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Los mendigos del mar toman Den Briel, 1572 (ca. 1574-1578), grabado de F. Hogenberg. Además de los buques y las tropas rebeldes empleados en la toma de Briel que desembarcan, o han desembarcado en la isla de Voorne, el grabado muestra al señor de Lumey a caballo entre sus hombres. Fuente: Rijksmuseum

El duque de Alba recibió la noticia de que el jefe de los mendigos del mar, Lumey, pretendía atacar la ciudad portuaria de Briel, en la isla de Voorne, en la desembocadura del Mosa, el 31 de marzo, cuando no había margen para reaccionar. La decisión de llevar a cabo la toma de Briel se tomó de manera improvisada. Luis de Nassau estaba en La Rochelle, por lo que no podía estar al tanto de las intenciones de Lumey, y menos aún Guillermo de Orange, que estaba en Alemania. El 1 de abril de 1572, a las cuatro de la tarde, veintiséis buques orangistas, en su mayoría filibotes, echaron el ancla frente a Briel. Las siguientes horas y días cambiaron el curso de la historia de los Países Bajos.

Los mendigos del mar, la toma de Briel y el inicio de la revuelta de Flandes

Willem de La Marck, señor de Lumey, es uno de los personajes más controvertidos, al tiempo que desconocidos, de la revuelta de los Países Bajos. El almirante de la armada que el 1 de abril de 1572 apareció de improviso ante la ciudad de Briel ha venido a simbolizar el fanatismo y el odio de los calvinistas acérrimos hacia el clero católico, pues, en los meses siguientes, ordenó la ejecución sin contemplaciones de Cornelis Musius, prior del monasterio de Santa Ágata de Delft, y de diecinueve clérigos católicos conocidos colectivamente como los Mártires de Gorcum, a los que hizo ahorcar en un cobertizo usado como almacén de turba.

Las crónicas describen a Lumey, que tenía 30 años en aquel entonces, como un calvinista fanático y un enemigo a ultranza del duque de Alba. En 1566, cuando se adhirió al Compromiso de los Nobles, adornó su sombrero con una cola de zorro para demostrar que era más astuto que el cardenal Granvelle –un gesto que imitaron otros nobles rebeldes–. Se dice que, tras la ejecución de Egmont y Horn, se dejó crecer el pelo, la barba y las uñas y juró que no se los cortaría hasta que los dos ilustres próceres hubiesen sido vengados, lo que le habría granjeado el mote de Langnagel [uñas largas]. Se dice también que vestía, quizá en son de burla, un raído hábito capuchino. Sin embargo, el único retrato de Lumey que conocemos, una miniatura obra de Diderik Wouterszoon van Catwijk, muestra una realidad muy distinta: Lumey viste con la elegancia propia de un hombre de su condición, descendiente de una de las familias de más lustre del principado de Lieja y emparentado con los Egmont y los Brederode; sus uñas son cortas y su cabello y barba tienen una longitud normal. Irónicamente, este noble de Lieja, cuyas acciones escandalizaron a Guillermo de Orange, retornó al catolicismo en 1576 y trató de obtener el perdón de Felipe II, aunque murió dos años después, puede que envenenado.

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Willem de La Marck, señor de Lumey (1572), miniatura de D. Wouterszoon van Catwijk. Fue el artífice de la toma de Briel que desencadenó la rebelión de Flandes. Perseguidor implacable del clero católico, el audaz y ambicioso La Marck, cometió el error de ignorar repetidas veces las órdenes de Orange y enfrentarse a él abiertamente, lo que puso fin a su papel en la revuelta. Fuente: Nationaal Archief.

La armada rebelde llevaba a bordo 1100 o 1200 combatientes –exiliados en su mayoría–, por lo que Briel debería haber sido, en teoría, capaz de resistir su ataque. Sin embargo, las cosas sucedieron de manera muy distinta. La flota de los mendigos del mar –corsarios, o piratas, según el momento, al servicio de Guillermo de Orange–, apareció en el Mosa en dirección a una desguarnecida Briel. Lumey exigió en nombre del príncipe de Orange al burgomaestre de la ciudad que abriese las puertas de la villa. El burgomaestre rehusó dejar paso a los mendigos, pero, entre tanto, el miedo había hecho presa de la población. Los burgueses adinerados empacaron sus muebles a toda prisa y escaparon con su dinero a través de la Zuidpoort, la puerta del sur. Lumey, en vista de que la ciudad no cedía a su intimación, ordenó el desembarco de algunas de sus tropas. Willem Blois van Treslong, al frente de un grupo de soldados, bloqueó la Zuidpoort al tiempo que otra fuerza, al mando de Cornelis Roobol, se arrimó a la Noordpoort con haces de ramas y de paja y le prendió fuego. Los magistrados rindieron la ciudad de inmediato sin que los schutterij –la guardia cívica– hiciesen amago de resistencia. Seguidamente, Lumey y sus tropas entraron en Briel y saquearon las iglesias y los monasterios.

Los mendigos del mar pudieron haberse retirado a sus buques con el botín. Al no tener adonde dirigirse, no obstante, decidieron establecerse en la ciudad y desembarcaron varios cañones de sus naves para emplazarlos en las murallas. Al día siguiente de la captura, Lumey escribió a Guillermo de Orange y a Luis de Nassau para informarlos de su éxito y pedirles ayuda, así como a Isabel de Inglaterra. En su carta a la reina, Lumey justificó sus acciones al afirmar que él y sus compañeros habían capturado Briel «movidos por el amor a nuestra patria» y dijo que su lucha no era contra Felipe II, al que reconocían como soberano, sino contra el duque de Alba. Sus argumentos no convencieron a la reina, que, según el representante de Alba en Londres, el señor de Zwevegem, «condenó enérgicamente la empresa del señor de Lumey en Briel, Dios sabe con qué coraje». El príncipe, por su parte, no se mostró complacido. A la sazón, había enviado a Bremen y Hamburgo a dos de sus hombres, el comerciante Reinier Cant y el noble Diederik Sonoy, que debían reclutar mercenarios y fletar buques para tomar por sorpresa Enkhuizen, en el norte de Holanda. La noticia de la toma de Briel lo llevó a acelerar el proyecto ante el temor de que las acciones de Lumey pusieran sobre alerta a todas las tropas realistas de la provincia. Los mendigos, pues, no podían contar de momento con más fuerzas que las propias.

El duque de Alba entra en acción

La reacción realista no se hizo esperar. El conde de Bossu, estatúder de la provincia, afincado entonces en La Haya, sede de los Estados de Holanda, supo de la aparición de los mendigos del mar solo unas horas después de que estos anclasen sus buques en el Mosa. De inmediato, escribió al maestre de campo del Tercio de Lombardía, Hernando de Toledo –hermano del conde de Alba de Liste–, para que enviase dos compañías de arcabuceros de su tercio a La Haya desde Utrecht. Entretanto, Bossu avanzó con 200 soldados locales hasta el pueblo de Maasland, desde donde pudo contemplar la armada de los mendigos y supo, al día siguiente, el 2 de abril, que estos habían tomado la ciudad. El gran número de enemigos que se adivinaba allí ante la multitud de navíos surtos en el río llevó al conde a ordenar a Hernando de Toledo que se encaminase a Róterdam con otras ocho compañías de su tercio. Dos días más tarde, llegó el maestre de campo con sus soldados. Allí, recibieron órdenes de Bossu de avanzar hasta Vlaardingen y Schiedam. «Hubiera pasado esta noche a la isla de Voorne si el fuerte viento no nos lo hubiese impedido», escribió el conde al duque de Alba.

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Mapa de la toma de Briel por los mendigos del mar, abril de 1572. Pincha en la imagen para ampliar. © Desperta Ferro Ediciones

Al día siguiente, 5 de abril, el grueso de los soldados españoles cruzó el Mosa en pequeñas barcas y desembarcó en el pueblo de Heenvliet, a un par de horas de marcha de Briel. A las seis de la mañana, la infantería española se puso en camino hacia allá. Al aproximarse los españoles, Lumey salió a hacerles frente en los huertos delante de Briel con tres compañías de infantería. Hernando de Toledo, con 200 arcabuceros, los rechazó de vuelta a la ciudad. Allí, no obstante, la artillería rebelde obligó a los católicos a replegarse. Bossu quedó sorprendido: «hay entre ellos muy buenos soldados, y en mayor número de lo que se ha representado, de manera que, sin mucha gente y artillería, no se los podrá echar de aquí», escribió a Alba.

La situación del conde y de los españoles devino de pronto muy peligrosa debido a la defección del schout de Vlaardingen, que reveló a los mendigos que aquellos habían dejado sus barcas sin protección, por lo que los rebeldes rápidamente las quemaron. Sin barcas para salir de la isla de Voorne había que buscar otra vía de escape. La única posibilidad consistía en pasar a la vecina Putten y de allí a otra isla, Hoeksche Waard, formada casi enteramente por pólderes. Bossu y sus hombres pudieron escapar de Voorne no sin antes haber tenido que construir unos puentes improvisados.

En Putten, los españoles encontraron una nave en la que embarcaron a los heridos con destino a Róterdam. El resto de la fuerza prosiguió la marcha a pie y llegó hasta el límite de Hoeksche Waard. Ante ellos se extendía el Biesbosch, un estuario de aguas saladas poco profundas por el que debían caminar cerca de 8 km durante la bajamar con el agua hasta las rodillas para llegar a Dordrecht. En este ciudad, Bossu experimentó el primer conato de rebelión en la población, que se opuso a que los españoles se alojasen dentro de las murallas. El conde logró sosegar los ánimos y obtuvo de la villa barcas suficientes para transportar a los españoles hasta Róterdam. También allí, no obstante, la población estaba al borde de la revuelta a pesar de los esfuerzos de algunos magistrados intrépidos y de dos oficiales del Tercio de Lombardía que acababan de llegar desde Bruselas para engancharse a la unidad: el capitán Rodrigo Zapata y el sargento mayor Francisco de Valdés.

La toma de Briel, un talón de Aquiles para Felipe II y el duque de Alba

La toma de Briel por los mendigos del mar, entonces, era ya conocida por doquier y había estimulado el ánimo de todos aquellos que se sentían agraviados por el gobierno de Alba. El duque era presa de las dudas. La toma de Briel había sido del todo inesperada; su atención se centraba en la frontera de los Países Bajos con Alemania y con Francia, de donde creía que podía llegar el peligro más inminente ante las informaciones de los reclutamientos que se hacía allí. El duque tenía medios más que suficientes para recuperar Briel, pero no podía recurrir a ellos por dos razones: primero, porque temía que los soldados de los tercios viejos se amotinaran si los reunía para salir en campaña, «no pudiendo menear la infantería española por deberles tanto […], ni osándolos juntar porque no me hagan alguna desvergüenza, y cierto yo les soy en muy gran cargo en no haberla hecho hasta ahora». Asimismo, seguía pensando –con buen criterio–, que las fronteras no podían desguarnecerse. «Si no se menean algunos de estos príncipes vecinos –escribió a Felipe II–, espero en Dios que se allanará todo esto, pero si lo hacen, el negocio será más dificultoso».

Roterdam Guerra de Flandes duque de Alba

Bossu invade Róterdam (ca. 1572-1574), grabado de F. Hogenberg. Aunque a la toma de la ciudad le acompañó una breve escaramuza entre tropas españolas y schutterij locales, Hogenberg no representó en este grabado a los guardias cívicos de Róterdam. Fuente: Rijksmuseum

Por desgracia para el duque, los acontecimientos habían escapado su control. En Róterdam, los sucesos se precipitaron del 8 al 9 de abril. La población, reacia a permitir el paso a los soldados españoles, aceptó con la condición de que estos lo hicieran en grupos de veinticinco hombres y con las mechas de los arcabuces apagadas. Sin embargo, no se cumplió lo pactado, por lo que el oficial de los schutterij al mando de la puerta dio la orden de cerrarla. Fueron sus últimas palabras, ya que el conde de Bossu desenvainó su espada de súbito y lo atravesó con ella. Acto seguido, los soldados españoles recurrieron a sus armas y entraron en tromba en Róterdam. La resistencia de la población fue prácticamente nula. Bossu logró impedir que la soldadesca se entregase al saqueo, pero no que pasara a cuchillo a todo aquel que se interpuso en su camino, ni que derribase la estatua de Erasmo, al que tenía por un luterano. Aunque Bossu estimó las víctimas de aquel día en 40, la masacre de Róterdam hundió su crédito y dio alas a los mendigos del mar. Por muchas exacciones que estos impusieran después sobre la población, en ese momento, la actitud de Lumey en Briel tras la toma fue comedida. Maximilien Morillon, vicario del arzobispado de Malinas, escribió el 13 de abril que el liejés

[…] trata a los burgueses del lugar [Briel] con mucha benevolencia, sin amenazar sus bienes ni personas. […] Muchos habitantes de Róterdam y de otras ciudades de Holanda van por entretenimiento a ver […] la fortificación que están edificando en Briel, donde se recibe y se paga bien a todos los que quieren trabajar.

El clero católico fue expulsado de la ciudad. En cambio, Lumey repartió el grano de la villa entre los pobres, lo que lo hizo muy popular entre el pueblo llano. En paralelo, empezaron a llegar de Inglaterra refuerzos para los mendigos. No eran solo hombres lo que necesitaban estos, sino también armas; así, Lumey escribió a las congregaciones flamencas de Londres para pedirles que les enviasen 1000 arcabuces y otros tantos frascos de pólvora.

El 20 de abril, los mendigos del mar pasaron a la ofensiva. Lumey envió cinco buques con varios cientos de hombres sobre el pueblo de Delfshaven –el puerto de la ciudad de Delft–, situado entre Róterdam y Schiedam, en la orilla norte del Mosa. Defendían el lugar 200 schutterij despachados desde Delft, pero estos, en palabras de Bossu, «apenas vieron los navíos, sin osar disparar sus arcabuces, volvieron las espaldas». El conde marchó entonces sobre Delfshaven con siete compañías del Tercio de Lombardía al mando de Hernando de Toledo. Los mendigos no pudieron resistir el asalto de los españoles. La victoria católica impidió que cayese en poder de los mendigos la flota pesquera local, así como que se adueñasen de las esclusas de varios diques que les hubiesen permitido inundar la comarca de Delft. Para defender la orilla norte del Mosa, Bossu dejó en Delfshaven la compañía del capitán Gaspar de Gurrea y reclamó otras cuatro compañías del Tercio de Lombardía situadas en Brabante.

Los mendigos del mar extendieron entre tanto sus correrías hacia las islas situadas al sur de Voorne. Las más cercanas eran Goeree y Zuid-Voorne, separadas de aquella por el estuario de Haringvliet. Jacques de la Cressonnière, gran maestre de la artillería de Flandes, había escrito, acerca de Goeree, que

[…] no contiene más que una villa y un pueblo […]. En la campiña hay unas ochenta casas, y en la villa, unas doscientas. Esta ha caído en la más absoluta decadencia; tiene murallas en algunos lugares, pero está abierta y sin muros en dos costados.

Maximilien de Hénin-Liétard, conde de Bossu Guerra de Flandes

Retrato de Maximilien de Hénin-Liétard, conde de Bossu (1592), grabado de J. Wierix. Designado estatúder de Holanda, Zelanda y Utrecht en 1567 por Margarita de Parma, Bossu dirigía a sus hombres en persona siempre que podía, lo que le granjeó la simpatía de Alba. Fuente: Museum Boijmans Van Beuningen

Por si fuera poco, su puerto presentaba tal acumulación de sedimentos que resultaba inaccesible durante la bajamar. Un lugar tan remoto y desangelado había quedado necesariamente fuera de los planes de Alba, que, sin embargo, tras la toma de Briel escribió a los magistrados para que repararan sus murallas y mantuviesen la vigilancia. Desbaratado el intento de Bossu de recuperar Briel, Lumey envió algunos buques a Goeree y Zuid-Voorne. En ambos casos las principales autoridades huyeron por mar mientras la población recibía a los mendigos del mar con efusión. A su llegada, estos expulsaron a los religiosos católicos y saquearon las iglesias de varios pueblos. Al tomar el control de Zuid-Voorne, los rebeldes podían bloquear de modo efectivo el comercio naval entre las provincias costeras del norte y del sur, ya que entonces dominaban «el estrecho de Volkerak, por el que pasan todos los barcos que van de Zelanda, Brabante y Flandes a Holanda».

El inicio de la revuelta de Flandes

Los mendigos del mar continuaron saqueando la región sin encontrar apenas oposición por parte de las fuerzas realistas. Pese a los esfuerzos defensivos de los magistrados y la población local, estos estaban a merced de los ataques de los mendigos mientras las tropas realistas de Zelanda estuvieran centradas en ese momento en atender un nuevo foco de rebeldía en la ciudad de Flesinga, pues, mientras Bossu combatía a los mendigos en la desembocadura del Mosa, en Zelanda la situación escapó con rapidez al control de las autoridades. Unos días después de la toma de Briel, a raíz de las correrías rebeldes en la región, Alba despachó a Flesinga tres compañías del Tercio de Sicilia alojadas en Breda. Quería asegurar aquella ciudad, puerto de entrada a los Países Bajos desde España, ante la inminente llegada de una armada en la que viajaba su sucesor, el duque de Medinaceli. Fue esta y no Briel, la primera ciudad en rebelarse contra Alba al oponerse enérgicamente a tener que hospedar y alimentar a los soldados españoles. La población desarmó a los sesenta soldados valones de la guarnición, depuso a los burgomaestres y envió peticiones de ayuda a Lumey en Briel, a Brederode en Londres y a Luis de Nassau en La Rochelle. La revuelta de los Países Bajos acababa de comenzar, y Alba, a pesar de su victoria en Mons sobre Guillermo de Orange y de la conquista de Haarlem en Holanda, en julio de 1573, tras un asedio de siete meses, no lograría vencer a los rebeldes. Reclamado a España por Felipe II, abandonó Bruselas en diciembre de aquel año.

La importancia del duque en la monarquía como general y consejero era demasiada como para que el rey procediese en su contra, aun cuando fuesen muchas las voces que consideraran que su política fiscal había ocasionado la rebelión y que su represión la había recrudecido. Alba prestaría aún importantes servicios a la Corona. Mientras tanto, la guerra en Flandes siguió su curso, un curso ya independiente de sus decisiones.

Nota

Este texto es un extracto del libro Es necesario castigo. El duque de Alba y la revuelta de Flandes (Desperta Ferro Ediciones, 2023), de Àlex Claramunt Soto.

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