Venalidad y meritocracia en el ejército de Felipe IV. El caso de Alonso de Mercado y Villacorta

Socorro de la plaza de Lérida (1646), óleo sobre lienzo de Peter Snayers (1592-1667), Museo Nacional del Prado, Madrid. El ejército de Felipe IV hubo de hacer frente a costosas campañas que, por diversos factores, dificultaron en gran medida el reclutamiento, mientras que la promoción interna estaba regida por criterios no solo de venalidad (venta de cargos), sino también de meritocracia.

Estos criterios eran tenidos muy en cuenta para la obtención de las capitanías de compañía. En tiempos de Felipe II se requerían unos 10 o 12 años de servicio y pasar por todos los tramos inferiores del escalafón. El sistema contaba con ciertas excepciones: los nobles tenían más facilidades de ascenso por su condición, así como aquellos que hubiesen demostrado su valía en algún hecho de armas destacado.

Ese cursus honorum se presentaba ante Consejo de Guerra a través de un memorial, respaldado por cartas de recomendación de superiores, testimonios de compañeros de unidad, heridas de guerra e incluso los servicios de algún pariente o antepasado. Se trataba un proceso controlado por la Corona que aseguraba que sólo los mejores pudieran alcanzar un rango de vital importancia, ya que los capitanes eran los encargados de reclutar nuevas compañías.

Por desgracia este sistema meritocrático no tardó en deteriorarse. El estancamiento poblacional[i], la pérdida de atractivo de la carrera militar, los cada vez más numerosos frentes abiertos y la falta de recursos monetarios de la Hacienda Real, provocaron que a la Corona le fuera imposible reunir tropas suficientes. Fue necesario delegar parte del reclutamiento en entidades particulares (nobles, ciudades y oligarcas), asentistas con contactos locales y recursos económicos que reclutaban, armaban y colocaban soldados a su costa a cambio de determinadas prestaciones.

Por lo general, estas consistían en una patente de capitán acompañada de un suplimiento por el cual el rey acreditaba que esa persona era apta para el mando aunque no cumpliese con los requisitos. También se incluían los despachos y suplimientos del resto de oficiales de la compañía, documentos que serían vendidos al mejor postor a familiares y/o miembros de la red clientelar del reclutador particular.

A través de este reclutamiento a costa, la Monarquía perdió control sobre el alistamiento y la movilización de sus ejércitos, en los que empezó a arraigarse todo un sistema venal[ii] donde la oficialía caía en manos de aquellos que pudieran pagar más dinero y no en los veteranos más experimentados. Este “proceso mercantil” de hombres por honores, muy criticado por el Consejo de Guerra y por tratadistas militares, revelaba un “hambre de privilegios” de las élites locales, que veían en las levas un camino rápido para ennoblecerse o para incrementar sus títulos.

Las oportunidades se vieron favorecidas con la declaración de guerra de Francia en 1635 y la Sublevación de Cataluña, lo que conllevó un aumento de las necesidades economicas y militares de la Corona, que buscó paliarlas a través del establecimiento o subida de impuestos y de la creación de la Junta de Hábitos.[iii]

Conviviendo con la venalidad, sin embargo, siguió existiendo una promoción fundamentada, al menos parcialmente, en méritos y en experiencia en combate. Tal pudo ser el caso de Alonso de Mercado y Villacorta.

La carrera militar de Alonso de Mercado y Villacorta

Alonso nació en Olmedo (Valladolid) en el seno de una familia de hidalgos en 1620. Hijo de Luis de Mercado y Quiñones y María Vázquez de Menchaca y Villacorta, quedó huérfano de padre a los 9 años, siendo su hermano mayor, Jacinto Antonio de Mercado, el heredero del mayorazgo. Es muy posible que en ese punto de su vida quedase al cargo de su tío paterno, Gregorio de Mercado y Quiñones, quien sirvió en Nápoles, Milán, Navarra y Cataluña durante 28 años[iv] y que seguramente fue su padrino en el oficio de las armas.

Esa parte de la vida de Alonso fue registrada en una relación de méritos escrita en 1671. Según este documento, la primera vez que participó en una batalla fue a los 16 años, como soldado hijodalgo en la invasión de Labort. Dos años después ya había luchado contra las tropas francesas en el sitio de Leucata, en la frontera de Irún, en el socorro al castillo de Maya y en la villa de Laredo.

Por desgracia en la relación no se menciona en qué unidades luchó ni si se destacó en combate, pero sí que fue ascendido a alférez y luego a capitán de coraceros. De esta promoción quedó constancia en una patente fechada el 7 de diciembre de 1639, en la que se le encomendó levantar y dirigir una compañía de 60 caballos coraza.[v]

Dado que por esas fechas Alonso sólo contaba con tres de los cinco años de servicio que se requerían para ser capitán[vi], existe la posibilidad de que su tío o incluso su hermano hubieran intercedido en su favor o, tal vez, que comprase el nombramiento.

Aunque se desconozcan los motivos de su ascenso, parece que duró poco como capitán de coraceros, ya que la relación lo sitúa en 1640, al inicio de la Guerra dels Segadors, con una compañía de dragones por la zona de Fraga. En una de las patrullas, Alonso fue herido y apresado junto a su unidad en una emboscada cerca de Lérida, desde donde fue trasladado a la cárcel pública de Barcelona. Allí permaneció un año hasta ser canjeado por otros presos, reincorporándose al ejército en 1642.

Una carta escrita en Zaragoza el 19 de mayo de 1643 por Carlos Bonières, barón de Auchy y veedor del Consejo de Guerra, certifica este suceso: Alonso ingresó como alférez en la compañía del conde Luna del Regimiento del Príncipe en abril de 1642 y fue ascendido a gobernador de la unidad el 9 de septiembre. Al parecer apenas ejerció el cargo dos meses, momento en el que pasó a La Rioja.

Su siguiente participación fue como capitán de caballería en la toma de Monzón (Huesca), en 1643. El testimonio que dio fe de su participación en el suceso fue el de Álvaro de Quiñones, comendador de Aguilarejo y Teniente General del Batallón de Caballería de las Órdenes quien, en otra carta fechada en Zaragoza el 18 de abril de 1644, dijo que Alonso había servido en su compañía durante un año

“hallándose en todas las ocasiones que se an ofrecido en este tiempo, sin faltar vn punto del Real Seruicio, y a procedido en ellas como de la calidad de su persona y partes se podía esperar, dando muy buena quenta de todo aquello que se le ha encargado, siempre a satisfación de sus superiores. Ha se hallado enel sitio y toma del castillo de Monçón, asistiendo con mucha puntualidad y desuelo…”.

Después de Monzón, Alonso combatió en diferentes unidades de caballería en las campañas de Lérida, Balaguer, Llorens o Montblach. En la narración antes mencionada, estos episodios quedaron registrados más detalladamente que los anteriores:

“Y estando el año de 1646 sitiada la dicha plaza de Lérida, [Alonso] envistió con dos vatallones del enemigo, sacando del reenquentro dos heridas y muerto el Cauallo; y la noche que se socorrió se halló en la vanguardia quando se retiraua el enemigo y le quitó y ganó tres piezas de artillería que lleuauan y hizo prisioneros dos capitanes de cauallos. […]. Y también se halló en las campañas de 647, 648 y 649 en la ocasión de Villa Franca de Panales quando se rompió la Cauallería de el enemigo fue con el batallón de ella a quien se deuió la mayor parte de este suçeso y sacó roto un brazo de la refriega, y después cargando las tropas del enemigo junto a Momblanc no sanó de las heridas asistió a ir en su alcance”.

El asedio y toma de Barcelona pusieron fin a 16 años de combates gracias a los cuales Alonso fue premiado con un hábito de Santiago (1647) y con el gobierno de una encomienda en Tucumán (1653), continuando los servicios a la Corona en las Indias hasta su muerte en 1681.[vii]

Al igual que reclutadores particulares y asentitas, Alonso utilizó el servicio militar como un instrumento de promoción tanto social como profesional. No obstante, y a falta de estudios más exahustivos de este periodo de su vida (8), los testimonios aportados sustentan la hipótesis de que, aunque adquiriese la patente de capitán de forma venal y sin reunir los requisitos, el resto de honores fueron ganados a través del servicio armado a la Corona y no mediante el desembolso económico.

Esto supone un ejemplo del peso que aún tenía la meritocracía dentro del ejército de los Austrias, si bien las prácticas venales siguieron cobrando fuerza durante el reinado de Carlos II. Para 1680, el reclutamiento “a costa” era un hecho generalizado y el reparto de patentes en blanco y suplimientos un acto abusivo durante la Guerra de los Nueve Años (1689-1697), actividades cuyos principales perjudicados fueron la profesionalidad y la efectividad de las tropas.

Notas

[i] Según I. A. A. Thompson, el crecimiento demográfico de Castilla sufrió un durísimo impacto negativo debido a que las campañas militares del siglo XVI absorbieron al año el 9,35% de todos los nacimientos masculinos en España. También hay que tener en cuenta que tres cuartas partes de dichos soldados eran solteros menores de 25 años y que muchos de ellos morían en campaña, por lo que se perdía población en edad de procrear (Thompson, 2003: 35-36).

[ii] La venalidad no fue algo exclusivo de la milicia. También arraigó en otras ramas de la administración como en las Contadurías del Consejo de Hacienda. Para este tema véase: Andújar Castillo, F. (2018): “Hombres de negocios y cargos públicos: el acceso venal a los cargos del Consejo de Hacienda en el siglo XVII”, en Studium, magisterium et amicitia: homenaje al profesor Agustín González Enciso. Pamplona: Eunate, pp. 169-176.

[iii] Mediante este organismo se concedieron hábitos de las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa a aquellos capitanes que acreditasen cuatro años de servicio y que aportaran 20 soldados veteranos o 10 oficiales reformados para el frente de Cataluña junto con su sueldo de un año. La otra posibilidad era conmutar el número de soldados por la cantidad de dinero que costaría el proceso de reclutamientos más las pagas. La actividad de la Junta de Hábitos cesó en 1642 por culpa de la disminución del número de solicitantes, ya que estos tenían la posibilidad de obtener los hábitos por otras juntas o comprándolos a algún particular (Jiménez Moreno, 2009: 157-172).

[iv] En Nápoles, Gregorio de Mercado fue alférez de infantería, teniente de caballos arcabuceros de la compañía de D. García de Pimentel, gobernador de la guardia del marqués de Tavara y capitán de caballos dragones. Este fue su último puesto, en una compañía del Reino de Navarra con la que participó en las invasiones del sur de Francia entre 1636 y 1637, siendo licenciado por enfermedad ese mismo año. El retiro sólo le duró hasta 1640, que se le concedió un hábito de la Orden de Santiago para luchar como capitán en el Batallón de Caballería de las Órdenes (Jiménez Moreno, 2011: 561-790).

[v] Ese documento se encuentra custodiado en un archivo privado en la ciudad de Málaga.

[vi] Real ordenanza de 28 de Junio de 1632: “…Y si hubiere algún Caballero ilustre, en quien concurra virtud, animo, y prudencia, se podrá admitir a la elección de Capitanes, con tanto, que haya servido en la Guerra seis años efectivos, o por lo menos cinco…”. Gutiérrez Carretero, M. (2017): “Recopilación de las ordenanzas militares de los Austrias”. Revista de Historia Militar, nº Extra 1, p. 417.

[vii] Todo ese periodo ha sido tratado en: Lizondo Borda, M. (1941): Historia del Tucumán (Siglos XVI, XVII y XVIII), Tucumán; Figueroa, F. R. (1986): Compendio de historia y geografía de Salta, Madrid: Plus Ultra; y Rubio Durán, F. A. (1999): Punas, valles y quebradas. Tierra y trabajo en el Tucumán colonial, siglo XVII, Sevilla: Diputación Provincial.

Fuentes primarias

Bibliografía

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