Tratado de Versalles

Caricatura satírica británica publicada en 1919 en la que se critica la dureza del Tratado de Versalles con Alemania. Los «cuatro grandes» (de izquierda a derecha, Vittorio Emanuele Orlando, David Lloyd George, Georges Clemenceau y Woodrow Wilson) le obligan a tragar a una Alemania estrujada por las potencias vencedoras, «le guste o no», la «muy amarga» (very bitter) píldora de las condiciones de paz.

Un 28 de junio de 1914 la pistola de Gavrilo Princip abría fuego contra el archiduque Francisco Fernando en las calles de Sarajevo, desencadenando un conflicto cuyas dimensiones le valieron el sobrenombre de la Gran Guerra (véase Desperta Ferro Contemporánea n.º 1: 1914. El estallido de la Gran Guerra). Cinco años después, en esa misma fecha, el canciller alemán Herman Müller firmaba el Tratado de Versalles. Con este acto se imponían duras condiciones tanto económicas como sociales a su país. Aunque el objetivo del tratado era asegurar la paz y construir un nuevo orden mundial, sus fuertes imposiciones sobre los vencidos pudieron allanar el camino a la Segunda Guerra Mundial.

El camino al Tratado de Versalles

El káiser Guillermo II abdicaba del trono imperial un 9 de noviembre de 1918 y el 11, Alemania firmaba el armisticio. La agitación social, militar y política de un pueblo cansado de una contienda que le había costado casi dos millones de muertos y cinco millones de heridos y mutilados precipitó la rendición alemana. Este armisticio obligaba a Alemania a retirar sus tropas al mismo tiempo que los aliados ocupaban la región de Renania, manteniéndose en una posición amenazante. Para una mayor seguridad de los aliados, Gran Bretaña mantuvo durante esos meses no belicosos el bloqueo naval sobre Alemania, impidiendo la entrada de comida y suministros para un pueblo que se moría de hambre. Los vencedores se reunieron en París para negociar los tratados que se iban a firmar con las naciones derrotadas.

Los historiadores definen la “Paz de París”, denominación que abarca todos los tratados firmados al final de la guerra, como una “paz impuesta”. Este término refleja el hecho de que dentro de esas negociaciones no se encontrará presente ninguna delegación de los países vencidos. En el caso alemán solo fueron convocados en dos ocasiones: una para traspasarles el borrador del tratado y otra para que firmaran lo acordado en su ausencia y bajo amenaza de invasión. Los alemanes enviaron un informe con propuestas y cambios de ese primer borrador, pero fueron ignorados. A todo esto, se suma la humillación por la que hicieron pasar a los delegados alemanes en la firma. Bajo escolta militar, se les sentó en una mesa diferente a la del resto de delegaciones, como si de criminales se tratará. Estas afrentas contribuyeron a la imagen de una paz impuesta o Diktat de la que tanto hablaría Hitler en un futuro. No se permitió a los militares alemanes asistir a la firma, pues se consideraba poco democrática su presencia. Esto provocó que el estamento acusara a sus políticos de haber vendido al país.

Los franceses insistieron en que París fuera la sede de las conferencias que negociaran las condiciones de paz. Esta petición era problemática, pues París había sido una ciudad que se había mantenido en la retaguardia del frente de guerra, por lo que las pasiones contra Alemania seguían muy vivas en aquellos momentos. Sumado a esto, las terribles carencias y penalidades por las que habían pasado los parisinos dificultaban que en esta ciudad se pudiera realizar una reunión de tal magnitud, que necesitaba de miles de habitaciones de hotel, oficinas, imprentas y coches para todos los que quisieran desempeñar  un papel en las conferencias de paz. La elección de esta ciudad contribuyó considerablemente a la marcha errática de los futuros acontecimientos.

Las diversas posturas de los negociadores

Tratado de Versalles Sociedad de Naciones

«El hueco en el puente», caricatura de Leonard Raven-Hill publicada el 10 de diciembre de 1919 por la revista satírica Punch. Un cartel reza «Este puente de la Sociedad de Naciones fue diseñado por el presidente de los EE.UU.» Woodrow Wilson, arco del cual el Tío Sam ha extraído la dovela estadounidense, rechazo del Senado a participar en este proyecto, condenándolo al derrumbe.

En París se reunieron veintisiete países en total, quedando únicamente fuera Rusia, pues se consideraba que ya había firmado su paz en el Tratado de Brest-Listovsk. La mayor carga de mando la llevó, en un principio, “el consejo de los cinco”, compuesto por Gran Bretaña, Francia, EE.UU., Japón e Italia. En realidad eran los tres primeros quienes llevaban la voz cantante durante las negociaciones. A Japón no tardaron en discriminarle e Italia fue prácticamente ignorada en sus peticiones territoriales, haciendo que su primer ministro, Vittorio Orlando, acabará perdiendo literalmente los nervios.

Los intereses de Francia, representados por Georges Clemenceau, eran muy claros: tras haber perdido más de un millón de soldados en batalla y siendo su territorio el más afectado por la guerra, sus exigencias pasaban por una reparación económica, el cambio de dominio de territorios y el debilitamiento de Alemania por motivos de seguridad. Con medidas como la desmilitarización de la región del Rin querían evitar un nuevo intento invasión. Alsacia y Lorena, perdidas en 1871 tras la Guerra Franco-Prusiana (véase Desperta Ferro Historia Moderna n.º 13: El ocaso de Napoleón III y n.º 28: Bismarck contra la III República), pasaron de nuevo a ser parte de Francia, al tiempo que Clemenceau exigió la cuenca del Sarre, una rica región minera. Los aliados prefirieron mantener al Sarre bajo dominio de la Sociedad de Naciones entregando durante 15 años sus beneficios a Francia. Las deudas monetarias no alcanzaron las cantidades exigidas por los franceses y su propuesta de una República de Renania fue ignorada. Estas negativas partían sobre todo de Gran Bretaña. Los británicos querían que Alemania pagara los gastos de la guerra, pero un excesivo debilitamiento de esta nación permitiría a Francia alzarse como potencia hegemónica continental, lo que no le convenía. A cambio de no conceder todas las exigencias francesas, se ofreció una alianza en caso de que Alemania les declarara de nuevo la guerra.

Por su parte Lloyd George, representante británico, buscó debilitar la flota alemana que durante la guerra había amenazado su dominio de los mares (véase Desperta Ferro Contemporánea n.º 32: Jutlandia). Parte de la Flota Imperial debía ser entregada a Francia pero los oficiales alemanes prefirieron hundirla antes que ceder sus barcos. De este modo Gran Bretaña mantuvo su dominio sobre el mar. También trataron de no dañar demasiado a la economía alemana pues era un socio comercial importante y una crisis económica alemana podía repercutir en el mercado británico.

EE.UU. se pronunció a favor de un tratado conciliador con los derrotados, usando de base los Catorce Puntos de su presidente Woodrow Wilson, presentados el 8 de enero de 1918. En ellos se aboga por el derecho a la autodeterminación de las colonias, el comercio sin aranceles, la libertad de navegación y una Sociedad de Naciones que velase por evitar que se repitiera un conflicto de semejante magnitud. Al final de la negociación el Senado estadounidense se negó a que EE.UU. participara en sus propias propuestas, abogando por una política aislacionista. Muchos han criticado que EE.UU. buscaba su beneficio derribando el viejo orden de imperios coloniales por uno regido por el comercio y el capitalismo a nivel mundial.

Las medidas impuestas a Alemania

Estados como Bélgica, Dinamarca o Italia consiguieron algunas porciones de territorio alemán y austriaco. Otros, como Polonia, obtuvieron la autonomía política mediante obligadas concesiones territoriales de los antiguos Imperios Centrales. Polonia obtuvo zonas importantes como la Alta Silesia por parte de Alemania. Lo más llamativo fue la formación de corredor de Danzing, creado para dotar a Polonia de una salida al mar. Esta modificación territorial separaba Alemania de Prusia Oriental, lo que provocó un revanchismo de los alemanes con los polacos. La mayoría de las colonias alemanas pasaron a ser “mandatos” bajo el gobierno de la Sociedad de Naciones. Otras fueron entregadas a países como Nueva Zelanda (protectorado inglés en aquellos años) o Japón. De este modo, Alemania había perdido la séptima parte de su territorio, su imperio colonial y la décima parte de su población.

En el campo militar, las fuerzas alemanas quedaban reducidas a 100.000 efectivos (96.000 soldados y 4.000 oficiales) sin poder producir aviones, tanques o artillería pesada; solo podía contar con 288 cañones y toda fabricación de armamento militar estaría supervisada por los aliados. La orilla izquierda del Rin quedó ocupada por los aliados, en un principio para asegurar la paz y más tarde como medida de presión sobre el Gobierno alemán para que pagase su deuda (acción que los alemanes no cumplieron con regularidad hasta 1921). En lo referente al pago de reparaciones de guerra, se estableció la cantidad total de 120.000 millones de marcos-oro. El Gobierno alemán debía entregar 20.000 millones antes de 1921 y para asegurar esto se creó una “Comisión de reparaciones” encargada de vigilar la economía alemana. La población protestó por esta inmensa cantidad y el Gobierno se negó a pagar. Los aliados comenzaron a subyugar territorios alemanes hasta que estos cedieron.

Sin embargo, el artículo del Tratado de Versalles que más controversia causó fue el 231. Este apartado hablaba de Alemania como la principal culpable de la guerra, relegando al resto de implicados a segundo plano. Los alemanes se negaron a reconocer este artículo pero los aliados permanecieron impasibles y les obligaron a asumir este papel.

Consecuencias del Tratado de Versalles

Tratado de Versalles

«Solo para defensa», caricatura de Bernard Partridge publicada el 14 de septiembre de 1932 por la revista satírica Punch en la que un soldado Alemán transforma el letrero de «reparaciones» por «preparaciones», sugiriendo la responsabilidad del Tratado de Versalles (raído en la caricatura) en el auge del nazismo. Abajo, Alemania: «Nunca me gustó el aspecto de ese viejo mundo». © Punch Limited

Obviamente no se puede considerar el tratado de Versalles como única causa del auge del nazismo. Sin embargo, sus condiciones pudieron generar en la mayoría de  alemanes un sentimiento antieuropeo y revanchista, que sumado a las precarias condiciones sociales y económicas que se dieron durante el periodo de entreguerras, contribuyera a generar un caldo de cultivo favorable al surgimiento de movimientos extremistas como el nacional socialista.

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