Marcha de la Muerte de Bataán

El 23 de enero de 1942 los japoneses desembarcaron en la costa oeste de Bataán y se encontraron con la resistencia de 2000 marineros y aviadores que apenas habían recibido adiestramiento básico para combatir en tierra. Allí se enfrentaron con decisión al enemigo y les contuvieron hasta la llegada de refuerzos. Los supervivientes habrían de sufrir la ordalía de la Marcha de la Muerte de Bataán (Asociación Sancho de Beurko).

Francisco Gracia Alonso, en su extraordinario libro Cabezas cortadas y cadáveres ultrajados, nos señala “la venganza, reflejo del miedo y de la impotencia” como la causa del trato indignante que se inflige al enemigo vencido desde tiempo inmemorial, pero en la cuestión japonesa se dan otros condicionantes que también señala este autor en su ensayo, empezando por el diferente modo de entender la guerra y el contraste ideológico entre un occidente “civilizado” y un oriente “de carácter bestial” (1), una cuestión que aún hoy es reconocible en conflictos más recientes en los que se ven muy marcadas por la propaganda occidental estas diferencias con aquellos que son ajenos a nuestra cultura, que se convierten de este modo en las víctimas propiciatorias de un discurso que está en la antesala de la discriminación y la xenofobia que lleva a destacar determinadas crueldades y a ocultar otras, en este caso las de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, que también están implicadas en violaciones de los derechos humanos desde los tiempos del colonialismo. Pero no por ello puede obviarse el maltrato sufrido por todos aquellos que fueron hechos prisioneros o quedaron bajo el control de las tropas niponas en los territorios ocupados en el inmenso escenario Asia-Pacífico, sometidos a terribles e inhumanas condiciones como veremos en este artículo, en el que además destacaremos algunas biografías que eran desconocidas hasta el nacimiento de nuestro proyecto de memoria Fighting Basques, el cual siempre intentamos hacer coincidir con determinados aniversarios que no son cubiertos por los medios y que intentamos visibilizar con las herramientas de la recreación histórica. En esta ocasión el 80.º aniversario de la llamada “Marcha de la muerte”, que tuvo lugar en la isla filipina de Luzón en abril de 1942 e implicó tanto a soldados estadounidenses como filipinos capturados por los japoneses tras una desesperada resistencia de tres meses en la península de Bataán.

Antes de introducirnos en el relato de los sucedido en Bataán, es conveniente señalar que Japón no había ratificado la Convención de Ginebra de 1929 sobre el trato a los prisioneros de guerra, pero si firmó el convenio para “mejorar la suerte de los heridos y enfermos de los ejércitos en campaña” y anteriormente, en 1907, también había firmado la convención de La Haya, que desglosaba una serie de derechos y obligaciones con los que se pretendía garantizar la dignidad de los combatientes que caían en manos enemigas, aunque esto no tuviese en la práctica efecto alguno. Durante la Segunda Guerra Mundial las dificultades a las que se enfrentaron los delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para verificar las listas de prisioneros en poder de los militares nipones fueron enormes y dos de ellos, el doctor Matthaeus Vischer y su esposa, fueron ejecutados (2). Los crímenes de guerra en los que se vieron implicados los japoneses fueron juzgados tras la capitulación de 1945 en los llamados “juicios de Tokio”, pero esto no afectó a los oficiales de rango medio ni subalternos. No se pondría mayor interés en depurar responsabilidades por parte de las tropas estadounidenses de ocupación, que necesitaban la cooperación del vencido en el contexto de la Guerra Fría, y tampoco estos crímenes despertarían interés entre la opinión pública de EEUU (3) –con la excepción de aquellos que los habían padecido en sus carnes (4)–, mucho menos entre los propios japoneses, que habían sufrido la devastación causada por sendas bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial. Gracia señala muy acertadamente que en la actualidad gran parte de la sociedad nipona no considera que los ejecutados por las sentencias de este tribunal sean criminales y que todas estas atrocidades eran silenciadas por “conceptos de camaradería y cortesía social” que fueron practicadas “por la mayoría de las unidades combatientes” de su ejército (5), por lo que estas cuestiones eran un tabú que, afortunadamente, se ha ido debilitando con el paso del tiempo. De hecho, en los últimos años ha habido cierta contestación en el ámbito académico, si bien la mayor parte de este trabajo ha tenido escasa difusión entre nosotros, a excepción del libro del periodista Honda Katsichi (6). La cuestión aquí pasaba porque el enemigo rendido se aparecía a los ojos del soldado japonés desprovisto de su humanidad y dignidad, la misma falta de humanidad con la que este combatiente –maltratado brutalmente, como veremos, por sus propios oficiales– era retratado por la propaganda de la Segunda Guerra Mundial estadounidense, que lo describía como un animal con todo tipo de epítetos de corte racista, lo que derivaría en la consiguiente brutalización de una campaña, la del Pacífico, en la que no habría cuartel hasta el final de las hostilidades en 1945 (7).

La cabeza de playa japonesa de Longoskawayan Point se defendió obstinadamente de nuevos ataques y la lucha se prolongó hasta que los Philippine Scouts relevaron a marineros y aviadores. Los soldados nipones, luchando a la desesperada y con una dureza despiadada, asesinaron a sus propios heridos (Asociación Sancho de Beurko).

A comienzos de 1942, cuando las tropas estadounidenses se enfrentaban a los japoneses en Filipinas, la opinión pública ya conocía las atrocidades cometidas por estos en Nankín apenas cuatro años antes. Los asesinatos, violaciones y saqueos masivos llegaron a los medios de todo el mundo gracias al compromiso de cinco periodistas estadounidenses y británicos que estuvieron allí y fueron testigos de todo aquel horror que fue descrito por Archibald Trojan Steele del Chicago Daily News como un “exterminio sistemático”. Charles Yates McDaniel publicó en el Seattle Daily Times su último recuerdo de Nankín con un contundente “chinos muertos, chinos muertos, chinos muertos” (8) –las cifras de la barbarie de las tropas del Sol Naciente en la emblemática ciudad china, aún sujetas a debate, están entre los 100 000 y 300 000 muertos, que incluye a soldados chinos y a la población civil– y teniendo en cuenta esto y las experiencias acumuladas en la zona de contacto de Bataán no deja de asombrar que aún hubiese soldados estadounidenses que mantuviesen en su poder algunos yenes o souvenirs de origen japonés al ser hechos prisioneros, lo que conllevaría la inmediata ejecución del desafortunado.

En Bataán el personal de aviación constituyó, por primera y única vez en la historia de EEUU, un regimiento de infantería: el Provisional Air Corps Regiment (Asociación Sancho de Beurko).

La batalla de Bataán

La península de Bataán está situada en la bahía de Manila y sirvió de refugio a las tropas estadounidenses y filipinas –incluyendo los bien entrenados Philippine Scouts, bajo el mando de oficiales comisionados del Ejército [US Army], y otras fuerzas coloniales que formaban junto a las unidades regulares las USAFFE [United States Army Forces in the Far East o fuerzas armadas de los Estados Unidos en el lejano este]– tras una campaña fulgurante de los japoneses que había mermado considerablemente a las fuerzas aéreas o FEAF (Far East Air Force) en apenas una semana, del 8 al 15 de diciembre de 1941, reduciendo de 33 a 17 el número de bombarderos Boeing B-17, que serían evacuados a Australia (9). Con un puñado de cazas y sin flota con la que defenderse –las unidades más importantes de la Armada en la zona [US Asiatic Fleet], bajo el mando del almirante Thomas C. Hart, habían partido hacia el sur tras el bombardeo de su base de Cavite, quedando en Filipinas las más pequeñas, como lanchas torpederas y submarinos– el 14.º Ejército Imperial del teniente general Masaharu Homma no tendría mayores problemas para desembarcar en varios puntos de la isla de Luzón y cuando la capital, Manila, fue cercada, las tropas bajo el mando del general Douglas McArthur se replegaron a Bataán y este trasladó su puesto de mando a Corregidor, adonde también se había dirigido el presidente filipino Manuel Luis Quezón. Era el día de Navidad de 1941.

Cuando habían pasado dos semanas del sorpresivo ataque a la base aeronaval de Pearl Harbor, que supuso la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial, la situación se había vuelto insostenible para los estadounidenses en el archipiélago filipino, cuya posesión era de vital importancia para los planes japoneses de controlar el Pacífico. Pero lo que estos no esperaban era la retirada a Bataán –la que consideraban “una posición periférica y simple que caería rápidamente”– y no tenían “ningún plan en el caso de que MacArthur decidiera establecer sus posiciones en otro lugar que no fuese Manila”, que fue declarada ciudad abierta y abandonada por USAFFE, FEAF y Asiatic Fleet (10). Meses después los prisioneros de guerra pagarían trágicamente esta falta de previsión del Ejército nipón. A la par que era atacada Filipinas, también lo fueron otras posesiones estadounidenses, británicas y holandesas: Guam, Birmania, Borneo británico, Hong Kong, isla Wake, islas orientales holandesas, Borneo holandés, Java, Singapur, Sumatra, etc.

Uno de estos aviadores era el cabo Paul Indart, un joven nacido en Reno en el seno de una familia que regentaba uno de los hoteles más conocidos entre la comunidad vasca de Nevada (Asociación Sancho de Beurko).

La batalla de Bataán se libraría en un escenario tropical y frondoso con una costa de marismas, playas, pantanos y manglares coronada por los montes Mariveles y Natib, dos volcanes extintos de 1398 y 1253 m respectivamente. En medio de una estación seca que aún no había llegado al punto culmen de las temperaturas, los hombres pronto sufrieron la devastación de la malaria –se calcula que cerca de 24 000 soldados estadounidenses y filipinos padecieron paludismo, lo que mermaría seriamente a las tropas de MacArthur (11)– y la necesidad hizo que se formasen unidades de combate con el personal de la Armada y de FEAF que había quedado en tierra, viéndose marineros y aviadores compartiendo trinchera con la infantería. Hacia el 8 de enero de 1942 se completó el repliegue escalonado de los cerca de 80 000 componentes de USAFFE bajo la presión constante de los japoneses. Ello fue posible gracias al valor que derrocharon las tropas coloniales, como el 26.º Regimiento de Caballería de los Scouts, que retrasó durante horas el avance de cuatro regimientos enemigos acompañados de blindados, a los que frenaron con cócteles molotov (12).

Se colocaron explosivos por delante de la línea principal de defensa de Bataán y las fuerzas se atrincheraron en posiciones protegidas por alambradas y bien comunicadas con los diferentes puestos de mando mientras se aprestaban a obstaculizar las rutas de avance de los japoneses. La defensa se dividió en sectores que quedaron bajo la responsabilidad de dos cuerpos filipinos, 1.º y 2.º, bajo el mando de los generales Jonathan M. Wainwright y George M. Parker respectivamente, y se prepararon a resistir en espera de refuerzos, pero la situación se tornó cada vez más angustiosa, ya que no había comida para aguantar mucho más allá de un mes y las raciones tuvieron que reducirse a la mitad. Los aviones que habían podido salvarse se ocultaron en la jungla para no ser destruidos por la aviación japonesa, que operaba desde Formosa. Los ataques del Ejército Imperial fueron constantes y se estrellaban una y otra vez contra las laderas del monte Natib, llegando incluso a lanzar panfletos conminando a la rendición de MacArthur, a lo que este no contestaría nunca, aunque había llegado al convencimiento de que la ayuda no llegaría a tiempo.

El cóctel Molotov y el Enfield M1917, un fusil que había sido relegado en el arsenal estadounidense, son las armas de nuestro aviador, ya que las unidades que quedaron aisladas en Bataán tuvieron que echar mano de cualquier cosa que hubiese en los depósitos del ejército en Filipinas (Asociación Sancho de Beurko).

El único regimiento de infantería completamente estadounidense, el 31.º, se comportó con bravura en la zona del río Balantay, pero la mayor parte de las tropas de USAFFE eran filipinas y lucharon con fiereza en los diferentes combates que hubo en Bataán, lo que no haría sino acentuar el odio de las fuerzas de Homma, como en la llamada batalla de los bolsillos de resistencia (battle of the pockets). La campaña parecía haber llegado a un punto muerto, ya que las fuerzas japonesas habían quedado seriamente mermadas e incluso los rumores (falsos) de suicidio de sus jefes se extendieron entre los defensores, pero los nipones recibirían refuerzos. La suerte estaba echada: el presidente Quezón y su familia abandonaron Corregidor el 20 de febrero de 1942 y MacArthur lo haría el 11 de marzo siguiendo órdenes del presidente Franklin D. Roosevelt. Le acompañaron su mujer Jean y su hijo Arthur. Lo hicieron en una lancha torpedera pilotada por el teniente John Bulkeley, cuya historia sería llevada al cine por John Ford en No eran imprescindibles (They were expendable, 1945). Wainwright, que se haría cargo del mando desde Corregidor, no podría detener la ofensiva final. Sus fuerzas estaban agotadas y, aunque tenían municiones para un mes, ya no tenían comida ni medicinas, por lo que el general Edward P. King, desobedeciendo las órdenes de Wainwright, decidió rendir Bataán. Era el 9 de abril de 1942. Corregidor aún aguantaría hasta el 6 de mayo (13) y Mindanao caería seis días más tarde. Las Filipinas eran japonesas y MacArthur haría la guerra desde Australia.

Tras 90 días de combate contra un enemigo fanático los hombres empezaron a acusar la falta de alimentos y de medicinas, lo que era especialmente grave debido a la plaga de malaria, que había causado muchas más bajas que los japoneses. La marcha de MacArthur fue un duro golpe para la moral (Asociación Sancho de Beurko).

La Marcha de la Muerte de Bataán en los testimonios de los supervivientes

Sin planes para hacer frente a otro escenario que no fuese la lucha por Manila, los japoneses no habían previsto hacerse con más de 40 000 prisioneros en Bataán –otros autores hablan de unas previsiones de 25 000–, y sin embargo habían capturado más de 75 000, de los que 64 000 eran filipinos y 12 000 estadounidenses, además de un número indeterminado de civiles. El resultado, como dice Christopher L. Kolakowski, “fue una de las peores atrocidades de la guerra del Pacífico” (14). Esta falta de previsión causaría a los japoneses un enorme problema logístico y, ante la falta de vehículos, se obligó a los prisioneros a realizar una marcha a pie de 90 kilómetros hasta San Fernando que muchos tuvieron que afrontar enfermos y heridos bajo un sol abrasador y sin alimento alguno en los primeros días. Los crímenes comenzaron muy pronto y no estaban exentos de la xenofobia del militarismo nipón con respecto al resto de pueblos asiáticos, a quienes creían inferiores (15): 400 soldados filipinos fueron ejecutados sumariamente en el río Pantingan el 12 de abril. Pero los vencedores no harían distingos y los estadounidenses también descubrirían hasta qué punto había calado este discurso del odio entre la generación de japoneses llamados a librar la Segunda Guerra Mundial (16). El oficial de vuelo William E. Dyess relató que fueron informados de que eran enemigos de Japón y no estaban bajo la protección de acuerdos internacionales sobre el tratamiento a prisioneros de guerra.

Marcha de la Muerte de Bataán

La rendición supuso tomar contacto con un guerrero cruel del que apenas se conocía gran cosa. Los prisioneros fueron pronto despojados de sus pertenencias (Asociación Sancho de Beurko).

Para conocer mejor lo sucedido en la llamada “Marcha de la muerte” es necesario conocer los testimonios de aquellos que la padecieron, que vienen recogidos en obras de referencia como el libro publicado por Charles River Editors The Bataan Death March: Life and Death in the Philippines During World War II (17). Cuando fueron capturados e iban siendo preparados para salir de Bataán camino del cautiverio algunos soldados japoneses comenzaron a quitarles sus efectos personales, como recordaba el teniente Kermick:

Ellos se detuvieron en un arrozal y empezaron a registrarnos. Éramos unos 100 y les costó tiempo llegar a todos nosotros. Todos habíamos puesto los bolsillos del revés y teníamos todas las cosas al frente […] ejecutaron a un oficial y a dos soldados porque dijeron que tenían souvernirs y dinero de origen nipón (18).

El maltrato de los japoneses hacia sus prisioneros no era sino la consecuencia de la brutalidad de su sistema militar, también hacia sus propios hombres, a los que no tenían ningún problema en agredir delante de los prisioneros estadounidenses. El sargento Revenger relata lo que sucedió cuando un soldado nipón le quitó unas gafas de sol y fue brutalmente reprobado por un oficial:

El teniente (japonés) vino y le quitó las gafas y me las devolvió, indicándome que las guardase. Después se dirigió de nuevo hacia su soldado, sacó de su cinturón la vaina de una espada pequeña y comenzó a golpearle en la cara con ella. El soldado nunca vaciló hasta que cayó completamente inconsciente. Su cara era absolutamente como si hubiera sido atropellado por un tractor. Volví a la fila y guardé las gafas en el bolsillo (19).

Los hombres pronto descubrirían que para los militares japoneses todo aquel que se rendía era un traidor a su país y, por ello, merecedor del peor de los tratamientos (Asociación Sancho de Beurko).

También hubo casos en los que los prisioneros fueron tratados con cortesía, pero esto fue algo excepcional. El capitán Loyd Mills recordaba que mantuvo una conversación en perfecto inglés con un sargento japonés que le dijo que iba a encontrarse a un montón de japoneses malos y también buenos y que “por favor no pensase que todos los japoneses eran, ni de lejos, como el trato que se les iba a dispensar”. Luego abrió una lata de sardinas y con algo de arroz la repartió entre aquellos hombres que no habían comido en varios días (20).

Los grupos que partieron en primer lugar de Bataán fueron afortunados porque no sufrieron el mismo nivel de brutalidad que los que hicieron más tarde. El terror era muchas veces psicológico y los bulos corrían por todas partes, de prisionero a prisionero. Como relata el cabo Wayne Lewis:

Se rumoreaba que los japos estaban revisando los números en el grupo, y si en el próximo punto de control los números no coincidían, matarían gente para igualar la cuenta. Escuchamos el rumor de que por cada hombre que faltaba en el siguiente punto de control disparaban a diez más (21).

Sin embargo, las muertes violentas se producían constantemente. Tener dinero japonés entre las pertenencias era motivo suficiente para ser ajusticiado del modo más brutal, incluyendo la decapitación, como relata el capitán Dyess en un descarnado relato que tiene todos los condicionantes a los que hemos hecho referencia anteriormente, incluyendo un indisimulado y comprensible desprecio por sus captores, a los que muestra desprovistos de humanidad alguna:

La víctima, un capitán de la fuerza aérea, estaba siendo registrado por un soldado raso. Estaba de pie junto a un suboficial japonés, con la mano en la empuñadura de la espada. Estos hombres observaban como los enanos dentudos y con anteojos cuyas fotografías son familiares para la mayoría de los lectores de periódicos. Eran de rostro cruel, robustos y altos. El soldado raso, un renacuajo, estaba rebuscando en los bolsillos del capitán. De repente se detuvo y contuvo el aliento con un silbido. Había encontrado algo de yen japonés. Los sostuvo, agachando la cabeza y aspirando aire para llamar la atención. El gran japo miró el dinero. Sin una palabra, agarró al capitán por el hombro y lo empujó de rodillas. Extrajo la espada de su funda y la levantó sobre su cabeza agarrándola con ambas manos […] Se oyó un silbido y una especie de ruido sordo (22).

Marcha de la Muerte de Bataán

El enorme problema logístico que se le planteó al general Homma en Bataán fue resuelto obligando a los prisioneros a trasladarse a pie hasta San Fernando, era el comienzo de la Marcha de la Muerte (Asociación Sancho de Beurko).

Uno de los mayores problemas fue la falta de líquidos, pues los japoneses no permitían normalmente coger agua durante la marcha. Un grupo de jóvenes soldados norteamericanos pidió permiso para beber en un lodazal de búfalos cuando apareció de improviso un oficial nipón que empezó a dispararles y ellos se dispersaron y corrieron de vuelta hacia la formación, pero no se conformó con eso, ya que se dirigió a los soldados japoneses que les habían estado observando y les ordenó sacar de la fila a todos los estadounidenses que tenían manchas de agua en sus uniformes, oyéndose disparos posteriormente (23). Aquellos que intentaban beber por libre podían ser bayoneteados por sus captores. Muchos de los hombres no tenían modo de protegerse del sol abrasador, por lo que pronto comenzaron a enfermar según avanzaban hacia el interior. Beber en aquellas condiciones era una necesidad que los guardianes aprovechaban para incrementar la tortura sobre los prisioneros, siguiendo con el relato de Dyess:

Estaba decidido a tomar un sorbo del agua tibia de mi cantimplora. No había hecho más que desenroscar la tapa cuando el japo que se había deslizado detrás de mi vertió el agua en la bolsa de nariz de un caballo. Anduvo entre los prisioneros quitándoles el agua y vertiéndola en aquella bolsa y cuando tuvo bastante se la dio a su caballo (24).

Tampoco faltaron las diversiones crueles con los prisioneros:

Habían atado un palo grande a un árbol para que pudiera balancearse de un lado a otro y se turnaban para empujarlo a través de la columna de hombres. Era un gran juego para ellos ver a cuántos de nosotros podían derribar con un golpe de este martinete [lanzándoles] al otro lado de la carretera (25).

Marcha de la Muerte de Bataán

La malaria, la disentería y la desnutrición, unido al agotamiento físico, pronto comenzaron a hacer estragos entre los hombres (Asociación Sancho de Beurko).

En los cinco días que duró la marcha muchos comenzaron a rezagarse. Los cadáveres de los más desafortunados jalonaban el camino, la mayoría asesinados por pelotones de limpieza japoneses. Sus víctimas, tumbadas en medio de la carretera, eran presas fáciles. Lo único que podían hacer sus compañeros era acarrearlos en improvisadas parihuelas, pero muchos no tuvieron esa suerte. Otros fueron atropellados por los camiones que circulaban a todas horas. Los civiles filipinos intentaban ayudarles sin llamar la atención de los guardias y hubo quienes consiguieron burlarles y huir, estableciéndose en la espesura de la jungla. Los que consiguieron llegar a San Fernando tras una marcha de 90 kilómetros fueron recluidos en corrales y luego embarcados, hacinados en vagones hasta Capas, desde donde tuvieron que andar otros 9 kilómetros hasta llegar al campo O’Donnell y una vez allí fueron internados en condiciones infrahumanas. El número de muertos de aquella marcha está en torno a los 600 estadounidenses y unos 10 000 filipinos. Daba comienzo un drama, el del cautiverio, del que muchos no sobrevivirían y que solo llegaría a su fin en 1945 cuando las tropas estadounidenses recuperasen Filipinas.

Nuestro grupo de marineros y aviadores afronta unido el infortunio cargando con el compañero enfermo. Otros no tendrían tanta suerte (Asociación Sancho de Beurko).

Apuntes biográficos para la historia familiar

Nuestro proyecto de memoria se sirve de la historia familiar y de la microhistoria para profundizar en el conocimiento de la participación de minorías en el esfuerzo bélico de EEUU y otros países durante la Segunda Guerra Mundial, habiendo tratado la cuestión de Filipinas en sendos artículos de nuestro blog “Ecos de dos guerras”, de los que el primero está dedicado a los combates librados entre 1941 y 1942. Gracias a estas investigaciones hemos podido conocer a algunos protagonistas de la lucha de Bataán cuyas biografías nos permiten identificar a vascos y navarros de dos nichos diferentes: unos procedentes de familias asentadas en Filipinas con larga tradición desde la época colonial española y otros de migrantes económicos asentados en el oeste de EEUU que habían llegado a las islas formando parte del contingente militar estadounidense.

Marcha de la Muerte de Bataán

Aquellos que no podían resistir más y caían al suelo eran asesinados por pelotones de limpieza japoneses. Algo tan necesario como beber agua podía significar la muerte a manos de los guardianes (Asociación Sancho de Beurko).

Entre los primeros citaremos al joven Román Arruza Asorena, de padres vizcaínos que había sido reclutado por USAFFE en Manila mientras cursaba estudios universitarios de odontología. Nacido en la ciudad de Iloílo, en la isla de Panay de la región de Bisayas Occidentales en 1920, era hijo de un prominente hacendado del azúcar y tabaco de Mungia. Tras haber vivido en Durango por un tiempo, la familia había tenido que huir del país por el comienzo de la Guerra Civil, trasladándose primero a Francia y más tarde de regreso a Filipinas. Asignado al cuartel general de Quezón y MacArthur, asistió a los combates desde la isla de Corregidor y fue evacuado con el vicepresidente Osmeña a Iloílo, gracias a lo cual pudo librarse “de la terrible marcha de la muerte hacia los campos de concentración japoneses y todas las penalidades, que duraron hasta el final del conflicto” (26).

Entre el contingente procedente de EEUU tenemos al teniente Mitchell Cobeaga Laca, también de padres vizcaínos. Nacido en Lovelock (Nevada) en 1917, se había incorporado como piloto al 19.º Grupo de Bombardeo, con el que operó en Filipinas hasta que fueron evacuados a Australia los B-17 supervivientes; no tendría tanta suerte el personal de tierra de su unidad, que terminó incorporándose a la lucha como infantería. Entre ellos estaba el cabo Paul Indart Puyade, nacido en 1916 en Reno (Nevada), donde su padre regentaba el Indart Hotel, famoso hospedaje vasco de la zona. Indart combatiría en Bataán con el Provisional Air Corps Regiment (PACR) cuando su escuadrón, el 93.º, se quedó sin aviones y fue hecho prisionero por los japoneses tras la capitulación, tomando parte en la Marcha de la Muerte de Bataán. Falleció el 9 de mayo de 1942 en el campo O’Donnell y está enterrado en el cementerio americano de Manila (27). Se notificó al CICR su muerte por malaria. También murió allí cinco días después el joven de 21 años Joe Arrizabalaga Arrillaga. Nacido en Boise (Idaho) de padres vizcaínos, había pasado parte de su niñez en la tierra de sus mayores, regresando a EEUU al comienzo de la Guerra Civil española. Llegó a Filipinas formando parte de la 808.ª Compañía de la Policía Militar, que se acabó uniendo a la infantería que combatía en Bataán y tras ser hecho prisionero se notificó su fallecimiento por malnutrición. Está enterrado en Manila. Por último, citaremos al cabo Manuel Eneriz. Nacido en 1920 en Santa Clara (California), de padre navarro y madre andaluza, formaba parte de la compañía K del 31.º Regimiento de Infantería, quizás la mejor unidad de combate de USAFFE, sobreviviendo a la lucha en Bataán y a la infame Marcha de la Muerte. Después fue enviado al campo de prisioneros de Fukuoka-Kashii, en la isla japonesa de Kyushu, donde realizó trabajos forzados en una mina de carbón diez horas al día durante tres años y seis meses hasta ser liberado el 15 de octubre de 1945, padeciendo penalidades de todo tipo, incluyendo episodios de malaria, disentería, escorbuto, golpes y puñaladas, que le valieron un Corazón Púrpura. Estaba a 48 kilómetros de Nagasaki cuando explotó la bomba atómica (28). Falleció en 2001 en Camarillo (California).

Nuestros protagonistas se niegan a abandonar al más infortunado del grupo e improvisan una parihuela con un tronco de bambú para poder llevarle (Asociación Sancho de Beurko).

Recreación histórica y memoria de la Marcha de la Muerte de Bataán

Esta escenografía que aquí les mostramos nos ha permitido empatizar con los padecimientos de aquellos que sufrieron las penalidades y maltratos de las tropas japonesas, pero hemos querido ir más allá recreando el antes y el después de la rendición de Bataán al mostrar una trinchera en la que puede verse a marineros y aviadores que combaten juntos para evitar las infiltraciones de las fuerzas japonesas de invasión. Un escenario que es fruto de la desesperación y que creemos que no ha sido mostrado hasta ahora en recreación histórica, y solo muy tangencialmente a través del cine estadounidense, como en Bataan (Tay Garnett, 1943), en la que aparece un marinero (Robert Walker) entre una mixtura variopinta de militares que también incluye a un aviador (George Murphy) y la ya citada No eran imprescindibles, que nos muestra una secuencia final en la que podemos ver a los marineros armados con fusiles marchando por la playa mientras el último avión en partir de Bataán se lleva a sus oficiales Bulkeley (Robert Montgomery)  y “Rusty” Ryan (John Wayne). Nuestra propuesta pasa por memorializar a Indart, al que hemos mostrado con el buzo hbt (1st Pattern) tan común entre los aviadores y equipo de combate de infantería, incluyendo el casco Brodie que llevaban los soldados estadounidenses al inicio de la Segunda Guerra Mundial y un fusil Enfield M1917, que fue común entre las tropas coloniales filipinas. Le acompañan sendos marineros equipados igualmente como combatientes. El trabajo de los recreadores se basa en las imágenes originales que han llegado a nuestros días de Bataán, incluyendo una del 24.º Grupo de Persecución (Pursuit Group), que es muy ilustrativa del equipo que llevaba la única unidad de infantería constituida por personal de las fuerzas aéreas de la historia de EEUU: el PACR.

Marcha de la Muerte de Bataán

Una de las imágenes que han llegado hasta nuestros días nos muestra una larga fila de parihuelas llevando a enfermos y heridos que no han podido resistir las inhumanas condiciones a las que se ha sometido a los prisioneros de guerra (Asociación Sancho de Beurko).

Pero donde ha sido verdaderamente inmersivo el trabajo de nuestros recreadores es en lo concerniente a la Marcha de la Muerte de Bataán, que ha requerido añadir al grupo un soldado japonés, que primero les cachea y luego les acompaña, permitiendo al espectador hacer su particular viaje por la memoria, y también por la esperanza, que se plasma a través del compañerismo de nuestros protagonistas, que se hacen cargo del camarada gravemente enfermo, al que trasladan finalmente en una parihuela que han improvisado con un tronco de bambú. En esta ocasión, además de las fotografías, nos hemos inspirado en las tres estatuas del memorial de Bataán situado en Las Cruces, Nuevo México, que constituye el primer monumento federal dedicado a los veteranos estadounidenses y filipinos que participaron en aquellos hechos históricos de los que ahora se cumplen 80 años. Desde 1989, también en Nuevo México, se celebra la maratón Bataan Memorial Death March, de inscripción libre, en la que tradicionalmente participan miembros de las fuerzas armadas y que fue retomada el año pasado tras un breve parón a causa de la pandemia de COVID19. En Filipinas hay un santuario dedicado a Bataán en Capas, donde el gobierno ha plantado 31 000 árboles para honrar a los 25 000 filipinos y 6000 estadounidenses que murieron cautivos de los japoneses. Para conmemorar este 80.º aniversario se celebra durante este mes de abril una exposición y una serie de actos en el espacio museístico del USS Hornet en Alameda, California, cuyo epicentro tendrá lugar el 9 de abril, declarado fiesta nacional en Filipinas, donde se le conoce como “Día del Valor”.

Paul Indart y Joe Arrizabalaga eran dos miembros de la comunidad vasca de EEUU que participaron en la Marcha de la Muerte de Bataán. Tras sobrevivir a tantas penalidades no pudieron resistir las duras condiciones del cautiverio y fallecieron en el campo O’Donnell. Los restos de ambos descansan en el cementerio y memorial americano de Manila (Manila American Cemetery and Memorial).

Con esta iniciativa no hacemos sino sumarnos a esta efeméride que hemos vinculado a la memoria de nuestra gente con el fin de que esta se mantenga viva y perdure en el tiempo. Agradecer a Egoitz Ereño, Iñaki Peña, Eneko Tabernilla y Kenji Casado Yamashita por la composición de los personajes, mientras que un servidor se encargó de componer la escenografía y de coordinar todo este esfuerzo recreador que esperamos sea de su agrado. La larga historia que nos une a Filipinas fue mucho más allá del final del dominio español en el archipiélago y se extendió incluso después de la ocupación japonesa, que fue especialmente traumática. Serán los materiales de la microhistoria los que nos proporcionen una nueva perspectiva al vincular los hechos históricos al devenir de las personas.

Notas

(1) Francisco Gracia Alonso. (2019). Cabezas cortadas y cadáveres ultrajados. Madrid: Desperta Ferro Ediciones. Pp. XVII (introducción) y 5.

(2) Véanse “El CICR y la Segunda Guerra Mundial: La acción del CICR en Extremo Oriente” [https://www.icrc.org/es/doc/resources/documents/misc/5tdmxr.htm] y “Reglamento relativo a las leyes y costumbres de la guerra terrestre (H.IV.R.)” [https://www.icrc.org/es/doc/resources/documents/misc/treaty-1907-regulations-laws-customs-war-on-land-5tdm39.htm].

(3) Edward Dree, Greg Bradsher, Robert Hanyok, James Lide, Michael Petersen y Daquing Yang: “Japanese war crimes. Introductory essays”, p. 1 en [https://www.archives.gov/files/iwg/japanese-war-crimes/introductory-essays.pdf].

(4) Francisco Gracia. Opus cit. P. 277.

(5) Ibídem. P. 285.

(6) Honda Katsuichi. (1999). The Nanjing massacre. A japanese journalists confronts Japan´s national shame. New York: M.E. Sharpe. Sin embargo, las autoridades siguen empeñadas en este revisionismo que en los textos dedicados a la educación omite referencias a la masacre de Nankín y presenta las agresiones de su ejército como una guerra de liberación (Martí Pons Vázquez: “El camino hacia la barbarie: historia contemporánea del imperio del Japón y su relación con las atrocidades en la guerra del Pacífico”. TFG Facultad de Humanidades Universitat Pompeu Fabra (2015). P. 55 [https://repositori.upf.edu/bitstream/handle/10230/25266/Pons_2015.pdf?sequence=1&isAllowed=y]).

(7) Francisco Gracia. Opus Cit. Pp. 293-294. Conviene señalar aquí que el gobierno de EEUU recluyó en campos de concentración a la población de origen japonés que vivía en el país, no haciéndose distinción entre hombres, mujeres y niños, lo que constituye un verdadero bochorno para la historia reciente de este país. 120.000 personas fueron privadas de sus derechos y recluidas en zonas remotas, en muchos casos desérticas, donde eran custodiadas por el ejército. Con algunos de aquellos hombres se formó el 442º Regimiento de Infantería, que se batió con gran valor en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

(8) Suping Lu: “The Najing Atrocities Reported in the US Newspapers, 1937-38” [https://www.readex.com/readex-report/issues/volume-7-issue-2/nanjing-atrocities-reported-us-newspapers-1937-38].

(9) En poco más de una semana los japoneses tenían la absoluta superioridad aérea sobre Luzón.

(10) Christopher L. Kolakowski. (2016). Last stand of Bataan: The defense of the Philippines, december 1941, may 1942. Jefferson, NC: Mc Farland & Company Inc. Publishers. Documento de Kindle.

(11) Seth Paltzer: “The Other Foe: The US Army´s Fight against Malaria in the Pacific Theater, 1942-45” [https://armyhistory.org/the-other-foe-the-u-s-armys-fight-against-malaria-in-the-pacific-theater-1942-45/].

(12) Christopher L. Kolakowski. Opus cit.

(13) Ibídem.

(14) Ibídem

(15) Martí Pons Vázquez. Opus cit. P. 19

(16) Ibídem. P. 34.

(17) Charles River Editors (2017). The Bataan Death March: Life and Death in the Philippines During World War II. Scott Valley, CA: CreateSpace Publishing. Documento de Kindle.

(18) Donald Knox. (2002). Death March. The survivors of Bataan. Eugene, OR: Harvest Books. P. 116, citado en Charles River Editors. Opus cit.

(19) Ibídem.

(20) Ibídem. P. 117.

(21) Charles Rivers Editors. Opus cit.

(22) Ibídem.

(23) Donald Knox. Opus cit. P. 128, citado en Charles River Editors. Opus cit.

(24) Charles Rivers Editors. Opus cit.

(25) Ibídem.

(26)  José Miguel Romaña. (1988). La Segunda Guerra Mundial y los vascos. Bilbao: Mensajero. Pp. 271-277.

(27) Guillermo Tabernilla: “Basques of Nevada in WW2” en Saibigain nº 2 (2016). P. 94.

(28) Brenda Loree: “Echoes of war” en Los Angeles Times del 9/8/1997.

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