente etapa en la enfermedad. Esta segunda etapa estaría insinuada en el comportamiento de algunos guerreros germánicos en batalla. En efecto, sabemos por múltiples fuentes de la existencia entre las tribus germánicas de un guerrero que habitualmente recibe el nombre de berserker, conocido sobre todo a partir de la épica escandinava que describe el mundo vikingo. Los berserkers combatían ajenos al miedo e insensibles al dolor, y son designados como “catadores de sangre” en el poema Hrafnsmál (La canción del cuervo). Y Snorri Sturluson en la Saga de los Ynglings, dice de los berserkers que eran “rabiosos como perros o lobos, mordían sus escudos, y eran tan fuertes como osos o toros salvajes, y mataban de un golpe, sin sentir ni el fuego ni el hierro”. En el folklore vikingo, la existencia de guerreros no-muertos quedó reflejada además en los draugar, vampiros que viven en una tumba y que requieren de medidas excepcionales para ser aniquilados, habitualmente implicando la decapitación y la quema. El Profesor Alhazred, aunque alerta sobre el riesgo de emplear paralelos posteriores en varios siglos, ha creído atisbar en determinados pasajes sobre las Guerras Marcomanas elementos propios de guerreros berserker, que para él no serían ni más ni menos que la manifestación patológica de la última etapa de una enfermedad que había mutado desde su origen en Asia (o Etiopía).

Galeno, que había sido llamado de vuelta a Roma, acompañó al ejército hasta Aquileya y pudo allí comprobar de nuevo los aterradores síntomas y efectos de la plaga. No se conserva, por desgracia, el libro que a ella dedicó, De Morbo Lemuricum (“Sobre la enfermedad de los espectros”), aunque el Profesor Alhazred cree haber discernido algunos fragmentos de la obra en un palimpsesto conservado en la biblioteca del monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, y que él interpreta así (entre comillas sus adiciones):

Insepultos, los antropófagos bár[baros] volvían al [combate]. Y si la pira no había sido encendida con premura, también nuestros [soldados] regresaban contra sus camaradas.

No existe cura del [morbo]. Hemos visto cuerpos mutilados caminar y hombres morder como [perros] rabiosos. Solo la decapitación o el fuego parecen [¿detenerlos?].

Para el Profesor de Miskatonic, esto confirmaría la existencia de un brote zombi, que habría sido controlado a duras penas en el Imperio romano gracias a su eficiente organización y a su administración, capaz de implementar rápidamente medidas sanitarias y de control, pero que habría arreciado allende sus fronteras. Esto explicaría la continua agitación que en los años siguientes vivieron las tribus de la Europa oriental, con continuas guerras contra Roma que, para Alhazred, no serían sino intentos de escapar de la horrible pestilencia que hacía a sus muertos revolverse contra los vivos. La persistencia en el folklore escandinavo de las alusiones a berserkers y draugar indicaría que, erradicada la epidemia en el resto de Europa, quedó latente entre algunas poblaciones septentrionales.

Espada romana

Espada romana del siglo II d. C. hallado en Rothenburg ob der Tauber (Reichsstadtmuseum, Alemania). Sería una spatha, género de espada más larga que sus predecesoras, las de tipología Maguncia y Pompeya. Aunque su origen parece radicar en la evolución de las largas espadas de tradición céltica, que emplean durante el primer siglo del Imperio en algunas unidades de jinetes auxiliares, la extensión de su uso estaría relacionada con la necesidad de decapitar zombis de manera rápida y manteniendo cierta distancia de seguridad.

Para este investigador, tenemos incluso una evidencia del brote zombi en la evolución que sufre el armamento romano: el abandono de los modelos más cortos de gladius, como los denominados de tipo Maguncia o Pompeya, en favor de la espada larga, la spatha, no estaría relacionado, como habitualmente se postula, con el desarrollo de la caballería, sino con la necesidad de propinar tajos para decapitar a un zombi rápidamente, manteniendo además una distancia prudencial que evitara el contacto con el no-muerto. Los nuevos caminos espirituales que comienza a transitar gran parte de la población romana, como el mitraismo o el cristianismo, con su énfasis en la vida ultraterrena y en la salvación individual, serían consecuencia también del desasosiego existencial de unas gentes que ya no encuentran respuesta en los viejos cultos: que Mitra se apiade de nosotros si los muertos vuelven para devorarnos y ni un emperador como Lucio Vero escapa a ello…

Bibliografía

Alhazred, A. (2016): “ De Morbo Lemuricum: a zombie outbreak in the Roman Empire”, The Myskatonic University Classical Quarterly, pp. 666-711.

Gozalbes Cravioto, E., García García, I. (2007): “La primera peste de los Antoninos (165-170). Una epidemia en la Roma Imperial”, Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, vol. LIX, nº 1, pp. 7-22

Littman, R. J. (1973): “Galen and the Antonine Plague”, The American Journal of Philology,  Vol. 94, No. 3, pp. 243-255.

Rodríguez González, J. (2012): “Las guerras danubianas de Marco Aurelio”, Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º10, pp. 60-65.

Sabbatini, S., Fiorino, S. (2009): “The Antonine Plague and the decline of the Roman Empire”, Infez Med, 17(4), pp. 261-275.

Speidel, M. P. (2008): Ancient Germanic Warriors. Warrior Styles from Trajan’s Column to Icelandic Sagas. Routledge.

¡Feliz 28 de diciembre!

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