El 12 de junio de 1777 llegaba al presidio de San Agustín de Tucson (Arizona) su nuevo comandante, don Pedro Allande y Saabedra. Nacido en España, había ingresado con catorce años como cadete en el Regimiento de Infantería de Navarra y cuando llegó a su nuevo destino, atesoraba 22 años de servicio en los ejércitos del rey. Veterano de la guerra con Portugal de 1762, también participó en los combates con los “moros” del norte de África y, ya en América, tomó parte en las guerras contra los indios seri en California.

En San Agustín de Tucson, Allande se encontró un puesto de casas dispersas sin un solo muro u obra de defensa, así que su primera orden fue la de comenzar la construcción de una empalizada y unos baluartes de madera de acuerdo a las nuevas regulaciones de 1772.

San Agustín de Tucson

Imagen idealizada del presidio de Tubac, antecesor del de San Agustín de Tucson.

En 1779, el informe del inspector adjunto, don Roque de Medina, indicaba que la guarnición disponía de setenta y siete hombres, aunque solamente cincuenta y nueve eran aptos para el servicio en ese momento. De ellos, treinta y siete eran dragones de cuera, contando con un sargento, cuatro cabos, y un maestro armero. Se había construido una empalizada, aunque algunas casas se encontraban en el exterior de la misma, y se disponía de cuatro cañones de bronce. El segundo al mando era el teniente Miguel de Urrea, nacido en Sonora y doce años mayor que Allande, un veterano con treinta y siete años de servicio en la frontera.

La caballería ligera destacada en el presidio de San Agustín de Tucson incluía a diecisiete soldados, además la compañía tenía diez exploradores indios. De toda la guarnición solamente treinta y cuatro de los soldados eran españoles, siendo el resto mestizos, mulatos o indios “civilizados”. Para el servicio de la tropa se disponía de doscientos ochenta y nueve caballos y cincuenta y dos mulas, ya que una de las características de los dragones de cuera era el contar con cuatro caballos por soldado, así como una mula. El robo de este ganado fue una de las razones de los continuos conflictos con los apaches, los cuales realizaban constantes razias para robarlos.

En guerra con los apaches

En mayo de 1779 empezaron las primeras operaciones de Allande contra los apaches, tras asaltar estos algunas rancherías y robar varios caballos. La primera expedición estuvo compuesta por setenta y nueve hombres, incluyendo soldados, milicia y auxiliares. El resultado fue bastante desigual, consiguiendo escapar algunas partidas de indios y pudiendo entablar combate con otras, causando unos pocos muertos y haciendo algunos prisioneros.

En noviembre de 1779 una numerosa partida de apaches, que algunas fuentes elevan hasta los trescientos cincuenta, se presentó ante el presidio de Tucson. Los apaches, confiados en su superioridad numérica, no contaron con la experiencia y valor de los dragones de cuera. Estos, en vez de refugiarse en el presidio, decidieron lanzarse al ataque contra los sorprendidos indios que, atónitos, no podían dar crédito a que fuesen ellos los atacados. El resultado fue la victoria hispana en un combate desigual que enfrentó a quince dragones de cuera contra cerca de trescientos indios.

dragones de cuera

Los dragones de cuera eran hombres duros de frontera. Todos voluntarios que se alistaban por un periodo de diez años. Iban armados con lanza, adarga, espada, daga, pistola y mosquete/carabina. Su nombre se debe a “la cuera”, una especie de abrigo/armadura hecha con cuero endurecido. Este abrigo, que al principio cubría también las piernas, no tenía mangas y era muy resistente. Fabricado con hasta siete capas de cuero, era capaz de parar una flecha india. Inicialmente lo llevaban solo los oficiales y después se incorporó como vestimenta de toda la tropa. Con el paso de los años los dragones de cuera adaptaron un modelo más ligero que solo cubría el torso a modo de coraza.

Siguió un periodo de relativa calma que permitió a los españoles, ayudados por guerreros pima y papagos, dos tribus cristianizadas y aliadas de los españoles desde hacía más de cuarenta años, ir extendiéndose por el territorio e incluso fundar nuevos presidios en el territorio de los indios yuma.

En 1780 continuaron los ataques apaches y en junio de ese año asesinaban al capellán del presidio, el cual regresaba de una aldea cercana de celebrar el día de san Juan. Alertados de los hechos, una columna punitiva de cincuenta dragones de cuera no pudo localizar a la partida india atacante.

Al año siguiente se produjo una sublevación india en el territorio de los yuma, los cuales atacaron algunas misiones y asentamiento capturando a varias mujeres que fueron hechas prisioneras. Se organizó un grupo de socorro, al mando del teniente coronel Pedro Fages, que tras múltiples peripecias conseguiría liberar a las cautivas y llevarlas a Tucson. Fueron ellas las primeras en relatar cómo los guerreros de las tribus de esa zona pintaban sus caras con diversos colores.

El ataque de 1782

El primero de mayo de 1782 amaneció apaciblemente sobre el presidio de San Agustín de Tucson y su vecina población de Piman. No había nada especial que distinguiese ese día de cualquier otro, además era domingo y al amanecer los habitantes se dedicaban a sus habituales tareas rutinarias o a prepararse para la misa dominical.

El capellán celebró la eucaristía temprano en la capilla y luego cruzó el río Santa Cruz en dirección a Piman para celebrar la misa allí. Un alférez de la compañía, junto con un soldado, también marchó a esa aldea más norte de Tucson. El teniente Urrea aprovechó la festividad para dormir hasta tarde en su casa frente a la empalizada y el edificio de correos. Se podía ver un soldado merodeando, quién sabe con qué propósito, en la maleza a una corta distancia de correos. También algunas mujeres y niños iban caminando por los campos de cultivo del valle hacia la aldea india.

apache dragones de cuera Tucson

Cacique apache, por Claudio Linati (1790-1832), del libro Costumes civils, militaires et réligieux du Mexique (Bruselas, 1828).

Cerca de las diez de la mañana apareció un grupo muy numeroso de guerreros apaches y rompió esa pacífica escena fronteriza, logrando una sorpresa casi total. Se lanzaron en tromba hacia la entrada abierta de la empalizada y casi la ganaron. Sin embargo, la intervención personal del capitán Pedro Allande y Saabedra evitó que los indios forzasen la entrada. Fue un combate dramático donde el valor desplegado por Allande, auxiliado por cuatro de sus soldados y un solitario cañón no permitió que ningún atacante franquease el puente de acceso a la entrada principal del presidio. Mientras, el teniente Urrea disparaba sobre los apaches desde la azotea de su casa, auxiliado por su sirviente indio que le iba recargando las armas, causando una distracción que sería decisiva.

Los apaches cometieron el error de dividir sus guerreros en dos grupos para atacar simultáneamente los dos asentamientos y los españoles tuvieron la gran fortuna de que sus oficiales se encontrasen en los lugares más críticos en el momento adecuado.

En Piman, el alférez y el otro dragón de cuera, lejos de arredrarse, se lanzaron con un arrojo y furia tal sobre el grupo de guerreros apaches que los puso casi de inmediato en fuga.

Muy distinta fue la participación del soldado José Antonio Delgado, aquel que se encontraba en los arbustos del exterior del asentamiento, quien no pudo hacer otra cosa que trepar a un árbol y esperar agazapado a que terminase el combate. Relató posteriormente que desde su privilegiada posición pudo ver cómo los apaches retiraban del combate varios muertos y numerosos heridos.

El resultado se saldó para los apaches con al menos ocho muertos confirmados, de unos seiscientos atacantes, aunque dada la intensidad del combate, que se prolongó durante cerca de dos horas, y la costumbre de los apaches de retirar a sus muertos, hace pensar que estos pudieron elevarse hasta cerca de los treinta. Los españoles sufrieron solamente un muerto y tres heridos de gravedad, de una guarnición de unos setenta hombres, incluidos dragones de cuera y exploradores indios.

Epílogo

La guerra apache no terminó aquí, en diciembre de 1782 y luego en 1784 volverían a lanzarse sobre Tucson con idénticos resultados. Por su parte, los españoles de Allande realizaron varias campañas punitivas contra los apaches, navajos, yumas y otros pueblos que se habían unido a la sublevación contra la presencia hispana.

En 1783 se construyó un muro de adobe en San Agustín de Tucson para mejorar sus defensas, quedando muy complacido por ello el visitador general del virreinato de Nueva España, don José de Gálvez, sobrino del conquistador de Pensacola.

Allande abandonó Tucson en 1785, ya como teniente coronel, siendo sustituido por el capitán Romero. Las luchas, escaramuzas y columnas de rescate de cautivos siguieron durante varios años, hasta que se firmó la paz en 1793, tras la que los apaches, yumas, chiricauas, navajos y otras tribus fueron poco a poco relacionándose con los españoles hasta terminar por convivir con ellos en las distintas misiones, presidios y asentamientos.

Fueron unos años de paz hasta que todo cambió con la independencia efectiva del virreinato de Nueva España en 1821. En 1846, México perdió esos territorios y llegaron otros soldados de frontera, también con uniforme azul, mucho más conocidos por el gran público que los dragones de cuera, aunque fueran estos los primeros en escribir las más gloriosas páginas en la historia de estas duras tierras de frontera.

 

Por Rafael Rodrigo Fernández, doctor en Historia.

Para más información sobre los dragones de cuera y la batalla por San Agustín de Tucson, te invitamos a visitar este hilo del foro de historia militar El Gran Capitán.

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