La familia alegre Jan Steen Flandes

La familia alegre (1668), óleo sobre lienzo de Jan Steen (1625/1626-1679), Rijksmuseum, Ámsterdam. Una imagen muy distante de las habituales miserias que padecieron los soldados españoles en la Guerra de Flandes.

Los soldados del duque de Alba irrumpieron en el mundo plasmado sobre lienzo por Pieter Brueghel el Viejo en cuadros de tintes en parte jocosos –sin cierto aire de crítica social– y en parte bucólicos, como La boda campesina (1568), Los proverbios flamencos (1559) y El vino de la fiesta de san Martín (ca. 1565-1568). Tras dejar atrás los desfiladeros alpinos, el Franco Condado y Lorena, los veteranos españoles de Italia, muchos de los cuales habían participado en 1565 en el socorro de Malta contra los otomanos, se sumergieron en el Flandes de las kermesses y los ommegangs, de los saraos y los carnavales, la vida de cuyos habitantes era una verdadera batalla entre don Carnal y doña Cuaresma, por citar otro recurrente motivo pictórico del arte neerlandés. Pronto los soldados españoles desarrollaron su visión particular sobre la forma de ser de los naturales de los Países Bajos, su estilo de vida y sus celebraciones, y llegaron a fundirse en el paisaje al participar activamente en las festividades y la vida local, incluso contrayendo nupcias con mujeres flamencas y echando raíces en el país.

Los flamencos y la cerveza

Desde su retiro jienense, el capitán y sargento mayor Alonso Vázquez escribió una deliciosa crónica en la que, además de batallas, asedios y encamisadas, recogió la forma de ser y las costumbres de los flamencos, a quienes refleja como hombres y mujeres honestos, industriosos, comerciantes avezados y aficionados a las letras; quizá demasiado, pues “como no hay Inquisición ni quien les vaya a la mano, déjanse llevar del sabroso entretenimiento de la lectura, y con facilidad caen en grandes errores por los muchos escritos que hay heréticos y depravados que de los reinos y provincias circunvecinas se llevan impresos”. Parecida opinión manifestó el capitán Diego de Villalobos y Benavides, que los censuraba en los siguientes términos: “Están tan llenos de errores, que juntas todas las herejías del mundo se hallan en ellos, habiendo en algunas ciudades de las rebeldes tantas sectas como son los hijos, criados y padres”.

El mayor vicio que Vázquez imputaba a los habitantes de los Países Bajos, sin embargo, era su afición por las borracheras, a la que no dudaba en señalar como la raíz de su carácter revoltoso. El español censuraba por ello a los flamencos, pero no sin cierta hilaridad bienintencionada de su parte. Cuenta el capitán que los paisanos de la región,

“aunque privados de sus sentidos, cuando salen de las tabernas se encadenan de los brazos unos con otros. Tienen tan grande tiento por no caer en el suelo, que van dando oleadas unos tras otros, y en llegando al último tiene cuidado de hacer gran fuerza para no caer y detiene la ola de los demás, y van por todas las calles desta manera, y se van quedando en sus casas de uno en uno, y para ir sin juicio las conocen, que es de mucha consideración y de muy gran risa verlos desta suerte”.

El Rey de Habas Jacob Jordaens Flandes

El Rey de Habas (ca. 1640-1645), óleo sobre lienzo de Jacob Jordaens (1593-1678), Kunsthistorisches Museum, Viena. En los Países Bajos era tradición, la víspera de la Epifanía, celebrar un banquete familiar en el que, aquel a quien tocase el haba escondida en una torta, era «coronado rey». A los del cuadro se les fue de las manos…

Entre las curiosidades que Vázquez anotó con mirada antropológica sobre la relación de los flamencos con la bebida cabe mencionar la práctica que tenían sus jueces de “beber en ayunas cada uno una copa de vino blanco; dicen que para abrir los entendimientos lo hacen y para tener mejor juicio”, o el hecho de que fabricasen tetas de madera que llenaban de cerveza o vino y con las que daban de beber a sus niños durante el periodo de lactancia.

Vázquez no fue el único español al que sorprendió el apego de los flamencos a la cerveza. Pedro Cornejo, uno de los primeros cronistas de la guerra, escribió que los naturales de los Países Bajos mostraban mucho aprecio por un “agua cocida con ciertos materiales que por su fortaleça bebiendo della demasiado emborracha, que se llama cerveça, y desta tienen por mejor la que antes hace aquel efecto”. El capitán Villalobos y Benavides menciona que durante el asedio de Doullens (1595), en el norte de Francia, varios soldados valones del ejército español, que estaban trabajando en las trincheras, fueron recompensados con una bota de cerveza y que, mientras saciaban su sed, un cañonazo los alcanzó y mató a siete; “y tengo para mí que, los que quedaron vivos, se dolieron más de ver su cerveza derramada, que los compañeros muertos”.

Otro aspecto que Alonso Vázquez criticó de la forma de ser de los naturales de los Países Bajos es su credulidad y su tendencia a la superstición, que no se limitaban a los campesinos, sino que alcanzaban también a los estamentos superiores, y de las que pone el siguiente ejemplo:

“En estas mismas provincias [de Flandes] y en la de Güeldres y obispado de Colonia, y en todo lo que por aquella parte riega el Rin, se hallan gran cantidad de mandrágoras, hembras y machos, y en muchas casas de gente noble las guardan con gran custodia para hechizos y otras cosas, que además de ser gente supersticiosa y agorera, hay infinidad de brujas, particularmente en el país de Lieja, que por pequeña ocasión matan los ganados y hacen otros males en las mismas personas, vengándose en ellas por sus odios particulares”.

Un paisaje insólito: diques, esclusas y dunas

Los Países Bajos no podía ser más diferentes de la templada y soleada España en lo que al paisaje se refiere, lo que llamó la atención de los soldados hispanos que combatieron allí. Las provincias del norte, emplazadas en el delta del Rin-Mosa, se asentaban en un terreno llano, por debajo del nivel del mar, y precisaban de sólidos diques para evitar que las crecientes inundasen la campiña. Vázquez describe estas formidables obras de ingeniería como “caminos hechos a mano con mucha tierra, estacas y fajina para detener las aguas que no se junten”, y cuenta que los holandeses “caminan sobre ellos de unas partes a otras en carros y como les parece”. Otra obra de ingeniería característica de la región eran las esclusas, “que son unas compuertas grandes de tabla y maderos que detienen las aguas, y con ingenioso artificio las levantan y, si les parece, inundan la tierra. De esta suerte tienen el agua represada y detenida en estas exclusas para servirse de ella en los navillos [canales] adonde la han menester, siempre que se les ofrece”.

Las fuertes corrientes, los vientos y la escasa elevación del terreno habían configurado un paisaje de dunas a lo largo de toda la costa de los Países Bajos. El militar y diplomático Bernardino de Mendoza describía al detalle este accidente geográfico:

“Dunas son unas montañuelas de arena que hay en algunas partes marítimas de los Estados, cerca de la mar, las cuales montañas junta el viento, y las mueve de manera que vienen a gastar los prados, y a esta causa las plantan en muchas partes de una hierba que es manera de esparto o atocha para que el viento no pueda llevar con tanta facilidad el arena, deteniéndola las raíces de las mismas hierbas”.

Paisaje invernal con patinadores Hendrick Avercamp

Paisaje invernal con patinadores (ca. 1608), óleo sobre lienzo de Hendrick Avercamp (1585-1634). Rijksmuseum, Ámsterdam.

Las verdaderas montañas, por el contrario, eran prácticamente inexistentes, con la excepción de las grisáceas colinas escarpadas que caracterizaban el paisaje de Luxemburgo, Namur, Hainaut y el obispado de Lieja, junto al Mosa. Estas formaciones rocosas eran célebres en toda Europa gracias a los lienzos de un artista de la región, Joachim Patinir (ca. 1480-1524), muy valorados por Felipe II y que habían supuesto el nacimiento de la pintura paisajista nórdica.

Las provincias meridionales, al contrario que las septentrionales, eran fértiles y boscosas. Allí se concentraban las ciudades más pobladas, grandes emporios comerciales embellecidos por catedrales, iglesias, monasterios, hospicios, castillos, palacios y suntuosas viviendas. Vázquez se deshacía en elogios hacia las ciudades del condado de Flandes, de entre las más ricas de Europa:

“Las villas de Lila, Ypres, Brujas y Gante, en Flandes, son maravillosas y de grandes riquezas, de muchos y magníficos edificios. Su gran trato y comercio las adornan y engrandecen, y la hermosura de molinos de viento, que con tanto orden y concierto están repartidos, particularmente en Lila, [donde] se parecen más de trescientos, que la hacen vistosa y alegre. No menos es en la de Gante, que, de varias cosas, como zumaque, corteza y de trigo, siempre están moliendo más de quinientos, sin los de piedra, y algunos dellos tienen tan gran ingenio, que por una despiden la harina cernida y por otra el salvado, sin tener necesidad de pasarla por cedazo cuando la llevan a sus casas”.

Por otra parte, los soldados españoles echaban en falta la gran variedad de frutas y hortalizas de sus hogares, pues en Flandes, como decía Vázquez, aunque era muy fértil en granos y sus ganados vacunos eran excelentes,

“no hay duraznos, melocotones, higos, ciruelas, priscos ni melones; hortaliza muy poca; no se crían berenjenas […]. No hay pimientos, azafrán, sal, verdolagas ni género de legumbres como garbanzos, lentejas, arroz ni almendras […]. No hay olivas ni aceite, en lugar de él se adereza de comer con manteca de vacas. No hay árboles de agrio, como naranjas, cidras, limones ni otras frutas desta calidad”.

Todo ello, sin embargo, podía adquirirse a un precio moderado en los mercados de las grandes villas flamencas, donde abundaban las amenidades.

Flandes, el país de la Cucaña

Para los soldados españoles e italianos, cuando se encontraban lejos de las trincheras enfangadas, los diques envueltos en la bruma y las traicioneras dunas, Flandes podía convertirse en un paraíso. Vázquez cuenta que su clima agreste volvía excelentes los vinos importados desde España, pues “la frialdad los purifica y sazona mucho mejor que donde se crían” –los soldados podían comprar, además, aloque y clarete de los viñedos del Mosela, “que son excelentes y de mucha bondad”–. La descripción que hace el jienense del ducado de Brabante evoca un verdadero país de la Cucaña en las antípodas de los barrizales en que se convertían las trincheras inundadas:

«El aire es templado, bueno y sano, sus campañas fértiles y llanas; tiene grandes florestas, y en los más escondidos y copiosos bosques hay muchas y grandes casas de placer, muy fuertes y bien labradas, y en sus fosos cantidad de agradables y vistosos cisnes; hermosos y grandes jardines, acompañados de altos y acopados árboles, en cuyos pies hay muchos bancos y mesas artificiosamente labradas, ayudadas de naturaleza, que sirven de cenadores y entretenimientos, donde en la sazón del verano no sienten el rigor del sol, ocupados en varias músicas, banquetes, bailes y saraos».

En los Países Bajos, además de un vino inmejorable, iglesias suntuosas y casas de campo agradables a la vista, los españoles se toparon con rarezas inéditas en sus hogares como las estufas, los trineos y los patines, que ampliaron sus formas de diversión. Algunas casas particulares tenían sus propias estufas, pero había también baños públicos con esta amenidad, y según Vázquez:

“es de advertir que las [mujeres] que sirven a los estuferos entran en carnes, solo con unos pañetes, a bañar a los hombres, y después de haberles bien bañado y limpiado con grande aseo, se quedan solas con ellos a ver lo que han menester”.

Respecto a los patines, el humanista Antonio de Torquemada los describió como “unos hierros llanos con unas puntas adelante […] y con estos resbalan por los hielos de suerte que en poco tiempo hacen muy largo camino”. En invierno, cuando los canales urbanos se congelaban, los burgueses salían a patinar ataviados con sus mejores galas, como muestran los lienzos de pintores como Hendrick Avercamp.

Alegre compañía en un burdel Hendrik Gerritsz Pot Flandes

Alegre compañía en un burdel (ca. 1600-1657), óleo sobre lienzo de Hendrik Gerritsz Pot (ca. 1580-1657), Mauritshuis, La Haya.

Vázquez se explaya en las amenidades que aguardaban a los soldados con el bolsillo rebosante, como las hosterías, “que son casas particulares donde se da de comer espléndidamente y con gran limpieza, por moderado interés, a todos los forasteros con mucho regalo”; o los lupanares de Amberes, los célebres macarelajes, que ofrecían a los clientes retratos al óleo de las meretrices, de modo que aquellos “escogían los que les parecían, y luego iba el señor de la casa y le traía el original, y habiéndolo gozado se enviaba por vino o cerveza”. Muchas jóvenes flamencas, pobres pero avezadas, se trasladaban solas desde el campo al gran emporio brabantino para reunir en los macarelajes su dote matrimonial. En la comedia El asalto de Mastrique (ca. 1600-1606), Lope de Vega incluye un personaje femenino que parece salido de tal ambiente, la joven flamenca Aynora, que exclama en determinado momento:

En viendo algún español

se me va el alma tras él,

que me parece que dél

salen los rayos del sol.

La combinación de soldados ricos con tiempo libre era muy beneficiosa para la población local –aunque, a la larga, no tanto para los primeros–. En los meses veraniegos de 1589, dado que Alejandro Farnesio estaba enfermo, las tropas permanecieron desocupadas. El tercio del maestre de campo Sancho Martínez de Leyva, alojado en Lier, empezó a organizar fiestas; lo propio hizo el tercio de Juan Manrique de Lara, que se hospedaba en Malinas. El sueldo y los ahorros de la tropa se esfumaron en vestidos y galas adquiridos a los mercaderes flamencos. Las celebraciones fueron espectaculares. Los soldados del tercio se habían ganado tiempo atrás el mote de “galanes” y les iba la honra en conservarlo. Además de cortejar a las doncellas locales, organizaron juegos y carruseles en los que intervinieron incluso jinetes disfrazados de moros. En la plaza mayor de la ciudad se construyó un castillo improvisado y los soldados simularon un asedio para diversión de la población local y los vecinos de los lugares cercanos. Hasta se celebraron corridas de toros, “aunque en Flandes son mansísimos y no se acostumbran a correr”, según Alonso Vázquez.

Las principales festividades locales, los ommegang –“carnavales”– de Amberes y Bruselas, así como la fiesta del papagayo en esta última ciudad y en Gante, eran no menos divertidas y vistosas. En las primeras, los gremios de ambas metrópolis celebraban un desfile de impresionantes carrozas al que asistía la flor y nata de la nobleza y la burguesía mercantil, y en el que también marchaban las milicias urbanas con sus banderas y sus mejores galas. Son célebres los lienzos de Denis van Alsloot sobre el ommegang celebrado en Bruselas el 31 de mayo de 1615 en presencia de los archiduques Alberto e Isabel, en los que no falta una carroza con forma de barco. En otros cuadros de la época vemos construcciones en forma de pez, de elefante o de gigante coronado.

El ommegang de Bruselas del 31 de mayo de 1615. El triunfo de la archiduquesa Isabel Denis van Alsloot

El ommegang de Bruselas del 31 de mayo de 1615. El triunfo de la archiduquesa Isabel (1616), óleo sobre lienzo de Denis van Alsloot (ca. 1570-1626), Victoria and Albert Museum, Londres. Pincha en la imagen para ampliar.

La fiesta del papagayo consistía en un acto multitudinario, también protagonizado por las milicias de los gremios, en el que se arbolaba, en lo alto de un mástil, una pica con un papagayo de madera en la moharra para que los burgueses tratasen de derribar la figura con sus arcabuces. Primero disparaban el gobernador y los regidores, y, según Vázquez, “tiran luego todas las cofradías, cada soldado de por sí, y ha de durar esto hasta que uno le derriba y caiga en tierra, y habiéndolo hecho, se regocijan y alegran mucho con banquetes y con tantos brindis, que no cesan hasta que se retiran a sus casas”. A todas estas celebraciones, y también a las más modestas kermesses locales, eran invitados los soldados españoles de guarnición en las villas flamencas.

Bodas flamencas

Los habitantes de los Países Bajos resultaron mucho más acogedores de lo que podría imaginarse. La kermesse heroica, una película francesa de 1935, muestra cómo el recelo inicial de los habitantes de una pequeña ciudad flamenca ante la llegada de las tropas españolas da paso rápidamente a la cordialidad y el entendimiento. El filme provocó altercados en algunas ciudades belgas y se lo acusó, debido a las convulsiones políticas de la época, de fomentar el colaboracionismo.

No obstante, lo que refleja no difiere en exceso de la realidad, si bien es obvio que no todos se sintieron a gusto. El general y maestre de campo Gonzalo Fernández de Córdoba y Cardona, un descendiente del Gran Capitán que sirvió a las órdenes de Ambrosio Spínola, escribió a su hermano:

“Me hallo aquí tan solo y tan estraño que no tengo hora de paz, porque los españoles son pocos desestimados, y los que tienen algún lugar están con los casamientos y costumbres de la tierra tan embastardecidos, que los miro casi como estranjeros, y yo no me puedo ver metido entre tanto flamenco y tudesco vestido con calzas coloradas”.

Algunos de los soldados más famosos de los tercios, por otra parte, se casaron con mujeres flamencas o valonas y echaron raíces en los Países Bajos. El coronel Cristóbal de Mondragón contrajo nupcias con Guillemette de Chastelet, que defendió el castillo de Gante contra los rebeldes en ausencia de su marido. Francisco Verdugo, gobernador de Frisia, tuvo su primogénito con una burguesa de Haarlem, y más tarde se casó con Dorotea Mansfeld, hija de uno de los principales nobles de Luxemburgo. El caso más sonado es el del maestre de campo Francisco de Valdés. La leyenda –célebre en su tiempo, pero desacreditada– cuenta que su amante y posterior esposa, Magdalena Moons, logró que retrasase el asedio de Leiden, lo que habría salvado la ciudad, donde ella tenía pariente y amigos, de caer en manos de las tropas españolas.

La boda campesina Pieter Brueghel el Viejo Flandes

La boda campesina (ca. 1566-1569), óleo sobre lienzo de Pieter Brueghel el Viejo (1526/1530-1569), Kunsthistorisches Museum, Viena.

En Flandes era fácil que un bienquisto hidalgo extranjero cortejase a cualquier mujer, sin que importasen sus orígenes sociales, y la convirtiese en su esposa. Da fe de ello, en su autobiografía, Estebanillo González, “hombre del buen humor”, supuesto soldado pícaro, bufón y criado del cardenal infante Fernando, así como del general Octavio Piccolomini:

«¡Oh, bien haya dos mil veces Flandes, y dichoso y bienaventurado quien vive en él, pues allí, con la mayor llaneza y sencillez del mundo, se apalpa, se besa y galantea, sin sobresaltos de celos ni temores de semejantes borrascas; cuya libre preeminencia y acostumbrada comunicación es causa de muchos aciertos en la gente ordinaria, pues, obligados los estranjeros de la cortesía y afabilidad que hallan en sus metresas y del amor, que todo lo vence, llega una pobre doncella, en virtud del casamiento, a ser madamisela, y infinidad dellas a madamas!».

Para infortunio de Estebanillo, como rezaba otro dicho de la época –no menos verdadero que el que abre este artículo–: “Flandes no hay más que uno”.

 

Fuentes

  • González, E.; Suárez Figaredo, E. (ed.) (2009): La vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor compuesto por él mesmo, en Lemir: Revista de Literatura Española Medieval y del Renacimiento, 13, pp. 389-632.
  • Mendoza, B. de (1592): Comentarios de don Bernardino de Mendoça de lo sucedido en las guerras de los Payses Baxos: desde el año de 1567 hasta el de 1577. Madrid: Pedro Madrigal.
  • Vázquez, A. (1879-1880): Los Sucesos de Flandes y Francia en tiempos de Alexandro Farnese, en Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España, t. 72, 73 y 74. Madrid: Miguel Ginesta.
  • Villalobos y Benavides, D. de (1876): Comentarios de las cosas sucedidas en los paises baxos de Flandes desde el año de 1594 hasta el de 1598. Madrid: Librería de los Bibliófilos.

Bibliografía

  • Collard, P.; Norbert Ubarri, M.; Rodríguez Pérez, Y. (eds.) (2009): Encuentros de ayer y reencuentros de hoy: Flandes, Países Bajos y el mundo hispánico en los siglos XVI-XVII. Gent: Asociación de Hispanistas del Benelux.
  • Thomas, W.; Verdonk, R. A. (eds.) (2000): Encuentros en Flandes: relaciones e intercambios hispanoflamencos a inicios de la Edad Moderna. Leuven: Leuven University Press.

Àlex Claramunt Soto (Barcelona, 1991) es director de Desperta Ferro Historia Moderna, graduado en Periodismo y doctor en Medios, Comunicación y Cultura por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es autor de dos libros, Rocroi y la pérdida del Rosellón (HRM Ediciones, 2012), y Farnesio, la ocasión perdida de los Tercios (HRM Ediciones, 2014) y coautor junto con el fotógrafo Jordi Bru del libro Los tercios, además de diversas colaboraciones en obras colectivas. Ha formado parte del consejo editorial del Foro de Historia Militar el Gran Capitán, el principal portal en lengua española sobre esta temática, y ha trabajado varios años en el diario El Mundo como responsable de la sección de agenda en la delegación de Barcelona, coordinador de la sección El Mundo de China del suplemento Innovadores, y redactor web de dicha publicación.

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