
Restos de pequeños vertebrados después del cribado del sedimento procedente de un yacimiento arqueológico. © Fotografía del archivo de Cuando el hielo asolaba Europa
La llegada de nuestra especie (Homo sapiens) al continente euroasiático se producía entre los 40.000 y los 30.000 años, en un territorio hasta entonces ocupado por otras poblaciones humanas, como los neandertales, presentes en Europa durante milenios, y los denisovanos. Se daba inicio a lo que conocemos como el Paleolítico Superior. En términos climáticos, nuestra especie tuvo que enfrentarse a un contexto de alta inestabilidad y condiciones generalmente más frías que en la actualidad; nos encontramos en la popularmente denominada “Edad de Hielo”. Mientras en las fases glaciares el hielo se extendía en el Ártico, desencadenando bajadas del nivel del mar y la expansión de condiciones frías por todo el continente, en las fases interglaciares los casquetes de hielo se contraían, aumentando el nivel del mar y provocando una subida generalizada de las temperaturas.
Estas fluctuaciones ya se producían antes de que nuestra especie pisase el continente europeo, pero se aceleraron a partir de los 60.000 años, alcanzando las condiciones más extremas en la fase climática conocida como el Último Máximo Glaciar. La extensión temporal de este periodo es objeto de debate, pero en su definición amplia abarcaría de los 30.000 y los 17.000 años, con un pico en torno a los 22.000 años. Este episodio se caracteriza por un descenso generalizado de las temperaturas y el predominio de condiciones más áridas. Las masas de hielo registran su máxima extensión en el hemisferio norte, generando un notable descenso del nivel del mar (en ocasiones de hasta 100-150 m) y las plataformas costeras emergen, alejando la línea de costa. El norte del continente quedaría cubierto por hielo y nieve, mientras que el permafrost y la tundra se extendería por buena parte de Europa Central. En las cordilleras montañosas como los Pirineos y los Alpes la nieve y los glaciares se abrían paso.
Sin embargo, la forma en que este periodo glaciar impactó en las diferentes regiones europeas no fue homogénea. ¿Qué ocurría en la península ibérica? Es bien conocido que el sur de Europa en distintos momentos de la Prehistoria habría funcionado como refugio climático. Este es un concepto con el que lamentablemente estamos familiarizados en la actualidad, como también lo estamos con el de las migraciones humanas. En el pasado, estas poblaciones se desplazarían en busca de entornos más favorables para aumentar sus posibilidades de subsistencia, y en ese contexto la latitud de la península ibérica y la influencia del Mediterráneo jugaron un papel clave. Los abruptos cambios climáticos de Europa Central se verían aquí habitualmente amortiguados, permitiendo la persistencia de especies vegetales y animales incluso en los momentos más fríos, y manteniendo una diversidad más alta que en otras zonas. Mientras los mamuts lanudos y los renos campaban a sus anchas por la tundra y la estepa de Europa Central, en la península ibérica los ciervos y las cabras se pasearían por la estepa y los bosques de coníferas. De este modo, mientras el frío asolaba media Europa y provocaba una importante despoblación en las latitudes más septentrionales, la península Ibérica emergía como una de las principales áreas refugio del suroeste de Eurasia.
En el sur de Europa, la última glaciación dio lugar a transformaciones profundas. En términos de estrategias de subsistencia, es posible diferenciar distintos periodos definidos a partir de la cultura material producida por los grupos humanos. En la península ibérica, esta fase se asocia a los periodos conocidos como Gravetiense y Solutrense, que muestran una clara ruptura respecto al periodo anterior, el Auriñaciense. Entre los principales cambios se observa una mayor diversificación de las estrategias de explotación del medio, con una intensificación de la caza de pequeñas presas como el conejo o las aves, la incorporación de recursos marinos, la aparición de ornamentos personales y la eclosión del arte paleolítico. A ello se suma una mayor explotación de recursos locales y una homogeneización de la dieta. Asimismo, la evidencia genética confirma que en la península ibérica se habría mantenido una cierta estabilidad demográfica antes, durante y después del Último Máximo Glaciar, sin evidencias claras de recambios poblacionales significativos, confirmando su papel de refugio poblacional. Todo ello sitúa a la región mediterránea como un espacio clave para analizar la resiliencia humana frente a las fases más severas de la última glaciación.

Vista de los acantilados de la costa alicantina donde se localiza Cova de les Cendres. © Fotografía de Cristina Real.
Dos secuencias paleolíticas clave del Levante peninsular: Cova de les Cendres y Cova de les Malladetes
Los yacimientos arqueológicos de la Cova de les Cendres (Teulada-Moraira, Alacant) y la Cova de les Malladetes (Barx, València) constituyen dos secuencias de referencia para el estudio de las primeras ocupaciones humanas del Paleolítico superior en la fachada mediterránea ibérica, siendo este un periodo especialmente poco documentado en este ámbito geográfico. La Cova de les Cendres se ubica en los acantilados de la Punta de Moraira. La cavidad presenta una zona exterior, de elevada bóveda, claramente visible desde el mar, y otra interior, poco iluminada, de unos 600 m². Las excavaciones en esta última han permitido identificar, además de una importante secuencia neolítica, una de las secuencias más completas del Paleolítico superior en el área mediterránea ibérica, con representación de todos los principales tecnocomplejos del periodo. Esta abarca entre 35.000 y 14.000 años y se compone de trece niveles, que incluyen el Auriñaciense (XVIC), el Gravetiense (XVIB, XVIA y XV), el Solutrense y el Magdaleniense. Aunque los niveles auriñacienses y gravetienses se han excavado en extensión reducida, los restos recuperados permiten caracterizar la economía, la estacionalidad de las ocupaciones y la cultura material, incluyendo elementos de ornamentación personal como un diente perforado de lince del Auriñaciense final.
Por su parte, la Cova de les Malladetes se abre en las calizas del Macizo del Mondúver y se estructura en una zona abierta y bien iluminada, de tipo abrigo, y otra más cerrada, parcialmente iluminada por una abertura cenital. Excavada de forma intermitente desde mediados del siglo XX hasta campañas recientes, la secuencia del yacimiento arranca con niveles del Paleolítico medio de escasa entidad (niveles XIV-XV), seguidos por ocupaciones del Auriñaciense (XIVA-XII), Gravetiense (niveles XI-VII) y Solutrense (niveles VI-II), entre los 42.000 y los 20.000 años. Las excavaciones más recientes de los niveles del Auriñaciense final y el Gravetiense, han documentado diversas estructuras de combustión asociadas a restos líticos y faunísticos. Entre los hallazgos más significativos destaca un resto craneal humano infantil (occipital) de los niveles gravetienses, recuperado en 1948, es uno de los escasos testimonios directos de la presencia de Homo sapiens en la región.
En conjunto, ambos yacimientos permiten caracterizar con gran detalle el Auriñaciense y Gravetiense en la fachada mediterránea ibérica, vinculados a la expansión y consolidación de las poblaciones humanas modernas, así como sus estrategias de ocupación del territorio, economía y movilidad. Es importante señalar que, a poca distancia de la Cova de les Malladetes, se encuentra la Cova del Parpalló, uno de los yacimientos más ricos del Paleolítico superior, con una amplia secuencia arqueológica y una de las colecciones de arte mueble más destacadas, con cerca de 5.000 plaquetas decoradas. Estos yacimientos han permitido proponer modelos de ocupación del territorio durante el Paleolítico superior inicial, con una fase más antigua caracterizada por ocupaciones esporádicas y de baja densidad, seguida de una progresiva intensificación en las ocupaciones a partir del Auriñaciense final y, especialmente, durante el Gravetiense. En las fases más avanzadas del Gravetiense, sin embargo, se observa una menor ocupación, sugiriendo una menor presencia humana o un cambio en la función de estos yacimientos.

Secuencia estratigráfica de Cova de les Malladetes en el secto Z-III (2017). © Fotografía de Valentín Villaverde.
Pequeños restos, grandes respuestas sobre el clima de la última glaciación
Atrapados en estas cuevas, bajo los sedimentos que pisaron estos grupos humanos y mezclados con sus herramientas y restos de fauna, encontramos numerosos huesos y dientes diminutos que, sin embargo, aportan información esencial sobre cómo era el ecosistema en el pasado en esta región. Se trata de los pequeños mamíferos, que incluyen una gran diversidad de especies como ratones, topillos, musarañas, murciélagos, erizos o topos. Los roedores (principalmente, ratones y topillos) presentan requerimientos ecológicos muy específicos, lo que los convierte en excelentes indicadores de las condiciones ambientales del entorno inmediato de los yacimientos. Mediante el cribado con agua de los sedimentos de estos yacimientos se recuperan estos restos y mediante la identificación de las especies presentes en cada nivel, es posible reconstruir las condiciones ambientales asociados a diferentes momentos de ocupación humana.
El análisis de los pequeños vertebrados de los yacimientos de Cova de les Cendres y Cova de les Malladetes constituyó el eje del proyecto de la Fundación Palarq (Analíticas 2024-2025; “Clima y subsistencia durante el Gravetiense en el Levante Peninsular: Cova de les Cendres y Cova de les Malladetes”). El objetivo era evaluar la magnitud del impacto climático de la última glaciación en sus fases iniciales en el área mediterránea ibérica y su influencia de las dinámicas humanas en la región. Nos planteamos dos posibilidades: ¿fueron los cambios climáticos entre el Auriñaciense y el Solutrense los responsables de las transformaciones en las formas de subsistencia? ¿O, por el contrario, el Mediterráneo mantuvo condiciones relativamente estables que no explican por sí solas estos cambios, pero sí favorecieron una ocupación continuada?
Para ello se analizaron cerca de 200 restos de los niveles auriñacienses y gravetienses de ambos yacimientos (Cendres: XVIA–XVIC y XVII; Malladetes: IX–XIII), abarcando un periodo de entre 37.000 y 25.000 años. Se analizó la composición química de los dientes de roedores, mediante el análisis de isótopos estables de oxígeno (δ18O) y carbono (δ 13C). Los isótopos son variantes de un mismo elemento químico que difieren en su masa atómica. Su proporción en los ecosistemas depende de distintos factores ambientales: el oxígeno refleja principalmente cambios de temperatura, mientras que el carbono se relaciona con el tipo de vegetación y las precipitaciones. Estos elementos se incorporan a los tejidos de los animales a través de su dieta y quedan registrados en el esmalte dental, donde esta información puede preservarse durante miles de años. Su análisis mediante espectrometría de masas permite recuperar esta información y reconstruir con gran precisión las condiciones climáticas (como temperaturas y precipitaciones) en las que vivieron estos animales.

Preparación de las muestras para los análisis isotópicos, a partir del molturado del esmalte dental. © Fotografía de Mónica Fernández García.
Estudios previos basados en la identificación de pequeños mamíferos de ambos yacimientos, ya apuntaban a una relativa estabilidad climática, con presencia constante de especies mediterráneas y forestales durante este periodo. Los datos isotópicos obtenidos han confirmado esta tendencia, permitiéndonos conocer más detalles. Ambos yacimientos reflejan un clima más frío y árido que el actual, con temperaturas en torno a 9–11 ºC, pero sin grandes oscilaciones entre niveles. Dentro de esta estabilidad, en un momento temprano de la última glaciación, se detecta una ligera variación en los valores de oxígeno, concretamente en la transición entre el Auriñaciense y el Gravetiense, en el nivel XVIC de Cova de les Cendres (31.000–33.000 años) y en el nivel XI de Cova de les Malladetes (31.000–30.000 años). Esta podría indicar un ligero descenso de las temperaturas relacionado con el impacto de un episodio singularmente frío a nivel global, conocido como el Evento de Heinrich 3. En paralelo, los valores de carbono apuntan a una expansión progresiva de la cobertura forestal durante la transición del Auriñaciense al Gravetiense.
En conjunto, estos datos subrayan una vez más el carácter singular del área mediterránea, con condiciones relativamente estables y sin cambios abruptos, en contraste con otras regiones del continente europeo. Las pequeñas variaciones detectadas reflejan el pulso de los cambios globales, pero con menor intensidad, reforzando su papel como zona refugio a los inicios de la última glaciación. En este contexto, podríamos inclinarnos a pensar que la persistencia e incluso la intensificación de las ocupaciones humanas no respondería a una presión climática local, sino a que estas condiciones más benignas favorecieron la concentración de poblaciones en la región. Es probable que otros factores, como cambios en la organización social, la movilidad o el uso del territorio, también desempeñaran un papel relevante en estas dinámicas.
Acerca de los autores
Mónica Fernández García, investigadora Marie S. Curie en la University of Lancashire (Reino Unido), en Research Centre for Field Archaeology and Forensic Taphonomy e investigadora asociada al Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES-CERCA).
Valentín Villaverde, profesor emérito de la Universitat de València, en el Departament de Prehistòria, Arqueològia i Història Antiga.
Este estudio ha sido desarrollado con el apoyo de la Fundación Palarq, en el marco de sus proyectos dedicados a la investigación arqueológica y paleoambiental.
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