Funeral de un noble rus Siemiradzki Ibn Fadlan

Funeral de un noble rus (1884), óleo sobre lienzo de Henryk Siemiradzki (1843-1902), Museo Histórico Estatal, Moscú. La representación de la escena quiere basarse en el relato de Ibn Fadlan sobre la incineración en barco de un importante comerciante rus que presenció directamente. Este episodio es con diferencia el más conocido de los que relata el viajero musulmán en su Risala, y es un espléndido ejemplo literario de las costumbres funerarias de los vikingos que viajaron al sur de Europa en el siglo X.

«En aquellas tierras vi maravillas que soy incapaz de enumerar. Entre ellas, la más extraña ocurrió la primera noche que estuvimos en el país. Una hora antes de la puesta de sol, vi el horizonte tornarse de un rojo muy intenso, y oí ruidos poderosos y un potente zumbido procedente del cielo. Entonces vi una nube roja como el fuego muy cerca de mí, y el zumbido y el estrépito parecían proceder de ella. En su interior me pareció ver hombres y caballos, y en las manos de aquellos fantasmas pude distinguir claramente espadas y lanzas. Mientras tanto, apareció otra nube similar a la anterior, y en ella igualmente pude ver hombres, caballos y armas. Aquella masa empezó a atacar a la otra del mismo modo que una unidad de caballería atacaría a su enemigo. Nos asustamos con aquél fenómeno y nos pusimos a rezar y suplicar, mientas las gentes de la aldea se reían de nosotros y expresaban su asombro por nuestra reacción».

La Risala de Ibn Fadlan es poco pródiga en relatos fantásticos y nada propensa a las explicaciones sobrenaturales de lo observado. Lo que el sabio musulmán está describiendo en este pasaje son las auroras boreales que observó en su viaje a Rusia, a orillas del Volga, en plena Era Vikinga. El fenómeno le dejó maravillado, y no supo otra forma de describirlo, como quizá habría ocurrido a otros muchos ante tan fascinante espectáculo celeste. Consultando tras este episodio al rey búlgaro que dominaba aquel territorio, este le explicó que, antiguamente, sus antepasados decían que los ejércitos que se oponían en aquellas luces nebulosas eran los de los creyentes y los no creyentes entre los djinn (genios), sumidos en una eterna batalla que nunca se decidía hacia un bando u otro. Y en verdad el periplo que llevó a Ibn Fadlan hacia el norte es una historia de creyentes, no creyentes y maravillosas luces.

Durante milenios, gentes de todas procedencias y de culturas bien distintas han viajado a lugares lejanos y desconocidos, despertando su propia conciencia y, con suerte, la de otros a través de sus propias narraciones de lo vivido. Quizá a menudo estas estuvieron acompañadas de grandes exageraciones, magnificando unas experiencias únicas y singulares. Unas veces sus gestas se cantaron, y otras acaso se escribieron para conocimiento de otros, sobre todo cuando sus vivencias referían a culturas y costumbres poco o nada conocidas en su lugar de origen. El desarrollo de la historia del ser humano está íntimamente ligado a este tipo de contactos y, por qué no, a estos relatos que nutren nuestro espíritu, y aun con el paso de los siglos y en un mundo tan globalizado como el actual, en el que todo parece mucho más cercano y al alcance de la mano, la observación de otras culturas, tan distintas de la propia, nos sigue fascinando como si fuéramos niños escuchando con atención y fascinación las historias de nuestros abuelos.

Ibn Fadlan, un hombre de fe

Ahmad ibn Fadlan ibn al-‘Abbasibn Rashid ibn Hammad realizó el viaje que relata en su Risala entre 921-922 por orden del califa abasí de Bagdad, por entonces al-Muqtadir bi-llāh (895-932), a la cabeza de una embajada con destino a la corte del reino búlgaro del Volga, enviada en respuesta a la misiva que el rey Almish ibn Shilki Elteber mandó al califa solicitándole ayuda en algunas cuestiones. La Risala es un relato de la experiencia de aquel viaje escrito en árabe de puño y letra del enviado del califa que se conoce gracias a un manuscrito hallado en Mashhad (Irán) en 1923, aunque anteriormente se tenía constancia de algunas referencias en obras del siglo XIII –en especial la del geógrafo Yaqut en su Lexicon de los países– y posteriores. El manuscrito de Mashhad es una copia del siglo XI que constituye hoy por hoy un unicum, pero termina desgraciadamente incompleto en la parte que Ibn Fadlan describe el kanato jazarí.

El relato del viajero musulmán se enmarca en un momento histórico en el que el islam vivía un gran florecimiento en el desarrollo de las ciencias, la literatura y el arte, a la par que se producía un cierto empuje de una política religiosa expansiva y menos tolerante con otras religiones de los territorios ocupados, en parte por la agresiva rivalidad entre la dinastía abasí y sus competidores fatimíes en Egipto. Según cuenta él mismo en su Risala, Ibn Fadlan era maula (“asistente”) de Muhammad ibn Sulaiman –un hombre muy influyente en la corte califal–, además de un personaje versado en la ley islámica. En aquel entonces, los búlgaros del Volga seguían la doctrina de la escuela hanafí, común en la región occidental de Asia Central, en vez de la shafií (véase “La religión en al-Ándalus: corrientes intelectuales, creencias y prácticas”, en Arqueología e Historia n.º 22) que se practicaba en la corte de Bagdad, por lo que su presencia en la embajada tenía como uno de sus propósitos principales el de ayudar a la población búlgara a iniciarse en la correcta forma de entender la fe islámica. Fiel a las órdenes del califa, acometió la tarea impuesta con gran resolución incluso pese a hallar serios obstáculos para el cumplimiento de la misión encomendada. Poco sabemos del propio personaje al margen de su obra, y no tenemos grandes certezas en cuanto a la repercusión que alcanzó esta entre los geógrafos abasíes, si bien seguramente la información sobre aquel extraño mundo pagano que Ibn Fadlan compiló durante sus viajes influyó sobre obras geográficas árabes posteriores, como la de al-Jaihani (Libro de Rutas y Reinos), a quien conoció personalmente en Bujará en el mencionado viaje.

Hacia las tierras del hielo

En el siglo X, cuando el enviado el califa llevó a término su encargo dirigiéndose hacia las tierras frías del norte, los circuitos comerciales norte-sur estaban tan vivos y activos como los de Occidente-Oriente en la famosa Ruta de la Seda (véase Arqueología e Historia n.º 29: Marco Polo y la Ruta de la Seda). De hecho, algunos investigadores han utilizado el término “ruta de las pieles” para definir estos circuitos comerciales que enlazaban los territorios bálticos con el sur de Eurasia. El dinamismo del comercio se vio incentivado desde el siglo VIII por la gran oferta existente en Asia central y entre los pueblos de las estepas de este tipo de productos, en especial de pieles de visón, armiño, castor o zorro, además de la miel y el pescado seco:

«Los principales alimentos en Itil [capital del reino jázaro] son el arroz y el pescado. La miel, la cera y las pieles exportadas desde allí proceden de los territorios de los rus y los búlgaros. Este es el caso de las pieles de castor, exportadas a todo el mundo, puesto que estos animales solo se encuentran en aquel territorio». (Ibn Hawqal, Configuración de la tierra II.397-398; finales del siglo X)

Imitación jazarí de un dírham de plata abasí datado de comienzos del siglo X. Los orificios indican su reutilización como elemento ornamental en un momento indeterminado. © Wikimedia Commons / CC BY-SA 2.0 / The Portable Antiquities Scheme/ The Trustees of the British Museum

En sentido contrario, la artesanía en metales preciosos, en especial la plata, llegaba con facilidad a los pueblos de habla ugria del norte de Rusia, tal como demuestra la arqueología, que observa un particular foco de hallazgos en la región del río Kama. Del mismo modo, la fluidez de las dinámicas comerciales tiene también su plasmación entre otras cosas en las grandes cantidades de monedas bizantinas y musulmanas halladas en Escandinavia. Los hallazgos de dírhams de plata abasíes en tesorillos de Suecia se cuentan a miles, y la moneda islámica era aceptada para el intercambio comercial incluso en el norte de Rusia. Por su parte, el marfil de morsa o narval era muy apreciado en el mundo islámico, como también el mucho más exótico marfil de los cuernos de mamut recuperados del hielo ruso. El intenso comercio entre el Báltico y el Imperio bizantino tendió a crecer desde la era previkinga –la última etapa del período Vendel, merovingio y Germánico tardío en Suecia, Noruega y Dinamarca respectivamente–, para luego verse espoleado todavía más en el siglo X, por una parte merced a la presencia de comerciantes escandinavos en Rusia y, por otra, con la islamización del territorio de Jorasán (nordeste de Irán) y el dominio de los samánidas, que establecieron su capital en Bujará y dominaron buena parte de la meseta iraní. El ministro abasí Ibn Khordadbeh escribió en 855 (Kitāb al-masālik wa’l-mamālik) que los rus seguían dos rutas comerciales que desde el norte conducían hasta Constantinopla y Bagdad a través del Dniéper y el mar Negro y del Volga y el mar Caspio respectivamente. Poco más tarde, Jorasmia sería el principal mercado de esclavos del califato, bien nutrido por los prisioneros capturados por las tribus túrquicas o los pueblos rus.

La Risala de Ibn Fadlan no es el relato de un viaje cualquiera, sino la plasmación de una experiencia única, la historia de unas vivencias personales acaso equiparables a la que otros vivieron pero que terminaron perdiéndose en el limbo del anonimato y jamás fueron expresadas de forma escrita. Sin duda fueron muchísimos los viajeros que realizaron toda o una parte de las rutas que comunicaban el mundo islámico y bizantino con el báltico, pero también es cierto que probablemente pocos de ellos compartirían ese equilibrio entre curiosidad, tenacidad y capacidad de observación del que hacía gala el enviado de al-Muqtadir. Su obra está cargada de detalles de gran interés, y combina con habilidad los preciosos testimonios de las dificultades del viaje con apreciaciones etnográficas que arrojan mucha luz en cuanto a las costumbres y creencias de los pueblos con los que se cruza en su camino. Pero, además de ello, cuenta con un importante goteo de reflexiones resultantes de su percepción personal, muy influida por su devoción al islam e inevitablemente fruto del momento histórico en el que vivía.

Si analizamos el recorrido que siguió la embajada del califa en su camino hacia la corte búlgara, lo primero que llama la atención es que se eligió una ruta muy larga, realizando un largo rodeo a oriente del mar Caspio en vez de tomar el camino más corto por el Cáucaso. Probablemente la elección de la ruta no fuera casual y pretendía sortear los dominios túrquicos de los jázaros al norte de la cordillera. Cabe tener en cuenta que el viaje de Ibn Fadlan se produjo en un momento en que muchos pueblos de las estepas del sur de Rusia se iban liberando del yugo del dominio jázaro, lo que a su vez suponía peligros imprevisibles, como queda bien patente en las observaciones del embajador en una serie de desconcertantes encuentros con las tribus seminómadas con las que se cruza al norte del Caspio:

«El Tarkhan [uno de los líderes de los oguz] era el más prominente e influyente entre ellos; estaba tullido y era ciego, y tenía una mano mutilada. […] El Tarkhan dijo: “Este es un asunto que nunca hemos visto o escuchado. Nunca el embajador del sultán [el califa] había viajado a través de nuestras tierras desde que nuestros ancestros llegaron aquí. Mi sensación es que el sultán nos quiere engañar; estos han sido enviados en realidad a los jázaros para espolearlos en nuestra contra. Lo mejor que podríamos hacer es cortarlos en dos mitades y tomar de ellos todo lo que llevan». (Ibn Fadlan, Risala)

Por otra parte, otro motivo de la desviación en la ruta era que el califa había dado órdenes a la comitiva de que acudieran a la corte samánida en Bujará para reclamar los beneficios de la explotación de un terreno propiedad del antiguo visir abasí en Jorasmia; un dinero que habrían de entregar al rey búlgaro pero que nunca llegaron a recuperar, causando grandes problemas a Ibn Fadlan y sus acompañantes.

mausoleo samánida bujará

Mausoleo samánida de Bujará (siglo X), dedicado al emir Nasr ibn Ahmad (r.914-943), a quien visitó Ibn Fadlan a su paso por la capital. © Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0 / Parastoo moineddini

El transcurso del viaje por las tierras islámicas no tiene especial interés para nuestro narrador, puesto que sigue la ruta tradicional muy transitada por la vía principal de la Ruta de la Seda, que pasaba por el sur del mar Caspio y se adentraba en Jorasán a través de Merv, Amul y Bujará. La comitiva se demoró tres meses en Jorasmia, y a partir de este punto tiene lugar la narración de las partes más interesantes del relato. Uno de los momentos clave es cuando Ibn Fadlan hace repetidamente hincapié en las grandes dificultades que suponía para el avance de la expedición el intenso frío de las estepas del sur de Rusia:

«El río Jaihun se congeló de principio a fin, y el hielo tenía un grosor de diecisiete palmos. Caballos, mulas, asnos y carros se desplazaban sobre él del mismo modo que lo harían en un camino, y el hielo era firme y no cedía, y así permaneció durante tres meses. […] Me contaron que dos hombres cogieron doce camellos y se fueron lejos a buscar madera, pero olvidaron llevar yesca y pedernal, así que tuvieron que dormir sin el calor del fuego por la noche. Cuando se despertaron, se encontraron con que los camellos se habían quedado rígidos por la congelación. […] Las calles y el mercado estaban vacíos por completo a causa del frío. Uno podía pasearse sin encontrar a nadie y sin que nadie se cruzara con él. […] Yo mismo estaba completamente envuelto en ropas y pieles, pero a pesar de ello mis pómulos se quedaban pegados al cojín. [… ] En comparación con aquello, el frío de Jorasán parecía como un día de verano, así que todas las anteriores incomodidades pasaron al olvido, y estuvimos a punto de pasar a mejor vida».

El geógrafo Yaqut mencionaría dos siglos más tarde que quizá Ibn Fadlan exageraba en este punto, en especial en su referencia a la congelación total del río, pero lo cierto es que el intrépido misionero raramente hacía observaciones inverosímiles. Cuando el tiempo mejoró, transcurrieron dos meses hasta que llegaron su destino en el reino búlgaro, para lo cual hubo que emprender la travesía de incontables ríos con todos los pertrechos.

A medida que su viaje avanzaba, la incertidumbre iba creciendo en su interior, sobre todo ante lo volátil del comportamiento de los pueblos seminómadas de las estepas, como hemos referido antes. Pese a todo, es en este punto donde ofrece más detalles etnográficos, puesto que las costumbres de estos pueblos le impactaron claramente. En la Risala constantemente se menciona la barbarie de los paganos; todos ellos son bruscos, sucios y a menudo maleducados. De los jorezmitas afirma que “son las gentes más vulgares en sus expresiones y su naturaleza, y que “su lengua es como el croar de las ranas”; los oguz “no se lavan ni cuando defecan ni cuando orinan, ni se bañan tras la polución seminal o en otras ocasiones. No tienen relación algún con el agua, en especial en invierno”; por su parte, los baskires “eran los más retorcidos entre los turcos y los más sucios entre ellos […]. Afeitan sus cabezas y barbas y comen piojos”, e incluso cuenta como uno de ellos “examinaba las costuras de su única y trituró a un piojo con sus dientes”, mientras que otro “encontró un parásito en su ropa, lo crujió con las uñas de sus dedos y luego lo chupó, me miró, hizo un gesto y me dijo: ¡bueno!”

Con frecuencia, Ibn Fadlan no sale de su asombro en cuanto a costumbres que le resultan chocantes pero que quiere tratar de comprender, y se interesa muy especialmente por las tradiciones funerarias de los túrquicos –bien conocidas por la arqueología en los kurganes o túmulos de estas culturas de las estepas–, al igual que luego de los rus o los jázaros. Por supuesto, los hábitos relacionados con la religión llaman poderosamente su atención, como cuando refiere al chamanismo de las tribus baskires, que colgaban de sus cuellos amuletos en forma fálica y veneraban a doce dioses de la naturaleza. Junto a estos detalles, nos regala momentos exquisitos, como cuando describe el sol poniente y los tonos rojizos del cielo en el horizonte de la estepa en territorio de los búlgaros –“admiré el paisaje a la salida de sol, y todo se volvía rojo, la tierra, las montañas y todo lo que un hombre pudiera ver cuando el sol se elevaba”– o cuando habla de las peculiaridades del territorio y constata lo habitual de las tormentas eléctricas y las diferencias de duración de día y noche en aquellas latitudes.

En la corte del reino búlgaro del Volga

Una vez llegado a su destino, la experiencia del viaje no resulta menos atractiva. El búlgaro era un pueblo seminómada de origen túrquico estepario que, atraído por la boyante actividad comercial de la región, tanto en sentido este-oeste como norte-sur, se estableció en la confluencia del Volga con el Kama y desarrolló gracias a ello un pujante dominio que comprendía grosso modo el territorio del actual Tataristán. Como muchos de los pueblos túrquicos, en origen seguían una tradición religiosa chamánica, pero seguramente incentivado por los posibles apoyos frente a sus rivales jázaros, que en su mayoría profesaban la fe judía, el rey Almish abrazó el islam a comienzos del siglo X y tenía intención de islamizar a la población. Al parecer, uno de los cometidos principales de Ibn Fadlan al acudir a su corte fue el de instruirle en la religión y la ley islámica, pero además el kan Almish solicitaba asistencia al califa para la construcción de una mezquita y una fortificación, en este caso para defenderse de los jázaros y liberarse del tributo que les pagaba. Según afirmaba el propio Ibn Fadlan, el hijo del rey búlgaro era rehén en la corte del rey de los jázaros, y este además quiso tomar como esposa a la hija de Almish, cosa que terminó haciendo por la fuerza.

Mapa viaje Ibn Fadlan

Mapa del recorrido del viaje de Ibn Fadlan. Pincha en la imagen para ampliar. © Desperta Ferro Ediciones

En cualquier caso, está claro que Ibn Fadlan acudió a la corte búlgara en calidad de misionero, y en consecuencia la cuestión de la religión es el eje central sobre el que pivota el relato de su estancia en tierras del Volga. De hecho, las dificultades que encuentra para hacer comprender la fe islámica a los pueblos de tradición nómada son una constante en la narración de su viaje, y repetidamente muestra preocupación por las cuestiones relacionadas con la polución sexual, el adulterio o el hecho de que las mujeres no se preocupen por taparse, en especial en casos como el de los búlgaros, entre los que observa atónito cómo hombres y mujeres se bañan en el río unos junto a otros y desnudos, sin cubrirse; o el de los rus, de los que menciona que mantienen relaciones sexuales abiertamente, sin importarles la privacidad. Pero su estancia en aquellas tierras no fue fácil. Al no contar con el dinero prometido por el califa, Ibn Fadlan quedaba colgando de un hilo a merced del kan, con quien se estableció un interesantísimo juego psicológico de amenazas veladas en el que este negaba la autoridad misionera del enviado del califa puesto que, al haber perdido su dinero, estaba desobedeciendo al califa y por tanto no conservaba su protección:

«Tú que has compartido su pan [del califa] y llevas sus ropas y lo ves continuamente, le has traicionado, puesto que él te envió a mí y tú has traicionado a los musulmanes. No aceptaré consejo tuyo en asuntos relacionados con mi religión hasta que acuda a mí un hombre que valore mi beneficio tal como él ordena».

Al parecer, la cosa no fue a más, aunque no está claro cómo terminó el asunto entre los dos personajes.

A juzgar por el volumen de moneda hallada en los distintos territorios al norte del Caspio, en el siglo X el flujo comercial era mayor por la región de los búlgaros del Volga de lo que estaba siendo en el reino jázaro, y pese al dominio ejercido por estos últimos, la situación se revertiría más adelante, tras la invasión rus del reino jázaro en 965, de la que los búlgaros sacarían partida pese a sufrir ellos mismos los efectos de la misma campaña, según afirma el viajero andalusí Abū Hāmid, que viajó a la región en el siglo XIII. Los jázaros tenían su capital en Itil, junto a la desembocadura del Volga, y una parte del relato de Ibn Fadlan, incompleto, concierne a esta ciudad y a la población y tradiciones de aquellos, aunque es muy posible que hablara de oídas y no hubiera visitado nunca la ciudad.

Los vikingos rus

En tiempos de Ibn Fadlan, las aguas del Volga se convirtieron en una especie de autopista en la que confluían escandinavos, búlgaros, bizantinos, jorasemitas y jázaros. Es bien sabido que, desde mediados del siglo IX, se establecieron en las tierras circundantes los pueblos llamados rus por las fuentes escritas, que sabemos procedían fundamentalmente de Suecia (véase “Vikingos en el Este. La penetración escandinava en la Europa del este durante la era vikinga” en Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 3). Los rus se asentaron ya en el siglo VIII en Stáraya Lágoda –su principal asentamiento–, Belozersk e Izborsk y luego fundaron Novgorod y, más al sur, Rostov en el curso superior del Volga. A orillas del Dniéper, se establecieron en Kiev, que tomaron a los jázaros en torno al 880. Tras varias incursiones con distinta fortuna hacia Constantinopla (años 860, 907, 941 y 1043, véase «Dromón vs. dragón. El mar Negro en llamas» en Desperta Ferro Antigua y medieval n.º 6: Talasocracias) los rus de Kiev firmaron una serie de tratados comerciales con Bizancio muy beneficiosos para ellos y afirmaron su dominio sobre la región. Los pueblos nórdicos llevaban comerciando más de un siglo con los musulmanes, y desde el siglo VIII los suecos establecieron rutas comerciales hacia el mar Negro y el mar Caspio, atraídos por el mercado de pieles y esclavos del Imperio bizantino y los dominios islámicos. La fundación de estos asentamientos fortificados tuvo mucho que ver con su carácter de enclaves comerciales, y contribuyó a la rápida eslavización de su población y sus costumbres.

Vista de un grupo de sepulturas rus en túmulo a orillas del río Volkhov, a su paso por Stáraya Lágoda, uno de los principales y más antiguos asentamientos de los rus. Siglos VIII-X. Wikimedia Commons / Wilson44691

El encuentro con un grupo de comerciantes rus por parte de Ibn Fadlan constituye con toda probabilidad el aspecto más comentado de las observaciones de este autor por lo que supone como fuente de primera mano de algunas de las costumbres de estos pueblos. Por regla general, contamos con muchos relatos sobre los saqueos y pendencias de los vikingos, pero muy poca información fiable sobre sus costumbres y ritos, dado que las fuentes escritas propias como las sagas son poco útiles como fuentes históricas y además corresponden generalmente a etapas más tardías. Por fortuna, la arqueología sí que ha aportado muchísima información de gran utilidad en muchas de estas cuestiones, que pueden contrastarse con el testimonio del enviado musulmán a tierras del Volga. El famoso episodio de la incineración de un rico comerciante rus en un barco, al más puro estilo vikingo (véase “Enterramientos vikingos”, en Arqueología e Historia n.º 13) es uno de los más comentados y no vamos a insistir aquí en ello, aunque sí cabe mencionar que además de los sobrecogedores detalles sobre la ejecución de la joven esclava a manos de la misteriosa anciana a quien Ibn Fadlan indica que llamaban el “ángel de la muerte”, se cuentan otros detalles fascinantes que quizá escondan otras tradiciones mezcladas con el paganismo vikingo, como por ejemplo quizá cuando refiere a que forzaban a los caballos a correr hasta que sudaran y sacaran espuma por la boca antes de partirlos en dos con espadas y arrojar sus restos al barco. Por supuesto, los enterramientos en barco de personajes de renombre cuentan con muchísimas evidencias arqueológicas en Escandinavia –sobre todo en Suecia–, que incluyen muchos de estos detalles, quizá incluso en algún caso la ejecución de esclavos junto a sus amos y sin duda el sacrificio de muchos animales, en especial de perros, ovejas y caballos, en proporciones que dependían del estatus de la persona enterrada. Por otra parte, del encuentro de Ibn Fadlan con los rus nos llama también la atención otro episodio menos conocido e igualmente interesante que enlaza con la importancia del comercio y que no está exento de cierto humor:

«Cuando anclan sus barcos, cada uno de ellos desembarca con pan, carne, cebollas, leche e hidromiel, y se dirige a un poste alto colocado enhiesto que tiene tallado un rostro como de un hombre. En torno a este hay otras imágenes más pequeñas y tras estas hay otros postes largos clavados en la tierra. Se dirigen al poste con la figura principal y se postran ante ella, y […] enumeran todos los bienes que han traído consigo para comerciar. […] Luego dejan lo que llevan frente a la imagen de madera y dicen: “Deseo que me proveáis de un comerciante que tenga muchos dinars y dirhams y que quiera comprarme al precio que yo considere, y que no ponga objeción alguna a lo que quiera que yo diga”.

Si las cosas no le fueran bien, añade el sabio musulmán, repetirían la operación más adelante, depositando más ofrendas frente a las figuras menores, y si tenían éxito, realizaban una serie de sacrificios para honrar a sus dioses:

«Cuelgan las cabezas de las reses, o de ovejas, de los postes clavados en la tierra. Por la noche, los perros acuden allí y las devoran por completo, y aquel que ha realizado el sacrificio afirma: “En verdad mi señor está contento conmigo. ¡Se ha comido toda mi ofrenda!”.

En el territorio de los rus se han hallado miles de objetos de la cultura material escandinava tanto en las principales fortificaciones como en algunas aldeas y en las numerosas necrópolis tumulares repletas de enterramientos dotados de ajuares, incluyendo algunas tumbas tan interesantes como la cámara sepulcral de Pskov, en la que se enterró una rica mujer escandinava en 957. En el terreno del hábitat, las excavaciones en Novgorod desde los años 1980 han puesto al descubierto buena parte de la trama urbana de la ciudad, con restos orgánicos de edificios y calles pavimentadas con madera excelentemente preservados, además de abundantes restos textiles y más de mil cartas escritas en cirílico sobre corteza de abedul que incluyen recibos, cuentas y tratos mercantiles de los habitantes de la ciudad durante la Era vikinga.

Detalle de una carta escrita en corteza de abedul hallada en Novgorod y datada a comienzos del siglo XII. Se trata de una reclamación sobre la compra de un esclavo en Pskov y un conflicto resultante de ello. © Wikimedia Commons / CC BY 1.0

La relación con las fuentes escritas escandinavas y los acontecimientos históricos de los rus tiene su mejor correlato en el episodio épico de la malhadada expedición militar de Yngvar, que inspiró una saga fantástica (con gigantes y dragones incluidos) y tuvo lugar en 1035-1040, poco más de un siglo después de los acontecimientos narrados en la Risala, en el marco de un período de revitalización de las relaciones de los rus con Escandinavia, que llevó a nombres tan ilustres como los de Olaf Tryggvason, Håkon Eiriksson o Harald Hardråda a hollar las tierras al norte de Bizancio. Al parecer, las nornas, abandonadas a su suerte con la reciente cristianización de los suecos, no auguraban un futuro exitoso a la expedición de Yngvar, y muy pocos de los 500 hombres que partieron con él salieron airosos. En Suecia se conservan una treintena de piedras rúnicas (véase “Estelas historiadas y piedras rúnicas de la Era Vikinga en Escandinavia”, en Arqueología e Historia n.º 13) con inscripciones que recuerdan a los caídos en aquella empresa, que como tantos congéneres se recontrataron como mercenarios para librar las guerras de otros y probaron fortuna con sus propias campañas de saqueo:

«Tola erigió esta piedra en nombre de su hijo Harald, el hermano de Yngvar. Ambos viajaron lejos con valentía, en busca de oro, y en el este dieron alimento al águila. Murieron en el sur, en Serkland (estela de Gripsholm) / Al este fueron, desde aquí con Yngvar. En la tierra de Serk yace el hijo de Øvind (estela de Lundby) / Thialfi y Holmlaug colocaron todas estas piedras en memoria de Banki, su hijo, quien poseía una embarcación propia que condujo hacia oriente con las huestes de Yngvar (estela de Svinnegarn) / Kiti y Car y Blesi y Diarf, en memoria de su padre Gunnlæif. Cayó en el este con Yngvar». (estela de Ekilla)

piedra runica Spjallboði Ibn Fadlan

Piedra rúnica de Spjallboði, erigida por una madre en memoria de sus cuatro hijos fallecidos en Novgorod. La estela se conserva en Sjusta, Suecia, y es uno de los muchos testimonios de viajeros escandinavos hacia territorio rus. © Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0 / Marianne58

Existen otras muchas piedras rúnicas de esta época que guardan testimonios similares de otros viajeros que buscaron suerte en el este, pero sin duda el conjunto de estelas relacionadas con la expedición de Yngvar constituyen el ejemplo más llamativo.

Como ocurriera con la religión pagana en Escandinavia, las ancestrales costumbres nórdicas de los rus se fueron diluyendo con el tiempo, y hacia finales del siglo X los habitantes de Kiev habían cedido ante la insistencia de los misioneros bizantinos y acabaron aceptando el cristianismo griego ortodoxo. En el camino, ya habían aceptado muchas costumbres derivadas de los pueblos túrquicos –como quizá la que Ibn Fadlan indica acerca de que el rey de Kiev nunca se bajaba de trono, y si quería cabalgar, le llevaban un caballo hasta allí–, así como de otros pueblos con los que se habían cruzado y convivido, como los sami, los fino-ugrios y por supuesto los eslavos; un panorama que en definitiva no distaba mucho del que vivieron en aquellos tiempos los colonos daneses frente a los francos en Normandía.

Ibn Fadlan, más allá de la ficción

En 1976 se publicó la exitosa novela Eaters of the dead de Michael Crichton. El personaje que inspiró al protagonista de la obra, que posteriormente sería llevada a la gran pantalla en una conocida película titulada El guerrero número 13 (1999) no es otro que el intrépido Ibn Fadlan, que en aquella narración también se cruzaba en su camino con un grupo de vikingos. Pero hasta ahí las comparaciones. El verdadero Ibn Fadlan jamás viajó solo, sino que lo acompañaron otros muchos, entre los que él mismo cita al embajador búlgaro que había llegado a Bagdad con la misiva de su kan, además de varios dignatarios y una de una serie juristas y maestros de la ley que no terminaron completando todo el trayecto. A lo largo del viaje se unieron a caravanas, a veces enormes, de unos 5000 hombres y 3000 animales, según su propia apreciación. Quizá parezca un número exagerado, pero adentrarse en las regiones esteparias a merced de los ataques de algunas tribus nómadas con un grupo reducido de personas no era desde luego una buena idea. Por lo demás, los relatos novelados, al igual que el cine, poco interés tienen en la realidad histórica, generalmente porque se considera poco épica –cosa verdaderamente sorprendente en este caso–, aunque hacen mucha mella en el imaginario colectivo y terminan repercutiendo en la proliferación de falsas ideas que luego cuesta mucho desmentir.

Al contrario de los imaginativos relatos de las novelas y el cine, amén de la multitud de tópicos repetidos una y otra vez sobre los rus o los vikingos en general a partir de observaciones parciales de la Risala, un aspecto que desde el principio ha resultado muy llamativo de Ibn Fadlan es que por lo general se mantuvo al margen de añadir detalles fantasiosos a su relato; algo por otra parte frecuentísimo en las narraciones de otros viajeros musulmanes de su época y de etapas posteriores (véase “La imagen literaria de Oriente en la Edad Media”, en Arqueología e Historia n.º 29)–. En uno de estos raros episodios, el rey Almish le lleva a ver los restos esqueléticos de un hombre gigantesco a quien mandó colgar y que había llegado casualmente un día a través del río. Al instante empezó a aterrorizar a las gentes locales, y de tanto miedo que daba, los críos morían del susto y las mujeres embarazadas no se podían acercar por temor a un aborto espontáneo:

«Me condujo hasta un árbol en el que habían caído los huesos y el cráneo del gigante, y allí vi su cabeza, que era como un inmenso panal, y sus costillas, tan grandes como las ramas de una palmera».

Almish presuntamente explica a Ibn Fadlan que aquel ogro procedía de las gentes de Gog y Magog, personajes míticos que, de acuerdo con la tradición islámica (Ibn Khordadbeh, Libro de Rutas y Reinos) habitaban las regiones subárticas y se hallaban separadas del resto del mundo mediante una inmensa muralla de cobre y hierro erigida nada menos que por Alejandro Magno; una protección útil hasta cierto punto, puesto que que en el fin de los tiempos se quebraría para provocar el caos sobre la humanidad. Ejemplos como este, así como algunas exageraciones poco creíbles que se interpolan solo muy puntualmente en la Risala, corresponden por lo general a historias que los locales relatan a Ibn Fadlan, pero que no son fruto de su propia experiencia. En otras ocasiones, estas observaciones se entienden como fruto del desconcierto ante un mundo muy distinto al que él conocía.

Iskandar Gog y Magog Libro de los augurios

Iskandar, el equivalente islámico de Alejandro Magno, supervisa los trabajos en la muralla que aísla a las gentes de Yajuj y Majuj (Gog y Magog en el cristianismo), con la intervención de los propios demonios. Miniatura del Libro de los Augurios (Falnama), siglo XVI. Wikimedia Commons

No sabemos qué ocurrió en el trayecto de regreso de Ibn Fadlan –que regresó a Bagdad lo conocemos gracias a las referencias del geógrafo Yaqut–, o si su embajada y la ausencia del dinero supuso un escollo inevitable para las ulteriores relaciones diplomáticas entre los búlgaros y Bagdad, pero pese a que posiblemente fracasara en su objetivo final, inesperadamente nos regaló una joya, un relato vívido y real que, en su lectura, nos coloca ante el espectáculo visual de la aurora boreal, el sol poniente en la estepa o el fuego intenso de un enterramiento vikingo tiñendo de rojo el horizonte. Mientras, nosotros observamos fascinados y recreamos la imagen una y otra vez en una letanía constante, como la de aquella batalla que habían de librar los djinn hasta el fin de los tiempos.

Bibliografía

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Gustavo García Jiménez es doctor por la Universitat de Girona y licenciado en Historia por la misma universidad. Su ámbito de especialidad es el estudio de las armas y las formas de guerra de las sociedades protohistóricas hispánicas y europeas, y es autor de dos libros sobre el armamento La Tène de la península ibérica además de un puñado de artículos de temática similar. En la actualidad ejerce como director de Desperta Ferro Arqueología e Historia.

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