epopeya de Gilgamesh

“Oh hombre de Shuruppak, hijo de Ubar-Tutu, derriba la casa y construye una barca. Abandona la riqueza y busca la supervivencia. Desdeña la propiedad, salva la vida. Y lleva a bordo de la barca semillas de todas las cosas vivas” (XI.25). Tablilla XI de la Epopeya de Gilgamesh en la que se relata el episodio del Diluvio. British Museum. © Wikimedia Commons / CC-BY-SA-4.0 / Mike Peel

La Epopeya de Gilgamesh es indudablemente uno de los escritos más importantes de la historia de la humanidad, el primero verdaderamente complejo y con una extensión considerable. Pero es también, sobre todo, la primera gran historia que conocemos. Seguramente antes que el bravo rey sumerio, hubo muchos otros héroes que realizaron grandes proezas, reales o ficticias, sin duda exageradas y muchas veces aderezadas con buenas dosis de imaginación y entusiasmo, porque es bien cierto que el ser humano precisa de modelos de inspiración en los que ver reflejados sus propios logros y fracasos, pero estos, desgraciadamente, han quedado en el olvido con el inexorable transcurrir del tiempo. La Epopeya ha llevado de cabeza durante muchísimas décadas cientos de investigadores, y en la actualidad sigue dando mucho de qué hablar. Tal como la conocemos a día de hoy, es una obra incompleta; un puzle al que le faltan piezas porque las hemos perdido, aunque no desistimos de buscarlas incansablemente. Pese a todo, son apenas unos pocos detalles complementarios los que conforman las lagunas de ciertas partes del relato, y al estudiarlo con detenimiento es fácil llegar a la conclusión de que su mensaje, su intención más primaria, sí que está perfectamente perfilada, y es entonces cuando reluce la verdadera dimensión de un relato épico, un viaje trascendental que sitúa al lector en el papel del protagonista; alguien que, a través de su experiencia, nos enseña hasta dónde podemos llegar como seres humanos y dónde están nuestros límites, nuestros mayores temores y nuestros más anhelados deseos.

Allá por el siglo XXII a. C., cuando circulaban los primeros poemas recitados o cánticos de las proezas de Gilgamesh, todavía en su estadio primitivo, Mesopotamia era un conglomerado de pujantes ciudades-Estado que se alternaban en el dominio del territorio. A grandes rasgos y en sentido diacrónico, en la Mesopotamia anterior a la llegada de los persas se destacaron asentamientos sumerios en el sur, acadios (babilónicos) en el centro (véase Arqueología e Historia n.º 10: Babilonia y los Jardines Colgantes) y asirios en el norte. Es bien sabido que una de las cunas de la civilización tiene su origen en la articulación del poblamiento y la sociedad de los sumerios, que se asentaron en el territorio mesopotámico en el IV milenio a. C. En torno a mediados del siguiente milenio, ya empleaban la escritura y ordenaban sus textos y registros en bibliotecas. Por su parte, los acadios conquistaron Sumer en torno al 2300 a. C. y crearon un gran imperio, a la vez que adoptaron buena parte de las tradiciones de los primeros, entre ellas la escritura.

palacio de Sargón II en la ciudad asiria de Dur-Sharrukin

“Maté al oso, a la hiena, al león, a la pantera, al onza, al ciervo, a la cabra montés, a las bestias y animales de caza de la estepa. Comí su carne, y sus pieles desollé” (X.258-261). Escultura colosal con la representación de un héroe –acaso Gilgamesh–sosteniendo un arma ceremonial y sometiendo a un león. La obra fue hallada en la sala del trono del palacio de Sargón II en la ciudad asiria de Dur-Sharrukin, por lo que sabemos que está datada entre el 713 y el 706 a. C. Musée du Louvre. © Wikimedia Commons / CC-BY-SA 3.0/ Darafsh

Uruk, una de las más importantes ciudades-Estado sumerias y uno de los primeros asentamientos que podríamos calificar como ciudad, es en particular el lugar que desempeña un papel más relevante en el relato del héroe. Gilgamesh es presentado en la Epopeya como hijo de la diosa Ninsun y un mortal llamado Lugalbanda. En ella se menciona claramente que era rey de Uruk, por lo que su existencia histórica –tan probable como la del rey Arturo (véase Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 36: El rey Arturo)–, se encuadraría en el período Dinástico Antiguo, en torno a 2800-2500 a. C. Entre sus hazañas más terrenales y verosímiles, muy alejadas de inmortalidades e inframundos, figura que fue el responsable de construir su impresionante muralla:

«Construyó la muralla de Uruk la Cercada, de la santa Eanna el almacén sagrado […] No fueron sus ladrillos cocidos en un horno? ¿No pusieron los Siete Sabios sus cimientos?» (I.11-21)

En cualquier caso, Gilgamesh aparece en las listas de reyes sumerios como el quinto gobernante de la I Dinastía de Uruk, que habría reinado, de ser esto cierto, en torno al 2750 a. C. por un período de tiempo (126 años) tan longevo como improbable. No es un hecho aislado que se escribiera una historia épica de un rey, y de hecho se conocen, aunque forma fragmentaria, otros ejemplos como los de Sargón de Acad (ca. 2390 a. C.), Zimri-Lim de Mari (ca. 1850 a. C.), Nabucodonosor I de Babilonia (ca. 1120 a. C.) o Nabopolasar (ca. 620 a. C.) que dan buena fe de esta práctica en la Mesopotamia antigua. Por otra parte, en torno al 2150 a. C. ya existían algunas historias escritas en sumerio sobre los reyes de Uruk en las que se incluyen las primeras copias de un poema dedicado a Gilgamesh. En la época, el interés por estas narraciones desbordaba la propia ciudad, e incluso el rey Shulgui de Ur (ca. 2150-2103 a. C.) proclamaba ser hijo de Ninsun y por tanto hermano del célebre héroe sumerio. Transcurridos por tanto unos seis siglos desde su supuesta existencia real, Gilgamesh ya se había convertido en un personaje legendario, aunque su historia completa estaba todavía lejos de articularse en la forma que la conocemos.

De viva voz (y de puño y letra)

«Mi amigo, a quien amaba, ha vuelto al barro». (X.68)

Al igual que ocurría con la génesis del propio género humano en el mito de la creación del relato paleobabilónico del Diluvio (Atrahasis V), la historia de Gilgamesh fue modelada en la arcilla, en este caso en la forma de cientos de tablillas escritas con signos cuneiformes. No cabe aquí insistir en la cuestión de la importancia de la escritura como un signo inequívoco de la introducción de la especie humana en la historia y como apoyo fundamental para la comprensión de las culturas y sociedades del mundo antiguo. El descubrimiento de un sinnúmero tabletas inscritas en cuneiforme desde el siglo XIX y su posterior desciframiento ha arrojado tanta luz sobre las sociedades mesopotámicas que, de otro modo, muchísimos aspectos relacionados con su comportamiento habrían resultado imposible detallar de forma tan específica, aun aceptando las muchísimas lagunas que todavía tenemos sobre incontables cuestiones que nos gustaría conocer mucho mejor. Pese a todo, los abundantes hallazgos originales de tablillas cuneiformes se han ido viendo incrementados por nuevos descubrimientos de textos, el perfeccionamiento en la traducción y revisión de otros conocidos, o la recuperación y publicación de colecciones privadas. Es bien sabido que los primeros escritos cuneiformes corresponden a inventarios, transacciones comerciales y el registro de cuentas, de forma que, en primera instancia, la literatura no formaba parte de las motivaciones iniciales de los escribas, y solo llegaría más tarde. El cuneiforme se usó por lo menos desde el 3200/3000 a. C. hasta el 100 d. C. para expresar distintas lenguas. Así, por ejemplo, desde el II milenio a. C., los aprendices de escriba babilonios, que hablaban acadio, utilizaron los relatos del Bilgames sumerio para practicar y aprender la escritura. En su aprendizaje, tenían que escribir al dictado y de memoria, y para ello lógicamente debían dominar un cierto número de composiciones literarias sumerias, entre las que se encontraban las historias del héroe de Uruk. Partiendo de este hecho, no es raro el hallazgo de fragmentos incompletos de la Epopeya, que solo contemplan una parte del relato completo.

tablilla epopeya Gilgamesh

Fragmento de una tablilla cuneiforme de hallazgo reciente (fue recuperada en 2011) en el que se refleja el texto de la tablilla V de la versión estándar, y que incluye ciertos pasajes hasta entonces desconocidos que describen detalles previos al combate con Humbaba, cuando los héroes Gilgamesh y Enkidu se adentran en el bosque de cedros y son testigos de la presencia de animales exóticos que gritan ruidosamente. Sulaymaniyah Museum, Irak. © Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0 / Osama Shukir Muhammed Amin

Pero en el registro material relacionado con la Epopeya de Gilgamesh, el hallazgo más importante sin duda se produjo en 1850, cuando Austen Henry Layard y Hormuzd Rassam descubrieron cerca de cien mil tablillas cuneiformes datadas en época de Asurbanípal (668-627 a. C.) en las bibliotecas reales de Nínive, que fueron llevadas al British Museum para su posterior estudio. Rassam regresó tres años más tarde y halló otro conjunto notable en el palacio septentrional del rey asirio. Las magníficas colecciones incluían, sin saberlo, el corpus principal de tablillas que conforman la versión estándar de la Epopeya, que es hoy en día la más popular por ser la que enlaza los distintos relatos antiguos independientes en una historia continua y organizada en torno al héroe sumerio. Cuando Rassam y Layard realizaron aquellos descubrimientos, el cuneiforme estaba todavía en proceso de descifrarse, pero los esfuerzos de varios investigadores finalmente dieron su fruto y en 1872 el asiriólogo británico George Smith anunciaba ya que había encontrado entre los restos de las tablillas de Gilgamesh el famoso relato del Diluvio, causando cierto revuelo en una opinión pública todavía sumida en el debate entre el creacionismo y el evolucionismo.

La versión estándar de la Epopeya de Gilgamesh la conforman doce tablillas que no están completas –la fragmentación de la arcilla es fácil y muy frecuente– y contienen multitud de espacios en blanco, conformando un relato todavía parcial que en ocasiones se ha comparado con un manuscrito roído por las ratas o consumido parcialmente por el fuego. En la actualidad se conocen más de setenta copias o versiones con ligeras diferencias, en su mayor parte de Nínive, pero también se conservan otras más tardías procedentes de Babilonia, Uruk, Ashur, Kalah y Huzirina. Los huecos pueden a veces completarse con las narraciones más antiguas que sí han conservado ciertas partes de la historia, pero poco a poco las lagunas de la narración se van rellenando, y en setenta años se ha duplicado el material que tenemos.

Sin embargo, el origen remoto de la Epopeya de Gilgamesh hay que buscarlo no en la escritura sino en la tradición oral. La mayoría de los expertos está de acuerdo en que las formas más primitivas de las historias protagonizadas por el intrépido rey de Uruk fueron seguramente recitados oralmente o bien cantados en forma de himnos por poetas, quizá ya para la corte de los reyes de la III Dinasía de Ur. Por tanto, al igual que ocurriría en las mejores historias épicas que configuran el pasado humano y que cantaron rapsodas griegos, escenificaron dramaturgos y actores o corearon bardos y escaldos, el origen de la Epopeya se forjó en las gargantas de los maestros sumerios de finales del III milenio a. C.

Susa que representa a Humbaba

“Su voz es el Diluvio, su habla es fuego, su aliento es muerte. Oye el murmullo del bosque desde setenta leguas de distancia. ¿Quién osaría entrar en su bosque?” (II.277-280). Placa de arcilla procedente de Susa que representa a Humbaba, el temible guardián del bosque de cedros al que se enfrentaron Gilgamesh y Enkidu. Comienzos del II milenio a. C. Musée du Louvre. © Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0 / Rama

La evolución de una serie de poemas sumerios independientes, puestos luego por escrito, hasta la epopeya escrita en acadio de la versión estándar organizada en doce tablillas que constituye la versión más completa, es una de las vías de estudio más complejas en torno a esta obra, y en modo alguno puede pensarse en que las versiones tardías fueron traducciones de las más antiguas, sino más bien que constituyeron adaptaciones en muchos casos cambiantes. El acadio es una lengua de origen semítico que se había impuesto en la región hacia finales del III milenio a. C. como lengua vehicular, y aunque la lengua de prestigio que aprendían los escribas siguió siendo durante algún tiempo el sumerio, a la postre los acadios terminarían empleando el cuneiforme sumerio para expresarse en su propia lengua. En el camino de los siglos transcurridos hasta la creación de la versión estándar, amén de la intervención de otras lenguas y culturas, se produjeron lógicamente algunos cambios; se perdieron cosas, se inventaron otras, se cambiaron nombres y se transformó el estatus de algunos personajes. Así, por ejemplo, en la épica sumeria nuestro héroe es Bilgames y no Gilgamesh, y su buen amigo Enkidu es en realidad un criado de este, por mencionar tan solo algunas de las transformaciones más llamativas.

La búsqueda

«Oh, Gilgamesh, ¿adónde vas errante? La vida que buscas, nunca la encontrarás». (tablilla de Sippar, I.2’)

El responsable de reunir y adaptar las viejas historias sumerias a un relato épico continuo debió de ser sin duda un experimentado escriba, aunque quién fue en particular este sabio es otro de los grandes misterios que rodean a esta magistral obra. La tradición mesopotámica contaba con su propio candidato, y atribuía la fijación de una narración completa, llamada Sha naqba imuru, “El que ha visto lo Profundo” –sin duda un nombre dotado de gran significado y que proviene de la frase que da inicio a la Epopeya– a un tal Sîn-leqi-unninni, sacerdote, exorcista y escriba de Uruk en el período Babilónico Medio (ca. 1600-1000 a. C.) que acaso vivió entre los siglos XIII y XI a. C. Aunque es tentador aceptar esta idea, es algo improbable, dado que existen fragmentos del primer Gilgamesh acadio datados en el Babilónico Antiguo (ca. 2000-1600 a. C.) –entre otras, las tablillas de Pensilvania, Yale y Nippur con fechas en torno al 1700 a. C.–, aunque también es cierto que estas versiones incompletas no cuentan con el prólogo y quizá tampoco con el relato del Diluvio, de modo que no puede descartarse que el erudito de Uruk editara el texto paleobabilónico hasta darle su forma definitiva

Cronología versiones adaptaciones epopeya de gilgamesh

Génesis y evolución de la Epopeya de Gilgamesh, 2150-630 a. C. Pincha en la imagen para ampliar. © Desperta Ferro Ediciones

Los poemas de las versiones sumerias más antiguas relacionadas con el mito son principalmente seis. Uno de ellos, la historia de Bilgames y Akka, cuenta la amenaza de este último –rey de Kish– sobre Uruk y la respuesta heroica de Bilgames, aunque la historia no tuvo continuidad en la composición acadia más tardía. Un segundo poema, Bilgames y Huwawa, constituye el núcleo del posterior relato del bosque de cedros y el enfrentamiento con su temible guardián, que se integraría en las tablillas III y IV de la versión estándar. Otro poema, Bilgames y el Toro Celestial, conformó la base de la acción de la tablilla VI. Sin duda uno de los más interesantes es el poema de Bilgames y el Inframundo, que explica cómo Inanna (la correspondiente sumeria de la diosa Ishtar), encontró un árbol y lo plantó con la intención de usarlo para fabricar mobiliario, pero pronto algunas criaturas que vivían en el árbol comenzaron a atemorizarla hasta que llegó Bilgames y lo cortó. Innana utilizó su madera como consideró oportuno, pero Bilgames se guardó un poco, y con ella fabricó dos juguetes. Sin embargo, estos cayeron al Inframundo, y el bravo Enkidu se ofreció a irlos a buscar pese a las advertencias de su amo, solo para terminar capturado allí para siempre, aunque su sombra logró volver para explicar a Bilgames cómo era el mundo de ultratumba. Otro poema, la Muerte de Bilgames, concibe la idea de que los dioses le otorgan al rey una posición de autoridad en el Inframundo y cuenta cómo este, ya convencido de su muerte, construye su propia tumba. Un último poema es el del Diluvio, Atrahasis, que no tiene a Bilgames como protagonista y ni siquiera lo menciona, pero que luego alcanzaría una gran trascendencia en la historia de la versión estándar.

La historia “definitiva” tomaría estos poemas como referencia y los ordenaría en una secuencia en la que la transformación o evolución del héroe cobraría todo el sentido. Con propiedad, tendríamos que hablar de once y no doce tablillas para la versión estándar, puesto que la decimosegunda fue añadida posteriormente –quizá en fecha tan tardía como el siglo VII a. C.–, y es en realidad la traducción de una parte del poema de Bilgames y el Inframundo, que aquí funciona como una especie de apéndice o epílogo pero no formaba parte de la versión estándar original.

Innanna/Ishtar, diosa del sexo y de la guerra

“La Señora Ishtar miraba con deseo la belleza de Gilgamesh: ‘Ven, Gilgamesh, sé mi amado. Concédeme los frutos de tu amor, oh concédeme. Sé tú mi esposo y yo tu esposa’” (VI.6-9). Impresión de un sello que representa a Innanna/Ishtar, diosa del sexo y de la guerra, de pie sobre un león yacente y frente una sirvienta o devota. Período acadio antiguo (ca. 2350-2150 a. C.). © Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0 / Sailko

Al margen de este detalle, la Epopeya de Gilgamesh narra con brillantez un viaje hacia el mundo interior de un personaje complejo que no por ser rey e hijo de una diosa dejó de ser víctima de las incertidumbres y debilidades humanas. Su historia transcurre generalmente en el espacio liminar que separa tres ámbitos bien diferenciados: la naturaleza, encarnada por el salvaje Enkidu y Humbaba, el guardián del bosque de cedros; la civilización, cuyo máximo exponente lo representan el propio Gilgamesh y la ciudad de Uruk; y lo sobrenatural o divino, que viene personificado por los dioses y los temibles seres a los que se enfrenta el héroe. La muerte de Enkidu en la tablilla VII, y con ella la toma de conciencia de Gilgamesh de que él mismo no va a poder escapar a la parca, actúa de bisagra entre las dos grandes búsquedas en espacios inhóspitos. Su segundo viaje, de hecho, terminará con la aceptación de su destino.

Más allá de Mesopotamia

«Incluso los dioses se asustaron del Diluvio. Se marcharon y subieron al cielo de Anu. Acurrucándose como perros, se agazaparon a la intemperie». (XI.112-113)

Antes de perderse en el olvido, la historia de Gilgamesh traspasó fronteras culturales y temporales. Los ecos de algunos de sus pasajes en la Biblia son bien conocidos, en particular en lo relativo al episodio del Diluvio, el famoso poema Atrahasis, que cuenta con un paralelo casi idéntico en el Génesis (5-8), aunque este contiene lógicamente detalles propios, como el hecho de que en el pasaje de Noé es la paloma la que regresa y no el cuervo el que envía Uta-napishti el que no lo hace porque encuentra comida, y que en este caso trae de vuelta una rama verde de olivo, un árbol que no crece en Mesopotamia y que indica que la narración ha sido adaptada a la geografía palestina. En otros pasajes del Génesis se encuentran otras muchas analogías, como el hecho de que Enkidu fuera creado por la diosa Aruru con arcilla, como lo sería Adán por Yahvé según Génesis, II.7. Aparte del de Gilgamesh, otros relatos de las épicas de los reyes mesopotámicos también tuvieron su particular resonancia en la arquitectura de los relatos bíblicos, como por ejemplo en el caso del famoso rey Sargón de Acad, quien, según la leyenda, era expósito y fue entregado al río en un cesto de juncos, al igual que más tarde lo haría Moisés.

dios Shamash

El dios Shamash cruza el océano en los confines del mundo en un barco de juncos. Detalle de la impresión de un sello de Eshnunna datado en torno al 2350-2150 a. C. © Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0 / Sailko

Aunque no se tiene constancia de la traducción o adaptación de la epopeya al griego o al latín y sí a otras lenguas como el hitita o el hurrita, la tradición oral griega también debió de empaparse de una historia épica tan popular como esta. Sin entrar en las analogías entre Gilgamesh y Heracles (ambos luchadores, errantes, vestidos con una piel de león y semidivinos), son muchos los autores que han insistido en las similitudes entre la estructura y algunos pasajes de la Epopeya de Gilgamesh y la Odisea. Es muy posible que el relato circulara por toda la geografía del Levante y Homero tomara prestados ciertos detalles, como por ejemplo en el encuentro de Odiseo con Calipso (Odisea V) que es muy parecido al de Gilgamesh con Siduri. La historia de Gilgamesh bien pudo haber llegado a Grecia tras las conquistas asirias de Siria y Fenicia en el siglo IX a. C. (véase Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 10: El imperio asirio) o quizá a partir de la tradición hitita, dado que se conoce una copia autóctona de la Epopeya datada en la segunda mitad del siglo XIV a. C.

Todavía más allá pueden observarse otras esferas de influencia postreras que superan fronteras culturales. Los especialistas han señalado la existencia de préstamos literarios de Gilgamesh incluso en las Mil y una noches –cuyos relatos beben de la tradición persa preislámica–, principalmente en la Historia de Buluqiya. Así mismo, las analogías han querido verse también en la épica germánica, en el poema de Beowulf, quizá porque algunos tópicos de la propia épica tienden a repetir los mismos esquemas y remarcar aspectos como el enfrentamiento a la muerte, el compañerismo y la lucha contra monstruos sobrenaturales que amenazan el statu quo.

La muerte llama a la puerta

«Allá en mi cámara la Muerte mora, y vaya donde vaya, allí también estará la Muerte». (XI.243-245)

Pese a su carácter semidivino, Gilgamesh no gozaba del beneficio de la inmortalidad. Su historia es una historia finita, y no un viaje imperecedero. El héroe de Uruk no quiso huir de la muerte, sino vencerla, y el camino que emprendió fue a través de la sabiduría; una sabiduría que solo podía ostentar un personaje tan longevo como Uta-napishti, único superviviente del gran diluvio enviado por los dioses, inmortal por gracia de estos y por tanto la viva personificación del conocimiento que se acumula capa a capa en el transcurrir de los años. Para llegar hasta él, Gilgamesh hubo de superar pruebas a priori insalvables, y cuando el ansiado encuentro se produjo, el sabio le advirtió de lo inútil de su objetivo:

«Nadie ve a la Muerte. Nadie ve su rostro. Nadie oye su voz. La muerte, tan despiadada, que siega a los hombres». (X.310)

Gilgamesh temió irse con las manos vacías, pero Uta-napishti le habló de la remota posibilidad de hallar una extraña y peligrosa planta acuática oculta en el fondo del océano que tenía la propiedad de rejuvenecer a quien la consumiera. Como era de esperar, Gilgamesh logró su objetivo y obtuvo dicha planta, pero sorprendentemente, en cuanto se relajó y quiso bañarse en un estanque, una serpiente olió la planta y se la arrebató. Con aquel imprevisible gesto, la eternidad se escurrió de entre las manos del héroe sumerio, y su viaje en pos de la inmortalidad se convirtió así en un encuentro consigo mismo.

diosa Ninsun madre Gilgamesh

Fragmento de una estela de esteatita con la representación de la diosa Ninsun –según el mito, madre de Gilgamesh– (ca. 2350-2000 a. C.; época neosumeria). Musée du Louvre. © Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0 / Rama

Sin embargo, aquel encuentro, sin saberlo, ya se estaba produciendo casi desde el comienzo de la Epopeya, en sus hazañas con compañero Enkidu, quien le introdujo en la senda de la amistad, la lealtad y la piedad. En efecto, la Epopeya habla de las actitudes humanas frente a la muerte, de la desesperación ante la fugacidad de la vida, pero sobre todo de un viaje trascendente. Por miedo a la muerte, Gilgamesh emprendió el camino del conocimiento, pero su trayecto fue largo: comenzó siendo un personaje despótico –“de día y de noche su tiranía se hacía más severa” (I.69-70)–, pasó por una actitud temeraria, bordeando la muerte, en su búsqueda de la fama eterna –otra forma de inmortalidad– y cuando falleció su querido amigo Enkidu no supo sino marchar errante hasta los confines del mundo. Cuando regresó a Uruk, lo hizo completamente transformado, como hombre y no como dios, y como rey sabio en vez de como un caprichoso tirano:

«Vio lo que era secreto, descubrió aquello que estaba oculto, y volvió con un relato de antes del Diluvio». (I.7-8)

La existencia del héroe quedó oculta durante milenios, enterrada en fragmentos de tablillas de arcilla cuneiformes, por fortuna más perdurables que los escritos en otros soportes perecederos. Gilgamesh, “el alto, magnífico y terrible, que abrió pasos en las montañas, excavó pozos en las laderas de las tierras altas y cruzó el océano, el ancho mar hasta el amanecer” (I.36-40), logró renacer tras un larguísimo letargo y, paradójicamente, al aceptar su muerte se volvió inmortal. La lectura de la epopeya nos evoca las limitaciones y capacidades de la humanidad, pero también el camino de la sabiduría. El hecho de que la muerte llame a nuestra puerta no significa que no podamos soñar con la inmortalidad. De este modo, ni siquiera la muerte puede con nosotros.

Bibliografía

  • La epopeya de Gilgamesh (2004; versión de A. George, trad. F. Chueca). Barcelona: Penguin Random House.
  • Dalley, S. (2008) (ed.): Myths from Mesopotamia. Creation, the Flood, Gilgamesh and Others. Oxford: Oxford University Press.
  • Feldt, L.; Koch, S. (2011): “A life’s journey. Reflections on death in the Gilgamesh epic”, en Barjamovic, G.; Dahl, J. L.; Koch, S.; Sommerfeld, W.; Westenholz, J. G. (eds.): Akkade is king. Leiden, pp.111-126.
  • North, R.; Worthington, M. (2012): “Gilgamesh and Beowulf. Foundations of a comparison”, Kaskal, 9, pp. 177-217.
  • Riley, J. M. (2013): “‘Love the child who holds you by the hand’. Intertextuality in the Odissey and the Epic of Gilgamesh”, Studia Antiqua, 12.2, pp. 1-12.

Gustavo García Jiménez es doctor por la Universitat de Girona y licenciado en Historia por la misma universidad. Su ámbito de especialidad es el estudio de las armas y las formas de guerra de las sociedades protohistóricas hispánicas y europeas, y es autor de dos libros sobre el armamento La Tène de la península ibérica además de un puñado de artículos de temática similar. En la actualidad ejerce como director de Desperta Ferro Arqueología e Historia.

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