Maj. Gen. Chris Donahue fracaso Afganistán

El general de división Chris Donahue, último soldado norteamericano en abandonar Kabul e imagen del fracaso de los Estados Unidos y sus aliados en Afganistán. © U.S. Army/XVIII Airborne Corps

Nadie debe llevarse a engaño. Desde el inicio en 2002 del proceso de transición política impulsado por la comunidad internacional, encabezada por Washington, no han sido pocas las voces que han (hemos) advertido de que las políticas impulsadas por los nuevos ocupantes y por el régimen político instalado por ellos iban en una dirección equivocada y tendrían consecuencias negativas, especialmente cuando tarde o temprano la presencia de tropas extranjeras finalizara. Cuando esto sucediera, muchos teníamos la certeza de una caída del régimen político impuesto en 2004 aunque tampoco nos esperábamos un desmoronamiento tan rápido del mismo. Una prueba más de este sonoro descalabro.

Un desconocimiento de la realidad de Afganistán

Este fracaso tiene muchos culpables. En primer lugar, EE.UU. como país que ha tutelado Afganistán desde 2002 pese a la presencia de un gobierno nacional. Pero también el resto de la comunidad internacional, desde la Unión Europea a Naciones Unidas, pasando por las potencias regionales vecinas (Pakistán, Irán) y poderes como Rusia y China. Lamentable también el papel de la OTAN, donde la seguridad fue siempre por delante de otras necesidades. La razón de este fracaso es más simple de lo que parece: nunca entendieron el país que administraron desde 2002. Y lo que es peor, seguramente tampoco se tomaron la molestia de entenderlo. Solo así se explica la concatenación de errores cometidos en los últimos veinte años. Factores como la división étnica, el papel del islam, las enormes desigualdades entre el campo y la ciudad, el condicionante de la geografía, etc. no se tuvieron en cuenta. A ello se añadió también la obsesión por explicar el conflicto afgano desde la perspectiva de la geopolítica regional y mundial, cuando han sido históricamente los aspectos internos los que han determinado el curso de la historia afgana, aunque es cierto que los elementos exteriores tampoco le han ayudado.

Un primer factor a tener en cuenta es que en Afganistán el Estado ha sido tradicionalmente débil, especialmente fuera de las ciudades, y su autoridad siempre era cuestionada, obligando en tiempos de la monarquía (1747-1973) a pactos con las élites locales. Además, con el golpe de estado comunista de 1978 y la posterior intervención militar soviética en Afganistán un año más tarde la presencia del Estado prácticamente desapareció de la mayor parte del país y durante dos décadas la mayoría de la población quedó abandonada de toda vinculación más allá de la comunidad local, la etnia o la guerrilla armada.

A esto se añadió la creación de un sistema político a partir de 2002-2004 fundamentado en el modelo democrático occidental. La idea extendida desde el final de la guerra fría de que los conflictos políticos se solucionarían con elecciones libres era equivocada porque cada país en conflicto tiene sus propias particularidades y puede servir en algunos casos, pero nunca en todos. Pensar que los afganos apoyarían de por sí dicho sistema era de una ingenuidad absoluta. Aquí las lealtades políticas no se dan por motivos ideológicos sino familiares, clánicos, tribales, étnicos, geográficos, religiosos (sunismo, chiísmo), por grupos profesionales, etc. En un país donde las aversiones étnicas, especialmente agravas desde los años noventa, están a la orden del día, era absurdo crear un sistema de partidos políticos que al final resultaron ser más partidos de base étnica (y encima peleados entre ellos) y no formaciones de corte ideológico.

A ello hay que añadir que los nuevos actores políticos no dejaron de ser los mismos que habían combatido contra los soviéticos (o a favor de ellos) y que después de la retirada de Moscú en 1989 se enzarzaron una cruenta guerra civil que devastó el país y cuyas guerrillas cometieron todo tipo de tropelías contra la población civil. Los talibanes se comportaron de forma criminal durante su régimen de 1996-2001, pero sus sucesores también tenían las manos manchadas de sangre, lo que no contribuyó precisamente a extender el apoyo popular al nuevo régimen político. Sin olvidar que los líderes afganos de los últimos veinte años han sido unos corruptos que se han adueñado de cantidades ingentes de dinero de la comunidad internacional destinado al desarrollo educativo, sanitario, etc., comportándose como auténticos rufianes.

Una sociedad compleja y conservadora

Es importante resaltar que el marco social, cultural y político en que se mueven los afganos no es el mismo que el de otros países, incluidos las naciones musulmanas. Un aspecto muy común es la reticencia, cuando no la hostilidad, a lo que viene de fuera y más si viene impuesto. Ya en tiempo de los reyes afganos las políticas impulsadas por estos últimos eran vistas con recelo y no fueron pocas las rebeliones contra el poder establecido, incluido el derrocamiento de reyes.

La sociedad afgana es claramente patriarcal y rígidamente jerárquica, caracterizada por una obediencia de los jóvenes a los mayores, de la mujer al hombre y de la mujer joven a la mujer mayor. El concepto de democracia e igualdad es ajeno al pensamiento de la población y no podía esperarse que las costumbres establecidas, tan difíciles de abandonar, serían aceptadas de la noche a la mañana. En las áreas rurales, por ejemplo, la autoridad suele estar en manos de los ancianos de la comunidad y sus decisiones se cumplen a rajatabla. El poder de un gobernador o un alcalde, designados ambos por el gobierno central, es muy débil y su influencia escasa frente a los poderes locales.

Un miembro de las Fuerzas Especiales del Ejército Nacional Afgano conversa con los ancianos locales durante una shura en la provincia de Helmand el 19 de marzo de 2013 para decidir quién mandará la Policía Local Afgana en su región. © U.S. Marine Corps photo by Sgt. Pete Thibodeau/Released

En cuanto al estatus de la mujer, siempre tan polémico en ese país, la mayoría de los hombres afganos no creen en la igualdad entre los sexos, ni en la educación mixta, etc., con la salvedad de algunas élites de Kabul. Incluso el abandono del velo o del burka (llamado chadri en Afganistán) no es tarea sencilla por las resistencias sociales. En lugar de promover cambios de manera lenta pero sostenida, se impusieron nuevas normas rechazadas por la población. Aquí hay otro aspecto a tener en cuenta. Pensar que Kabul es un reflejo de la realidad del país es no tener idea del mismo. La capital, ya de por sí muy conservadora, es un oasis de libertad comparado con el extremo conservadurismo del resto de territorios, tal vez con la salvedad de Herat y alguna ciudad del norte como Kunduz. Aunque la educación mixta es rechazada, la enseñanza segregada por sexos tiene más aceptación y este aspecto debió haber sido aprovechado con mayor intensidad pues, al fin y al cabo, lo importante era que niños y niñas se educasen, aunque fuera separadamente.

La cuestión religiosa estuvo sujeta a diversos vaivenes. Aunque el nuevo Estado pasó a denominarse República Islámica de Afganistán y el islam fue designada religión oficial, se podría haber utilizado políticamente la religión islámica para unir más a la población, pues es el único factor de unidad interna que existe en un país fragmentado étnica, geográfica, lingüística y culturalmente. La sharía, pese a no ser un sistema legal igualitario, está mucho más avanzada en derechos que los códigos tribales o las leyes consuetudinarias.

La cuestión del terrorismo

Tal vez el único aspecto en que, de momento, se puede observar un “éxito” de la intervención militar estadounidense y de sus aliados ha sido la eliminación de las bases de Al-Qaeda en territorio afgano. Aquí radica también otra causa del fracaso general. La intervención militar occidental no se hizo para liberar a los afganos del dominio talibán, sino que la razón fue la eliminación la presencia de Al-Qaeda como consecuencia de los atentados del 11-S. Por ello, la seguridad y la aniquilación de apoyos al terrorismo yihadista han sido siempre una prioridad, estando en segundo lugar el desarrollo económico y social del país.

Aunque no hay una evidencia absoluta, parece que la actual cúpula talibán es consciente de los errores cometidos en el pasado con su apoyo a Osama Bin Laden y parecen haberse desligado de toda asociación con grupos vinculado al terrorismo yihadista. El recuerdo de su expulsión del poder en 2001 parece haber hecho mella en los líderes fundamentalistas y prueba de ello es su clara enemistad con el Estado Islámico (ISIS), grupo contra el que llevan tiempo combatiendo con el fin de evitar que se asiente en territorio afgano.

Este hecho y hasta cierto punto la moderada actitud de los talibanes hacia la comunidad internacional mostrada hasta la fecha apuntan que, en este caso, Afganistán no se convertirá nuevamente en una base de apoyo del terrorismo que lucha contra Occidente. Aunque no tenemos la certeza de que con el tiempo los talibanes vuelvan a las andadas.

La falta de soluciones y un regreso al “pasado”

La ausencia de soluciones prácticas en el escenario afgano ha sido letal para resolver la complicada situación interna. Se debería haber apostado por el diseño de una nueva estructura de Estado con medios para consolidarse y con la capacidad coercitiva para imponer su autoridad mediante unos cuerpos policiales y un ejército bien preparados y bien pagados. Al mismo tiempo, entender que la imposición es muchas veces más perjudicial que el pacto y que negociando con los poderes locales se podrían haber ido desarrollando poco a poco los objetivos previstos.

Otro elemento importante tendría que saber sido el desarrollo económico y, en especial, el comercio, fundamental en una economía basada en el bazar y que las décadas de guerra habían dejado diezmado. Evidentemente, al mismo tiempo luchando con contundencia contra la corrupción y no utilizando el dinero para comprar voluntades políticas o para el propio enriquecimiento.

Una niña afgana aguarda la llegada de material escolar a su colegio, 7 de octubre de 2010. El incierto futuro de los niños y, especialmente, las niñas afganas probablemente sea la mayor lacra del fracaso occidental en Afganistán. © G. A. Volb/NATO Training Mission-Afghanistan

No menos importante, el desarrollo educativo y de las infraestructuras sanitarias. Con solamente un 30% (en las estimaciones más optimistas) de población alfabetizada es muy complicado hacer avanzar el país. La educación, en este sentido, debería haber sido un objetivo primordial, especialmente fuera de las áreas urbanas donde pocos niños están escolarizados. El desastroso sistema sanitario ha sido otro de los problemas, siendo Afganistán uno de los países con mayor tasa de mortalidad infantil y con menor esperanza de vida del planeta.

El resultado ya lo hemos visto: el derrumbamiento de aquello construido desde 2002 y el regreso de los mismos y siniestros actores que protagonizaron el periodo 1996-2001. Con la diferencia de que los actuales talibanes se han quedado con el armamento que Occidente ha dejado en el país y harán todo lo posible para no volver a ser desalojados del poder. Estados Unidos y el resto de la comunidad internacional han salido humillados pero el único perdedor es el pueblo afgano.

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