batalla de las Navas de Tolosa biblia del león

Miniatura de la Biblia del León, que fue terminada el 26 de marzo de 1162 “en tiempos del rey Fernando y del abad Menendo” y copiaba la Biblia mozárabe de 960, repitiendo las escenas de aquella pero actualizando edificios, panoplias o ropajes, contemporáneos por tanto a la batalla de Las Navas de Tolosa. Un grupo de jinetes persigue a otro, y se aprecian bien las sillas de montar arzonadas, con borrenes altos, así como los estribos y acicates. Los escudos son adargas circulares, que se sostienen con un telamón que pasa por el cuello y un asa que se agarra con la mano izquierda, que sostiene también las riendas. La violenta carga es capaz de hacer que las lanzas atraviesen las adargas y alcancen el cuerpo del enemigo, atravesando también sus cotas de malla.

Se había llegado a esta situación tras más de cinco décadas en las que la mayoría de los reinos cristianos peninsulares –Portugal, León, Castilla y Aragón– habían tenido que soportar la presión de los almohades. En mayor o menor medida, todos ellos habían sufrido derrotas y, en algunos casos, importantes pérdidas territoriales. La experiencia castellana había sido particularmente nefasta: en 1195 sus ejércitos habían sido destrozados en las llanuras de Alarcos y las fronteras meridionales del reino, al sur del Tajo, se habían derrumbado tras dos dramáticas series de campañas musulmanas. Apenas un año antes del encuentro de Las Navas de Tolosa, en 1211, la fortaleza calatrava de Salvatierra había sido expugnada por un gran ejército almohade. El golpe estratégico y, sobre todo, simbólico de aquel quebranto estremeció a no pocos contemporáneos: “¡Oh, cuánto llanto de hombres, gritos de mujeres gimiendo todas a una y golpeando sus pechos por la pérdida de Salvatierra!”, exclamaba el obispo Juan de Osma; “por él lloraron las gentes y dejaron caer sus brazos”, ratifica el arzobispo de Toledo. No obstante, con la perspectiva de los años estos mismos autores acabarían interpretando que el daño padecido en Salvatierra había sido providencial, puesto que, haciendo honor a su nombre, la pérdida de aquel castillo espoleó a todos para preparar una respuesta que, a la postre, “salvó la tierra”.

Dicha respuesta vino de la mano de Alfonso VIII y se concretó en la preparación de una gran expedición militar contra los almohades. En los últimos meses de 1211 comenzaron unos preparativos que no solo movilizaron a efectivos castellanos, sino que también lograron la concurrencia de tropas procedentes de todos los reinos ibéricos y la predicación de una cruzada que permitió reunir a un nutrido contingente ultrapirenaico. Con el respaldo espiritual del papa Inocencio III, con el apoyo político y militar de Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, con el refuerzo de efectivos portugueses y leoneses y contando con el empuje de miles de cruzados llegados desde Francia, la expedición finalmente se dio cita en Toledo, en la octava de Pentecostés de 1212 (20 de mayo). Un mes después “el ejército del Señor”, como fue calificado por el arzobispo de Toledo, se puso en marcha y su progresión hacia el sur, a lo largo del camino que unía Toledo y Córdoba, fue fulgurante: en apenas veinte días tomaron las fortalezas de Malagón, Calatrava, Alarcos, Piedrabuena, Benavente y Caracuel. Entre tanto, el ejército islámico, encabezado por el califa musulmán al-Nasir, que había invernado en Sevilla tras la anterior campaña de Salvatierra, se encaminó hacia Jaén para intentar bloquear el paso de los cruzados en Sierra Morena.

Mapa campaña Navas de Tolosa

Mapa de la batalla de Las Navas de Tolosa, fase de aproximación. Pincha en la imagen para ampliar. © Desperta Ferro Ediciones

Algunos datos permiten pensar que desde el primer momento la campaña dirigida por Alfonso VIII de Castilla tenía un propósito claro: derrotar a los almohades en una batalla campal. Por el contrario, el contingente islámico intentó en todo momento evitarla, optando en su lugar por obstaculizar la marcha de los cruzados hacia el sur: su meta no era otra que provocar la retirada desordenada de los cristianos y atacarles aprovechando el consiguiente caos. Si este realmente fue el caso, como parece por los testimonios más fiables, no lo consiguieron: a pesar de las dificultades, los cristianos consiguieron atravesar los pasos de Sierra Morena –la presencia de un pastor que conocía la zona fue providencial para este propósito– y colocar su campamento en la Mesa del Rey, en frente del lugar ocupado por sus enemigos, que a su vez se habían desplazado hacia el norte, desde Jaén a una loma cercana al actual pueblo de Santa Elena –el Cerro de los Olivares–-. Desde el viernes, 13 de julio, ambos ejércitos estaban encarados y las escaramuzas se sucedieron en torno al campamento cristiano. No obstante, los dirigentes cruzados evitaron las provocaciones y retrasaron el choque campal hasta estar seguros de la disposición, número e intenciones de sus enemigos. Solo entonces, el lunes 16 de julio, ambos contendientes desplegaron sus fuerzas sobre el campo.

Dos tradiciones militares frente a frente

Dos tradiciones armamentísticas y tácticas diferentes, aquilatadas en décadas de enfrentamientos tanto en Europa como en el norte de África y el Próximo Oriente, estaban a punto de chocar. De una parte, el ejército cruzado era deudor de unas prácticas militares que venían desarrollándose en Occidente desde el siglo XI, en las cuales la caballería pesada ocupaba una posición central. Dotados de una fuerte montura, a la que permanecían fuertemente unidos gracias al empleo de estribos largos y de unas sillas de arzón alto en las que quedaban “encajonados”, protegidos por cotas de malla metálicas, escudo y casco, armados de espada y, sobre todo, de una larga lanza con la que embestían a los enemigos en el curso de la carga, su protagonismo en los campos de batalla europeos durante los siglos centrales de la Edad Media fue incuestionable, por mucho que frecuentemente fueran acompañados de peones, tanto lanceros como arqueros y ballesteros, cuyo papel también era importante.

El movimiento táctico más característico de la caballería pesada era la carga contra un enemigo inmóvil o contra otra tropa de caballeros: para llevar a cabo esta acción los jinetes enmallados se colocaban muy cerca unos de otros, creando un frente alineado con varias filas de profundidad. El secreto de la carga de la caballería pesada radicaba no solo en el mantenimiento de la cohesión del grupo hasta que se produjera el choque con el enemigo, sino también en la entrada en combate de las distintas filas de manera sucesiva, pues así se multiplicaba la efectividad de la colisión. Además, la colocación de dos alas, a derecha e izquierda del cuerpo central de caballeros, permitía llegado el caso la realización de movimientos de flanqueo, mientras que un cuerpo de vanguardia daba inicio a los combates y una retaguardia aseguraba el golpe final.

San Pedro de Caracena

Capitel de la iglesia románica de San Pedro de Caracena, Soria, finales del siglo XII, en el que se representa como dos caballeros pesados se embisten. Aunque algo deteriorado, se pueden distinguir bien los elementos de su panoplia: ambos cuentan con cascos cónicos, probablemente con nasal, y con cotas de malla, y en el de la derecha se aprecia su escudo de cometa. Cargarían con la lanza bajo la axila, sujeta entre el costado y el antebrazo, a la manera introducida por los normandos a partir del siglo XI y popularizada en toda la Europa occidental.

De la otra parte, el ejército musulmán solía combinar la solidez de las formaciones cerradas de peones con la movilidad de la caballería ligera y con la contundencia de la carga de la caballería pesada. La conjugación de estos tres elementos es precisamente una de las características de los ejércitos reclutados por los grandes imperios norteafricanos que tuvieron una fuerte presencia en al-Andalus, entre ellos los almohades. Tradicionalmente los árabes y los beréberes habían utilizado una caballería dotada de un equipo muy ligero que les permitía realizar con soltura las tácticas de ataque y retirada o el lanzamiento de flechas por parte de arqueros montados para castigar y desorganizar las filas enemigas. Para asegurar la protección de esta caballería si resultaba necesario u ofrecerles un lugar de descanso entre carga y carga, solían dejar en la retaguardia una formación cerrada de peones, a veces reforzadas con obstáculos –bagajes, animales…–. Con el paso del tiempo, y quizás por influencia de sus vecinos occidentales, también comenzaron a utilizar fuerzas de caballería pesada que empleaban la carga frontal.

Con el fin de hacer operativas a estas fuerzas conjuntas –e igual que hacían los ejércitos cristianos– era normal que, en función del número de efectivos, el contingente musulmán se dispusiera en varios cuerpos en los que se combinaban caballería ligera, caballería pesada y peones: una vanguardia, un cuerpo central, dos alas y una retaguardia, colocando a sus espaldas un campamento reforzado con algún tipo de palizada y con peones bien fijados al terreno, donde se situaban los soberanos junto a su guardia personal o a los efectivos más fieles. En la experiencia hispánica, el éxito de los ejércitos almorávides y almohades había radicado, habitualmente, en su habilidad para desconcertar a los cristianos con el lanzamiento de flechas y con las tácticas de ataque y retirada –tornafuy–, y en su capacidad para desbordarlos por las alas, lo que les permitía envolverlos o arremeter contra ellos por la espalda.

La batalla de Las Navas de Tolosa

Los dispositivos tácticos que ambos contendientes organizaron en el campo de batalla de Las Navas de Tolosa parecen atenerse, en líneas generales y hasta donde es posible la reconstrucción según los testimonios más cercanos y fiables, a los modelos que acabamos de esbozar. En el lado cruzado, los efectivos, tanto caballeros pesados como peones, se situaron a los pies de su campamento de la Mesa del Rey y se ordenaron en tres grandes cuerpos: uno central, mandado por Alfonso VIII, y dos laterales, uno a la izquierda dirigido por el rey Pedro II de Aragón, y otro a la derecha liderado por Sancho VII de Navarra. Cada uno de estos cuerpos, a su vez, fue dividido en tres grandes líneas colocadas en profundidad, formando una vanguardia, un centro y una retaguardia. Los monarcas se colocaron en sus respectivas retaguardias.

Frente a ellos, los musulmanes ubicaron en su retaguardia y sobre una posición elevada del terreno –en el Cerro de los Olivares–, un fuerte dispositivo protegido por un cuerpo compacto de infantería –entre ellos estaban los esclavos negros de la guardia personal del califa almohade que, según algún testigo, tenían las piernas atadas para evitar que huyesen–, reforzado por una barrera de obstáculos –“un reducto parecido a un palenque”, en palabras de Jiménez de Rada–. Aquí se estableció el dirigente musulmán, que de esta forma podía tener una visión global de lo que ocurría en el campo. Por delante de este dispositivo se organizó un cuerpo central formado por la caballería almohade y andalusí, quizás reforzado por una vanguardia y una retaguardia. En una posición exterior –a los lados del anterior dispositivo, esto es, formando dos alas, o por delante de él, las fuentes difieren en este detalle–, se situó la caballería ligera árabe especializada en el lanzamiento de flechas desde las monturas y en las técnicas del tornafuy.

El despliegue táctico se desarrolló tal como podría esperarse en función del tipo de armamento y de las tradiciones tácticas de cada parte: las vanguardias de los tres cuerpos del ejército cruzado, que luchaba pendiente arriba, se lanzaron a la carga contra la vanguardia y el cuerpo central almohade, que absorbió este primer choque; seguidamente se pusieron en movimiento los cuerpos centrales de los cristianos, cuya llegada a la zona de combate reactivó la lucha, aunque su empuje también acabó siendo amortiguado por el cuerpo central islámico; por último, una parte de la retaguardia cristiana se sumó a los combates, rompiendo definitivamente la resistencia del cuerpo central musulmán, en tanto que el resto de la zaga de los cruzados se lanzaba exitosamente al asalto del campamento fortificado almohade, de donde el califa tuvo que huir precipitadamente.

Mapa batalla de las navas de tolosa

Mapa de la batalla de Las Navas de Tolosa. Pincha en la imagen para ampliar. © Jorge Martínez Corada.

Por lo que respecta a los movimientos del ejército califal, es probable que la caballería ligera árabe, situada fuera de su dispositivo, emprendiera la huida siguiendo su táctica tradicional, pero no parece que consiguiese atraer a los cristianos a una persecución alocada. La vanguardia islámica, formada por los voluntarios de la guerra santa, un grupo sin duda muy motivado pero escasamente preparado para el combate, fue arrasada por la vanguardia cruzada. A tenor de lo indicado por los testigos, el cuerpo central del ejército islámico, sin duda el más nutrido, se limitó a hacer frente a las diversas cargas de los cruzados que finalmente, como hemos indicado, consiguieron romper su formación, llegar hasta el dispositivo fortificado de la retaguardia islámica y asaltarlo.

La clave de la victoria cristiana parece residir, pues, tanto en su capacidad para mantener su cohesión sin caer en las provocaciones de los arqueros montados árabes, como en la adecuada ejecución de las cargas de la caballería pesada, que consiguió entrar en liza al ritmo que exigían las circunstancias del combate, sin precipitación y sin dilatación. Los relatos más fiables de la batalla, aportados por los testigos directos, no ofrecen mayores aclaraciones sobre el comportamiento de los contingentes musulmanes: no sabemos hasta qué punto la indisciplina o el descontento –si es que realmente lo hubo– de algunos sectores andalusíes y almohades con el califa, pudo llegar a influir en el desarrollo de la batalla, tal como sostienen algunos cronistas musulmanes tardíos. Pero al menos hay un par de circunstancias que pueden señalarse como posibles causas de su derrota: en primer lugar, parece evidente que la técnica de la retirada fingida no funcionó y que la acción de los arqueros montados no hizo demasiado daño en sus oponentes cristianos; en segundo lugar, y esto tal vez sea más importante, las alas del ejército musulmán no consiguieron –si es que llegaron a intentarlo– flanquear y envolver a las tropas cristianas, como había ocurrido en anteriores batallas.

Cualquier explicación que quiera darse a esta última circunstancia será meramente especulativa, pero al menos cabe establecer una hipótesis: como hemos apuntado, los dirigentes almohades no buscaron la batalla, sino que por el contrario intentaron evitarla bloqueando el paso de los cruzados por Sierra Morena. De hecho, estuvieron a punto de conseguir su objetivo cuando los cristianos se vieron impotentes para atravesar el Desfiladero de Losa y tuvieron que retroceder. Para el califa fue una absoluta y desagradable sorpresa comprobar que sus enemigos habían encontrado un camino –el que les mostró el famoso pastor de Las Navas de Tolosa–, se habían aproximado a las posiciones almohades y se encontraban cara a cara, situados a apenas cuatro o cinco kilómetros y sin ningún obstáculo que impidiera el encuentro.

Eso quiere decir que el ejército musulmán se vio obligado a afrontar la batalla sobre un terreno que no había elegido y que posiblemente no era favorable para su forma habitual de combatir: es verdad que contaban con la ventaja de estar en altura, pero tanto la técnica de la huida fingida como el desbordamiento por las alas requerían un espacio llano y amplio, y no eran esas precisamente las características del campo de Las Navas de Tolosa. Por el contrario, éste era relativamente estrecho –entre dos y tres kilómetros de ancho– y estaba delimitado en ambos lados por fuertes desniveles y barrancos –los formados por los arroyos del Rey y de la Campana–. Además, como hemos visto, el ejército cruzado era lo suficientemente numeroso como para desplegar dos cuerpos laterales, los mandados por los reyes de Aragón y Navarra, lo que le permitía cubrir buena parte del campo e impedir su flanqueo.

palacio de los Reyes de Navarra

Capitel del palacio de los Reyes de Navarra, Estella, Navarra, finales del s. XII. Representa el combate entre Roldán, caballero de Carlomagno, y Ferragut, gigante musulmán del que se decía descendiente de Goliat. El de la derecha es Roldán, distinguible por la cruz en su escudo de cometa, que parece no llevar casco pero que está protegido con una cota de malla larga, que le cubriría hasta debajo de las rodillas, con cofia. Un equipo similar debió llevar Sancho VII el Fuerte, afamado por su envergadura, en las Navas de Tolosa. Su lanza se clava en el único punto débil de Ferragut que, como un particular Aquiles, solo podía ser herido en el ombligo. El musulmán dispone de un equipo similar al de su contrincante, aunque se adivina un bonete o turbante sobre su cofia, y su escudo es una adarga circular adornada con motivos florales que nos da una idea de cómo sería el escudo más común entre las tropas andalusíes. Su lanza se ha quebrado al chocar con el escudo de Roldán, contingencia que sería común en batalla.

Ya fuera por éste o por otros motivos, lo que parece claro es que el ejército musulmán no llegó a completar o a sacar rentabilidad a los movimientos que solían desplegar en el campo de batalla y que tantos éxitos les habían reportado en anteriores ocasiones. Por el contrario, los contingentes cristianos pusieron en práctica sus tradiciones tácticas con mucha más eficacia, lo que les permitió alcanzar una resonante victoria.

Las consecuencias

La campaña no concluyó de forma inmediata, sino que por el contrario el ejército cruzado quiso explotar su éxito avanzando hacia el sur, conquistando varias fortalezas en Sierra Morena –Vilches, Ferral, Baños y Tolosa–, destruyendo Baeza y saqueando Úbeda tras someterla a un asedio. Sin embargo, para entonces, poco más de un mes después del inicio de la campaña, el ímpetu de la expedición se había agotado y el azote de diversas enfermedades hizo recomendable darla por concluida y regresar a Toledo. En palabras del obispo Juan de Osma, “volvieron a sus propios lugares con victoria, honor y mucho botín”.

La victoria cristiana en Las Navas de Tolosa quedó grabada en la memoria de los contemporáneos y en la de las siguientes generaciones como un hito fundamental en la historia de las relaciones bélicas entre cristianos y musulmanes. Algunos interpretaron entonces, y siglos después muchos más han seguido considerándolo así, que la batalla fue el golpe de gracia que acabó con el Imperio almohade o incluso, yendo un poco más lejos, que causó la ruina definitiva de al-Andalus. No parece que fuera así: el poder almohade no se colapsó como consecuencia directa de su derrota en Las Navas de Tolosa, sino a raíz del afloramiento de sus propias contradicciones, cosa que no ocurriría hasta una década después. Tras analizar los factores que intervinieron en su crisis final, no parece aventurado afirmar que su derrumbe se hubiera producido con o sin batalla. Por lo que respecta a al-Andalus, bien sabido es que, tras la batalla, los poderes islámicos peninsulares aún sobrevivirían durante casi 300 años, de modo que también resulta un tanto exagerado o quizás simplificador buscar en aquella batalla el fin de su historia.

Desde luego, la victoria de Las Navas de Tolosa no puso fin a la Reconquista, pero hay que reconocer que, desde el punto de vista militar, tuvo consecuencias de largo alcance que no pueden negarse: desde la segunda mitad del siglo XI, al menos desde que comenzaran las operaciones destinadas a la conquista de Toledo, hasta julio de 1212, cristianos y musulmanes habían sostenido una agria y violenta disputa territorial por el control de las tierras situadas entre el Tajo y Sierra Morena, centrada particularmente en el dominio de las fortalezas que jalonaban aquel amplio territorio. Durante décadas el resultado de aquellos enfrentamientos fue incierto y los avances y retrocesos se sucedieron al ritmo de las intervenciones de almorávides y almohades o de los esfuerzos bélicos de los reyes de Castilla y León, Alfonso VI, Alfonso VII y Alfonso VIII. El rotundo éxito alcanzado por este último en Las Navas de Tolosa vino a poner fin a dicha disputa en el curso de una expedición que duró poco más de treinta días, ratificada eso sí por una resonante victoria en el campo de batalla: como consecuencia de todo ello aquel amplísimo territorio pasó definitivamente a manos cristianas. Más aún, aunque los cruzados no pudieron conseguir ninguna localidad importante en el valle del Guadalquivir –Baeza y Úbeda fueron destruidas, pero no retenidas–, el control de algunas fortalezas y pasos de Sierra Morena quedó en manos castellanas, lo que dejaba expedito el camino hacia el sur. La batalla había servido para cerrar una época, la que había comenzado frente a las murallas de Toledo hacía casi siglo y medio, pero también dejaba establecida las condiciones estratégicas para el inicio de una nueva fase histórica: la de las grandes conquistas del siglo XIII.

Bibliografía

  • Alvira Cabrera, M. (2000): Guerra e ideología en la España Medieval: cultura y actitudes históricas ante el giro de principios del siglo XIII. Batallas de Las Navas de Tolosa (1212) y Muret (1213), Tesis Doctoral, Universidad Complutense de Madrid, Madrid.
  • García Fitz, F. (2005): Las Navas de Tolosa, Barcelona.
  • Huici Miranda, A. (2000): Las grandes batallas de la Reconquista durante las invasiones africanas (Almorávides, Almohades y Benimerines), Madrid, 1956. [Ed. Facsímil con estudio preliminar de E. Molina López y C. Navarro Oltra, Granada].
  • López Payer, M. G. y Rosado Llamas, Mª D. (2002): La batalla de Las Navas de Tolosa, Madrid.
  • Vara Thorbeck, C. (1999): El Lunes de Las Navas, Jaén.

Francisco García Fitz es Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla y profesor de Historia Medieval en la Universidad de Extremadura. Es autor de un buen número de publicaciones –libros, artículos y ponencias– sobre guerra medieval, organización de los ejércitos, estrategias y tácticas de combate, fortificaciones e ideología de la guerra, referidas tanto al ámbito hispano como al europeo.

Este artículo apareció publicado en el Desperta Ferro Antigua y medieval n.º 12 como adelanto del siguiente número, el Desperta Ferro Antigua y medieval n.º 13: La Reconquista.

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